GRAN BRETAÑA Y EL BREXIT – EL BREXIT Y LA POLÍTICA DEL DOLOR.

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Por Fitan O´Toole

El crepúsculo de los dioses: el sueño inglés

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Hay algo que hace muy bien el nacionalismo emergente. Dado que la historia reciente está siempre plagada de compromisos, complejidades y contradicciones, busca una versión del pasado que no pertenezca realmente a la historia, sino a la mitología. Se imagina a sí mismo en un mundo ideal primigenio de dioses y semidioses. Wagner hizo eso por el nacionalismo alemán en el siglo XIX. El nacionalismo irlandés soñaba con la época mitológica de Cúchulainn y Fionn MacCumhaill. William Blake intentó hacer lo mismo por la Revolución inglesa —que nunca llegó a ocurrir— a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX con sus elaborados mitos proféticos de Albión. Y, en su nivel más elitista, el Brexit se refugia en su propio sueño inglés. En parte, estamos en una época medieval de «vasallaje» y de caballeros saqueadores, una época en la que, en palabras del manifiesto ultraliberal Britannia Unchained, «todas las restricciones sociales se han relajado». Y, lo que es más importante: una época que tiene sus propios dioses y semidioses. Lo que tenemos que comprender es que esos dioses son los super-ricos. La promesa del Brexit es, en palabras de T. S. Eliot, que «la historia es ahora y en Inglaterra». Es una promesa de tiempo y lugar: el 23 de junio de 2016 es un momento radiante en la historia, y a través de él, Inglaterra se ha convertido de nuevo en un sitio radiante. Pero esta promesa, como todo el Brexit, resultó ser falsa. El momento en el que se produjo el referéndum no tiene un significado claro, se perdió casi inmediatamente en medio de la discordia y la confusión. Pero tampoco lo tiene «Inglaterra». El Brexit se ha convertido en algo divisivo, generador de amargas escisiones no solo entre los partidarios de salir de la Unión Europea y los partidarios de permanecer en ella, sino entre la Inglaterra de las grandes ciudades multiculturales y la Inglaterra de los pueblos y las ciudades pequeñas. Y, por ello, el Brexit debe inevitablemente abandonar su estado actual y sumergirse en un tiempo mitológico. Y debe reconocer a los verdaderos dioses: los dioses del capital internacional.

Lo que está en juego es la idea de soberanía. Es la gran apelación del Brexit: estamos restableciendo nuestra soberanía, recuperándola de Bruselas. Pero es también su gran contradicción: si restaurar la soberanía de Westminster y de los tribunales británicos es el objetivo, ¿por qué la retórica del Brexit ha derivado tan rápidamente en ataques histéricos hacia el ejercicio de esa misma soberanía por el Parlamento y el Tribunal Supremo? Para escapar a esta contradicción, se recurre a un pasado oscuro en el que la soberanía se vio confundida por las nociones feudales del honor y del deber. Y, detrás de todo ello, está el espectro que mantiene en trance a los ultras del Brexit: el individuo soberano.

Aunque tratan del dolor y de hacerse daño a uno mismo, y pese a que sus protagonistas son miembros de una decadente clase alta inglesa, las novelas de Patrick Melrose están ambientadas en gran medida en un majestuoso chateau francés, como si la aristocracia inglesa hubiese ganado la guerra de los Cien Años de los siglos my y xv y se hubiese asentado donde pensaba que era su sitio legítimo: Francia. El monstruoso padre, David, tiene una silla antigua con forma de trono, y en una de las novelas, Da igual, Patrick se ve a sí mismo sentado en ella, «con una pose que recordaba haber visto en la Historia Ilustrada de inglaterra que había estudiado en el colegio privado de secundaria. El dibujo mostraba la extraordinaria furia de Enrique V cuando recibió unas pelotas de tenis como regalo del insolente rey de Francia».1

Estas pelotas de tenis son una versión lujosa y antigua de las patatas fritas con sabor a cóctel de gambas: objetos triviales exagerados hasta adquirir proporciones gigantescas que evidencian el desdén continental hacia Inglaterra y, por ello, son transformados en un casus belli. Tal como señala Jonathan Sumption en su magistral historia de la guerra de los Cien Años: «La historia de las pelotas de tenis, supuestamente enviadas a Enrique V por el Delfín [no por el rey] con el mensaje de que haría bien en divertirse en casa en lugar de entrometerse en los asuntos de Francia, no fue solo una presunción de Shakespeare. Distintas versiones de este hecho circularon durante el reinado de Enrique. Es una fábula, pero, como muchas fábulas, contiene una verdad simbólica».2 En el primer acto de Enrique V, Shakespeare hace que el reyguerrero pase en unas pocas líneas de las pelotas de tenis al asesinato en masa. Advierte al embajador francés que la broma del Delfín «ha tornado sus pelotas de tenis en balas de cañón»:

A muchos miles de viudas

 esta burla del Delfín les arrebatará a sus queridos maridos,

 arrebatará muchos hijos a sus madres; hará cenizas

 muchos castillos,

 y muchos que aún no han nacido ni sido procreados

 maldecirán con razón esta injuria del Delfín.

Lo mismo podría decirse del Brexit: otra broma de la clase alta que terminará más en llanto que en risas; una nueva aventura de la clase alta destinada a infligir daño para endurecer a Inglaterra. La repentina reaparición de «vasallaje» como un término supuestamente relevante en el discurso político inglés en 2018 nos indica que, en el imaginario de la clase dominante inglesa, la guerra de los Cien Años —toda ella relacionada con el vasallaje— todavía no ha terminado. No es sorprendente, por tanto, que a Inglaterra le cueste escapar de la memoria de la Segunda Guerra Mundial: su clase dominante ni siquiera ha sido capaz de superar un conflicto que se extendió desde la década de 1330 hasta la expulsión final de los ingleses de Francia a mediados del siglo XV.

Quizá no ayude mucho el hecho de que el principal negociador de la UE, Michel Barnier, sea francés. En las novelas de Patrick Melrose hay un episodio —recreado en una secuencia exquisitamente abominable en su adaptación para la televisión en 2018— que sirve como fantasía inglesa casi pornográfica de humillación a los franceses. En una cena aristocrática, el pomposo pero inseguro embajador francés Jacques Alantour derrama salsa de venado en el vestido de la princesa Margaret. Ella hace que se arrodille y que intente limpiarlo: «”Aún queda una mancha aquí”, dice la princesa en tono autoritario, apuntando a una pequeña mancha en la parte superior de su falda. El embajador dudó. “¡Vamos, límpielo!”». Nicholas Pratt describe más tarde el episodio a Melrose: «Entre nous, no creo que los franceses hayan sido tan heroicamente representados desde el Gobierno de Vichy. Deberías haber visto cómo se arrodilló Alantour».3 Sin embargo, Pratt podría haber dicho fácilmente no «desde Vichy», sino «desde Agincourt». Si esto parece un poco rebuscado, pensemos en la reacción de Jacob ReesMogg, líder de los ultras del Brexit en la Cámara de los Comunes, en julio de 2018, al informe oficial impulsado por Theresa May en el que, por fin, se establecían los objetivos de su Gobierno en las negociaciones con Barnier. ReesMogg definió el informe oficial como «el mayor acto de vasallaje desde que el rey Juan juró lealtad a Felipe II en Le Goulet en 1200»4 (la guerra de los Cien Años era demasiado moderna para él). En su discurso de dimisión a la semana siguiente, Boris Johnson utilizó ese mismo término: «Nos estamos presentando voluntarios para un vasallaje económico no solo referido a los bienes y a los productos agrarios, sino que nos veremos obligados a igualarnos a la UE en políticas medioambientales y asuntos sociales, y en muchas otras cosas».5

El concepto de «Estado vasallo» ya se había convertido en moneda corriente del léxico del Brexit. Dada la interferencia rusa en el voto del referéndum, resulta interesante que este uso del término «Estado vasallo» fuese tomado de la retórica de Vladimir Putin. En 2014, en su conferencia de prensa anual en Moscú, el presidente de Rusia acusó a los Estados Unidos y a Europa de haber decidido que «son los ganadores, que ahora son un imperio y el resto son vasallos que deben ser empujados a un rincón».6 Pero, en todo caso, la idea de que Inglaterra estaba volviendo a un conflicto de naturaleza feudal ya era habitual a comienzos de 2018. El columnista del Express Leo McKinstry escribió: «Nos estamos deslizando al estatus de provincia regional de un súperEstado feudal [ 1. Jacob ReesMogg dice que ahora hay un verdadero peligro de que Gran Bretaña se convierta en poco más que un “Estado vasallo” durante la transición».7 Un titular del Telegraph de agosto de 2017 acerca del artículo de Martin Howe sobre los acuerdos legales posBrexit rezaba lo siguiente: «No somos un Estado vasallo, y no deberíamos someternos a un tribunal europeo de vasallaje: el Tribunal de la EFTA es de hecho un tribunal de vasallaje que transmite las decisiones del TJE a los países del EEE. Estos países han decidido convertirse en Estados vasallos de la UE, sometidos a sus reglas pero sin voto sobre las mismas».8 Este es el anverso del grito de combate de ReesMogg en la conferencia del partido tory de octubre de 2017, donde presentó el Brexit como una continuación de los grandes triunfos de las armas inglesas en la Europa continental: «¡Necesitamos reiterar los beneficios del Brexit! [ ]. Oh, esto es tan importante en la historia de nuestro país […]. ¡Es Waterloo! ¡Es Crécy! ¡Es Agincourt! ¡Nosotros ganamos en todas esas ocasiones!».9 Agincourt fue sin duda una gran batalla, y su 600 aniversario en 2015 —celebrado con una ceremonia real en la abadía de Westminster en la que la espada de Enrique V fue llevada en procesión y un actor vestido con armadura medieval recitó algunos de los discursos previos a la batalla que Shakespeare puso en boca del rey— la volvió a poner de actualidad en los momentos anteriores al referéndum del Brexit. La angustiosa evocación del «vasallaje» en 2018 era inseparable de la idea de que la gloria de Crécy y Agincourt se merecía una mejor recompensa. Hay algo al mismo tiempo profundamente neurótico y accidentalmente honesto en todo lo anterior. Neurótico porque es una versión de clase alta —como chapada en oro— de cómo la incapacidad de Inglaterra para obtener lo que en justicia se merecía por haber vencido en la Segunda Guerra Mundial había alimentado las fantasías masoquistas de la derrota. Honesto porque en realidad esas gloriosas victorias medievales formaban parte de una guerra que fue desastrosa se mire por donde se mire. La guerra de los Cien Años fue un proyecto de la elite que logró movilizar el patriotismo popular al tiempo que consumía los recursos de ese mismo pueblo. Su efecto global es resumido por Jonathan Sumption: «En Inglaterra, trajo un enorme esfuerzo y sufrimiento, una potente oleada de patriotismo, grandes fortunas seguidas de bancarrota, desintegración y completa derrota».’° Una perfecta anticipación de lo que serán los efectos a largo plazo del Brexit, al menos para las masas: si bien es cierto que «nosotros ganamos en todas esas ocasiones», todo depende de quién sea ese «nosotros». Pero lo bueno de la Inglaterra medieval es que es algo tan lejano que puedes inventarte lo que quieras sobre ella. El inventarse cosas sobre la Inglaterra medieval ocupa un lugar curioso en la genealogía del Brexit. La espectacular carrera de mentiroso de Boris Johnson, de hecho, comenzó con algo así. Unos documentos clave en su ascensión son dos «noticias» en The Times escritas en mayo de 1988, cuando era un becario: «Encontrado en Londres El Rosario, el palacio de Eduardo II», publicada el 20 de mayo, y «La madera podría indicar la fecha del palacio de Eduardo II», cuatro  días después. Johnson informaba de una excavación arqueológica que al parecer había descubierto el «desaparecido palacio del rey Eduardo II» en la orilla sur del Támesis. «De acuerdo con el Dr. Colin Lucas, de Balliol College, Oxford, allí es donde el rey llevaba una vida disoluta junto con el depravado Piers Gaveston, hasta que fue horriblemente asesinado en el castillo de Berkeley por barones que pensaban que era demasiado propenso a la influencia extranjera». El segundo artículo, que desprendía el efluvio artificial de la homofobia, la xenofobia y la paranoia «quintacolumnista», reprendía a Lucas: «El Dr. Colin Lucas, de Balliol College, Oxford, dijo que “Eduardo II tenía la reputación de haber llevado una vida de vino y rosas con su depravado amigo Piers Gaveston”, pero si la fecha de 1325 es correcta [fecha de la construcción del palacio de El Rosario], esto difícilmente pudo ocurrir en este edificio, ya que Gaveston fue ejecutado en 1312».

Colin Lucas es un honesto historiador de Oxford (aunque especializado en la Francia moderna), y de hecho es el padrino de Johnson. Pero Boris simplemente se inventó esas citas y se las atribuyó a él, con la desfachatez añadida de que cuando en el proceso se reveló su propia ignorancia, simplemente se inventó otra cita para ocultarla. Cuando Lucas se quejó, Johnson fue despedido. Pero para entonces su carrera ya había despegado. Fue inmediatamente contratado por el Daily Telegraph como corresponsal en Bruselas, donde su talento para las invenciones sensacionalistas se desplegó en todo su esplendor. La moraleja de la historia para los tories ambiciosos era clara: inventarte cosas sobre la Inglaterra del siglo XIV es bueno para tu carrera.

No obstante, da la casualidad de que hay buenas razones para volver al vasallaje, a Crécy y a Agincourt, en el contexto del Brexit. Porque en la larga historia de Inglaterra como Estado nación —mucho mayor que la de la mayoría de las entidades políticas hoy existentes— solo hay otro episodio que sea tan absolutamente desquiciado como el Brexit. La guerra de los Cien Años es una de las mayores locuras criminales de la historia europea: repetidas invasiones inglesas de Francia que desencadenaron asesinatos en masa de civiles inocentes, violaciones masivas, robo a escala abrumadora y una orgía de destrucción. No trajo otra cosa que horror y miseria. Y todo por la fallida búsqueda de una idea demencial derivada de la obsesión de la elite con las apariencias y el honor.

El 26 de enero de 1340, el rey inglés Eduardo III se irguió sobre un podio en el mercado de Gante, en Flandes. El podio estaba engalanado con nuevas banderas, encargadas a los talleres de Amberes, que mostraban el escudo de Inglaterra junto al de Francia. Y desde ese podio, Eduardo se proclamó a sí mismo rey de Francia. Un mercader florentino que fue testigo de todo el episodio preguntó a algunos habitantes locales lo que pensaban. En el mejor de los casos, escribió, pensaban que todo había sido «pueril».11 Pero durante medio milenio, hasta 1802, los monarcas de Inglaterra seguirían proclamándose reyes de Francia.

Eduardo no estaba loco. Sabía que esa pretensión no era real. La hizo porque tenía un conflicto con la verdadera monarquía francesa sobre el estatus feudal de sus vastas posesiones de tierras en el sudoeste del país, en el ducado de Aquitania. Le ofendía poseer esas tierras en situación de vasallaje —y aquí el termino tiene resonancias contemporáneas— respecto al rey de Francia. Pero —y aquí se revela lo ridículo de esas resonancias contemporáneas— el Estado vasallo no era Inglaterra. Era Aquitania. Todo el horrible espectáculo que siguió a la proclamación de Eduardo no fue nunca sobre la soberanía inglesa. Era sobre la ansiedad de una elite aristocrática por su propio estatus. Eduardo necesitaba el apoyo de los flamencos, pero estos eran también súbditos feudales de la monarquía francesa. No podían apoyarle a no ser que declarase que era el auténtico rey de Francia. Y así lo hizo. Esto plantea, no obstante, uno de los grandes problemas del Brexit: guardar las apariencias. Las personas —y los Estados— no actúan siempre en beneficio propio. Hay ocasiones en las que hacen reivindicaciones que saben absurdas, pero de las que son incapaces de retractarse.

La pretensión de que el monarca inglés era rey de Francia comenzó como una táctica para tratar con un problema político inmediato, al igual que el Brexit tuvo su origen en la estrategia de David Cameron de acabar con la disensión interna del partido tory. También fue planteada como un tipo de deliberada sobrerreacción: Eduardo, como los menos extremistas de los partidarios del Brexit, pensaba que estaba haciendo un gesto exagerado que podría ser intercambiado por otra cosa en futuras negociaciones. Pero, como ellos, realizó un error de cálculo. Como señala Sumption: «Eduardo siempre sobrevaloró el valor de negociación de su pretensión al trono de Francia, y no estaba dispuesto a abandonarla hasta que las obligaciones del rey de Francia se hubiesen cumplido hasta el último detalle».12

Pero ni Eduardo ni sus sucesores pudieron encontrar la forma de bajarse del podio que había erigido en Gante en 1340. Las consecuencias fueron desoladoras. Las repetidas invasiones de Francia costaron vidas inglesas y agotaron los recursos ingleses. Perturbaron y en ocasiones destruyeron el comercio con Flandes y con Francia, que había sido de la máxima importancia para la economía inglesa. La insaciable demanda de impuestos para pagar esas invasiones casi destruyó al Estado inglés en la Revuelta Campesina de 1381. Pero para la gente común de Francia, los Países Bajos, España e Italia (países que fueron arrastrados al conflicto) el sufrimiento fue inmenso y aparentemente interminable. Las fabulosas victorias inglesas en Crécy y Agincourt, en Sluys y en Poitiers, no pusieron fin a la guerra. Tal como señala Jonathan Sumption, simplemente «atestiguan lo irrelevantes que eran las batallas como forma de conseguir algo de importancia duradera».13 El Estado inglés no podía retener el territorio conquistado durante mucho tiempo o mantener un gran ejército permanente. La solución que encontraron resultaría atractiva para muchos de los ultras del libre mercado que hay detrás del Brexit: la guerra fue privatizada y subcontratada a gánsteres, para quienes, literalmente, «casi todas las restricciones sociales se habían relajado». Sumption (que es ahora miembro del Tribunal Supremo del Reino Unido) denomina la estrategia inglesa como «terrorismo a gran escala».14 Los señores de la guerra fueron a por la población en general. El propio Eduardo describía a estos hombres como «forajidos, criminales, asesinos, ladrones». El caballero inglés contemporáneo sir Thomas Gray los describió como «una horda de rufianes».15 Tomaban ciudades por asalto, violando y matando. Esclavizaban a hombres y mujeres. Secuestraban a todo aquel que sospechaban que tenía dinero para pagar un rescate y lo torturaban hasta que su familia pagaba. Se llevaban todo lo que podían cargar y destruían la mayor parte de lo que no. Cuando habían robado todo lo que podían en una zona, se trasladaban a por las siguientes víctimas. Y todo en nombre del «rey de Francia inglés». Pero incluso los ejércitos ingleses oficiales eran salvajes. El poeta italiano Petrarca, que viajó por el sur de Reims unos pocos meses después de que un ejército inglés pasase por ahí, escribió: «Por todos lados se veía dolor, destrucción, desolación, campos incultos plagados de mala hierba, casas arruinadas y abandonadas… ».16 Shakespeare, en Enrique V, dramatiza al héroe como el mayor de los reyes guerreros ingleses, pero deja caer una descripción bastante correcta de cuál era el destino de los civiles a manos de los ejércitos de su país. Enrique advierte a los habitantes de Halfleur de lo que les ocurrirá si no se rinden: «Veréis en un momento / al soldado ciego y sanguinario con mano abyecta / deshonrar los rizos de vuestras estridentes y frenéticas hijas; / a vuestros padres tomados por las barbas / y sus cabezas estrelladas contra los muros, / a vuestros infantes desnudos ensartados en picas». Un observador imparcial habría dicho: C’est la guerre mais ce n’est pas magnifique. Fue algo tan glorioso como las actuales hazañas de Joseph Kony (el líder del Ejército de Resistencia del Señor) en Uganda o de Charles Taylor en Sierra Leona. ¿Y para qué? Al final de todo ese sufrimiento, el poder inglés en Francia prácticamente había desaparecido, y las posesiones con las que contaba al comienzo Eduardo III se habían perdido para siempre.

Es cierto que los reyes ingleses ya no estaban sometidos al vasallaje por sus dominios en Aquitania, pero eso era porque ya no tenían esos dominios.

Incluso el peor de los Brexits no será nada comparado con la catástrofe que supuso la guerra de los Cien Años. Pero hay quizá dos paralelismos significativos. Uno es el poder de los gestos grandiosos. La pretensión inglesa al trono de Francia y la gran retórica del Brexit acerca del renacimiento de la gloriosa identidad inglesa asociada a Agincourt son cosas audaces y excitantes, pero también una chifladura: hacen hervir la sangre al mismo tiempo que nublan el cerebro. El otro paralelismo es que estos gestos grandiosos son más fáciles de hacer que de deshacer. Es sorprendente cuánto dolor puede sufrir e infligir alguien antes de reconocer que se ha equivocado. El Brexit no es la guerra de los Cien Años, pero a no ser que alguien encuentre una salida al laberinto que ha creado, las consecuencias se dejarán sentir durante un siglo. Estas no eran las lecciones que se pretendían extraer de la evocación del Brexit como un nuevo Agincourt y de un mal Brexit como el vasallaje del que se suponía que hay que liberar a Inglaterra. Pero, por muy ridícula que sea, esta metáfora sí que ilumina tres problemas planteados después del referéndum: el problema de las clases sociales, el problema de la Unión y el problema de la identidad inglesa. El «”nosotros” que siempre ganamos» es un concepto resbaladizo. Lo más obvio es que hablar de vasallaje resulta absurdo para la gran mayoría de la población del Reino Unido. Lingüísticamente, apesta a Eton y Oxbridge. Conceptualmente, se refiere a las relaciones entre miembros de una casta de superricos. Históricamente, se refiere a una larga serie de episodios en los que un grupo de señores feudales despojó a Inglaterra de hombres y dinero en la desastrosa búsqueda de sus propias ambiciones dinásticas. Por decirlo suavemente, no tiene las profundas resonancias de la Segunda Guerra Mundial, con todas sus memorias de valor moral y solidaridad social. Refugiarse en esta metáfora, por tanto, apunta a la tensión fundamental que hay en el seno del Brexit: las profundas diferencias entre los intereses y la ideología de sus líderes, por un lado, y los intereses reales de sus seguidores de clase obrera por otro.

En segundo lugar, al evocar la guerra de los Cien Años como un punto de encuentro, los partidarios del Brexit parecen no ser conscientes de un hecho bastante relevante: Escocia estaba en el otro bando. En Enrique V, de Shakespeare, el rey guerrero, antes de embarcarse hacia Francia para vengar la afrenta de las pelotas de tenis, advierte a su corte de que deben permanecer en guardia contra los escoceses, que casi con toda seguridad atacarán la frontera norte de Inglaterra. Y, de hecho, lo hicieron; Escocia estuvo aliada con Francia a lo largo de la mayor parte de la larga guerra. Para Escocia, Crécy y Agincourt no fueron victorias, sino derrotas. «Nosotros» no ganamos porque en el contexto de Gran Bretaña (y no de Inglaterra) no había un nosotros, sino solo un nosotros y un ellos. Que esto no se les ocurriese a los principales defensores del Brexit es una señal de la enorme distancia que hay entre su apasionada defensa de la Unión por un lado y su ignorancia e indiferencia hacia Escocia por el otro. Es también señal del declive del poder unificador del mito del fracaso heroico. En su momento álgido no solo apelaba a los ingleses, sino a todos los pueblos de lo que entonces era el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Los disidentes escoceses tenían su propia versión del mito en la figura del explorador y misionero David Livingston. Incluso los militantes nacionalistas irlandeses podían emplear el mito para sus propios fines, como hicieron con el levantamiento de Semana Santa de 1916. Pero los intentos de glorificar el desastre que supuso la guerra de los Cien Años no tienen ese potencial. En la medida en que puedan resonar fuera de los límites de la cultura de clase alta, solo lo hacen en Inglaterra. Y, al hacerlo, exponen la verdad de todo este proyecto: el Brexit es, en esencia, un proyecto nacionalista inglés. Pero incluso en este caso, el empleo de la metáfora apunta a una incertidumbre esencial en el tema de la identidad inglesa con respecto a la Europa continental: ¿es Inglaterra una isla o no? El objetivo de la guerra de los Cien Años era probar que no lo era, que Inglaterra se extendía a Normandía y Aquitania, y (potencialmente) a toda Francia. Pero esto no tiene mucho atractivo emocional: la insularidad es lo que define la identidad inglesa posimpedal. Si uno preguntase a la mayoría de los partidarios del Brexit por un poema que resumiese sus sentimientos patrióticos, sería la hipnótica evocación de una Inglaterra sagrada por Juan de Gante en Ricardo II:

Este augusto trono de reyes, esta isla por un cetro sometida,

esta tierra majestuosa, este sitial de Marte,

este segundo Edén, este semiparaíso

y fortaleza construida por la propia Natura

contra la mano infectada de la guerra;

esta feliz estirpe de hombres, este pequeño mundo

esta joya engastada en plata de los océanos…

No cabe una evocación más emocionante de la Fortaleza Inglaterra como un «pequeño mundo» perfecto. La comunidad imaginaria de la Inglaterra posBrexit es el semiparaíso de Juan de Gante, un lugar construido por la propia Natura para proteger a su feliz estirpe de hombres de la infección de los extranjeros. Y mientras lees estas líneas, te tropiezas con la palabra «isla». Gante habla explícitamente de «esta tierra, esta Inglaterra», no de Gran Bretaña. E Inglaterra no es una isla. El discurso habla de una tierra rodeada de agua, «unida por océanos triunfantes». La geografía de Gante está algo desajustada. Al igual que la historia de Shakespeare. Cuando el verdadero pueblo de Inglaterra se alzó en la Revuelta Campesina, Juan de Gante estaba en los primeros puestos de su lista negra. Era realmente Jean de Gante, como la ciudad que es ahora parte de Bélgica. Era un Plantagenet de habla francesa que pasó gran parte de su vida en Aquitania y que fue durante quince años rey nominal de Castilla. Todas estas contradicciones reaparecen en la moderna reconstrucción política de la identidad inglesa. Por un lado, Inglaterra es una noisla que celebra su insularidad. Como afirmó James Morris en 1962 en el debate sobre una posible entrada en el Mercado Común: «La mitad de todo lo bueno de ser inglés es ser un isleño, pero solo se destaca la congestión de la insularidad, no la excitación que provoca».17 Cuando se tomó la decisión de no construir el túnel del Canal de la Mancha, la ministra laborista Bárbara Castle escribió en su diario el 16 de enero de 1975: «Me siento aliviada de que [el secretario de Medio Ambiente] Tony Crossland haya decidido que no sigamos adelante. No es solo por un prejuicio contra el Mercado Común. Es una especie de sentimiento sencillo de que una isla es una isla y no debe ser violada. Estoy convencida de que la construcción de un túnel afectaría profundamente a la actitud nacional, y ciertamente no para mejor. Hay demasiada movilidad en el mundo moderno».18 La idea de Castle de la violación resonó en la frase empleada por Randolph Churchill cuando se oponía a la nueva (y exitosa) propuesta de túnel en junio de 1988, según la cual Gran Bretaña debía permanecer «virgo intacta».19

Este podría ser el mundo de fantasía del Brexit popular, pero no forma parte de la versión de la elite, que todavía se imagina una Inglaterra que se extiende hasta Francia como en los días gloriosos del siglo my. Tras el referéndum del Brexit, Boris Johnson podía usar el sueño imposible de rellenar el canal como argumento de que no se necesitaban vínculos formales con Europa, porque en realidad no hay separación alguna:

Para todos aquellos que quieren hacer menos insular a Gran Bretaña, la respuesta no es someterse para siempre al orden legal de la UE, sino pensar cómo podemos deshacer la separación física que tuvo lugar al final de la Edad de Hielo. Vuela sobre el canal desde Dover y verás lo estrecho que es, con los ferris yendo de un extremo al otro como autobuses en Oxford Street, y al medir con tus dedos ese estrecho de color azul, te darás cuenta de que ese foso no es sino un agrandado río prehistórico que una vez fluía desde Noruega y era alimentado por sus afluentes, el Támesis, el Sena y el Rin.20

Cuando el canal sea pavimentado, la isla por un cetro sometida se reconectará físicamente con su destino dinástico angevino.

Pero esta extraña fantasía medieval tiene un correlato aún más extraño, una idea que va más allá de las complicaciones cotidianas del tiempo y el espacio y se interna en una ensoñación mítica. Aquí es donde nos encontramos con el mundo de los dioses. Cuando Inglaterra estaba debatiendo ansiosamente cuál era su sitio en el contexto europeo, Arthur Koestler sugirió sarcásticamente que «todo lo que tenemos que hacer es alistar un batallón de submarinistas. Los submarinistas cortarán las amarras de estas islas y las remolcarán hasta la bahía Botany o hasta las costas de Nueva Zelanda».21 Esta solución no ha sido planteada por los partidarios del Brexit, pero tiene una extraña relevancia, literal y metafóricamente.

Para todos aquellos que votaron a su favor, en el corazón mismo del Brexit había una idea de soberanía nacional y una sensación de lugar. Pero, de hecho, uno de los motivos subyacentes de la elite que impulsó el Brexit era quitarse de encima ambas cosas. Para la mayoría de los que votaron a su favor, el Brexit significa una «vuelta al Estado nación». Pero para muchos de los que lo habían diseñado, el ideal era muy diferente. Usaban ese lenguaje porque era el único políticamente viable. Pero para ellos la salida de la UE es realmente un preludio de la salida del Estadonación y de la huida hacia un mundo donde los ricos son completamente libres, porque se han librado del Estado.

Un texto clave del Brexit es un libro publicado por el padre de Jacob ReesMogg, William (escrito junto con James Dale Davidson). Su título es revelador: El individuo soberano. Es un follón abiertamente apocalíptico de pronósticos al estilo de Ayn Rand dirigidos explícitamente a los superricos. Y lo que argumenta es que el año 2000 marcará el amanecer de una nueva era, en la que la soberanía pasará a estos individuos superricos y los Estados nación perecerán.

Mientras que la retórica del Brexit atacaba a los «ciudadanos de ningún sitio», el padre de ReesMogg defendía que era precisamente eso lo que los titanes super-ricos de la nueva era podían y debían ser. El propio libro se autodefine como un manifiesto para la «elite cognitiva» que operará cada vez más fuera de las fronteras políticas. Da igual si su casa está en Frankfurt, Londres, Nueva York, Buenos Aires, Los Ángeles, Tokio o Hong Kong.23 Esta elite se liberará, a comienzos del siglo xxi, de todas las constricciones de nacionalidad, ciudadanía y, por supuesto, fiscalidad. El «Estado nación tal como lo conocemos no sobrevivirá en su estado actual».” Se «morirá de hambre a medida que deje de recibir impuestos», pues la nueva elite se ha declarado soberana y por tanto ya no está sujeta a ninguna fiscalidad. La democracia de masas y el concepto de ciudadanía serán superados: «Es solo cuestión de tiempo que la democracia de masas siga el mismo camino que su gemelo fraternal, el comunismo».24

Todo esto conecta perfectamente con el medievalismo de su hijo, Jacob ReesMogg. El modelo para la nueva elite propuesto por William ReesMogg es el de las órdenes militares de la Europa medieval, como los Caballeros Templarios o la Orden de Malta, que operaban sin tener en cuenta criterios de nacionalidad, hacían sus propias leyes y podían «disponer de una considerable riqueza y poder militar sin controlar ningún territorio fijo» y «en ningún sentido derivaban su autoridad de la identidad nacional».25

 Pero no serán simplemente hombres, serán dioses. Las «buenas noticias para los ricos» es que «lo que la mitología describía como el terreno de los dioses se convertirá en una opción viable para el individuo: una vida fuera del alcance de reyes y asambleas. Primero un puñado, luego cientos, luego millones, al final los individuos se liberarán de los grilletes de la política. Y cuando lo hagan, transformarán el carácter de los gobiernos, reduciendo al mínimo el ámbito de lo obligatorio y ampliando el ámbito del control privado sobre los recursos».26

Estos individuos soberanos divinos «operarán como los dioses de la mitología en el mismo entorno físico del ciudadano común y sometido, pero en un ámbito políticamente separado».27 El libro habla de «la tiranía de la localización» y de «trascender lo local». 28 E indica explícitamente qué es lo que esto significa: las elites establecerán sus propios enclaves, microestados independientes de cualquier país existente. Y, por supuesto, «las clases bajas se quedarán al otro lado del muro. El traslado a comunidades cerradas es inevitable. Levantar muros para dejar fuera a los revoltosos es una manera efectiva y tradicional de minimizar la violencia criminal en épocas de autoridad central débil».29

 Dentro de estos microestados amurallados, «el control sobre los recursos económicos pasará del Estado a las personas con habilidades e inteligencia superiores». Más allá, en los ahora atrofiados Estados nación donde los sistemas del bienestar y los servicios públicos han colapsado debido a que los ingresos fiscales se han agotado, vivirán la mayoría de «perdedores y rezagados», demasiado estúpidos como para llegar al estatus de individuos soberanos: «Surgirán nuevas estrategias de supervivencia para individuos menos inteligentes, que implicarán una mayor concentración en el desarrollo de habilidades relacionadas con el ocio, el deporte y la criminalidad, además de con la prestación de servicios al creciente número de individuos soberanos».30 Estos meros humanos servirán a los dioses, suponemos, como limpiadores, prostitutas y gladiadores.

Por muy chiflado que parezca todo esto, la idea era que sirviera como programa práctico. El individuo soberano tiene un apéndice que ofrece diversos servicios: un instrumento de inversión en las Bermudas, membresía de un fideicomiso extraterritorial, consejo sobre «cómo asegurar tu zona libre de impuestos» y la pertenencia a la Sociedad Soberana, compuesta de «futuros individuos soberanos [… ] que se han asociado para ayudarse los unos a los otros a conseguir independencia».31 El deseo de establecer enclaves autogobernados para los super-ricos es un proyecto en marcha del billonario de la tecnología y seguidor de Trump Peter Thiel, que quiere crear una república marítima para la elite junto a la costa de California.

Para esta utopía distópica, la idea de la huida resulta fundamental. Rees-Mogg sénior escribió que incluso en los estadios iniciales de esta nueva era «muchos residentes de los mayores y más poderosos Estados nación, como ocurrió en el Berlín Este antes de 1989, harán planes para poder escapar [ … ], abandonar el país en el que han nacido no es una decisión impensable».32 Para estos nuevos dioses, el Estado nación es una «institución predatoria» de la cual «el individuo querrá escapar».33 Rees-Mogg identificaba Nueva Zelanda como una localización ideal para esta nueva elite posnacional, un «nuevo domicilio para la creación de riqueza en la era de la información». A mediados de los noventa, fue adquirida una enorme granja de ovejas en la punta sur de la Isla del Norte por un conglomerado empresarial cuyos mayores accionistas incluían a Davidson y Rees-Mogg.34 La broma de Koestler sobre remolcar Inglaterra hasta Nueva Zelanda obtuvo por tanto una suerte de realidad chiflada en el sueño febril de una elite que buscaba liberarse de los grilletes de la nación y no ser responsables ante nadie, excepto ante ellos mismos.

Jacob Rees-Mogg no es su padre, pero hay tres aspectos que demuestran claramente de quién es hijo. Uno es que, detrás de su nacionalismo inglés, él también cree en la soberanía de los superricos y en su derecho a escapar. En junio de 2018, Somerset Capital Management, de la que es copropietario, lanzó un «instrumento de activos reunidos» fiscalmente eficiente y con sede en Dublín para garantizar que pudiese seguir operando bajo la regulación de la UE, que él condena como opresora. El mes siguiente, lanzó un segundo fondo con sede también en Dublín «para atender la demanda de los inversores internacionales preocupados por los efectos del Brexit».35

A pesar de todas las discusiones sobre la soberanía nacional, en su mundo real el individuo superrico ejerce como soberano transnacional. Para los dioses, siempre hay una salida, incluso del Brexit. En segundo lugar, para muchos de los ultras del Brexit, su odio hacia la UE está principalmente enraizado en las restricciones que esta impone al capitalismo predatorio. En tercer lugar, al igual que su padre con su idea de los individuos soberanos reunidos en sus órdenes transnacionales como caballeros medievales, no puede resistirse a una metáfora feudal.

¿Cuál es, entonces, el atractivo del vasallaje? George Orwell es el que lo identifica mejor: «Dado el hecho de la servidumbre, la relación feudal es la única tolerable».36 Al igual que los sueños de ser invadidos generaron en última instancia planes reales para revivir los años de guerra, en el caso del Brexit la fantasía del vasallaje abre la posibilidad de nuevas realidades. Los que se deleitan en esa fantasía son los mismos que han llevado a Gran Bretaña a una situación en la que podría acabar como un satélite de la UE, teniendo que aceptar sus normas y regulaciones sin participar en su elaboración. Esta sería una forma muy suave de servidumbre, pero el estar sometido a leyes en cuya elaboración no se ha participado es, de hecho, una buena definición de subordinación política. «El hecho de la servidumbre» ha sido creado en su totalidad por los propios partidarios del Brexit.

Pero, habiendo creado la posibilidad real de una forma de servidumbre, esta era más tolerable si estaba revestida de las formas de una relación feudal. Más tolerable en parte porque esto la distinguiría de la historia reciente que realmente había llevado a esta situación —una historia de oportunismo, imprudencia, fantasía y cinismo— y la situaría en un tiempo histórico de ensueño, un pasado remoto del que nosotros (o al menos Johnson y Rees-Mogg) no sabemos casi nada. Es muy improbable que la gran mayoría de los ingleses en 1200 supiesen o les importase que el rey Juan hubiese prestado «homenaje» a Felipe II en Le Goulet, y completamente improbable que los ingleses lo supiesen o les importase en 2018. Pero como una forma alternativa de explicar cómo su Estado ha acabado en la tierra de nadie que aparece en el informe oficial de Theresa May, era mejor que la verdad.

Por otro lado, la referencia de Rees-Mogg a Le Goulet incluía la palabra ganadora: «homenaje». Esta es la otra idea que hace que la relación feudal sea más tolerable que los hechos concretos de una relación complicada, ambigua y mutuamente insatisfactoria entre la UE y el Reino Unido tras el Brexit. Convierte toda esta historia en un asunto de honor. La cuestión no es que Inglaterra se vea envuelta en tediosas, complejas e insatisfactorias negociaciones para encontrar el compromiso menos malo y sacar lo mejor de algo realmente muy penoso. La cuestión es más bien que Inglaterra ha sido insultada. Querían pasteles y Barnier les envió pelotas de tenis. El deber de los ingleses cuando el honor de sus gobernantes está en juego siempre ha estado claro: sufrir gloriosamente tanto como sea necesario hasta que toda esta historia desaparezca por agotamiento y futilidad. ReesMogg sugirió que los beneficios del Brexit se notarían en cincuenta años, pero, dado su amplio sentido de la historia, ¿por qué no en cien? O, como ocurre en el mundo de los sueños, en el largo nunca jamás.

 

APUNTES A PIE DE PÁGINA

1Edward St Aubyn, Never Mind, Picador, Londres, 2012, p. 17.

2 Jonathan Sumption, Cursed Kings: The Hundred Years War, vol. IV, Faber & Faber, Londres, 2015, P. 374.

3Edward St Aubyn, Some Hope, Picador, Londres, 2012, pp. 126, 146.

4 « ¡El Reino Unido es un Estado vasallo!», Daily Express, 12 de julio de 2018.

5 «El discurso de dimisión de Boris Johnson completo: “No es demasiado tarde para salvar el Brexit”», Daily Telegraph, 19 de julio de 2018.

6 «Putin señala que no dará su brazo a torcer sobre Ucrania», por Tom Parfitt, Daily Telegraph, 18 de diciembre de 2014.

7 Daily Express, 8 de febrero de 2018.

8 Daily Telegraph, 23 de agosto de 2017.

9 «Los tres tories defensores del Brexit esgrimen sus bravuconadas y los mejores chistes», Guardian, 3 de octubre de 2017.

10 Jonathan Sumption, Trial by Battle: The Hundred Years War, vol. 1, Faber & Faber, Londres, 1990, p. ix.

11 Ibid., p. 302.

12 Jonathan Sumption, Trial by Fire: The Hundred Years War, vol. II, Faber & Faber, 1999, p. 494.

13 Ibid., p. 11.

14 Ibid., p. 438.

15 Ibid., p. 286.

16 Ibid., p. 434.

17 James Morris, Encounter, enero de 1962, p. 7.

18 Richard Weight, Patriots: National Identity in Britain, 1940-2000, Macmillan, Londres, p. 491.

19 Paul Readman, Storied Ground: Landscape and the Shaping of English National Identity, Cambridge University Press, Cambridge, 2018, p. 34.

20 Texto completo: «Discurso de Boris Johnson sobre el Brexit», Spectator,14 de febrero de 2018.

21 Arthur Koestler, «Yendo hacia Europa —¿Otra vez? Un simposio», Encounter, junio de 1971, pp. 3-17.

22 James Dale Davidson y lord William Rees-Mogg, The Sovereign Individual, Touchstone, Nueva York, 1999, p. 17.

23 Ibid., p. 21

24 Ibid., p. 329.

25 Ibid., p. 32.

26 Ibid., p. 19.

27 Ibid., p. zo.

28 Ibid., pp. 196-7.

29 Ibid., p. 256.

30 Ibid., pp. 256-7.

31 Ibid., pp. 402

32 Ibid., p. 129.

33 Ibid., p. 131.

34 «Por qué los billonarios de Silicon Valley están preparándose para el apoca-lipsis en Nueva Zelanda», por Mark O’Connell, Guardian, 15 de febrero de 2018.

35 Irish Times, 13 de junio de 2018, 23 de julio de 2018.

36 George Orwell, Essays, Everyman’s Library, Knopf, Nueva York, 2002, p. 164.

 

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