LEYENDAS DE GRANADA – Esperando La Del Cielo.

«Esperando la del cielo»

Conocida es en Granada la casa cercana a la parroquia de San Pedro y San Pablo que tiene esta inscripción: «Esperando la del cielo», bajo un balcón tapiado. La inscripción tiene el siguiente origen.

Esa casa era el palacio del señor de Castril, don Hernando de Zafra, austero y riguroso hidalgo. Tenía una bella hija, llamada Luisa. La vida de la muchacha no era demasiado alegre, pues su padre apenas si le permitía que saliera si no iba acompañada de él o de una vieja dueña, poco amable, cuya vigilancia era hasta untuosa y pesada. A pesar de ello, Luisa había conseguido atraer a un joven galán, que, con promesa de matrimonio en cuanto pudieran huir, lo había obtenido todo de su amante.

Luisa, después de muchos ruegos, tenía a su servicio a un lindo muchacho de unos quince años, hijo de una pobre fregona del palacio, que, al morir, dejó a su hijo a la caridad de los señores. Era el paje, en verdad, un lindo doncel y entretenía los ocios de su dama, siempre con las protestas de don Hernando, que llegó a prohibir la estancia del muchacho en las habitaciones de doña Luisa, salvo algunas horas. Luis, el pajecillo, conocía los amores de su dueña con el caballero que antes hemos indicado, e incluso había tenido intervención en ayudar a franquearle la entrada de las habitaciones de doña Luisa. Y aun alguna vez hizo creer a la dueña que era él quien en la alta noche penetraba en la cámara de la joven señora. De esta manera, el severo don Hernando empezó a sospechar de la devoción del muchacho hacia su hija y del gusto con que ésta lo acogía. Y aunque intentó convencerse de lo absurda de su suposición, llegó a imaginar que existía algo pecaminoso en esas relaciones. Estaba en completa ignorancia, en cambio, de los verdaderos amores de su hija.

Una noche en que yacía enferma doña Luisa, llamó a su paje y le pidió, por favor, un vaso de agua. Trajo el agua el muchacho, y estaba dándole de beber, y después tomó un momento las manos entre las suyas, cuando irrumpió en la estancia don Hernando. Pero dejó pasar el tiempo, y a la mañana siguiente don Hernando lo sorprendió dormido, medio echado en la cama de su hija y con las manos de ésta entre las suyas. Tuvo así la sospecha de que Luisa había entregado su honor al paje, y, rugiendo de cólera, despertó al muchacho a empellones. Angustioso fue el terror de Luis cuando despertó y encontróse frente al enfurecido hidalgo. En vano juró, con los ojos llenos de lágrimas, que era inocente, que sólo un cariño puro y fraternal había hecho que fuera por la noche a llevarle un poco de agua. Doña Luisa, aterrorizada, apenas podía decir nada tampoco.

Don Hernando arrastró fuera al paje, y allí, llamando a un verdugo, le dijo que colgase al muchacho de la reja del balcón de la habitación de su hija. Todas las súplicas y todas las lágrimas de Luis fueron vanas. Al fin, hincado de rodillas, el pobre muchacho exclamó: « ¡Oh Dios mío, haz ver tu justicia!». El hidalgo le respondió: «Pide justicia a Dios, porque nada puedes esperar ya de los hombres».

Entonces, Luis, con decisión, contestó: «Por eso espero la del cielo».

Fueron sus últimas palabras. El verdugo cogió el cuerpo desvaneido del muchacho, lo colgó del balcón y allí expiró el infeliz pajecillo, víctima de su fidelidad. Después don Hernando ordenó que se tapiara la habitación por fuera de la calle y que se pusiera la inscripción que loza «Esperando la del cielo».

 

←LEYENDAS DE GRANADA

←GRANADA