HALLAZGOS DE LA ARQUEOLOGÍA BÍBLICA.

EL DILUVIO UNIVERSAL

El 16 de marzo de 1929, el arqueólogo británico Leonard Woolley anunciaba en las páginas del prestigioso periódico The Times el que seguramente podía ser considerado como el descubrimiento arqueológico más sensacional realizado hasta la fecha: el hallazgo en la ciudad mesopotámica de Ur de pruebas arqueológicas que certificaban la existencia del Diluvio bíblico. Woolley ya era famoso por sus trabajos en Ur, donde, por ejemplo, había localizado las célebres tumbas reales, con pruebas sobre la práctica de sacrificios humanos en masa en honor de los reyes de la ciudad y con tesoros que rivalizaban en cantidad y calidad con los encontrados por Howard Carter en la tumba de Tutankhamón. Sin embargo, el hallazgo que presentó Woolley en 1929 era todavía más importante. No por su riqueza, desde luego, sino por su significado. Si Woolley tenía razón, acababa de demostrar que el Diluvio universal descrito en el libro del Génesis no era una mera leyenda, como creía la mayor parte de Ia comunidad científica laica, sino un episodio histórico verificado por la arqueología.

1-Charles Leonard Woolley excabaciones en Ur,1922-34,metirta.online

Charles Leonard Woolley excavaciones en Ur,1922-1934.

La evidencia presentada para sostenerlo era un gran depósito aluvial de arcilla, datado entre 4000 y 3500 a.C. Según sus propias palabras, aquel depósito aluvial se formó súbitamente a consecuencia de la crecida catastrófica del rio Éufrates una crecida que inundó los territorios agrícolas de la región y extermino prácticamente todos sus habitantes. En su opinión, la inundación dejó una honda impresión entre los supervivientes, que lo consideraron un castigo divino por la lo impiedad de los hombres. Aquella interpretación quedó inmortalizado en distintos poemas sumerios y arcadios, y llegó hasta nosotros a través de la Biblia y la conocida historia del arca de Noé.

 

¿Muchos diluvios?

Woolley no fue el único que identificó depósitos de aquel tipo. El progreso de las investigaciones en Mesopotamia fue proporcionando nuevos datos que, una vez analizados, terminaron por desmentir la interpretación del arqueólogo británico. En la ciudad de Kish, por ejemplo, se encontraron dos grandes niveles de inundación distintos, uno datado en torno a 3000 a. C. y el segundo en torno al año 2600 a. C. También en Shuruppak apareció otro nivel de inundación, datado en 2750 a. C., aproximadamente. Puestos en conjunto, no fue difícil llegar a la conclusión de que estos datos no probaban la existencia de nada parecido al Diluvio bíblico, porque ni tan siquiera se trataba de inundaciones que hubiesen sucedido en un mismo momento. Por el contrario, eran evidencias de algunos de los muchos desbordamientos catastróficos locales que los ríos Tigris y Éufrates experimentaron con cierta regularidad hasta épocas recientes, cuando la construcción de embalses reguló su caudal. Hoy existe la sospecha de que el propio Woolley, a pesar de sus palabras, fue consciente desde el primer momento de los problemas que planteaban sus afirmaciones sobre la cuestión, sobre todo a partir de los descubrimientos siguientes.

Si continuó relacionando sus hallazgos con el Diluvio bíblico en los medios de comunicación fue, probablemente, para llamar la atención sobre sus excavaciones en Ur. Su elevado coste apenas podía ser financiado por las entidades que patrocinaban los trabajos, el British Museum y el Museo de la Universidad de Pensilvania. De ahí que Woolley tratase de atraer inversión privada, subrayando exageradamente la posibilidad de que sus excavaciones en Ur sirviesen para iluminar distintos episodios bíblicos. En definitiva, la insistencia de Woolley en su pretensión de haber encontrado rastros del Diluvio habría sido una gran operación de marketing arqueológico.

 

EL ARCA DE NOÉ

La búsqueda del arca de Noé tiene mucho más que ver con las pseudociencias que con la arqueología bíblica. Hace ya muchos años pudo demostrarse que el episodio de Noé y el Diluvio, lejos de ser histórico, es la versión hebrea de una antigua leyenda sumeria, que en el libro del Génesis cumple la función de mito de (re)fundación de la humanidad por parte del dios de Israel. Ningún arqueólogo serio se plantearía un proyecto que tuviese como misión localizar los restos de un barco que nunca existió. Pero si el arca de Noé es un tema que no interesa a los arqueólogos, sí que llama la atención de personajes pintorescos. Uno de ellos fue el astronauta norteamericano James Benson Irwin. Tras viajar a la Luna en 1971, experimentó un súbito fervor religioso que le llevó a fundar una organización evangélica en Colorado Springs entre cuyos objetivos estaba el de localizar el arca de Noé. Con ese fin, en 1982 organizó una expedición que le condujo hasta la cima del monte Ararat, en Turquía, donde, según el libro del Génesis, quedó encallada el arca. Irwin no solo no encontró ningún vestigio, sino que durante la misión cayó en el interior de un glaciar, sufriendo heridas de diversa consideración. Al año siguiente hizo un segundo intento, sobrevolando con un aeroplano la montaña, aunque de nuevo con resultados negativos.

Otro caso particular, aunque mucho más dramático, es el del escocés Donald Mackenzie. Obsesionado desde su juventud con la historia de Noé, Mackenzie realizó repetidos viajes al monte Ararat tratando de hallar vestigios del arca. En 2010 conoció la noticia de que una expedición de Hong Kong afirmaba haber encontrado en el interior de una cueva restos de madera que datarían de 2800 a. C. y que pertenecerían a la famosa nave bíblica. Emocionado con la noticia, Mackenzie decidió visitar la cueva, aunque nunca llegó a hacerlo. De camino al lugar se vio sorprendido por una tormenta de nieve.

2-Cornuke en 2007,metirta.online

Cornuke en 2007.

En una de sus últimas grabaciones afirmaba haberse visto forzado a abandonar debido al mal tiempo. Nunca más se le volvió a ver. Desde entonces, han sido diversas las teorías acerca de su desaparición publicadas en la prensa, desde una presunta muerte por congelación hasta un rapto y posterior ejecución por parte de islamistas radicales en respuesta a sus frecuentes invectivas contra el islam. Por lo que se refiere a los hallazgos del equipo de Hong Kong, el resultado ha sido el de siempre: la comunidad científica los ha rechazado. El arqueólogo y biblista norteamericano Randall Price, tras analizar algunas muestras, averiguó que se trataba de un engaño perpetrado por trabajadores kurdos, que introdujeron en la cueva restos de madera procedentes de un yacimiento arqueológico del mar Negro.

 

Obsesiones que ciegan

Poco antes del trágico episodio de Mackenzie, Bob Comuke, antiguo miembro de una unidad de SWAT reconvertido en investigador bíblico, también reclamó el honor de haber dado con el arca de Noé. En 2006, Comuke organizó una expedición al monte Suleimán, en Irán, lugar donde creía que había encallado el arca en realidad. Allí afirmó haber encontrado restos de madera pertenecientes a la nave de Noé. La ciencia desmontó la noticia. Kevin Pickering, geólogo del University College London, estudió los vestigios y determinó que lo que había encontrado Comuke eran vetas de hierro sedimentarias. El hallazgo del arca de Noé quedaba desmentido una vez más. A buen seguro, no será la última.

 

LA TORRE DE BABEL

Construir una torre que llegue hasta el cielo. Ese era, según el Génesis, el objetivo de los habitantes de la ciudad de Babilonia. Sin embargo, Yahvé consideró que se trataba de un acto impío y decidió impedirlo. Confundió el idioma de los hombres para que fuesen incapaces de entenderse, de modo que la magna obra quedó inacabada. Aun así, la posible existencia de los restos de la torre de Babel excitó la imaginación de los viajeros y arqueólogos que, desde la Edad Media, visitaron la región con el fin de conocer de primera mano aquel fantástico monumento. Uno de los primeros en hacerlo fue Benjamín de Tudela. Durante la segunda mitad del siglo XII, se embarcó en un largo viaje que le condujo, entre otros lugares, hasta Babilonia. Allí pudo ver los restos de edificios singulares, como el palacio de Nabucodonosor ll. Sin embargo, no encontró ningún vestigio que pudiera relacionar con la torre de Babel, lo que le llevó a proponer la posibilidad de que no se hubiese construido en Babilonia, sino en la cercana ciudad de Borsippa (la actual Birs Nimrud ). Allí sí pudo describir los restos de un antiguo zigurat, o gran torre escalonada, que, en su opinión, pertenecían a Ia torre mencionada en el libro del Génesis.

Una propuesta distinta fue la de Cesare Federici. Este mercader veneciano emprendió, entre 1563 y 1581, un viaje de Italia a Birmania. En su camino visitó Mesopotamia, donde vio los restos del antiguo zigurat de Dur Kurigalzu (actual Aqarquf), cerca de Bagdad, que no dudó en identificar como los vestigios todavía visibles de la torre de Babel, A partir de entonces, muchos fueron los viajeros europeos que siguieron aquella propuesta, convencidos de que, efectivamente, la torre de Babel se hallaba en Aqarquf. Fue el caso del médico y botánico alemán Leonhart Rauwolff, el joyero y mercader veneciano Gasparo Balbi, el comerciante inglés John Elred o el diplomático español García de Silva y Figueroa.

3-Robert Koldewey,metirta.online

Robert Koldewey.

Por su parte, el noble romano Prieto della Valle, tras un desengaño amoroso que desembocó en una profunda depresión, dedicó doce años a viajar por Oriente (1614-26). En su visita a Babilonia se topó con una gran colina de escombros que los habitantes de la región conocían con el nombre de Tell Babil y que él creyó que podían ser los restos de la torre de Babel. No obstante, siglos después, los arqueólogos se encargaron de demostrar que aquellas ruinas pertenecían a un antiguo palacio real babilónico, por lo que nada tenían que ver con la famosa torre.

Ya en el siglo XVIII, el científico alemán Karsten Niebuhr rescató la antigua hipótesis del cronista medieval Benjamín de Tudela. En su obra Viaje por Arabia y otros países vecinos (1774-78), Niebuhr publicó la idea de que los restos del zigurat de Borsippa eran lo que quedaba de la torre de Babel. Posteriormente, los británicos Claudius James Rich, James SilkBuckingham y Robert Ker Porter coincidieron con el estudioso alemán a la hora de aceptar aquella identificación.

 

Babilonia sí era el lugar

Así pues, entre los siglos XII y XIX, los viajeros europeos que visitaron Mesopotamia se decantaron principalmente por dos lugares para la localización de los supuestos restos de la torre de Babel: el zigurat de Borsippa y el de Dur Kurigalzu. Todos se equivocaron. Los restos del monumento que inspiró la historia bíblica de la torre de Babel estaban en la propia Babilonia, y no eran otros que los del antiguo zigurat de la ciudad, conocido con el nombre de Etemenanki.

La razón por la cual nadie había sido capaz de dar con la respuesta correcta es muy sencilla. El zigurat de Babilonia sufrió un continuo proceso de destrucción y saqueo a partir de la conquista persa de la ciudad en el año 539 a. C., por lo que el monumento apenas fue visible para los viajeros que lo buscaron a lo largo de los siglos. De hecho, cuando por fin el arqueólogo alemán Robert Koldewey, en 1913, logró ubicar los restos del Etemenanki, pudo comprobar que quedaba poco más que los cimientos. Difícilmente habría sido alguien capaz de ver allí los vestigios de una torre que, según la Biblia, debía llegar al cielo.

 

EL ÉXODO DE LOS JUDÍOS

Según el libro del Éxodo, en algún momento de la segunda mitad del siglo XIII a. C., durante el reinado de Ramsés II, centenares de miles de hebreos abandonaron Egipto guiados por Moisés, y durante 40 años vagaron por el desierto camino de la Tierra Prometida. Desde los inicios de la arqueología bíblica en el siglo XIX, muchos investigadores han tratado de hallar evidencias materiales de aquel periplo.

El punto de partida de esa búsqueda era lógico. La esclavitud de todo un pueblo en Egipto y su posterior peregrinaje por el desierto forzosamente debían haber dejado rastros en el territorio. Tan solo hacía falta encontrarlos. En el delta del Nilo, la esperanza de los arqueólogos era la de hallar pruebas materiales o escritas que demostrasen la presencia en el lugar de una numerosa comunidad como la que describía la Biblia. La búsqueda se inició ya a finales del siglo XIX, cuando pioneros como Flinders Petrie y Édouard Naville exploraron las regiones del delta del Nilo y el Wadi Tumilat, identificando algunos topónimos relacionados con el relato del Éxodo, pero sin encontrar evidencias directas  de la presencia de los hebreos en Egipto.

Aquel primer fracaso se ha repetido una y otra vez desde entonces. Las actuales excavaciones del University College London en el yacimiento egipcio de Qantir, la antigua Pi-Ramsés (una de Ias ciudades construidas por los esclavos hebreos, según el libro del Éxodo), tampoco han aportado nada que pueda vincularse con la existencia en el lugar de una comunidad  de esclavos israelitas. Si se han aliado, en cambio, más de una docena de yacimientos con enterramientos que incluían cultura material de origen semítico. Pero estos apuntan a grupos de pastores cananeos que acudían a Egipto en busca de pastos para sus rebaños, y no a esclavos hebreos.

4-arca de la Alianza SXVI,metirta.online

Arca de la Alianza S XVI,

Tampoco en la región del Sinaí ha habido más suerte. Allí los arqueólogos han documentado la existencia de una impresionante red de fortificaciones egipcias que protegían su frontera oriental, destacando especialmente los yacimientos de Tell Hebua y Tell el-Borg. Aunque estas fortificaciones no guardan ninguna relación con los hebreos, arqueólogos como James K. Hoffmeier las han tomado como una evidencia indirecta de la historicidad general del relato bíblico.

Según un pasaje del Éxodo, los hebreos, en su huida, optaron por evitar el denominado “camino de los filisteos” por ser demasiado peligroso, debido a la fuerte presencia militar egipcia. Fortalezas como las de Tell Hebua y Tell el-Borg confirmarían esa presencia militar.

 

El desierto sigue mudo

No obstante, más allá de detalles como la verosimilitud de un pasaje bíblico concreto, la arqueología no ha sido capaz de encontrar lo más importante: huellas de los israelitas en la península del Sinaí. Han sido muchas las prospecciones arqueológicas llevadas a cabo en el territorio, sobre todo en torno al monte Sinaí y el monasterio de Santa Catalina, pero ninguna de ellas ha localizado fragmentos cerámicos, estructuras arquitectónicas o restos de campamentos que pudiesen datarse en la segunda mitad del siglo XIII a. C. y atribuirse, por tanto, al paso de los hebreos por la región.

En cambio, sí se han encontrado pruebas de la presencia de pequeños grupos de pastores nómadas del milenio ni a. C., es decir, más de mil años antes de la supuesta estancia de centenares de miles de hebreos en la zona. Resulta cuando menos sorprendente que dichos grupos nómadas sí hayan dejado un rastro arqueológico perfectamente identificable y que, en cambio, los israelitas del Éxodo, mucho más numerosos, no lo hayan hecho.

El persistente silencio de la arqueología a la hora de aportar datos sobre el Éxodo lleva a cada vez más especialistas a considerar que el episodio jamás tuvo lugar, o que, como mínimo, si se produjo, tuvo que haber sido en unos términos muchísimo más modestos que los apuntados en el relato bíblico.

 

EL ARCA DE LA ALIANZA

Indiana Jones existió realmente. O, como mínimo, existió alguien cuyas aventuras recuerdan a las del personaje de Spielberg. Nos referimos a Montagu B. Parker, capitán del ejército británico, que entre 1909 y 1911 protagonizó uno de los episodios arqueológicos más sorprendentes de la historia de Jerusalén. Este relato empieza en una biblioteca de Estambul en 1908. Allí, el biblista finés Valter H. Juvelius creyó descubrir un pasaje codificado del libro de Ezequiel, donde se describiría el lugar exacto en el que se escondió el tesoro del templo de Jerusalén antes de su destrucción en 586 a. C. Ese tesoro incluiría, entre otras cosas, la corona y el anillo real de Salomón, así como el arca de la Alianza. Según Juvelius, el conjunto se hallaba en una cueva bajo la explanada de las Mezquitas, a la que únicamente podía accederse a través de un túnel secreto. Convencido de la autenticidad de su descubrimiento, Juvelius trató de lograr la financiación necesaria para organizar una misión arqueológica que permitiese recuperar el tesoro.

5-Los israelitas cruzan el mar Rojo, SXVII,metirta.online

Los israelitas cruzan el mar Rojo, S. XVII,

Tras numerosas negativas, dio con el capitán Parker, que se entusiasmó con la idea. Gracias a su amplia red de contactos, este logró reunir un total de 125.000 dólares. Entre otros benefactores, aportaron generosas donaciones la duquesa de Marlborough y la familia Armour de Chicago. Tras sobornar a dos altos funcionarios otomanos para obtener los permisos de excavación, Parker y su equipo iniciaron sus trabajos en Jerusalén en agosto de 1909.

La zona escogida fue la del Ophel, un yacimiento donde años antes Charles Warren había localizado un complejo sistema de pozos y canalizaciones. En opinión de Parker y Juvelius, allí debía de estar el pasaje secreto que les conduciría hasta la cueva del tesoro. Los trabajos de Parker generaron una gran polémica. Los arqueólogos occidentales presentes en Palestina denunciaron ante las autoridades otomanas la falta de rigor arqueológico con la que actuaba el británico.

Para acallar las críticas, nuestro protagonista decidió incluir en su equipo al prestigioso arqueólogo francés Louis Vincent, eso sí, sin informarle del verdadero objetivo de la misión. La comunidad judía de Jerusalén también denunció a Parker por considerar que estaba profanando las tumbas de David y Salomón. A pesar de aquellos contratiempos, el capitán pudo continuar su labor, aunque no fue capaz de encontrar el menor rastro del túnel secreto.

 

Huida a la carrera

En agosto de 1910, Parker y sus hombres iniciaron una nueva campaña arqueológica, pero hubieron de hacer frente a otro problema. Las autoridades turcas, presionadas por la comunidad judía, habían limitado su permiso de excavaciones hasta el verano de 1911. Disponía, por tanto, de menos de un año para hallar el tesoro del templo. Incapaz de localizar el supuesto túnel, decidió abandonar la zona del Ophel y optó por una medida más expeditiva: llegar directamente hasta la cueva cavando un túnel a través de la explanada de las Mezquitas. Sobornó con 25.000 dólares al gobernador turco de Jerusalén, y en abril de 1911 empezó a excavar en la esquina sureste de la explanada, el lugar en el que Juvelius creía que se hallaba la cueva. Para evitar la previsible oposición árabe, el equipo de Parker se vestía con ropas locales y trabajaba únicamente de noche. Sin embargo, tras siete días de excavaciones clandestinas, seguían sin dar con el tesoro. Ya casi sin opciones, el 17 de abril de 1917, Parker y sus hombres entraron en la Cúpula de la Roca, creyendo que la cueva podía ser una cavidad situada bajo la roca desde la que Mahoma, según la tradición musulmana, subió al cielo. Descendieron con cuerdas hasta la Cúpula. Sin embargo, uno de los encargados del cuidado del recinto los descubrió, abandonó a toda prisa el lugar y alertó a la población de la profanación. Una turba enfurecida provocó graves disturbios en distintas zonas de Jerusalén. Parker y sus hombres huyeron hacia Jaffa, desde donde esperaban poder embarcar a Inglaterra. Allí, sin embargo, fueron retenidos por las autoridades turcas. Temiendo por su vida, lograron finalmente escapar del control policial y subir a un yate, sin el arca de la Alianza, pero con vida.

 

 

←LA FE EN LAS CIENCIAS OCULTAS.