GRAN BRETAÑA Y EL BREXIT – ¿CÓMO HEMOS LLEGADO AQUÍ?.

Brexit-España-

Timothy Appleton

 

 

Por Timothy Appleton

 

cenefa1

El 23 julio de 2016, el día que el Reino Unido votó salir de la UE, era un momento muy importante para el bloque europeo. Como mínimo, era su primer gran revés, es decir, la primera vez que su «larga marcha» había sido seriamente obstaculizada. Podría incluso especularse que supuso el principio del final de la Unión, pero esta es otra historia. Era un acontecimiento inusual porque, como ya he comentado, los Gobiernos europeos no suelen dar a sus ciudadanos la oportunidad de votar a favor de salir de la Unión, en parte porque saben que esta no goza de gran popularidad, y temen el resultado.

La UE, por su parte, apenas reconoce la importancia de las elecciones generales en los Estados miembros. Según Yannis Varoufakis, que lideró las negociaciones sobre el rescate griego de 2015, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Scháuble —quien jugó el papel decisivo en estas discusiones— le comentó en privado: «No se puede permitir que las elecciones cambien el programa económico de un Estado miembro » 1. En el mismo momento, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, afirmaba que: «No puede haber elección democrática que vaya en contra de los tratados europeos»2.

En cualquier caso, el referéndum británico era un momento político muy significativo. Quizás sea menos famoso el motivo por el que se celebraba.

David Cameron, entonces primer ministro de Gran Bretaña, convocó el referéndum sobre todo para aliviar las tensiones generadas dentro de las filas del Partido Conservador, y en la derecha británica en general, con respecto a Europa.

Era un conflicto que no había parado de crecer durante los últimos veinticinco años. La propia Margaret Thatcher fue parte importante de ese conflicto: siempre favorable al mercado común europeo desde los 70, se había movido a una posición más euroescéptica en los 90, hasta llegar a la conclusión, al final de su vida, de que la integración europea debía evitarse por completo, en parte porque, como comentó con su habitual diplomacia, los políticos europeos eran «débiles y enfermizos. En 2002 llegó a escribir que: «Durante mi vida, gran parte de los problemas que ha enfrentado el mundo han venido de la Europa continental. […] Y las soluciones han venido de fuera »4.

Los herederos ideológicos de Thatcher en el Partido Conservador han soñado con liberar a Gran Bretaña de las regulaciones europeas para poder crear algo como un Singapur del Norte Atlántico. No obstante, el lado más moderado del partido —Cameron incluido— pensaba que sería ventajoso seguir teniendo acceso al mercado único europeo. La pelea entre estas dos facciones del partido —y de la propia burguesía británica— había llegado a tal punto que Cameron empezó a preocuparse de verdad por el futuro de sus partidos. También le angustiaba el auge del Partido Independiente del Reino Unido (UKIP son sus siglas en inglés), un partido antieuropeo que en aquel entonces les estaba quitando cada vez más votos.

Podría incluso decirse que ya había empezado una escisión, dado que en 2.014 dos diputados conservadores cambiaron de partido en la Casa de los Comunes, regalando a UKIP sus primeros (y hasta la fecha sus últimos) diputados. Cameron vio el referéndum entonces como la única forma de resolver de una vez por todas estos problemas. Se especula que quería repetir el éxito que había tenido al ganar el referéndum sobre la independencia de Escocia dos años antes. Esta vez, sin embargo, perdió la apuesta, y dimitió el día después de la consulta. Cabe señalar que fue el tercer primer ministro conservador consecutivo (tras John Major y Margaret Thatcher) cuya carrera se había truncado, en gran parte, por Europa.

Uno de los aspectos más curiosos de este proceso es que no era la primera vez que algo muy similar ocurría. En 1975, el entonces primer ministro, Harold Wilson, convocó un referéndum sobre su anexión a la UE del momento: la Comunidad Económica Europea (CEE). Otra vez, lo hizo porque no podía calmar el debate feroz que tenía lugar en su partido. La única diferencia —y esto es lo llamativo de la situación— es que en los 70, la batalla ideológica era de signo opuesto.

Wilson era el líder del Partido Laborista, y era el ala izquierdista de este partido la que quería salir de la CEE, mientras que su ala derecha quería quedarse. En la Gran Bretaña de la época, promover la integración europea se vio como una política pro-capitalista (y antidemocrática). Se pensaba por ello que el Gobierno que había negociado la entrada de Gran Bretaña en la CEE era conservador, el de Edward Heath.

Lo hizo, además, sin preguntar al público en un referéndum. Algo que la izquierda británica vio como un golpe de Estado por parte del capital internacional. La demanda del ala izquierda laborista fue revertir la política de Heath y salir de la CEE sin negociaciones, pero la derecha del partido no aceptó esta opción, por lo que Wilson decidió organizar el referéndum. Al final, Wilson (que no era especialmente pro-europeo, pero sobre todo quería evitar ofender a la derecha de su partido) consiguió el resultado que quería —a diferencia de Cameron— y Gran Bretaña permaneció en aquella versión temprana de la UE. No obstante, gran parte del Partido Laborista mantuvo su oposición al bloque y, durante bastante tiempo, la política oficial del partido fue la de salir directamente de la UE (sin repetir el referéndum), ya que sus líderes después de Wilson pertenecían al ala izquierda.

El primer líder laborista orgullosamente pro-UE fue Tony Blair (que ganó el liderazgo en 1994). Para los izquierdistas británicos tradicionales, que nunca habían abandonado su oposición, esto no era una sorpresa, dado que muchos de ellos vieron a Blair como un usurpador: un político de derechas disfrazado de izquierdas. Resulta extraño que la posición actual de gran parte de la izquierda europea sobre la unión del continente —opciones radicales y populistas incluidas— se corresponda con la de Tony Blair. En este sentido, estar a favor de la integración europea es una idea que une, por ejemplo, al movimiento anticapitalista contemporáneo en España y los políticos británicos de la tercera vía, cuyo aliado natural en España fue José María Aznar.

Un efecto de este reciente cambio de los líderes laboristas es que mucha gente que en Gran Bretaña es de izquierdas y también suficientemente mayor para haber participado en las batallas de los 70 y los 80, sigue viendo a la UE de la manera tradicional: como un «club capitalista» (por utilizar la frase típica de aquella época). Esto explica, por ejemplo, por qué, Jeremy Corbyn, que tiene setenta años, es tan ambivalente sobre la Unión, algo que es a veces difícil de entender para los izquierdistas europeos que tanto le admiran.

El gran líder de la izquierda británica de aquel entonces —y maestro del joven Corbyn— era Tony Benn, y la posición de Benn sobre la UE era que Gran Bretaña debe realizar una «lucha de liberación nacional» (national liberation struggle) contra ella (entre otras instancias capitalistas transnacionales)6. Cuando hizo campaña para ser el líder del Partido Laborista en 1015, Corbyn mencionó de pasada la idea de salir de la UE, pero al final, durante la campaña del referéndum de 2016, defendió quedarse, aunque siempre dejó claro que solo valía la pena hacerlo a condición de que el bloque se reformara radicalmente y pasara a reflejar los intereses de todos sus ciudadanos.

En una entrevista en 2016, cuando le pidieron que puntuara su entusiasmo respecto a la UE en una escala de cero a diez, Corbyn contestó «siete, quizás siete y medio». Respuestas como esta fueron la base de la patética campaña para derrocarle que emprendieron parte de sus diputados tras el referéndum. Estos dijeron que su falta de entusiasmo había afectado negativamente al voto público. Pero, ¿por qué Corbyn cambió de posición en el último momento? Sería lógico pensar que no tenía carta blanca porque ya era el líder del partido, y que podría haber sufrido una escisión si hubieran surgido dos bloques importantes en la izquierda. Aún peor, Corbyn podría haber acabado en una minoría muy pequeña dentro del partido, que habría resultado insostenible.

Hay que tener en cuenta aquí que se estima que un 80-90% de los miembros actuales del Partido Laborista preferirían quedarse en la UE.

¿Por qué hay tanto apoyo para la UE en el Partido Laborista actualmente, dada su oposición histórica? Es probable que parte de la eurofilia actual del partido se deba, en gran parte, a que sus nuevos miembros son gente joven y, para ellos, salir de la UE no tiene sentido; no forma parte de su imaginario político. Esto no explica, sin embargo, por qué esta actitud ha contagiado a la izquierda laborista.

Más tarde, haré un análisis de la ideología de esta izquierda, pero quizás un factor reseñable es que casi nadie que se considerara de izquierdas en Gran Bretaña quería tocar la campaña pro-brexit, ya que la asociaban con el racismo. Incluso periodistas muy de izquierdas, como Owen Jones, Paul Mason y Aaron Bastani, que originalmente estaban a favor de salir de la UE, en el último momento decidieron —igual que Corbyn— cambiar de posición y apelar a un voto «estratégico» para quedarse, usando el argumento —espurio, en mi opinión— de que el Brexit daría un impulso enorme a la derecha británica7.

Este mensaje en realidad no ayudó a nadie y cuando ocurrió lo inevitable —el Reino Unido votó para salir—, se interpretó ampliamente como un colapso social semi-fascista. Creo que acabamos así porque gran parte de la izquierda radical ya había tirado la toalla respecto a Europa.

En este sentido, la única sección de la población que no tenía representación política importante era la izquierda pro-brexit ( ¡gente como yo!). Las otras tres secciones —los leavers8 de derechas, los remainers9 de derechas, y los remainers de izquierdas— mantuvieron batalla pública (pero intelectualmente pobre) sobre el tema. Lo único que pudimos hacer los leavers de izquierdas, durante este debate, fue disfrutar vicariamente de los argumentos —algunos de ellos muy válidos— sobre soberanía y democracia que presentó la derecha radical.

Al final, los millones de izquierdistas británicos que votamos brexit y queríamos festejar la decisión final, lo tuvimos que hacer en privado, ya que se nos había robado la voz política a todos los niveles10. Lo que nos queda por explicar aquí, sin embargo, es por qué la izquierda británica en general ha cambiado su posición sobre Europa durante las últimas décadas, lo que también podría arrojar un poco de luz sobre la posición de la izquierda europea al respecto.

Una explicación obvia de este cambio sería que, al terminar lo que Eric Hobsbawm denominó «la Edad de Oro» de las sociedades occidentales —la época del famoso estado de bienestar—, la izquierda europea pensó que sería mejor incorporarse a la UE para así institucionalizar las mínimas protecciones que se habían conquistado y protegerse de la abrumadora ola neoliberal11.

Después de todo, este era el pacto que el socialista francés y entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, ofreció explícitamente a la izquierda europea occidental en la segunda mitad de los 80, y que en parte se aceptó.

Para mí, uno de los puntos más equívocos y tristes del debate sobre Europa en Gran Bretaña durante los últimos años ha sido escuchar a facciones importantes de la izquierda —sobre todo los sindicatos (casi todos los sindicatos británicos querían quedarse en la UE)— defendiendo que los trabajadores británicos solo tienen derechos laborales hoy gracias a la UE, una idea que no solo es históricamente falsa sino que también parece mostrar una especie de depresión masoquista por su parte12.

En resumen, podría decirse que la integración europea creciente es sinónimo de la rendición política gradual de la izquierda, no solo en Gran Bretaña sino en el continente. Quizás esta conclusión suene un poco paranoica. ¿Por qué no aumentar la paranoia aún más y explicar el mecanismo por el que este proceso se consiguió en mi país?

Es necesario tener en cuenta otro capítulo olvidado de la historia contemporánea de la política británica: las elecciones generales de 1983. La versión que ha circulado tradicionalmente sobre ellas es que el pueblo británico rechazó decisivamente al Partido Laborista porque en aquel momento este partido estaba en su fase más izquierdista y «guetizada».

Es un cliché en los medios británicos repetir que el programa del Partido Laborista de 1983 (bastante extenso) era «la carta de suicidio más larga de toda la historia » 13. Esta derrota electoral fue tan importante porque precipito un gigantesco giro de los laboristas hacía la derecha. Sin embargo, esa es una versión interesada. En realidad, al principio de la década, el partido laborista era muy popular, mucho más que los tories.14

Un factor que invirtió esta situación fue la guerra de las Malvinas, que los politólogos ven como un factor clave en el auge de la popularidad de Thatcher y en su victoria abrumadora en las elecciones generales de 198315. Antes de este acontecimiento, sin embargo, ocurrió otro aún más decisivo.

Esencialmente, frente al gran poder de la izquierda entonces, el establishment británico decidió patrocinar una escisión en el Partido Laborista. En 1981, unos veintiocho diputados del ala derecha del Partido Laborista se separaron formando un nuevo partido en el parlamento, el Social Democratic Party (SDP), que luego se presentó en todas las circunscripciones del país en las elecciones de 1983.

El único efecto real de este partido en esas elecciones (luego desaparecería casi por completo) fue el de dividir el voto de izquierdas prácticamente en dos (los laboristas sacaron 8.456.934; los del SDP, 7.780.949; los conservadores, 13.012.316).

Actualmente, casi ningún periodista ni columnista menciona este hecho, privilegiando el relato de que el Partido Laborista fue rechazado por ser demasiado radical. Lo que realmente pasó, sin embargo, es que el movimiento de izquierdas en Gran Bretaña se suicidó por escisión. ¿Por qué este evento es tan importante para mi argumento?

De nuevo, la razón formal para separarse, según los líderes del SDP, era la de evitar el extremismo de izquierdas del Partido Laborista, pero si uno estudia los pronunciamientos de los cuatro líderes iniciales de aquel partido, estos explican claramente que la parte que más les disgustó del programa laborista fue el compromiso de abandonar unilateralmente la UE16.

Después de todo, el primer líder oficial del SDP, Roy Jenkins, había sido presidente de la Comisión Europea durante los cuatro años antes de la fundación de este partido. Mi segunda conclusión paranoica, entonces, es que uno de los efectos más notables de la escisión del Partido Laborista en 1981 —que era tan provechosa para los conservadores— era mantener al Reino Unido en la UE.

Cabe destacar que, mientras escribo este ensayo, la situación de 1981 parece estar repitiéndose. En febrero de 2.019 se produjo una nueva escisión en el Partido Laborista, y su causa (más allá de la acusación constante —y falaz— de sus protagonistas sobre el antisemitismo del partido) es el brexit. Los diputados que dimitieron tienen como meta principal frenar la salida de Gran Bretaña de la UE, y dicen que el líder laborista no está siendo lo suficientemente proactivo al respecto.

Parece que este grupo no va a tener tanto éxito como el SDP, en parte porque esta vez lo más probable es que el Reino Unido finalmente salga de la Unión Europea. Por otro lado, es muy llamativo que la meta del nuevo grupo —que tiene el apoyo casi total de los medios de comunicación— es obstaculizarlo. De nuevo, los diputados que dimitieron fueron los miembros más derechistas del Partido Laborista y, otra vez, se ve que las esperanzas de la izquierda radical europea de mantener intacta la UE se encuentran en las manos de la fracción más conservadora del laborismo británico.

Esta es otra prueba a favor de que aceptar el trato que la UE ofreció históricamente a los partidos de izquierdas del continente también implicaba comprometerse con el neoliberalismo, en tanto que «horizonte insuperable de nuestro tiempo». Pero, ¿en qué sentido es la UE un proyecto neoliberal? Creo que sería buena idea empezar con los tratados europeos.

 

APUNTES A PIE DE PÁGINA

1 https://www.theguardian.corn/world/2016/apr/05/yanis-varoufakis-why-we-must-save-the-eu (traducción del autor).

2 https://www.bbc.condnews/world-europe-31082656.

3 https://www.youtube.com/watch?v=RBzAwro8M9o.

4 Margaret Thatcher, Statecraft: Strategies for a Changing World, (London: Harper Collins), 2002, p.320.

5 https://www.bbc.co.uk/programmes/bocirjj7.

6 https://morningstaronline.co.uk/a-7a6a-into-the-archives-tony-benn-on-the-true-power-of-democracy.

7 Considero esto un mal argumento no solo porque creo que no es verdad —fácilmente se podría argumentar que un efecto real del brexit ha sido la consolidación de la izquierda en Gran Bretaña— sino también porque creo que confunde el futuro del país a largo plazo con una cuestión meramente temporal.

8 Así se llama a los partidarios del brexit.

9 Así a sus opositores.

10 La BBC estima que somos entre 3 y 4 millones: https://www.bbc.com/news/

11 Eric Hobsbawm, The Age of Extremes: A History of the World, 1914-1991 (London: Vintage), 1996.

12 https://www.theguardian.com/commentisfree/2019/oct/24/eu-workers-rights-capital -multinationals.

13 https://www.theguardian.com/politics/2017/may/11 dhow-labours-zot 2017-manifesto -compares-with-1983.

14 Véase: https://www.markpack.org.uk/opinion-polls/.

15 https://www.theguardian .com/politics/ 2013/apt/09/margaret-thatcher-falklands-gamble.

16 Por ejemplo: https://www.theguardian.com/politics/2019/jun/06/from-the-archive-labour-group-seeks-pledge-to-quit-eec-june-I980; y Shirley Williams, Politics is for People, (London: Penguin), 1981.

 

←GRAN BRETAÑA Y EL BREXIT

←HISTORIA DEL MUNDO