Humanismo y Renacimiento

HUMANISMO Y RENACIMIENTO

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SANTI DI TITO – Maquiavelo Palacio Viejo. Florencia.

Conforme va avanzando el siglo XV, un aliento de renovación se expande por todas las manifestaciones del espíritu desde las Bellas Artes hasta la Ciencia, la Filosofía y la Política. Fue un movimiento nacido del entusiasmo de los humanistas por los textos de la antigüedad clásica, incoado por Dante y afirmado por Boccaccio y Petrarca. Las nuevas tendencias se sustentan en la expresión, en la más pura forma antigua, de una visión neoplatónica del pensamiento cristiano. La nebulosa tradición medieval es sustituida por la razón clásica. Los textos látinos y griegos son cuidadosamente copiados en las bibliotecas de los monasterios. Y al inventarse la imprenta y producirse el descubrimiento de América, anchos y nuevos horizontes se abren a la expansión de las ideas. Ello imprime mayor carácter renovador a este período, llamado Renacimiento, que desde Italia se extendió, a lo largo de los siglos XV y XVI, por toda Europa, hasta confundirse con los conceptos que sellan la crisis de la Reforma.

 

El Humanismo promovió, pues, un rescate de la literatura antigua, un «renacimiento» de la forma clásica. Al contacto con ella, y en el fervor despertado por cuanto concernía al hombre, se profundizó en el cultivo de las lenguas nacionales, que en este período se afianzan y adquieren madurez.

En Italia, cuna, como hemos dicho, del Renacimiento, las cortes de los príncipes se erigen en importantísimos focos literarios. Una de ellas es la de Florencia, donde Lorenzo el Magnífico (1448-1492), señor de este emporio mercantil, se manifestó no sólo como protector de artistas, sino él mismo como refinado poeta lírico. Sus poemas pastoriles muestran el atractivo que ejercían, en su espíritu de cortesano, los temas populares y campestres.

A la Academia Platónica fundada por el príncipe florentino pertenecieron Ángelo Ambrogini, llamado el Poliziano (1454-1494), el mejor poeta italiano del siglo XV, y Pico della Mirandola (1463-1494). Luigi Pulci (1432-1484) vivió también bajo el amparo de los Médici. Es autor de un extenso poema épico, llamado el Morgante, en el cual la materia caballeresca desciende, a tenor del cambio sufrido en el público y en las tendencias de la época, a mero relato de episodios novelescos, más propios para ser leídos por la sociedad burguesa. La hazaña legendaria se ha transformado en aventura.

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HOLBEIN – Ilustración para Elogio de la locura Con los retratos del pintor. Erasmo y More.

Mayor aliento inspira el Orlando enamorado, de Mateo Boiardo (1441-1494), otro poema épico vertido según el gusto de la época. La realidad no queda difuminada por el ensueño fantástico ; si la trama es inverosímil, lo es como aventura prodigiosa. El autor, consciente de la realidad de su cultura, mueve a sus personajes en un ambiente de fantasía, pero los libra de alegorías y simbologías, incluso dejando entrever un matiz irónico ante los portentosos acontecimientos que relata.

 

El Orlando enamorado fue continuado por Ludovico Ariosto (1474-1513) en el Orlando furioso. Los personajes centrales son los mismos; la trama se hace más complicada. Orlando y Angélica se ven envueltos, por obra de la exuberante fantasía del autor, en un sinnúmero de embrujos y maravillas. La materia caballeresca ya no sirve más que como elemento poético. Las concepciones modernas sitúan al mito y a la leyenda en el lugar que les corresponde.

Otro gran poema épico renacentista es el de Torcuato Tasso (1544-1595), llamado Jerusalén libertada. El tema de las Cruzadas se desmenuza en extraordinarias peripecias, cuya fantasía contrasta con la sobriedad formal con que están expuestas. Pero en el trasfondo, el poeta va más allá del canto épico y pone de relieve un intento de introspección íntima. La personalidad del autor empieza a vislumbrarse. Torcuato Tasso, inmerso ya en el drama de la Reforma y la Contrarreforma, deja entrever el conflicto en que se movió su espíritu ante la lucha de valores que se enfrentaron en su época. Por ello se presenta como un anuncio de la sensibilidad romántica.

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Francois Rabelais Museo de Versalles.

Jacopo Sannazaro (1456-1530), napolitano de origen español, inició con su Arcadia un nuevo género que habría de tener muchos continuadores: la novela pastoril. Escrita en parte en verso y en parte en prosa, la Arcadia recuerda, por su exquisita elegancia, los poemas bucólicos de Virgilio.

 

El cardenal Pietro Bembo (1470-1547) debe citarse por ser el iniciador del petrarquismo, luego tan difundido en España. Pero también merece recordarse por la benéfica acción que ejerció sobre la lengua italiana, de cuya unidad fue él uno de los forjadores.

La lengua va adquiriendo claridad y limpieza, y a ello contribuyen los tratados de políticos como Nicolás Maquiavelo (1469-1527), o artistas como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel y Giorgio Vasari (1511-1574), de quien se han hecho famosas sus Vidas de artistas. La perfidia que se desprende de El Príncipe, de Maquiavelo, especie de tratado sobre el arte de gobernar mediante la fuerza, contrasta con el idealismo de El cortesano, de Baltasar de Castiglione (1478-1529), guía social de la época, servidor de un refinamiento espiritual aristocrático, profundo y generoso.

Citemos por último, entre los renacentistas italianos, al historiador Guicciardini, a Mateo Bandello (1485-1560), cuyas Novelettas se desvían de lo fantasioso para ceñirse a la vida real, a Pietro Aretino (1492-1556), virulento debelador político, y a Benvenuto Cellini, cuya Autobiografía ocupa un lugar aparte en la literatura de la época. Desenfadado, espontáneo y descuidado en el estilo, Cellini atrae por la pasión y la fuerza que imprime al relato de su agitada vida.

El latín se convierte en vehículo de expresión para los humanistas europeos que polarizan el pensamiento de la época. Liquidada la estructura social de la Edad Media, nuevos problemas se plantean al hombre de Occidente. Cuestiones filológicas, educativas, religiosas y políticas son tratadas con rigor científico por los estudiosos, que encuentran en la lengua latina un vínculo internacional. El inglés Thomas More (1478-1535) da a conocer su Utopía, retrato de un Estado perfecto, del todo imaginario y prácticamente irrealizable, el holandés Desiderio Erasmo (1467-1532), muy conocido por la obra satírica Elogio de la locura, esboza un intento de renovación del pensamiento religioso en su Manual del caballero cristiano, y el valenciano Luis Vives, catedrático en Lovaina y Oxford, establece nuevas doctrinas psicológicas (De anima et vita) y desarrolla profundos principios educativos en sus Diálogos escolares.

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Luis Vaz de Camoens

En el terreno de las lenguas nacionales, nos referiremos en primer lugar a los alemanes Martín Lutero (1483-1546) y Hans Sachs (1494-1576). Aquél, imbuido por la postura religiosa que lo llevó a acaudillar la escisión de Roma, promueve del mismo modo una exaltación del idioma nacional; el segundo se entronca todavía con reminiscencias medievales, expresadas en poesías de extracción popular.

 

De los poetas ingleses posteriores a Chaucer citaremos a John Skelton (1460-1529), hombre de formación clásica, pero en realidad el último de los medievalistas ingleses, y a William Dunbar (1460-1513), cuidadoso y estilizado cuando escribe en el inglés «oficial», y directo y vivaz cuando lo hace en estilo dialectal escocés. El Renacimiento llega tarde a Inglaterra — tan sólo a finales del siglo XVI puede hablarse de una madurez renacentista — y referido únicamente a la literatura. Tanto en Thomas Wyatt (1503-1542), como en Henry Howard, conde de Surrey, subsisten las pervivencias medievales, y aun cuando aportan al desarrollo de la lírica renovaciones personales o elaboraciones de materia renacentista, no resuelven el dualismo entre italianismo y espíritu sajón, entre formalismo y libertad creadora. Empiezan a romper moldes para alcanzar una expresión original, Philip Sydney (1554-1586) y mayormente Edmund Spenser (1552-1599)

Aquél se destacó en el cultivo del soneto e introdujo en Inglaterra el género pastoril; Spenser, tan refinado como Sydney, es un artífice del verso, que exhibe valores estilísticos y estéticos sin igual en su época. Su mejor obra, La reina de las hadas, es un homenaje a la reina Isabel. Ambos completan, con John Lyly (1554-1606), la línea de avanzada del culteranismo inglés. Lyly, a través de su obra Euphues, dio inicio al denominado «eufuismo», movimiento de virtuosismo Literario en el que el Renacimiento se hace ya barroco, pero que no alcanza a ser más que un preciosismo de segunda mano.

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Alonso de Ercilla

El estilo cultivado por los escritores ingleses de la época de la reina Isabel cae en el artificio por su refinamiento aristocrático y convencional, y sólo mediante el teatro, en donde la idea debe hacerse accesible al gran público, se salva de caducar en el enrarecimiento. Tanto los poetas nombrados, como los prosistas de la talla de Robert Greene (1560-1592) o Thomas Nashe (1567-1601), pasan a segundo plano ante la fuerza creadora de los dramaturgos contemporáneos, entre los cuales William Shakespeare habría de erigirse en genio universal.

 

En Francia, la obra de Villon no tuvo continuadores, y el genial poeta vagabundo ‘se mantiene en solitario frente al resto de autores, que no saben desprenderse de una retórica vacía y mecánica. Constituye una excepción Clément Marot (1496-1544), que se manifiesta, por una parte, entroncado con la corriente medieval, y por otra, captado por la influencia renacentista.

Más tarde surge un grupo de poetas, que, a pesar de no poseer un programa definido, es conocido con el nombre de Escuela lionesa. Destacan en ella Maurice Scéve y Louise Labé (1515-1565), una de las mejores poetisas francesas de todos los tiempos. Mujer culta y apasionada, desborda sensualidad en sus sonetos y elegías amorosas.

En la primera mitad del siglo se constituyó un verdadero grupo poético que, bajo el nombre de La Pléyade, se propuso dotar a la poesía francesa de un vigor propio, adaptado a la sensibilidad de la época. Con su sola inspiración pretendieron alcanzar para Francia lo que logró para Italia el lento proceso del Renacimiento. Los poetas de La Pléyade, entre los que descuellan Pierre Ronsard (1524-1585) y Joachim Du Bellay (1528-1677), veneraron los modelos clásicos, pero olvidaron la gloriosa tradición francesa medieval. De este error se resintió su obra. No obstante, supieron dar muestras de un elevado lirismo, en especial los dos nombrados, y aportaron a la literatura francesa un estilo cuidadoso y delicado.

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Garcilaso de la Vega Gemáldegalerie. Kassel.

En el terreno de la prosa son conocidos los cuentos de Margarita de Angulema (1492-1549), hermana de Francisco I, reina de Navarra y prototipo de dama renacentista. Dominaba varias lenguas y cultivaba la amistad de los humanistas, a muchos de los cuales protegía. Sus narraciones, escritas a la manera de Boccaccio, interesan como retrato social de la época, pero se resienten de su fondo, crudo y desenfadado.

 

De una obra anónima y popular echa extrajo Francois Rabelais (1493-1553) el tema para sus libros sobre el rey gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Se trata de una obra maestra de la parodia, escrita por un hombre de gran cultura y extensos conocimientos, y convencido de que la alegría de vivir es el más privilegiado de los dones. Todas las instituciones medievales y sus reminiscencias son puestas  en solfa por el jocoso autor. Caballeros, sabios, filósofos, teólogos, humanistas y hombres de letras son definidos, satirizados y ridiculizados. La parodia se centra sobre los libros de caballerías a la usanza de la época, pero de ella no se escapan los enjundiosos tratados de los sesudos humanistas. Gracia, humanidad, agilidad de expresión e ingenio hacen de Gargantúa y Pantagruel un clásico en la literatura mundial

Ejercieron un influjo muy grande en su época, y más tarde hasta los tiempos modernos, los Ensayos de Michel de Montaigne (1533-1592), tanto por la reciedumbre de pensamiento que preside estas disertaciones sobre filosofía, política, literatura y costumbres, como por el depurado estilo con que están escritos. En Portugal es Francisco Sá de Miranda (1481-1558) quien introduce en la poesía las concepciones renacentistas. Tanto en su lengua nativa como en castellano se muestra ligado a los modelos italianos, sobre todo al petrarquismo en boga. Su relación con poetas como Sannazaro y Bembo fijó el rumbo de su quehacer literario, y asimismo se advierten en él influencias de autores españoles anteriores, como Manrique y Ausiás March. Amigo suyo fue el prosista Bernardim Ribeiro (1482-1552), autor de la novela Menina e moça, que por su tono nostálgico recibió más tarde el título de Saudades. Ribeiro se adhiere con ella al tema pastoril, tan caro a los lectores del tiempo, y mantiene un tono constante de melancolía y sentimentalismo.

La literatura portuguesa alcanza una de sus cimas más elevadas en este período con la obra de Luis Vaz de Camoens (1525-1580). Su fama la debe tanto al poema épico Los Lusíadas, en la que canta las glorias marítimas de los portugueses, como a su producción lírica y dramática. Los Lusíadas es la epopeya más importante del Renacimiento. Narra la expedición de Vasco de Gama a través del Cabo de Buena Esperanza, y a este relato histórico se le sobreponen elementos mitológicos y maravillosos. Sin embargo, la base realista es fundamental. La fuerza poética de Camoens se pone en evidencia tanto al describir los lugares que él mismo recorrió, como al exponer las leyendas marineras y las maravillas de la navegación. Obra henchida de patriotismo, Los Lusíadas entusiasmó por su espíritu heroico y por el exotismo que se desprende de los hechos narrados. Es una de las. obras cumbres de la literatura universal.

El Humanismo español, anticipado por los italianos Lucio Marineo Sículo (1460-1533) y Pedro Mártir de Anglería (1447-1526), fue afirmado por el Cardenal Francisca Xirnénez de Cisneros al fundar la Universidad de Salamanca y al realizar la edición de la Biblia Políglota Complutense. En ella trabajó el andaluz Elio Antonio de Nebrija (1442-1522), quien dio a conocer la primera gramática de una lengua romance, en este caso la castellana. Fue un hecho trascendental para la fijación del idioma, a la que contribuyeron también los hermanos Juan y Alfonso Valdés, cuya prosa ha quedado como clásica en la literatura española. (Dialogo de la Lengua, y Diálogo de Lactancio y un arcediano).

En la plenitud del Renacimiento desarrolla su actividad el cronista de Carlos I, fray Antonio de Guevara (1480-1545). Fue un hombre de letras conocido en toda Europa, principalmente en Francia e Inglaterra. Sus obras fueron constante motivo de controversia, ya que Guevara, basándose en su erudición, «inventó» textos clásicos, cuya traducción realizaba, con todo lujo de acotaciones que aparentaban suma gravedad. Como su estilo era de una elegancia cuidada y del más puro sello renacentista, la simulación resultó perfecta. El Libro áureo de Marco Aurelio o Relox de Príncipes causó sensación entre los humanistas, alguno de los cuales cayó en la trampa y puso el máximo empeño en refutar las afirmaciones de Guevara. Dando muestras de su peculiar personalidad, Guevara escribió, siendo cortesano, un Menosprecio de corte y alabanza de aldea, y luego unas Epístolas familiares, en las que figuran personajes y acontecimientos que en modo alguno pudo conocer.

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Fernando de Herrera

Con los descubrimientos y la conquista de América se abre un ciclo de relaciones y crónicas de un interés extraordinario. Iniciada con los textos y documentos de Colón y Hernán Cortés, la serie se extiende a las versiones de las distintas hazañas cumplidas por los españoles en América. Así, Pedro Cieza de León se refiere al Perú ; Alvar Núñez Cabeza de Vaca a lo que hoy es el sur de los Estados Unidos; Bernal Díaz del Castillo a México. Gonzalo Fernández de Oviedo escribió una Historia general y natural de las Indias y el padre Bartolomé de las Casas una Brevísima relación de la destrucción de las Indias, cuya dureza al considerar las condiciones en que se realizó la conquista dio origen a la llamada «leyenda negra». A fines del siglo XVI, Alonso de Ercilla (1533-1594) publica La Araucana, referida a la conquista de Chile.

 

La materia de extracción histórica tenia atributos suficientes, en una época de expansión imperial en la que cualquier hazaña imaginable era superada por las noticias que llegaban de ultramar, para competir con las novelas de caballerías y pastoriles. Cervantes dará un golpe mortal a las primeras, y el Quijote será como la obra que asignará los límites al favor del público. En cuanto a las segundas, la Diana de Jorge de Montemayor, así como la del valenciano Gaspar Gil Polo, La Arcadia, de Lope y La Galatea, del mismo Cervantes, son las últimas muestras del género, iniciado en la península, como ya hemos dicho, por el portugués Ribeiro.

Dentro de la literatura realista España dio a conocer un género muy característico en el que produjo un puñado de verdaderas obras maestras: la picaresca. En 1554, el Lazarillo de Tormes iniciaba la serie, que habría de continuarse con Historia de la vida del Buscón llamado don Pablo, de Francisco de Quevedo, El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, Historia de la vida del pícaro Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, Vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel, y la anónima Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor. Tal género se caracteriza por ser el protagonista (generalmente se cuenta en primera persona) un antihéroe, es decir, el hombre de baja extracción social cuyo único ideal consiste en vencer el hambre, si es posible sin trabajo, aun cuando tenga que servir a muchos amos, o casarse, o emigrar a América. El pícaro no busca la aventura, sino que la rehúye, y en su vagabundeo apenas se detiene para describir el mundo que lo circunda. El desequilibrio entre la desvergüenza moral de sus actos y su aguda conciencia de lo que debe ser la dignidad confiere a este aprendiz de filósofo, sentido y carácter.

Junto con las novelas picarescas se encuentran las colecciones de cuentos de mero entretenimiento, como es el Patrañuelo, de Juan de Timoneda.

La imitación de las formas métricas italianas ya había sido emprendida en las letras españolas por poetas como el marqués de Santillana, pero en realidad debe considerarse como su verdadero introductor al barcelonés Juan Boscán (1490-1542), quien, sin ser un gran poeta, ejerció notable influencia en el estilo literario de la época. Las nuevas formas coinciden con la implantación de nuevas actitudes, personificadas genialmente por Garcilaso de la Vega (1501-1936), caballero representativo, por su talento y galanura, de la corte de Carlos I. Su vida, truncada por una acción militar, dio como fruto una reducida obra poética ; pero la lengua alcanza en ella acentos de suma perfección. Garcilaso es el poeta de la intimidad, que sabe usar del soneto como pocos. Su idealismo lo separa de los conceptos medievales tanto como la forma que utiliza. Su tema preferido es el amor no correspondido, tratado por él con un sentimiento hasta entonces ignorado.

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San Juan de la Cruz (según tela de Canedo) Museo Provincial de Valladolid.

Garcilaso, o lo que es igual, el petrarquismo garcilasiano español, creó escuela. Entre sus seguidores hay que nombrar a Gutierre de Cetina (1520-1557), que escribió un madrigal muy conocido («Ojos claros, serenos…»), a Hernando de Acuña (1520-1580) y a Francisco de Figueroa (1536-1617) en sus tiempos llamado el Divino, Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), si bien es autor de una importante Historia de las guerras de Granada, debe ser recordado con mayor razón por su meritoria poesía de estilo renacentista.

Ya iniciado el siglo XVI, la literatura española va adquiriendo una tendencia nacional cada vez más marcada. La lírica absorbe las influencias italianas llegadas a través de Garcilaso, y en ella se ponen de manifiesto varias inclinaciones, que van desde la corriente colorista del sevillano Herrera a la escuela salmantina de Fray Luis de León, más rica en contenido. Fernando de Herrera (1534-1597) se muestra siempre preocupado por la forma, incluso en detrimento de la sinceridad y del calor del sentimiento. De ello se resienten, a pesar de su elocuente expresión, sus composiciones amatorias, dedicadas a la condesa de Gelves. Más importante es su poesía heroica, cultivada en odas patrióticas, ricas en imágenes y epítetos. Su escuela fue llamada también «oriental», por la frecuencia con que cae en la imitación bíblica. A este grupo sevillano pertenecen  Baltasar de Alcázar (autor de la famosa Cena jocosa), Francisco de Medrano y Francisco de Aldana (1537-1578). En Aragón se hicieron famosos los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola.

Fray Luis de León (1527-1591) es el máximo representante de la escuela salmantina, más intelectual y equilibrada que la sevillana, menos sensorial que ésta. En su poesía existe un equilibrio perfecto entre intención poética y forma expresiva. Ello le convierte en el más clásico de los poetas españoles. Cada estrofa es el encaje perfecto de un pensamiento rico en ideas, apretado y enjundioso. Su poesía queda plasmada en traducciones de los clásicos (Beatus ille, de Horacio, en «Qué descansada vida…») y del Antiguo Testamento (los Salmos), y en bellísimas odas (A Salinas, A Felipe Ruiz, Noche Serena, A la Ascensión del Señor), en las que expone su sentir religioso, su visión de la beatitud, su hondo contenido filosófico. En prosa compuso Los nombres de Cristo y La perfecta casada, y realizó una versión libre del Cantar de los Cantares. En general, y prescindiendo de las bellezas que encierra su estilo, la prosa de fray Luis de León no alcanza la excelsitud de su poesía, pero cautiva por su finura de expresión, su color, su realismo mesurado.

Hacia la mitad del siglo XVI, el fervor religioso dio origen en España al florecimiento de una literatura de gran valor. La ascética (ejercicio de la perfección cristiana) predomina en este sentido sobre la mística (comunicación con Dios). Ejemplos esplendorosos de una y otra son el dominico fray Luis de Granada (1504-1588), orador sagrado de gran elocuencia, que se refleja en su prosa (Guía de pecadores); el agustino fray Pedro Malón de Chaide; San Ignacio de Loyola (fundador de la orden jesuita y autor de unos trascendentales Ejercicios espirituales); y sobre todo, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) fue la gran reformadora de la orden carmelitana. Su estilo es poco cuidado, pero de una naturalidad que, aun siendo impuesta, no deja de constituir uno de sus méritos más sobresalientes. Su obra cumbre son Las Moradas o Castillo interior, en las que expone los grados de oración y perfeccionamiento que hay que recorrer para llegar hasta Dios. Igualmente reformador de la orden carmelitana fue San Juan de la Cruz (1542-1591), en quien se personifica la cumbre de la poesía mística española. Su obra, de un lirismo depurado, es una iluminación poética del camino de ascensión hacia la unión divina. El éxtasis místico está presente en Subida al Monte Carmelo, Noche oscura del alma, Canto espiritual, y Llama de amor viva.

Shakespeare, Lope de Vega y Cervantes

Aun cuando la grandeza de William Shakespeare (1564-1616) va ligada a su producción en el terreno dramático, en donde expresó toda su riqueza lírica, se hace ineludible nombrarlo como el escritor más importante de la época áurea inglesa, a pesar de que sus poemas — La violación de Lucrecia, Venus y Adonis — y sus sonetos no merecen, en rigor, la fama que obtuvieron, por ser sus aciertos sólo parciales.

Distinto es el caso de Lope de Vega (1562-1635), que si bien es asimismo figura primera del teatro del Siglo de Oro, cultivó con mayor fortuna los géneros de la poesía y la prosa. Se le llamó «Fénix de los Ingenios» y «Monstruo de Naturaleza» por su extraordinaria vena y su incalculable producción. Escribió novelas pastoriles (La Arcadia), de aventuras (El peregrino en su patria) y una en diálogos, que él tituló «acción en prosa», llamada La Dorotea. Esta ofrece el interés de dar noticia sobre su vida, que fue azarosa y repleta de amoríos y aventuras.

Del Lope poeta se tienen muestras de idéntica fecundidad. Son suyos algunos de los mejores sonetos con que cuenta la literatura española, y en ellos es donde consigue un valor lírico más genuino y hondo. De carácter religioso son sus Rimas sacras, y profano las letrillas de extracción popular, propias para cantar, o romances. Su producción épica es inferior, y de ella destaca la parodia de la Gatornaquia. Muchas son leas obras, entre su ingente producción, que merecen el olvido; pero prescindiendo del lastre que representan, permanecen las que, por su tesoro de ingenio y por la plenitud del sentimiento, son consideradas como las más hermosas y más perfectas de su siglo.

Mientras Shakespeare fue el gran autor dramático de la época, Miguel de Cervantes (1547-1616), lo fue de la novela. Dejando aparte el Quijote, su obra cumbre, y la que justifica cumplidamente el título de genialidad que se le otorga, deben destacarse algunas de sus llamadas Novelas ejemplares, como El celoso extremeño, La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El coloquio de los perros, La ilustre fregona: su incidencia en el tema pastoril, La Galatea, y la novela de corte bizantino, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

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JUAN DE JÁUREGUI – Miguel de Cervantes. Inst. Valencia D. Juan. Madrid.

La cultura de Cervantes no excedía del nivel medio de su tiempo, ya que no contó con formación universitaria. Su pluma no era un dechado de perfección, ni sus ideas filosóficas o políticas descollaban por su originalidad. Pero al fin de sus días, a los sesenta años, publicó la obra más universal de la literatura española: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, cuyas dos partes aparecieron con un intervalo de diez años (1605 y 1615). Síntesis de todos los géneros novelescos por entonces conocidos — desde el pastoril y sentimental hasta el de caballerías, pasando por el satírico y picaresco —. el Quijote adquiere su excepcional significado por el simbolismo que encarnan las dos figuras principales: el idealismo en don Quijote: el materialismo en su escudero Sancho Panza. La escisión entre los dos mundos se pone de manifiesto incluso en el lenguaje, ya que el del caballero es grandilocuente y abunda en arcaísmos, mientras el del criado es el propio de la picaresca, sazonado con constantes muestras de la sabiduría popular. Esa continua lucha entre ambas posturas es un reflejo amargo de las desventuras sufridas por el autor en su vida, pero en él abundan también las páginas divertidas. Mezclando «verdades y burlas». Cervantes quiso acabar con «las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías». La ironía principia al plasmar las figuras de un caballero que no puede ser caballero y un escudero que es un simple criado. La dama es una moza labradora. que sólo aparece en la trama a través de exaltadas referencias. Pero la burla no empaña el ideal caballeresco; es decir, la parodia ridiculiza a la fantasía de los libros, no a la institución real de la caballería.

La fama alcanzada por el Quijote indujo a Alonso Fernández de Avellaneda a escribir una falsa segunda parte, que no está exenta de interés, pero que es netamente inferior, en intención y estilo, a la verdadera.

 

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