EUROPA EN CRISIS – LA AGRESIÓN DE PUTIN.

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Invasión de CRIMEA.

Mientras Europa tenía dificultades para afrontar la afluencia de migrantes y se enfrentaba al mismo tiempo a un riesgo creciente de atentados terroristas, en el este del continente se gestaba una crisis diferente. El 18 de marzo de 2014 el presidente Putin anunció la anexión de Crimea a Rusia, que tres días más tarde fue ratificada por la Duma, el Parlamento ruso. A excepción de la invasión y ocupación de la parte norte de Chipre por fuerzas turcas en 1974, fue el único caso de anexión territorial en Europa desde la segunda guerra mundial. Esto no solo provocó una grave escalada en las turbulentas relaciones entre Rusia y Ucrania, sino que también llevó a Rusia a una confrontación directa con las potencias occidentales de la OTAN. La preocupación se extendió entre los vecinos de Rusia, sobre todo en los países bálticos, temerosos de que Rusia estuviera decidida a proseguir con la expansión. Apareció el espectro de una nueva guerra fría o de algo aún peor. El miedo volvía a ser palpable en Europa oriental y central.

La anexión de Crimea llegaba tras una situación de inestabilidad aún mayor en Ucrania. Las divisiones y los conflictos en un país que antes de 1991 no había conocido la independencia y no poseía un sentimiento de identidad nacional incontestado distaban mucho de haber quedado resueltos en 2004 con el resultado de la Revolución Naranja. En 2010, el vencedor en las reñidas elecciones presidenciales seis años antes, Víktor Yúshchenko, había perdido casi todo su apoyo como consecuencia de los conflictos entre facciones, las disputas políticas y las acusaciones de grave corrupción. Con el nuevo presidente, Víktor Yanukóvich, la corrupción y el amiguismo endémicos en Ucrania incluso empeoraron. Al igual que en Rusia, varios oligarcas amasaron fortunas colosales expropiando propiedades, conseguidas en muchos casos mediante sobornos, amenazas o violencia. El hijo de Yanukóvich, Oleksandr, fue uno de los que consiguieron beneficios rápidos e inmensos. En las relaciones exteriores, Yanukóvich intentó seguir una vía estrecha entre la Unión Europea y Rusia, pero Moscú, no veía con buenos ojos el deseo declarado de Yanukóvich de incorporar Ucrania a la Unión Europea, el objetivo a largo plazo del país. Las objeciones de Rusia no podían tomarse a la ligera, pues Ucrania dependía de su poderoso vecino para el abastecimiento de gas. En noviembre de 2013, de repente Yanukóvich canceló el acuerdo de asociación previsto con la Unión Europea y en su lugar abogó por la adhesión a la Unión Aduanera Euroasiática con Rusia, Bielorrusia y Kazajistán. Cuesta imaginar que hubiera dado ese paso sin la presión de Rusia. Resultó ser una decisión fatídica. Provocó multitudinarias manifestaciones de centenares de miles de personas, en particular en el Maidan (la plaza de la Independencia) de Kiev. Como consecuencia de ello se produjo una escalada de la violencia y el gobierno intensificó la represión. El 21 de febrero, ante las presiones de Occidente, Yanukóvich fue desalojado del poder, se instaló un nuevo Gobierno Provisional y se adelantaron las elecciones presidenciales. Yanukóvich huyó en helicóptero al este de Ucrania y desde allí a Rusia. Era improbable que Putin soportara semejante humillación sin rechistar. Crimea era un blanco oportuno para una demostración de fuerza rusa, pues solo desde 1954 formaba parte de Ucrania, los rusos constituían la mayoría de la población étnicamente mixta y era la base de la flota rusa en el mar Negro; el puerto de Sebastopol estaba arrendado a Ucrania. Una intervención en Crimea castigaría a los dirigentes ucranianos por su postura antirrusa, al tiempo que en Rusia granjearía elogios nacionalistas a Putin. Era inconcebible que Occidente se arriesgara a una  guerra mundial debido a Crimea y las inevitables sanciones económicas eran un precio que se podía pagar. Estos fueron los cálculos de Putin.

 

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Bladimir Putin.

Pocos días después de la destitución de Yanukóvich (que para entonces mantenía una mala relación con Putin, aunque en Moscú todavía se le consideraba el presidente legítimo de Ucrania), unos hombres armados, sin distintivos nacionales, ocuparon el edificio del Parlamento regional en Simferópol. Le seguiría, como cabía esperar, la solicitud a Rusia de protección para los ciudadanos rusos de Crimea, que Moscú concedió. A lo largo de los días siguientes las fuerzas rusas entraron en Crimea. El Parlamento regional proclamó la independencia de Crimea y después, el 6 de marzo, manifestó su deseo de incorporarse a la Federación Rusa, lo que, en un referéndum celebrado el 16 de marzo de 2014, presuntamente apoyó casi el 97% del electorado. Al día siguiente se remitía una petición parlamentaria oficial a Moscú, a la que Putin respondió el 18 de marzo con el anuncio de la incorporación de Crimea a la Federación Rusa.

Los esfuerzos diplomáticos de los mandatarios occidentales para encontrar una solución política a la crisis de Crimea no sirvieron de nada, como era previsible. Tampoco la condena de las Naciones Unidas disuadió a Rusia.

A excepción de una escalada impensable que pudiera degenerar en una guerra nuclear, la única represalia posible por una flagrante violación del derecho internacional era recurrir a sanciones. Se congelaron las cuentas de ciudadanos rusos en el extranjero y se impusieron prohibiciones de viajar, pero la dependencia de la Unión Europea del gas y el carbón de Rusia limitaba sus acciones. Era probable que las sanciones no molestaran mucho a Putin, y no le quitaba el sueño la suspensión de Rusia del G8, el grupo de líderes mundiales. Rusia estaba aislada, pero no había muchas probabilidades de que Crimea volviera a separarse de Rusia. Internamente, la popularidad de Putin se disparó. Los medios rusos proclamaron el «retorno» de Crimea como un gran triunfo nacional e incluso Mijaíl Gorbachov declaró que, de haberse encontrado en la misma situación, habría actuado de la misma manera que Putin. La política de la fuerza de Putin, un vestigio de otros tiempos, había surtido efecto.

Mientras tanto, la violencia se había extendido al este y el sur de Ucrania (centrada en la región industrial del Donbás), donde los rusos étnicos, que desde finales del siglo XIX habían emigrado en gran número desde la región de Moscú para trabajar en los yacimientos de carbón, constituían gran parte de la población. Las encuestas realizadas por reputadas organizaciones internacionales de estudios de opinión mostraban que, aunque el sentimiento prorruso era sin duda más intenso en estas regiones que en el oeste de Ucrania, solo un pequeño porcentaje de la población apoyaba la secesión y la gran mayoría estaba a favor de un estado Ucraniano unitario. Incluso en el este y el sur una gran mayoría de la opinión pública estaba en contra de la intervención rusa en el Donbás, y también una mayoría de los rusohablantes. No obstante, la opinión pública contaba poco cuando Moscú estaba dispuesto a proporcionar asistencia armada a los separatistas del este de Ucrania. E, incuestionablemente, había activistas en las comunidades locales del Donbás que estaban dispuestos a combatir para separar su región de Kiev e incorporarla a Rusia. Los insurgentes no eran simples marionetas cuyos hilos moviera Putin.

A partir de marzo de 2014 las manifestaciones prorrusas escalaron con rapidez hasta convertirse en un conflicto armado entre los insurgentes separatistas, cada vez más apoyados por armamento y paramilitares rusos, y el gobierno ucraniano. La violencia sería imparable mientras contara con el apoyo de Moscú. Los separatistas asaltaron y ocuparon edificios del gobierno, el aeropuerto de Donetsk fue bombardeado, se utilizaron artillería pesada, lanzacohetes, helicópteros y vehículos blindados en combates que en otoño ya se habían cobrado centenares de vidas. En una espantosa tragedia relacionada, un avión de Malaysian Airlines fue derribado el 17 de julio por un misil fabricado en Rusia, probablemente lanzado por insurgentes que lo confundieron con un avión militar ucraniano, causando la muerte de sus 298 ocupantes.

No se obtuvieron resultados significativos de las numerosas tentativas internacionales de poner fin al conflicto, en las que participaron Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, y también los dirigentes de Alemania y Francia y el presidente recién elegido de Ucrania, Petro Poroshenko, uno de los oligarcas más ricos del país. En total habría once acuerdos de alto el fuego diferentes entre 2014 y 2017, y ninguno de ellos duró mucho. El intento más relevante, el protocolo de Minsk del 5 de septiembre de 2014, redujo los combates temporalmente, pero casi de inmediato se produjeron violaciones del alto el fuego y, al cabo de unas semanas, era papel mojado. Un segundo alto el fuego de Minsk, tras conversaciones entre los dirigentes de Ucrania, Rusia, Francia y Alemania el 11 de febrero de 2015, fue un poco mejor. Pese al ocasional atisbo de esperanza, Putin, seguro del apoyo interno a su postura sobre Ucrania, se mantuvo inflexible, al parecer decidido a desestabilizar toda Ucrania e impedir que se viera atraída por la órbita de Occidente.

El objetivo de Poroshenko iba precisamente en la dirección opuesta. Era improbable que sus esperanzas de que Ucrania se incorporara a la Unión Europea se hicieran realidad en un futuro próximo. Los niveles de corrupción, la mala gestión económica y política en Ucrania, y la necesidad de acometer reformas importantes antes de que se pudiera contemplar siquiera la posibilidad de adhesión, eran simplemente demasiado grandes para que la Unión Europea considerase la idea. No obstante, el revitalizado acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea alcanzado el 16 de septiembre de 2014 (aunque su entrada en vigor no estaba prevista hasta dos años más tarde) era una señal de que la estrategia de Putin de atraer a Ucrania había fracasado.

Dentro de la propia Ucrania, las fuerzas en conflicto se habían atrincherado rápidamente y ambos bandos eran inflexibles. En septiembre de 2014, el Parlamento ucraniano, pese a la oposición nacionalista, se plegó a la realidad y otorgó derechos al Donbás que equivalían prácticamente a la autonomía. Las elecciones celebradas en la mayor parte de Ucrania el 26 de octubre de 2014 dieron la victoria a partidos con una postura prooccidental, pero en unas elecciones separadas (solo reconocidas por Rusia) en el Donbás el 2 de noviembre el separatismo prorruso obtuvo, como cabía esperar, un apoyo abrumador. No había ninguna manera obvia de superar la división territorial de Ucrania en un plazo breve.

Sin embargo, Putin no estaba dispuesto a dar marcha atrás y probablemente tampoco hubiera podido hacerlo. No podía poner en peligro su reputación dentro del país, donde, por supuesto, los medios rusos presentaban el apoyo a los separatistas del este de Ucrania como una cuestión de prestigio nacional. En cualquier caso, una vez abierta la caja de Pandora de la violencia separatista respaldada por Rusia en el este de Ucrania, resultaba imposible cerrarla, incluso suponiendo que Putin quisiera hacerlo. Las sanciones impuestas por la Unión Europea, que iban aumentando con cada nueva muestra de la intransigencia de Rusia en Ucrania, al principio no habían tenido un impacto significativo, pero después de septiembre de 2014, cuando se extendieron a las finanzas, la energía y el armamento, así como al bloqueo de cuentas y las prohibiciones de viajar, empezaron a tener repercusiones y a perjudicar a la economía rusa. La otra opción que le quedaba a Occidente era reforzar la presencia de la OTAN en Europa central y oriental. Se aumentó el número de tropas en Polonia y los países bálticos y en 2016 se realizaron maniobras militares en Polonia. Cuando también Rusia organizó maniobras militares, si bien dentro de sus fronteras, las relaciones entre Rusia y Occidente se volvieron más tensas que en ningún otro momento desde el final de la guerra fría.

En marzo de 2017 habían muerto casi diez mil personas (una cuarta parte de ellas civiles), muchos miles más habían resultado heridas y los combates habían desplazado a más de un millón. En la intensa guerra de propaganda, la verdad era una víctima obvia. No obstante, parecía haber pocas dudas de que Rusia hubiera sido el principal instigador del conflicto y sin su respaldo, aunque se hubieran realizado descarados intentos de ocultar su alcance, los separatistas no habrían podido mantener la lucha armada. Sin embargo, para Putin el conflicto estaba lejos de ser un éxito total. Lo cierto es que el Donbás se había convertido en una región en buena medida autónoma. Putin había empujado a la mayor parte de Ucrania hacia Europa occidental, en lugar de alejarla, y en el proceso había fortalecido el sentimiento nacional del país. Sin Ucrania, sus planes de una Unión Económica Euroasiática (en la que se había convertido la Unión Aduanera Euroasiática, que pretendía ser el equivalente de la Unión Europea) tenían muy poco valor. Mientras tanto, la economía rusa estaba sufriendo mucho debido a las sanciones (y a la caída de los precios del petróleo). Putin había perjudicado quizá de modo irrevocable las relaciones de Rusia con Occidente. Así pues, ¿por qué había promovido la guerra en Ucrania, además de la anexión de Crimea? ¿Cuál era su objetivo estratégico?

La explicación más simple es la más plausible. Básicamente, Putin intentaban restablecer el prestigio perdido y la condición de gran potencia de Rusia. Él mismo, un antiguo oficial del KGB, había mencionado que el derrumbe de la Unión Soviética era la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. A sus ojos (y a los de muchos de sus compatriotas) había reducido de un modo drástico la posición de Rusia en el mundo y su orgullo como gran nación. Los dirigentes rusos seguían considerando a las antiguas repúblicas soviéticas parte de la esfera de influencia de Rusia, pero para muchos ciudadanos la caída del comunismo supuso la humillación de una potencia otrora poderosa. Mientras Estados Unidos resistía erigiéndose en la única superpotencia que quedaba, Rusia había degenerado en un estado mafioso gobernado por oligarcas poderosos que disfrutaban de una inmensa riqueza mientras la mayoría de los rusos sufría en una economía al borde del desplome. Había sido demasiado débil para evitar la extensión de la OTAN a lo que antes había sido la esfera de influencia soviética, incluso a los países bálticos, situados en las propias puertas de Rusia. Mientras que para los occidentales la OTAN era una organización benigna, los rusos la consideraban un peligro. La intervención de la OTAN en Kosovo en 1999, vista en Occidente como un acto humanitario, había causado indignación en Moscú, donde se consideraba un abuso del papel de la OTAN, definida como una organización defensiva cuya finalidad era proteger a sus estados miembros. Sin embargo, Rusia no había sido capaz de impedirlo. Era, en suma, una antigua gran potencia que durante los años noventa había sufrido una profunda sensación de humillación nacional.

Sin duda, Putin había restablecido gran parte del prestigio nacional y la fortaleza interna. La invocación consciente del nacionalismo a cada paso le proporcionaba una sólida base de apoyo popular, un contrapeso al descontento económico generalizado. Ucrania y Crimea, parte del imperio ruso desde el siglo XVIII, habían sido vitales para la condición de Rusia como gran potencia y más tarde componentes cruciales de la esfera de influencia soviética. En 2012 Putin se había referido a la tarea de reintegrar el espacio postsoviético, pero la destitución de Yanukóvich en 2014 comprometió el objetivo de consolidar la dependencia ucraniana de Rusia. La respuesta fue la decisión de «devolver» Crimea a Rusia como parte del objetivo más amplio de desestabilizar el este y el sur de Ucrania y, en última instancia, todo el país. En este objetivo más amplio, Putin cometió un error de cálculo. Se había ligado sin una vía de salida clara a las fuerzas que había desencadenado en el este de Ucrania. Sin posibilidades de dar marcha atrás ni de avanzar, Putin había empantanado a Rusia por tiempo indefinido en el cenagal del este de Ucrania. Es probable que Putin no perdiera mucho el sueño por esta cuestión. Al menos, tenía la satisfacción de que, mientras el este de Ucrania estuviera controlado por Moscú, no podría haber un estado nación unificado de Ucrania que intentara ingresar en la Unión Europea y la OTAN.

Internamente, Putin se había granjeado elogios por su confrontación con Occidente. La guerra de Siria le brindó una nueva oportunidad de restablecer el papel dominante de Rusia en la escena mundial. La intervención militar rusa en 2015, la primera de la antigua Unión Soviética fuera de las fronteras del país desde el fin del comunismo, supuso no solo un paso crucial en el terrible conflicto sirio, sino también una nueva oportunidad para Putin de intentar restablecer la condición de Rusia como potencia mundial.

La confrontación entre Rusia y Occidente por Crimea y Ucrania propagó el temor a un regreso al pasado por Europa central y oriental. ¿Conduciría a una guerra mundial? ¿Se anexionaría Rusia otras partes del este de Europa y quizá incluso más allá? Los temores, sobre todo en los países bálticos, que aún tenían un recuerdo reciente de su anexión por la Unión Soviética, eran comprensibles, aunque tal vez exagerados. Putin ya estaba demasiado ocupado con Crimea y Ucrania. ¿Por qué iba a querer multiplicar sus problemas intentando anexionarse y mantener por la fuerza los países bálticos, cuyo fuerte sentimiento de identidad nacional estaba motivado en buena medida (a diferencia del de Ucrania) por la oposición a Rusia? Tampoco había ninguna evidencia de que Putin tuviera planes expansionistas más amplios en Europa, aparte de los que ya había emprendido. Mientras tanto, la intervención en Siria fue un caso de explotación por parte de Putin de la debilidad de la política estadounidense para demostrar la fuerza y la influencia de Rusia en la escena mundial apoyando a Siria e Irán, dos aliados tradicionales de Rusia. No obstante, no había ningún indicio de que Rusia ambicionara un papel internacional comparable al de la Unión Soviética. Sus recursos propios no bastarían para ello. Y el restablecimiento del poder del estado Ruso apenas constituía un objetivo ideológico susceptible de atraer a los no rusos.

Entretanto, la crisis en Ucrania había remitido y había dado paso a un inquietante punto muerto, pero no representaba una amenaza importante ni para la paz mundial ni para la estabilidad general de Europa. Aun así, no estaba claro si la Unión Europea, durante tanto tiempo un pilar esencial de esa estabilidad, podría mantenerse como consecuencia de un nuevo capítulo de la crisis general del continente: el «brexit», la decisión de Gran Bretaña de abandonar la Unión Europea.

 

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