GRAN BRETAÑA Y EL BREXIT – AMITY ISLAND.

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LA DESESTABILIZACION DE UNA NACIÓN

¿Cómo podemos separar al bromista de la broma? Boris Johnson decidió que se conformaría con ser primer ministro, pero lo que realmente quería era ser el alcalde de Amity Island. Amity era la ficticia isla turística de la película de Steven Spielberg Tiburón. El alcalde es el antihéroe.

Sabe que un gigantesco tiburón blanco se está comiendo a los bañistas en las aguas cercanas a las playas, pero no dice nada porque no quiere arruinar la temporada turística. Una de las historias favoritas de Johnson en los discursos de sobremesa por los que ganó una fortuna era la que explicaba «por qué mi héroe político es el alcalde de Tiburón1.

Efectivamente, porque mantiene las playas abiertas. Sí, repudiaba, rechazaba, derogaba todas esas estúpidas regulaciones sobre salud y seguridad, y le gritaba a la gente: “¡A bañarse!, ¡A bañarse!”. A ver, acepto que como resultado de todo ello algún niño pequeño fue devorado por un tiburón. ¿Pero cuánto placer obtuvo la mayoría de la gente en las playas como resultado de la audacia del alcalde de Tiburón?».1

La broma se refería a todo el orden político británico. Johnson sabía perfectamente que el agua estaba infestada de tiburones, pero su objetivo era alcanzar el poder bajo el grito de « ¡A bañarse! ¡A bañarse!». La política del dolor ha cuajado tanto que la sangre en el agua se ha convertido en un precio aceptable a pagar por los placeres de mantener el Brexit abierto.

A mediados de junio de 2019, cuando la campaña para suceder a Theresa May como líder del Partido Conservador y primer ministro del Reino Unido estaba en marcha, una encuesta de You-Gov a los simpatizantes del partido tory reveló una estampida hacia las aguas infestadas. Una gran mayoría de ese electorado mayor, blanco y próspero del nuevo primer ministro, alrededor de unos 120.000 de ellos, dijeron que prefería que el Brexit tuviese lugar incluso aunque supusiese una ruptura del Reino Unido (el 63 por ciento), incluso si causaba «un daño considerable a la economía del Reino Unido» (el 61 por ciento) e incluso si llevaba a «la destrucción del Partido Conservador» (el 54 por ciento).2 ¡A bañarse! ¡A bañarse!

Pero Gran Bretaña no es Amity Island. En esa misma semana, un estudio de la consultora Britain Thinks para el Observer informaba de que el estado de ánimo nacional era el más sombrío desde los años ochenta.3

El 65 por ciento eran pesimistas sobre el resultado del Brexit, incluyendo el 5o por ciento de los que habían votado a su favor. El 72 por ciento pensaba que «el país se dividirá más en los próximos 12 meses». El 73 por ciento estaba de acuerdo con que «el Reino Unido es ahora el hazmerreír del resto del mundo». Y el 75 por ciento estaba de acuerdo con que «el sistema político del Reino Unido es actualmente inadecuado» (de hecho, solo un 5 por ciento estaba en desacuerdo).

Dadas las distintas formas en las cuales el Gobierno y el Parlamento se han convertido, gracias al Brexit, en un juego de adivinanzas en el cual la respuesta es «anarquía en el Reino Unido», este último resultado del estudio no resulta muy sorprendente.

Pero es un resultado que permite, en medio del pesimismo, algún destello de esperanza. Porque el sistema político del Reino Unido es realmente inadecuado, y si se puede decir algo positivo de la crisis generada por el referéndum del Brexit es que esta verdad es ahora obvia para la gran mayoría de sus ciudadanos.

El 16 de enero de 2019, el día posterior a que la Cámara de los Comunes rechazase, por un margen histórico, el acuerdo que Theresa May había negociado con la UE, el Sun, el tabloide favorito de Rupert Murdoch, presentó una portada de grandiosa y jubilosa malevolencia. Bajo el titular «Brextinto», aparecía una espeluznante quimera con la cabeza de May acoplada al cuerpo de un pájaro dodo.

No obstante, lo malo de estos dibujos surrealistas es que no es fácil controlar cómo se interpretan. Este en concreto parecía sugerir mucho más que el mensaje obvio de que May y su acuerdo estaban políticamente muertos. Incitaba a preguntar: ¿cuándo ocurrió exactamente la «Brextinción»? ¿Es que esa extraña criatura estuvo viva alguna vez o siempre ha sido más bien una imagen grotescamente manipulada con photoshop de otra cosa, una crisis de pertenencia atribuida a la Unión equivocada? La búsqueda de respuestas apuntaba no a la UE, sino a los afanes de un reino radicalmente desunido.

El pájaro dodo, a fin de cuentas, podría estar proverbialmente muerto, pero tuvo una brillante vida después de la muerte en esa gran red de arrastre del subconsciente inglés que es Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.

Cuando varios de los personajes han caído en un lago de lágrimas, es el pájaro dodo el que sugiere cómo pueden secarse: la carrera loca.

No hubo el «a la una, a las dos, a las tres, ya», sino que empezaron a correr cuando quisieron, por lo que no era fácil saber cuándo la carrera había terminado. Sin embargo, cuando llevaban corriendo más o menos media hora y ya estaban bastante secos, el dodo gritó de repente: « ¡La carrera ha terminado!», y todos se arremolinaron jadeantes a su alrededor, preguntando: « ¿Pero quién ha ganado?».

Parece una descripción perfecta del estado al que ha quedado reducida la política británica: un montón de carreras frenéticas y anárquicas supervisadas por una criatura difunta, el dodo Brextinto.

Si May fue la perdedora obvia, ¿quién había sido el ganador? El dodo de Carroll decreta que «todo el mundo ha ganado, y todos deben recibir premios». Habiendo vaciado los bolsillos de Alicia para conseguir premios para todos los demás, el dodo le entrega a ella solemnemente lo único que le queda: su propio dedal. «Os rogamos que aceptéis este elegante dedal».

Es obvio que el juego del Brexit no vale ni para ofrecer al final un dedal. Porque todo esto no es sino la vida después de la muerte de cosas ya difuntas. Una de ellas es el propio Brexit (otra es el partido tory: en 2017 la sede de los conservadores recibió más dinero de los legados de personas difuntas que de sus miembros vivos). ¿Cuándo se produjo la Brextinción? El 24 de junio de 2016.

El proyecto se había mantenido vivo durante décadas por medio de las mentiras camp sobre la tiranía de la UE, y se había vendido en el referéndum como una fantasía de liberación nacional. Simplemente no pudo sobrevivir al contacto con la realidad. Murió en el momento en que se volvió real. No puedes liberarte de una opresión imaginaria. Incluso si May hubiese sido un genio de la política —y reconozcamos que no lo era— el Brexit siempre habría acabado siendo una elección entre dos males: el fracaso heroico pero catastrófico de escapar de la UE o el fracaso no heroico pero menos dañino de pasar de miembro de primera clase a miembro de segunda clase de la UE. Estas eran las dos auténticas vidas de ultratumba de un sueño difunto.

Si la elección entre pegarte un tiro en la cabeza o en el pie era la respuesta a los problemas de Gran Bretaña, no cabe duda de que se estaba planteando una pregunta equivocada. Cada vez está más claro que el Brexit no versa sobre su objetivo aparente: la relación de Gran Bretaña con la UE. El propio término «Brexit» contiene una verdad literalmente nunca pronunciada. La cuestión es la salida de Gran Bretaña, no de dónde tiene que salir.

El tautológico lema «irse significa irse» es igualmente (aunque de forma involuntaria) honesto: el significado está en el irse, no en qué se está dejando y cómo.

5Paradójicamente, este drama en torno a la salida solo ha servido para desplazar una crisis de pertenencia. El Brexit representa un conflicto entre «nosotros» y «ellos», pero después de tres años de impotencia y caos resulta obvio que el problema no es con el «ellos» del continente, es con el «nosotros» británico. El problema es el desmoronamiento de una comunidad imaginada.

Para la mayoría de los ciudadanos británicos, el colapso aparente del sistema político de Westminster podría ser uno de los resultados del Brexit, pero el propio Brexit es el resultado de un hundimiento invisible del orden político que ha venido ocurriendo desde hace décadas.

Podría parecer extraño considerar que este colapso ha sido invisible, dado que en gran parte es obvio: las profundas incertidumbres acerca de la Unión tras el Acuerdo de Belfast de 1998 y el establecimiento del Parlamento escocés al año siguiente; el consiguiente auge del nacionalismo inglés; las profundas desigualdades regionales en el seno de la propia Inglaterra; la divergencia generacional de valores y aspiraciones; el socavamiento del estado de bienestar y de su promesa de una ciudadanía común; el desprecio por los pobres y vulnerables expresado por medio de la austeridad; el auge de una clase gobernante sensacionalmente autoindulgente y bufonesca.

Pero los efectos colectivos de estos desarrollos interrelacionados apenas habían sido visibles en el sistema político hasta que David Cameron levantó la liebre al convocar un referéndum y pedir a la gente que apoyase el statu quo. Lo que vemos una vez que se ha levantado la liebre es que el Brexit tiene que ver menos con la relación entre Gran Bretaña y la UE que con la relación de Gran Bretaña consigo misma. Es la proyección hacia el exterior de una agitación interna. Un sistema político arcaico ha seguido adelante incluso cuando sus cimientos basados en un sentido colectivo de pertenencia se estaban deshaciendo. Solo en un aspecto el Brexit ha prestado un servicio real: ha forzado al viejo sistema a mostrar sus últimos estertores en público.

Es un feo espectáculo, pero al menos muestra que un Estado en descomposición formado por cuatro naciones no puede ser gobernado sin un cambio social y constitucional radical. Los líderes europeos expresan continuamente su exasperación ante el hecho de que los británicos no estén negociando realmente con la Unión Europea, sino entre ellos. Pero quizá es el momento de reconocer que hay una verdad útil en todo esto: el Brexit es realmente el vehículo que ha llevado a un Estado en plena ansiedad a un lugar donde ya no puede pretender ser una democracia estable y funcional. El Brexit ya ha hecho su trabajo; todo el mundo puede ver por fin que el dodo de Westminster está muerto.

Ya es hora de seguir adelante y superar la pretensión de que el problema de la democracia británica es la UE, y de reconocer que sus problemas están mucho más cerca de casa. Después de la «Brextinción» debe surgir todo un nuevo ecosistema político.

El 4 de abril de 2019, la canciller alemana Ángela Merkel voló a Dublín. Aquel era el momento que los partidarios del Brexit estaban esperando (el momento que iba más allá del que se suponía que sería el último momento, el 29 de marzo).

Sabían que el Brexit iba a ser siempre una prueba de nervios entre Gran Bretaña y los verdaderos amos de la UE, los alemanes. En enero de 2019, solo diez semanas antes de la fecha límite para que el Brexit entrase en vigor, David Davies, que había dirigido inicialmente las negociaciones, afirmó: «Ha llegado el momento de la verdad para Ángela Merkel. Siempre he dicho que los alemanes se sentarían y esperarían a ver quién parpadea primero. Está más claro que el agua: si llegamos a esa fecha sin acuerdo, renegociarán, ya sea el 29 de marzo o poco después».4

Habían pasado cinco días desde la fecha límite. Parpadear primero significaría que Merkel iría a Dublín a decirle al Gobierno irlandés que, aunque Alemania había hecho todo lo que estaba en su mano para proteger el proceso de paz irlandés y evitar una frontera dura en la isla, el juego se había terminado. Los británicos no querían la póliza de «salvaguarda» que se había incluido en el acuerdo de separación.

No habría más remedio que admitir que, una vez más, la firmeza británica había ganado. Merkel anunciaría las malas noticias en Dublín: la frontera irlandesa, al final, no era un asunto de peso. La lucha siempre había sido entre Londres y Berlín, y Londres había ganado. Así que Merkel voló a la capital irlandesa y se reunió con el taoiseach Leo Varadkar. Y después estuvo hablando y escuchando a gente que vivía y trabajaba a ambos lados de la frontera irlandesa.

Cuando salió de la reunión afirmó: «Durante 34 años he vivido detrás del Telón de Acero, así que sé perfectamente lo que significa que las fronteras desaparezcan, que los muros se caigan».5 Entendió la cuestión de la frontera más profundamente y con un compromiso emocional mucho mayor que lo que nunca lo había hecho el Gobierno que era responsable de la misma, el gabinete de Theresa May. No estaba «parpadeando primero». Su viaje a Irlanda tenía precisamente el objetivo opuesto: reforzar el sentimiento de que Alemania y el resto de la UE se tomaban en serio sus compromisos. No era solo que Alemania no estuviese reconociendo su derrota en el gran juego que imaginaban Davis y sus colegas, es que ni siquiera estaba jugando su juego imaginario.

Había una completa disonancia entre lo que los partidarios del Brexit pensaban que era la historia subyacente en las negociaciones y lo que realmente estaba ocurriendo. Como tantas otras veces, decir que estaban equivocados era quedarse corto. Lo que mostró este momento fue la realidad de un sistema político británico que no entendía Europa.

A pesar de toda la obsesión de los partidarios del Brexit con Alemania, nunca asumieron que los alemanes pudiesen realmente haber interiorizado, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, la idea de que la UE es realmente un proyecto de paz y que, por tanto, estaban dispuestos a tomarse completamente en serio la paz en Irlanda del Norte. Pero también mostró algo más sorprendente: la desconexión mental por parte de los políticos británicos de la compleja realidad del Reino Unido.

Los partidarios del Brexit nunca comprendieron que el conflicto de Irlanda del Norte ocurrió en su propio país. Nunca comprendieron que ese conflicto era (legal y en parte políticamente) no una cuestión irlandesa, sino una cuestión británica. Esto a su vez reveló una increíble complacencia con la posibilidad de un conflicto en el Reino Unido. Vincent Gookin, un colono inglés del siglo XVII en Irlanda, se lamentaba de que «desestabilizar una nación es fácil, estabilizarla no lo es». Los partidarios del Brexit han disfrutado de la tarea fácil de desestabilizar una nación (en realidad cuatro naciones), y no tienen ni idea de lo difícil que va a ser volver a estabilizarla.

La Gran Bretaña moderna ha tenido sus problemas, pero en términos políticos ha sido remarcablemente estable. Hasta el momento, su sistema bipartidista ha sobrevivido. La violencia política es rara. Incluso los movimientos nacionalistas en Escocia y Gales son cívicos, racionales y democráticos. Pero lo que hemos visto todos desde fuera en los últimos tres años es un país que está tentando a la suerte. Parece asumir que el sistema político puede desacreditarse a sí mismo tanto como quiera sin consecuencias a largo plazo para la idea misma del orden político.

Esta asunción, entre otras cosas, no es nada conservadora. Si el conservadurismo tiene una ética de gobierno, esta se basa en la idea de la fragilidad de los Estados y las sociedades, en el temor a lo que podría ocurrir si repentinamente hubiera que enfrentarse al cambio. Y es por esto que el Brexit emerge de una crisis en el seno del conservadurismo, una crisis marcada por las contradicciones de un partido tory reconfigurado por Thatcher para ser al mismo tiempo patricio y populista. Thatcher, escribió Stuart Hall en 1983, presagiando brillantemente la alianza del Brexit entre una clase alta reaccionaria y una revuelta de clase obrera, «construyó el pueblo como un sujeto político populista unido al bloque de poder, y no en su contra: en alianza con nuevas fuerzas políticas en una gran cruzada nacional para hacer a Gran Bretaña “grande” de nuevo… ».6

Pero el Brexit también emerge de algo mucho más profundo, de una crisis no sólo británica, sino de la «britanidad». En su núcleo mismo está el dilema del innovador temprano. Gran Bretaña, tal como fue construida tras la Revolución Gloriosa de 1688 y la unión de Inglaterra con Escocia de 1707, estableció una forma limitada de democracia. En el siglo XVIII, su tecnología política estaba a la vanguardia del progreso. Pero debido a que ya no tuvo más revoluciones políticas, debido a que su imperio creó una oligarquía cuyo poder y riqueza no eran locales, debido a que no fue invadida ni derrotada, se quedó anclada en una especie de preestreno, en un modelo beta de modernidad democrática.

Las características de este modelo fueron resumidas magníficamente por Jim Bulpitt en 1996: «En primer lugar, un sistema electoral letal basado en circunscripciones uninominales y mayorías simples. En segundo lugar, la persistencia de un sistema bipartidista predominantemente de confrontación. En tercer lugar, el hecho de que ambos partidos están dominados por líderes profesionales temporales que mientras están en política dedican la mayor parte de su tiempo y sus ambiciones a dirigir sus partidos. En cuarto lugar, la ausencia de un grado significativo de pluralismo institucional […]. La ausencia de algún otro centro significativo de poder institucional conlleva que solo valga la pena conseguir un cargo nacional: perder el poder significa quedarte políticamente a la intemperie».7

Esta cultura política está incrustada en un Estado británico cuyas características fueron enumeradas en 1986 por Dennis Kavanagh: «Un sistema unitario contrario al poder plural o de oposición; una “Soberanía” ejercida por un solo partido (preferiblemente con una gran mayoría); un control total por parte del Tesoro; la ausencia de constitución escrita, y la convicción de que los organismos extraparlamentarios son meros “sirvientes” o ejecutivos obedientes».8

Uno podría añadir, por supuesto, que este modelo de Estado británico está santificado por los vestigios de unas formas de gobierno explícitamente pre-democráticas: la monarquía y la no electa Cámara de los Lores. ¿Cómo se relaciona la naturaleza de este Estado —al que Tom Nairn bautizó como Ukania, haciéndose eco del desesperanzado término «Kakania» empleado por Robert Musil para referirse al moribundo Estado habsburgo— con la crisis del Brexit?

En primer lugar, creando la sensación de que, ya que este Estado es eterno, no puede ser cuestionado de manera normal por sus ciudadanos. Solo puede ser sacudido por revueltas. Con una clarividencia sorprendente, Nairn escribió en 2001 que hoy los «Gobiernos británicos solo pueden ser “barridos” por oleadas insurreccionales febriles, en las que el sentimiento popular pasa de la aquiescencia al resentimiento».9

Nairn sugirió, quince años antes del referéndum del Brexit, que la «magia» de Ukania no podría evitar para siempre la próxima oleada de febriles motines. La promesa siempre repetida de un nuevo plan de salvación para el supuesto declive nacional se quedaría sin fuelle. «En última instancia, la magia se acabaría, dejando como única posibilidad el recurso a cualquier versión “alternativa” disponible de redenciónlocura».10 El Brexit es la última redención-locura disponible.

En segundo lugar, la idea de una Soberanía, con S mayúscula, que configure al Estado británico es implícitamente hostil al principio de gobierno de la UE: la soberanía compartida. Aquí es donde los vestigios de la monarquía absoluta resuenan mucho más allá del patrimonio histórico pasto de los turistas.

Estos vestigios sustentan la idea de que la soberanía es indivisible. Westminster, como escenario de la «Corona en el Parlamento», es heredero de las prerrogativas de la realeza, con lo que no hay ciudadanos, solo súbditos.

Había una contradicción inherente en el hecho de que Gran Bretaña perteneciera a la UE: en casa, «un sistema unitario contrario al poder plural o de oposición», en Europa un conjunto de estructuras que son por definición plurales y compiten institucionalmente entre sí. Uno de los grandes atractivos del Brexit es que promete acabar con esta contradicción, rescatando a la angustiada Soberanía del dragón del pluralismo y devolviéndola a su verdadero ser, monolítico y único. Pero esta es también su mayor contradicción política: recuperar el control significa reforzar el control del Estado británico sobre sus propios súbditos.

En tercer lugar, habría que destacar que el sistema de Ukania reproduce en casa la mentalidad de sumisión y dominación que ha ayudado a dar forma al Brexit. La mentalidad imperial, como he sugerido antes, es binaria: está la potencia colonizadora y están los súbditos colonizados, y no hay nada entremedias. Si Gran Bretaña no domina la UE, la única otra posibilidad es que sea dominada por ella.

Pero esta oposición binaria también ha jugado un papel en el seno de la política británica, afectando profundamente no solo a la idea de «grandeza» que ha conducido a esta crisis, sino al aspecto más extraño de su evolución política: la ausencia de una oposición coherente.

La grandeza, como han señalado pensadores como Nairn y Anthony Barnett, está en el ADN de Ukania. El Estado británico no se desarrolló meramente como una federación de los pueblos que habitaban el archipiélago atlántico.

Se desarrolló para ser «grandioso». Su propósito era conseguir el orden doméstico como premisa para la expansión global. El «Gran» en Gran Bretaña podría ser, a un nivel literal, una característica geográfica, pero también es algo fundamentalmente constitutivo del Estado. Se trata de un vestigio del pasado que ha acabado atormentando a Gran Bretaña en la narrativa del Brexit: toda su estructura democrática arcaica existe para sustentar una «potencia mundial» que realmente ya no existe. Como señala Nairn, Gran Bretaña se vio «condenada por su propia trayectoria a ser “grande”.

Es por ello que la “grandeza” […] no es un mero término al que aspirar o un término moral. También refleja un destino estructural, una antigua ventaja convertida en un recuerdo paralizante».11

Para ser adecuado a las demandas de «grandeza», el partido dominante debe actuar como si fuese el señor de todos sus súbditos. Es importante recordar que esto se aplica tanto a los laboristas como a los tories. Incluso en su aparente defensa de la adhesión a la UE, Tony Blair la concebía no como una arena de igualdad entre Estados miembros, sino como otro escenario para el despliegue de la grandeza británica.

Gran Bretaña no podía estar meramente en la UE; su destino era liderar la UE. Como dijo Blair en diciembre del 2000: «Es posible, a nuestro juicio, luchar para defender las posiciones de Gran Bretaña, obtener lo mejor que se pueda de Europa para Gran Bretaña y ejercer una autoridad e influencia reales en Europa. Así es como tiene que ser. Gran Bretaña es una potencia mundial».12 Tal como señaló Nairn en esa misma época, «para una gran potencia, estar “en Europa” no es una alternativa al pasado. Es simplemente una forma entre otras de seguir siendo grande».13

Este delirio de la «potencia mundial», por supuesto, arrastraría a Blair a la guerra de Irak en 2003 y a las derrotas militares en Basora (y en Helmand en Afganistán), lo que debería haber puesto fin al delirio de una vez por todas.

Pero la «grandeza», precisamente porque es constitutiva del Estado de Ukania, no puede ser dada de lado, incluso aunque el esfuerzo por reivindicarla sea meramente una prueba de su ausencia.

Tiene que ser revivida en formas cada vez más paródicas. Su ridiculez no evitó que ocupase un lugar central en el proyecto del Brexit, con su fantasía de restaurar la posición de Gran Bretaña como potencia mundial. Así, el n de febrero de 2019, a solo 46 días de la primera fecha límite para el Brexit, el secretario de Estado de Defensa del Reino Unido, Gavin Williamson, pronunció un discurso sobre la estrategia militar a largo plazo de su Gobierno: «Al dejar la Unión Europea […I tenemos que aprovechar las posibilidades que nos brinda el Brexit _I.

Debemos ser la nación a la que la gente se dirige cuando el mundo necesita liderazgo […]. El Reino Unido es una potencia global con intereses auténticamente globales Algunos todavía querrían reducir el papel de Gran Bretaña y enviarla de vuelta a sus costas. Pero a todos ellos yo les digo que esa nunca ha sido nuestra forma de hacer las cosas. No está en nuestra naturaleza […].

El Brexit nos ha llevado a un momento crucial. Un gran momento de nuestra historia. Un momento en el que debemos fortalecer nuestra presencia global, aumentar nuestra letalidad e incrementar nuestra masa».14 Prometió establecer nuevas bases militares permanentes «en áreas como el Caribe y el Asia-Pacífico para extender nuestra influencia global» y enviar el aún no probado portaaviones Queen Elizabeth al mar del sur de China a disuadir a los chinos.

El Brexit es quizá la última y desesperada bufonada relacionada con esa necedad de la grandeza: «la nación a la que la gente se dirige cuando el mundo necesita liderazgo», liderándose a sí misma hasta el más absoluto absurdo. Nairn había predicho acertadamente que el último estadio del excepcionalismo británico sería performativo y autoparódico («La atención del público tiene que ser distraída por el derrumbe del propio escenario y por los fuegos artificiales futuros a realizar sobre él») e implicaría «un conservadurismo […] que acabaría degenerando en eurofobia» («no parece haber otra manera de estar a la altura del excepcionalismo británico»).15

Pero también debemos recordar que la grandeza tiene una existencia en la sombra, un pálido gemelo. En la mentalidad binaria de Ukania, si el Gobierno es grande y todopoderoso, la oposición en sí misma no debe ser nada. Es simplemente algo a la espera de alcanzar la grandeza; es decir, a la espera de que la siguiente oleada de rabia popular la lleve al poder, donde asumirá para sí el manto de la grandeza. Esto también ha jugado un papel en el drama del Brexit, como demuestra la sorprendente debilidad —realmente, su nulidad— del principal partido de la oposición, el Partido Laborista.

A primera vista resulta de lo más misterioso. El Partido Laborista está, por primera vez en su historia, dominado por marxistas, y algo que puede decirse del marxismo es que tiene una cierta idea acerca del momento revolucionario. El voto al Brexit en 2016 es claramente un momento de enorme trastorno del orden existente. Y, de hecho, el Partido Laborista estaba en ese preciso momento rompiendo la pauta de una oposición sumida en una ciénaga de futilidad: se mostraba organizativamente vigoroso, y, con el programa socialdemócrata radical que presentó en las elecciones generales de 2017, tenía una agenda aparentemente transformadora. Y, no obstante, mientras el partido tory se destrozaba a sí mismo y destrozaba Ukania, el Partido Laborista permanecía extrañamente inerte.

En parte, esto era consecuencia de la división entre su militancia, abrumadoramente favorable a permanecer en la UE, y un núcleo duro de antieuropeos reunidos en torno a Jeremy Corbyn. El ADN de ese grupo se remonta al socialismo insular de Barbara Castle y de Tony Benn, quienes, recordemos, trabajaron sin ningún problema con el fascista Enoch Powell en la campaña anti-Mercado Común de 1975. Contenía su propia versión del excepcionalismo: el socialismo en un solo país. Benn, el mentor de Corbyn, condujo la campaña de 1975 con un poderoso argumento retórico según el cual la UE no es sino un intento de apuntalar un moribundo sistema capitalista (si lo era, lo cierto es que ha tenido mucho éxito).

Corbyn y sus más cercanos aliados y consejeros nunca perdieron esta fe, y nunca abandonaron su implicación lógica de que solo fuera de la UE podía Gran Bretaña ser la precursora de un futuro pos-capitalista global. La evidencia abrumadora de las «revoluciones» de Thatcher y Blair —que Gran Bretaña era perfectamente capaz de desarrollar sus propias formas indígenas de ultra-capitalismo sin ayuda de la UE— no les hizo cambiar de opinión. Esta mentalidad predispuso al grupo de Corbyn a exagerar hasta qué punto «su» gente había votado a favor del Brexit.

Se contentaban pensando que la gran revuelta del Brexit de 2016 no era el proyecto reaccionario que de hecho es, sino una rebelión socialista de la sal de la tierra, la clase obrera. No lo era. Un análisis de You-Gov de más de 25.000 votantes mostró que el grupo más numeroso de votantes a favor de abandonar la UE eran conservadores de clase media (5,6 millones). El segundo mayor grupo eran conservadores de clase obrera (4,4 millones).

Solo 2,2 millones de los 17.4 millones que votaron a favor de abandonar la UE eran votantes laboristas de clase obrera (uno de cada ocho). En un referéndum muy ajustado, estos votantes resultaron ser muy importantes, pero eran una minoría muy pequeña dentro de una pequeña mayoría. Solo debido a una nostalgia de los años setenta, este pequeño grupo de votantes se convirtió en el árbitro de la respuesta laborista a la crisis del Brexit. Pero hay una razón más profunda para la parálisis del Partido Laborista: es incapaz de ver que la reforma democrática es una premisa necesaria para la transformación social y económica.

Todavía está enamorado de la «dictadura electiva» del Estado ukaniano. Dennis Kavanagh escribió en 1986 que «la cuestión central de la política británica no ha sido cómo acabar con la dictadura electiva, sino cómo apropiársela».16

El objetivo no es reformar el Estado jerárquico y centralizado, sino esperar la oportunidad de hacerse con él. El problema no es que el de Westminster sea un modelo de democracia de «acaparación de poder» o «concentración de poder»,17 es más bien que la gente equivocada (los tories) son los que están controlando actualmente todo el poder. La solución, por supuesto, es que la gente adecuada (los laboristas) tomen posesión del tesoro. Y si el poder va a seguir acumulándose en Westminster, tanto mejor si la vieja Soberanía indivisible con S mayúscula es recreada tras la separación de las estructuras políticas de la UE.

El problema es que toda esta mentalidad está «brextinta». No presta atención al hecho obvio que ha puesto de manifiesto el Brexit: que las identidades políticas pluralistas han echado raíces en Londres, Escocia, Gales e Irlanda del Norte; que incluso en la Inglaterra-sin-Londres que supone el corazón del Brexit, la creencia en Westminster y en esa «preciada Unión» se ha evaporado; que la magia y el prestigio de Ukania se han desvanecido ante sus ojos y los del resto del mundo; que la «grandeza» esencial del Estado existe solo como una parodia que ha llegado peligrosamente más lejos que una mera broma; que la unidad del «sistema unitario» se ha visto sacudida más allá de toda reparación posible; que el primer ministro es solo el alcalde de una isla sarcásticamente llamada Amity (Amistad).

No tiene sentido esperar simplemente a que el Brexit desaparezca y Gran Bretaña pueda volver a ser grande. Incluso si el Brexit desaparece, siempre será, para alrededor de una tercera parte de los votantes, una causa perdida que fue traicionada. La autocompasión que impregna el Brexit se transformará en un cieno tóxico de traición imaginaria que será difícil drenar de las aguas subterráneas de la política británica. E incluso si el Brexit fuese solo un mal sueño del que Gran Bretaña acabará despertándose, ¿qué se encontrará cuando se despierte? ¿La misma «grandeza» zombi y el mismo sistema político arcaico que alimentaron desde el principio toda esa rabia?

El Brexit es una crisis de pertenencia que fue configurada como una mera crisis de pertenencia a Europa. Acabe como acabe, ese problema de pertenencia no se solucionará; si acaso, se hará más profundo y más urgente.

No se puede regresar a los momentos previos a junio de 2016, pero tampoco hay forma de avanzar. Ese «sistema unitario contrario al poder plural o de oposición» tendría que ser reinventado para que el poder se pudiera compartir entre los ciudadanos. Una idea monolítica de la identidad, concebida como un juego de suma cero, tiene que ser rei-maginada como un sistema de pertenencia con varias capas.

Esto exige una lucha concreta y sistemática contra la desigualdad y la exclusión social y demográfica. Pero también requiere una revolución constitucional en la que el sistema de gobierno imperial del siglo XVIII sea transformado en una democracia pos-imperial, lo cual debería haberse llevado a cabo hace mucho tiempo. Las revoluciones llevan normalmente a asambleas constitucionales.

El Reino Unido ha tenido tres «revoluciones» en 40 años —Thatcher en 1979, Blair en 1997 y el Brexit en 2016—, pero no ha convocado ni una sola asamblea de ese tipo. Tendría que haber ya alcanzado ese punto en el que el Ancien Régime proclama, en medio de estertores agónicos, su propio deseo de muerte, pero el final de esta ópera bufa se está prolongando tanto y de una manera tan dolorosa que el público ya no sabe si llorar o reír.

La temporada estival ha concluido en Amity Island. Las tumbonas han sido retiradas y los gritos de « ¡A bañarse! ¡A bañarse!» se desvanecen en la brisa. Es hora de volver a casa y preguntarse con T. S. Eliot:

¿Por qué debo lamentar el poder desaparecido del reinado acostumbrado?18

 

APUNTES A PIE DE PÁGINA

1 Véase por ejemplo Jeremy Vine, Mi historia de Boris, Coffe House, 17 de junio de 2019, htpps://blogs.spectator.co.uk/2019/06/my-boris-story/

2 https://yougov.co.uk, 18 de junio de 2019.

3 https://britainthinks.com/pdfs/PT18135BT-Mood-of-the-Nation-summary-report-FINAL.pdf

4 Telegraph, 17 de enero de 2019.

5 Irish Times, 4 de abril de 2019.

6 Stuart Hall y Martin Jacques, The Politics of Thatcherism, Lawrence and Wis-hart, Londrés, 1983, pp. 30-31.

7En David Marquand y Anthony Seldon, The Ideas that Shaped Post-War Britain, Fontana, Londrés, 1996, p. 225.

8 Este resumen de Kavanagh lo he tomado de Tom Nairn, Pariah: Misfortunes of the British Kingdom, New Left Books, Londrés, 2001, p.

9 Tom Nairn, Pariah Kingdom, 25 de mayo de 2001, Open Democracy, https:// opendemocracy.net/en/351/

10 Nairn, Pariah, p. 69.

11 Nairn, Pariah, p. 37.

12 Hansard, n de diciembre de 2000, col. 351.

13 Nairn, Pariah, p. 15.

14 Transcripción, «La Defensa en la Gran Bretaña global», https://www.gov.uk/ government/speeches/defence-in-global-britain

15 Nairn, Pariah, p. 49> p. 44.

16 Citado en Nairn, Pariah, p. 18.

17 Patrick Diamond, Governing Britain: Power, Politics and the Prime Minister, I. B. Tauris, Londrés, 2014, p. 44.

18 Ash-Wednesday, T. S. Eliot, The Complete Poems and Plays, 1909-195o, Har-court Brace, Nueva York, 1971, p. 6o.

 

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