HACIA UNA MÍSTICA MUNDIAL – LO COMÚN DE LOS CAMINOS MÍSTICOS

Durante mi larga estancia en un centro japonés de zen aprendí que los caminos espirituales de todas las religiones siguen la misma estructura básica. Me di cuenta de que tenemos unos dones básicos que compartimos con todos los seres humanos. Uno de estos dones es que somos capaces de experimentar el fondo que subyace a todo ser. El paso esencial hacia esta experiencia requiere hacer callar la consciencia cotidiana para liberar nuestro espíritu de las limitaciones del ego. Si logramos deshacer nuestra identificación con el ego, se abrirá un espacio de la consciencia en el que experimentaremos la unidad de todo ser.

Hay diferentes accesos a este espacio transpersonal de la consciencia pero dos de ellos constituyen las formas básicas más corrientes de todos los caminos espirituales. Se conocen como unificación de la consciencia y como vaciamiento de la consciencia. La meta de ambos es la misma: relegar el yo para que nuestra naturaleza verdadera se manifieste. Me gusta mucho el cuento del seguidor de una diosa que quiso a toda costa ver su faz. Pero ésta estaba oculta en el templo detrás de un velo. Y se decía que la persona que retirara ese velo y contemplara la faz de la diosa moriría. El discípulo se dijo: “Prefiero morir antes que sufrir por siempre el anhelo de ver la faz de la diosa”. Así que se dirigió al templo y descorrió el velo. ¿Y qué es lo que vio? Se vio a sí mismo, vio su naturaleza autentica, que estaba oculta detrás del velo de su yo. En los caminos espirituales se trata sólo de una cosa: mirar detrás del velo del yo. Los dos accesos básicos que he mencionado tienen precisamente esta meta.

La primera forma básica de práctica es la unificación de la consciencia, o el recogimiento de la consciencia, dirigiéndola a un solo foco. Aquí concentramos todas nuestras potencias en un único contenido de la consciencia. Puede ser el propio aliento, una palabra que se sigue repitiendo continuamente, un koan, un mantra o un sonido. Practicamos, por ejemplo, concentrándonos en el aliento el tiempo preciso hasta que el observador y la respiración queden unificados. Si esto se da realmente, se abre un nuevo nivel del conocimiento.

Esta práctica conduce a la relegación del nivel del yo y a un recogimiento interior muy profundo. La consciencia quedará libre de todo sentimiento, de todo pensamiento y de todo miedo. La mística cristiana lo denomina, como ya dijimos, “oración de quietud”. En el zen este estado se llama “samadhi”. La meta, sin embargo, es la experiencia del Vacío, de la Nada, de esa Nada de la que habla san Juan de la Cruz. Pero esa Nada no es que sea nada: es la potencia de la que brota absolutamente todo.

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Estado Samadhi

La segunda forma básica de práctica de los caminos espirituales consiste en el vaciamiento de la consciencia. Va dirigida a alcanzar la no reacción de la consciencia. Ésta está completamente despierta pero no se vincula a nada. La persona que practica esta forma permite todo lo que surja en su mente vaya pasando a través ella y su consciencia se convierta cada vez más en espejo que refleja todo, sin identificarse con nada.

Se trata aquí de la pura atención. No de una atención en algo, sino presencia pura. Es como si la consciencia se mirara a sí misma. En el zen esta forma de práctica se conoce como shikantaza, lo que significa “estar solamente sentado”. Shikantaza significa, pues, mirar su mente con sereno sosiego. En el Tao esto se llama wu wei, no hacer, estar sin ninguna intención. Los tibetanos lo llaman el Gran Sello (sánscrito: mahamudra). En la contemplación cristiana, en el libro de “La nube del no-saber” se llama “mirar al ser desnudo”. Juan de la Cruz lo llama “atención pura”.

Estas dos formas de la práctica combaten el comportamiento automático de la consciencia. Trabajan en contra de la tendencia básica de la consciencia a la dispersión y a ocuparse constantemente de nuevos contenidos. La atención al aquí y ahora conduce hacia la apertura al silencio, hacia la amplitud y la infinitud. De esta manera se hará posible la experiencia de la no-dualidad, de la “coincidencia de los opuestos” según la terminología del místico cristiano Nicolás de Cusa. Toda discriminación entre yo y tú, sujeto y objeto, correcto y erróneo se disuelven en una experiencia profunda. El yo se desvanece en la naturaleza, en la no-dualidad. En esto consiste la auténtica experiencia mística, la unión mística. Aquí ya no hay ninguna religión, porque la experiencia es transconfesional, transpersonal, no-dual y más allá de todo concepto. Aquí se disuelven también todas las ideas sobre Dios. “Nada” lo denominaba el gran místico san Juan de la Cruz. En el Zen, este estado se conoce como Vacío. Es el fondo carente de sustancia de todo Ser y, con ello, la naturaleza más honda de nosotros y de todas las cosas. El que haya hecho esta experiencia la ha vivido como la “Realidad auténtica”, más poderosa y vasta que toda percepción racional y sensorial. De esta experiencia brota la experiencia de la unidad que todo lo abarca, la base del amor universal.

En este camino nos vamos abriendo cada vez más a lo que hay. Por ello, el camino no consiste en hacer, sino en soltar. No se trata de alcanzar nada en este camino, se trata simplemente de llegar al lugar donde ya estamos y donde siempre hemos estado. Se trata de irrumpir a nuestra naturaleza auténtica. Allí no existe ningún objeto. Nuestra naturaleza verdadera es vacía, omnipresente, quieta y pura. No ganamos nada nuevo. Tan sólo despertamos. Por eso, sería mejor hablar de un despertar en vez de iluminación. Tampoco hay nada que se reciba de un maestro. Éste únicamente puede ayudar al discípulo a despertar. Ese espacio que se abre es nuestra patria verdadera. Le hemos dado muchos nombres diferentes: Fondo, Divinidad, Brahmán, Realidad Primera, Realidad Última Consciencia Cósmica, Consciencia Absoluta; pero para nuestra razón y nuestros sentidos sigue siendo incomprensible.

Los caminos místicos pueden describirse como el arte de realizar una conexión consciente con lo Absoluto inconcebible. El místico cristiano Juan Tauler describió esta experiencia de la siguiente manera: “El espíritu se hunde en lo Absoluto de modo que pierde toda discriminación. Se vuelve uno con la dulzura de Dios de modo que su naturaleza está tan compenetrada por la naturaleza divina que se pierde como una gota de agua en un gran barril de vino, de forma que pierde toda discriminación… y es una unidad pura, secreta, sin ninguna diferencia”.

Y el místico sufi Al-Haladj expresó esta experiencia como sigue: “Yo soy el que amo y al que amo, soy yo”

En todas las tradiciones de la mística, en el hinduismo, en el neoplatonismo, en el sufismo, en el zen e igual mente en la mística cristiana, encontramos las mismas y repetidas experiencias que dan testimonio de una unanimidad invariable. La verdadera unidad de las religiones se encuentra, por ello, en sus caminos místicos. Porque el origen de todas las religiones se basa en las experiencias místicas que han tenido los seres humanos a lo largo de la historia de la humanidad. Se basan en la experiencia originaria del Ser que han tenido muchas personas sabias, y que luego recibieron diferentes nombres. El que ha tenido una experiencia mística sabe que toda religión no es más que la interpretación que apunta hacia lo Uno, hacia la Realidad Última.

Rumi, místico sufi, escribe: “Ya no me conozco a mí mismo. No soy cristiano, ni judío, ni persa, ni musulmán. ¡Toda separación está salvada! Veo el mundo como el Todo-Uno. Este Uno lo anhelo, este Uno lo conozco, este Uno lo veo y lo reconozco”.

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Rumí místico sufí.

El camino místico puede vivirse en cualquier lugar y en cualquier momento. No necesita la religión, ni el dogma, ni una comunidad organizada, ni templo ni catedral. Nadie tiene que cortarse el pelo ni llevar hábitos especiales para recorrerlo. El camino místico puede realizarse en cualquier forma de sociedad. Dado que todo ser humano posee de forma innata una estructura básica que le facilita el camino místico, cada individuo puede darle a esta experiencia originaria su expresión individual.

La mística no va ligada a una confesión. En la experiencia traspasa el marco confesional. Existe una espiritualidad transconfesional. Existe una mística seglar. Existe una espiritualidad sin un Dios personal.

La oración mística, o, mejor dicho, estar sentado en recogimiento, florecía ya unos cuantos miles de años antes de que aparecieran las primeras religiones. Se ha filtrado en todas ellas, aunque con diferentes caracteres, pues todas las religiones se nutren esencialmente de la experiencia transcendental. En los siglos anteriores a Jesucristo, en el norte de la India, la espiritualidad estaba en su apogeo. Se desarrollaron gran número de prácticas para recoger la mente y sosegarla. Con estas formas de recogimiento interior muchas personas irrumpieron en un espacio místico y transpersonal de la consciencia que les deparó profundas experiencias espirituales. Podemos calificar el norte de la India como la patria del recogimiento interior e interreligioso. Seguramente Shakyamuni Buda no fue el primero que alcanzó el espacio transpersonal. Siguió las huellas de muchos predecesores. Sabemos que aquella espiritualidad se expandió desde el actual norte de la India a través del Himalaya hacia China y Asia Oriental. De allí pasó al sur hasta Sri Lanka e Indonesia y, finalmente, a través de la ruta de la seda, alcanzó Occidente. Bajo la forma del sufismo entró en el Islam. También Jesús era una persona hondamente mística que anunció el “Reino de Dios” en el interior de la persona. Muchas parábolas que se le atribuyen provienen de las historias que se contaban en Asia Central. En los siglos anteriores a Cristo, Alejandría era un crisol entre Oriente y Occidente (quizás Jesús estuvo realmente allí durante algún tiempo, como algunos suponen). Desde allí, esta espiritualidad llegó a los Padres del Desierto y, por medio de Casiano y Dionisio, a la Iglesia occidental) Desde Alejandría encontró también el camino hacia I Iglesia oriental, donde se manifestó como la oración del corazón. La repetición de palabras sagradas, un nombre de Dios o un mantra, está extendida por el mundo entero como una forma de oración mística. También encontramos en muchos caminos espirituales el uso de una sarta de cuentas para rezar, en el budismo la mala, en el cristianismo el rosario, y los sufíes lo utilizan para recitar los diferentes nombres de Dios.

Desgraciadamente, las experiencias místicas de los sabios han sido institucionalizadas progresivamente y fijadas por parte de sus sucesores, con lo cual lo esencial se ha ido perdiendo cada vez más. Pero las religiones deberían ser caminos que nos lleven de regreso a nuestro origen, a lo que es nuestra naturaleza más honda: lo divino en nosotros, que existe en todo. Como la experiencia mística está anclada tan profundamente en la existencia humana que resiste todo intento de transmisión racional, se reprocha frecuentemente a la mística ser hostil a la razón, de ser elitista y de presumir con arrogancia de la iluminación. Las religiones institucionalizadas, que se esfuerzan por lograr una comprensión puramente racional y dogmática de la Realidad Primera, tienen dificultades con sus raíces místicas. Por este motivo, muchas mujeres y hombres místicos llegaron a ser víctimas de la marginación, de la persecución y del oprobio, y no pocos tuvieron que pagar sus experiencias místicas con sus vidas.

 

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