HACIA UNA MÍSTICA MUNDIAL – LA REALIDAD ÚLTIMA

Esta pura consciencia universal es el núcleo, la potencia de la que todo brota. También podemos llamarla lo Uno. Este Uno es la naturaleza verdadera de todos los seres. Ya existía antes del nacimiento de tus padres, dice el zen, por lo tanto también antes de nuestro propio nacimiento. “Antes de Abraham, yo soy”, dice Jesús. Es atemporal e inmutable. Se manifiesta como esta forma concreta que cada uno somos. No surge con nuestro nacimiento y no desaparece en la muerte. Lo Uno no es ni bueno ni malo. No se puede comparar con nada.

Lo Uno es no-dual. Es como el océano que permanece inalterable aunque se levanten miles de olas. Este Uno es el Fondo Originario de todas las cosas. No tiene principio, porque siempre es. Y no termina nunca. Es posible experimentarlo, y no tiene nada que ver con la creencia. Ninguna filosofía, teodicea o metafísica es capaz de comprenderlo. Es el Ahora absoluto e ilimitado.

De este Ahora absoluto surgen las múltiples formas y seres del universo como de un pozo profundísimo que nunca se seca. El zen habla de la fuente que carece de agua. Podemos llamarlo fuente, pero es una fuente que no tiene agua.

Dionisio Areopagita lo llamó “Primer Origen”. Escribió:

“El primer origen de todo no es ni ser ni vida. Pues fue él quien creó ser y vida.

El primer origen tampoco es concepto o razón. Pues fue él quien creó concepto y razón.

El primer origen tampoco está en ningún lugar determinado, ni en un sitio en el espacio, ni tampoco en uno del pensamiento. Pues todo lugar no es más que criatura.

Nada en este mundo es el primer origen. Pues todo en este mundo está creado por él.

Y, sin embargo, de ninguna manera carece de poder pues es él quien lo creó todo, todo lo existente lo llamó a ser. Y para el acto de crear, para llamar a ser, hace falta poder para que realmente algo pueda ser creado.

Y, sin embargo, este primer origen tampoco es poder. Pues fue él quien creó ese poder”.

De lo Uno surgen siempre nuevas formas. Es el origen del origen de los orígenes, el fondo del cual todo brota. Es la “Nada”, que se vierte siempre de nuevo en formas. Todas las cosas y todos los seres provienen de ese Uno. Todas las cosas y todos los seres consisten en el Uno puro, original y divino.

Hay anillos de oro, brazaletes de oro, pero ellos no son el oro. El oro les da su existencia, pero no queda afectado por ello, queda virgen. Los seres humanos, los animales, los árboles, las flores, las piedras, el agua, las montañas, los planetas, las lunas, los soles, las nebulosas, nosotros mismos con nuestros sentimientos, pensamientos e intenciones, todo se compone de lo Uno. Lo Uno es, por así decir, nuestro apellido. Todos pertenecemos a esta “única familia”. Es el denominador, y todo lo demás son numeradores. Como somos este Uno, no hemos nacido y no podemos perecer. Según nuestra naturaleza somos no nacidos e inmortales. Existimos desde siempre.

Nuestra forma cambia, y cambia a diario. También las olas del mar cambian constantemente de forma. Igual que las olas del mar cambian constantemente de forma, pero siguen siendo el agua del océano, también nosotros cambiamos constantemente nuestra forma, pero seguimos siendo lo Uno, lo Absoluto, el Vacío, que en sí no cambia: somos el Espíritu Absoluto, que en sí no cambia. La forma exterior morirá, pero nuestro Espíritu, el que somos, es imperecedero e indestructible.

El Espíritu Absoluto es la naturaleza verdadera de todos los seres vivientes. Existe ahora, eternamente inmutable. Cuando lo experimentamos, experimentamos nuestra faz auténtica, nuestra faz originaria, como se dice en el zen. Reconocer esa faz auténtica nuestra, ese Uno, es la meta de todo camino espiritual. Así que dime: ¿cuál es tu faz verdadera? ¿Cuál es esa faz que es tu propia faz invariable y para siempre? ¿Cuál es esa faz, que nadie te puede quitar, esa faz maravillosa que eres tú mismo?

Se manifiesta de muchas maneras, cambia igual que la ola cambia en el mar, pero siempre sigue siendo inequívocamente tu faz, que no puede ocultarse. Pertenece a tu intimidad y cuando la descubras, la reconocerás. Entonces sabrás que siempre es y era la misma, anterior a tu nacimiento, anterior al nacimiento de tus padres, anterior a incontables eras y al fin del mundo. Entonces experimentarás que el mundo puede perecer, pero que tu faz originaria jamás perecerá. El que irrumpa allí lo reconocerá enseguida como su naturaleza propia. Algún día morirás pero lo que eres, eso, es inmortal.

La mística, como el zen, utiliza a menudo una descripción negativa para referirse a la Realidad inefable, y dice lo que no es. El maestro zen Bassui la describe en términos parecidos a Dionisio:

“Aquello no surge en el nacimiento, y no desaparece con la muerte. Aquello no es masculino ni femenino. Aquello no es ni bueno ni malo. Aquello no es comparable con nada. Por ello se le denomina naturaleza búdica”.

Carece de atributos y sobrepasa todo lo que conocemos y lo que nos podamos imaginar. Y, a pesar de ello, este Uno supone nuestra identidad auténtica. No surgimos con nuestro nacimiento. Lo Uno se delimita en esta forma nuestra. No perecemos con la muerte, únicamente se pierde esa forma.

Siempre es el Espíritu Absoluto el que hace las múltiples experiencias, aunque él mismo no nace ni muere. Lo Uno se experimenta a sí mismo como nacer y morir.

En una experiencia espiritual profunda el individuo experimenta que lo que surge y perece es tan sólo la forma exterior. Y se reconocerá como lo Infinito y el Ser Absoluto. Cae en la cuenta de que siempre se conocía y que únicamente lo había olvidado, y que ahora se ha vuelto a encontrar. Entonces podría exclamar, como se dice en un texto de la India:

“Soy el océano infinito –soy eterno e inmortal-

Soy Espíritu”

 

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