GÓRGONAS.

Las gorgonas eran tres hermanas monstruosas provistas de alas de oro, ojos penetrantes, cuello escamoso y manos de bronce. Pero lo más característico de su fisonomía eran sus cabezas, pues en ellas tenían serpientes en lugar de cabellos. Se llamaban Esteno, Euríale y Medusa, que fue la más famosa de todas y la única que era mortal. Según cuenta la tradición, las gorgonas eran prácticamente invencibles, pues todo aquel que contemplaba su rostro caía fulminado ante ellas y convertido en piedra. Según Hesíodo vivían en el extremo del mundo, más allá del océano, cerca de la morada de la noche.

Al igual que ocurre con los basiliscos, las gorgonas eran capaces de matar con la mirada, y en ella radicaba todo su poder destructivo. Fue Píndaro el primero en atestiguar que sus víctimas quedaban petrificadas. Se sabe que en tiempos de la Guerra de Jugurta aún existían Esteno y Euríalo, pues un grupo de soldados de Mario quisieron matarlas y las gorgonas acabaron con ellos de una sola mirada. El propósito, claro, era suicida, pues sólo Medusa podía morir a manos de un hombre, y éste fue Perseo, que protagonizó uno de los mitos más célebres de la antigüedad.

La historia más conocida sobre las gorgonas es la que relata cómo murió Medusa a manos de Perseo. Todo ocurrió por culpa de Polidectes, el pretendiente de Dánae, la madre de Perseo, que le impuso al muchacho como prueba matar a la terrible Medusa y traerle su cabeza. Para lograr su hazaña, Perseo contó con la ayuda de las ninfas y de los dioses Hermes y Atenea, que pudo así vengarse de la gorgona, ya que en otro tiempo Medusa osó unirse a Poseidón en un templo consagrado a ella.

GÓRGONAS

Atenea le prestó a Perseo su escudo, Hermes su afilada hoz, y las ninfas unas sandalias voladoras y el escudo de Hades, que proporcionaba la invisibilidad. Equipado con estos objetos, Perseo llegó a la guarida de los monstruos. Gracias al casco de Hades, las gorgonas no se percataron de su presencia, de modo que se colocó las sandalias voladoras y utilizó el escudo como espejo para guiarse por la cueva, pues sabía que no podría mirarlas de frente. Y así, sin temor a ser visto, empuñó la hoz, se aproximó a Medusa y le cortó la cabeza de un solo tajo.

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La cabeza de Medusa fascinó a algunos grandes artistas, que utilizaron este motivo en diversas obras. Así por ejemplo, Caravaggio, en «La cabeza de la Medusa», de 1600, que se encuentra en la Galería de los Ufizzi. Otro ejemplo lo encontramos en un templo de Siracusa, del siglo VII a. C.; la cabeza de Medusa figura como adorno de tejado en terracota. Pero una de las imágenes más célebres de la cabeza de Medusa pertenece a un mosaico del suelo de una fuente termal en Dar Smala, en Túnez.

El animal acuático al que conocemos como «medusa» recibió este nombre debido al aspecto serpentino de sus tentáculos, tan parecidos a los cabellos de las famosas gorgonas.

El poeta español Francisco de la Torre comparó la capacidad mortífera de la cabeza de Medusa con el poder paralizante del amor en este bello soneto: «Con toda la cabeza de Medusa tiranamente trata mi firmeza; muéstrame su rigor y su belleza, por quien de mil tramas armas usa. Miro de transformados la confusa pesadumbre que infaman su dureza; quiero excusar mi mal, y la pereza del encanto cruel mi intento escusa. Quedo de mármol simulacro eterno a su templo terrible consagrado, como los que atrevidamente vieron; y hecho despojo del tirano tierno, no excusando poder tiranizado, me ofende como a aquellos que ofendieron».

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