EN CONTACTO CON LA MENTE PLANETARIA

CIENTÍFICOS QUE ESTÁN DECODIFICANDO LOS MENSAJES DE GAIA

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Cielo.

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Por:  Isabela Herranz.

 

cenefa5¿ES POSIBLE QUE EL PLANETA TIERRA TENGA CONSCIENCIA Y HAYA RESPONDIDO CONTRA LOS SERES HUMANOS ENVIÁNDONOS UN VIRUS LETAL PARA OBLIGARNOS A REACCIONAR? ¿EXISTE ALGUNA VÍA QUE NOS AYUDE A COMPRENDER LA URGENTE NECESIDAD DE EFECTUAR LAS PROFUNDAS TRANSFORMACIONES QUE SE PRECISAN PARA EVITAR QUE SIGAN PRODUCIÉNDOSE PANDEMIAS? FÍSICOS Y MATEMÁTICOS ESTÁN ESTUDIANDO CÓMO FUNCIONA LA MENTE PLANETARIA Y DESCIFRANDO LOS MENSAJES QUE NOS ESTÁ TRANSMITIENDO.

Uno de los temas de máximo interés entre los matemáticos actuales es determinar si la consciencia permea el universo.

Partiendo de modelos matemáticos que están ganando creciente credibilidad académica es ineludible aplicar ese modelo al planeta Tierra. ¿O es que no existe una mente planetaria? ¿Y si la consciencia no es algo especial que parte del cerebro, sino que se trata de una cualidad inherente a toda la materia?

Esta última pregunta la plantea Philip Goff, catedrático de Filosofía en la Universidad Europea Central de Budapest (Hungría), firme creyente del pampsiquismo, que sostiene que no solo los seres humanos tienen consciencia, sino que hasta las formas de vida que consideramos «inanimadas» poseen cualidades conscientes:

«El pampsiquismo no se puede probar directamente, ya que la consciencia es inobservable: no puedes mirar dentro de mi cabeza y observar mi sensación de hambre.

Sin embargo, se justifica sobre la base de que es la mejor explicación del lugar de la consciencia en la naturaleza. La consciencia es algo que sabemos que existe, no a través de la observación o la experimentación, sino por ser conscientes; cada uno de nosotros sabe con algo próximo a la certeza que nuestros propios sentimientos y experiencias son reales.

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Giulio Tononi.

De ello se deduce que cualquier teoría con aspiraciones de ser una descripción completa de la realidad debe ser capaz de acomodar el fenómeno de la consciencia.

En este sentido, una teoría ‘completa’ que pueda explicar todos los datos de observación y experimentación, pero que no pueda explicar el dato de la consciencia, no será fidedigna».

En su libro Galileo’s error: foundations for a new science of consciousness (2019), Goff explica lo siguiente: «En nuestra visión estándar de las cosas, la consciencia existe solo en los cerebros de los organismos altamente evolucionados, y de ahí (la creencia en) que la consciencia existe solo en una parte muy pequeña del universo y solo en la historia muy reciente.

 

Según el pampsiquismo, por el contrario, la consciencia permea el universo y es un rasgo fundamental del mismo. Esto no significa que literalmente todo sea consciente. El compromiso básico es que los constituyentes fundamentales de la realidad —quizá los electrones y los quarks— tienen formas de experiencia increíblemente sencillas.

Y la propia experiencia compleja del cerebro humano o animal se deriva en cierto modo de la experiencia de la mayoría de las partes básicas del cerebro».

 

LA CONSCIENCIA IMPREGNA LA MATERIA

Goff ni siquiera pretende que tal hipótesis sea correcta, solo que debe considerarse seriamente en nuestros esfuerzos por comprender qué es la consciencia. Así lo creen también otros filósofos actuales como el australiano David Chalmers, uno de los defensores del pampsiquismo que cuenta con más adeptos y que más tiempo lleva dándole vueltas al problema.

En The conscious mind: in search of a fundamental theory (1996), Chalmers incide en la necesidad de entender hasta qué punto es preciso aceptar que hasta los seres vivos más básicos pueden tener consciencia, y avanza la idea de que en relación a la consciencia existen dos problemas esenciales: uno fácil y otro difícil. El fácil se explica científicamente con las nociones y herramientas que tenemos, ya sea discriminando, categorizando, diferenciando, etc.

Pero el problema difícil parece que sigue sin resolverse del todo, porque se relaciona con la experiencia: la ciencia no puede detectar la experiencia en sí misma, y ahí es donde encaja el pampsiquismo, que a decir de Goff ofrece una atractiva solución alternativa no solo porque la consciencia es un rasgo fundamental de la materia física, sino porque cada partícula en sí misma tiene una forma «inimaginablemente sensible» de consciencia.

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Philip Golf defensor del pampsiquismo.

Una de las teorías que se ha abierto paso en el siglo XXI aportando credibilidad al pampsiquismo viene de la mano del psiquiatra y neurocientífico italiano Giulio Tononi, principal investigador del Centro para el Sueño y la Consciencia de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE UU).

Se trata de la denominada Teoría Integrada de la Información (IIT, por sus siglas en inglés), que ofrece una forma científica, constructiva, predictiva y matemáticamente precisa del pampsiquismo.

Tononi argumenta que algo tendrá una forma de consciencia si la información contenida dentro de la estructura está suficientemente «integrada» o unificada, y de este modo el conjunto es más que la suma de sus partes. Debido a que se aplica a todas las estructuras y no solo al cerebro humano, la IIT comparte la visión pampsiquista de que la materia física posee experiencia consciente innata.

En definitiva, postula que la consciencia depende de un sustrato físico, pero no es reductible a él. Para entender mejor esta teoría recurrimos al neurocientífico Christof Koch, que lo explica de manera sencilla: «Mi experiencia de ver el color azul aguamarina está inexorablemente ligada a mi cerebro, pero es distinta de mi cerebro».

El neurocientífico estadounidense Christof Koch, presidente y director científico del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro en Seattle (EE UU), argumenta en su Is consciousness universal? (Scientific American Mind, 2014) que «la creencia de que solo los seres humanos son capaces de experimentar cualquier cosa de forma consciente es absurda.

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Lynn Margulis microbióloga.

Mientras no se demuestre lo contrario, resulta más razonable suponer que muchos, si no todos los organismos multicelulares, experimentan dolor y placer, y pueden ver y oír las imágenes y los sonidos de la vida.

Incluso un gusano quizás tenga una sensación muy vaga de lo que es estar vivo».

 

En relación con lo anterior, el astrofísico Ame Wyller (1927-2001) había adelantado en su obra The Planetary Mind (1995) una atractiva hipótesis que buscaba conectar el espíritu y la materia, además de expandir la estructura conceptual de la demasiado limitada teoría de la evolución.

Su hipótesis, que denominó Campo de la Mente Planetaria, postula un enfoque posible para responder a una pregunta esencial: ¿Cómo podría la gran cantidad de información contenida en el código genético de organismos complejos haber evolucionado por pura casualidad y selección natural?

 

LA FÓRMULA DE LA MENTE UNIVERSAL

En su análisis de la obra de Wyller, la escritora Donna Seaman explica que «no ha habido tiempo suficiente para la generación aleatoria de milagros como el ojo humano y el cerebro, dos órganos que Wyller analiza detenidamente: (Wyller) se vuelve creativo y claramente místico a medida que pasa de la ciencia ‘dura’ a la filosofía, citando fuentes tan diversas como Aristóteles, Einstein, Strindberg, C. S. Lewis, Darwin y Jung para apoyar su creencia en la existencia de algún tipo de inteligencia cósmica detrás del funcionamiento de nuestro universo ‘consciente’.

Las implicaciones de esta visión son enormes y bastante convincentes, y Wyller no está solo en su búsqueda de un nuevo paradigma para I comprender los misterios de la vida. Claramente, I tenemos mucho que aprender, tal vez incluso que “recordar».

¿Recordar de dónde venimos tal vez? En The creative consciousness (1999), Wyller insiste en el problema de la consciencia cósmica: «¿Qué pasaría si existiera una mente antes que las personas, quizás una consciencia que algún día encontraremos en otra parte del universo, quizás un campo de consciencia universal: la mente planetaria?».

Mientras Wyller intentó explicar cómo una creencia en un universo guiado y de principios fundamentales cambia nuestras ideas del determinismo humano, el libre albedrío y el papel de la humanidad en las comunidades globales y cósmicas, miles de años antes que él, los filósofos reflexionaron sobre la naturaleza de la consciencia y, a lo largo del tiempo, lo han seguido haciendo otros filósofos, además de astrofísicos, biólogos, neurocientíficos, matemáticos…

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Son precisamente estos últimos los que parecen estar llegando más lejos en la búsqueda de esa consciencia cósmica, que pretenden demostrar con cifras.

Esto se explica por la denominada «efectividad irracional de las matemáticas», frase acuñada por el físico y matemático húngaro Eugene Wigner en la década de 1960 para resumir el hecho curioso de que simplemente manipulando números podemos describir y predecir todo tipo de fenómenos naturales con una exactitud asombrosa, desde los movimientos de los planetas y el extraño comportamiento de las partículas fundamentales hasta las consecuencias de una colisión entre dos agujeros negros a miles de millones de años luz de distancia.

Así pues, en vista de que otras ciencias no pueden explicar todos los problemas que plantea la consciencia a escala planetaria, así como del universo en su conjunto, los matemáticos parecen ser lo mejor «equipados» para poder hacerlo.

El alemán Johannes Kleiner, del Centro de Filosofía Matemática de Múnich (Alemania), está trabajando seriamente en esta cuestión, intentando perfeccionar un modelo matemático que demuestre que todo tipo de materia inanimada podría ser consciente, incluido el universo en su conjunto.

Pero bajemos a la Tierra, que es el planeta donde habitamos y que ahora, como si fuera la cola de un dragón encabritado, está dando coletazos a algunos seres que habitan en ella, verbigracia los humanos, con la ayuda de un virus que está poniendo nuestro mundo al revés…

 

LA TIERRA ES UN SER VIVO

Si las matemáticas terminan por demostrar que toda la materia posee alguna forma de consciencia, la Tierra, Gaia, tiene que tenerla también por el hecho de comportarse como un organismo vivo, según postulaba hace décadas el químico británico James Lovelock.

Recordemos que, en colaboración con la microbióloga estadounidense Lynn Margulis, en Gaia: una nueva visión de la vida en la Tierra (1979) y luego en Las edades de Gaia (1988) defendía que los grandes sistemas del planeta, la temperatura, el equilibrio químico de la atmósfera, etcétera, se autorregulan, y las interacciones entré las cosas vivas —la bioesfera— y aspectos de su entorno físico están profundamente entrelazadas.

La visión de Lovelock, que ha sido muy discutida en los últimos años, enlaza en cambio con la percepción antropológica de muchos pueblos primitivos y también de la actualidad, que consideran que la Tierra es un ser vivo, pulsador de energías, poseedor de un alma y soñador; en definitiva, un ser vivo expresado en la prehistoria por medio de imágenes de la Diosa Madre Tierra.

Para muchos, tal percepción puede ser más subliminal que real, pero lo cierto es que hay una sensibilidad en aumento respecto a que el planeta está vivo. Y si está vivo, ¿es también consciente?

Volvemos al punto de partida de este reportaje y a las consideraciones anteriores de que la consciencia no queda restringida al cerebro humano, sino que parece estar presente en toda la materia, de modo que, al menos tentativamente, la respuesta es sí.

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Mensajes de Gaia.

 

Así pues, no solo se ha recuperado académicamente el pampsiquismo de los antiguos, sino que la «hipótesis de Gaia» no parece haber perdido vigencia, así como otras propuestas ya citadas.

Pero sigamos adelante ahora con una cuestión crucial, planteada hace unos años por Paul Devereux, director de la Fundación Proyecto Dragón y miembro investigador de los Laboratorios Internacionales de Investigación de la Consciencia de la Universidad de Princeton (EE UU). Deveraux asegura: «¿Pueden interactuar las estructuras de la consciencia humana y las planetarias? ¿Podemos hablar con la Tierra, por así decirlo, y permitirle que se comunique directamente con nosotros? ¿Hay alguna manera práctica por medio de la cual la inteligencia humana pueda tratar de establecer contacto o integrarse con ella?».

Aunque Devereux ha planteado estas preguntas en relación con los lugares sagrados de la Tierra, construidos o situados de manera que a menudo poseen atributos geofísicos y geográficos en los cuales la consciencia humana queda libre temporalmente para obtener «información» subliminal de Gaia, no hace falta dormir sobre piedras de poder ni en cuevas con vapores sulfurosos para tener visiones proféticas…

Basta con volver la vista al mundo de los sueños, los mejores exponentes del inconsciente colectivo, término avanzado por Carl G. Jung en 1916, que abarca el alma de la humanidad en general y consta de formas preexistentes o imágenes primigenias: los arquetipos.

 

 LOS SUEÑOS DEL COVID-19

Erin Gravley, la creadora del sitio web I dream of COVID, donde personas de todo el mundo publican sueños relacionados con el COVID-19, ha observado algunos patrones coincidentes en los sueños de los ciudadanos.

Entre los neoyorquinos, por ejemplo, señala «un predominio de ascensores, supermercados, ambulancias, quirófanos, sueños trágicos que tienen mucho sentido.

A mi entender reflejan lo que está sucediendo en Nueva York», dice Gravley, que está preparando un libro que recogerá la diversidad de estos sueños y que, espera, permitirá mostrar cómo el inconsciente colectivo se manifiesta en situaciones de peligro, en este caso a escala planetaria.

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La actual situación nos lleva inevitablemente al libro El Tercer Reich de los sueños, de la periodista judía Charlotte Beradt, que recopiló unos 300 sueños de la población alemana entre 1933 y 1939, durante el nazismo. Al analizar el conjunto observó una gran incidencia de sueños de terror.

Esto le permitió confirmar la profunda perturbación que sufrió la dinámica de la vida íntima en aquellos años y su manifestación en el mundo de los sueños.

La mayoría de ellos representaban a los líderes del Tercer Reich como figuras de una autoridad atractiva a la vez que todopoderosa y sádica, cuando no una especie de complicidad identificativa entre el verdugo y la víctima, una señal también de la duplicidad política de los súbditos del Reich, atrapados entre el miedo a la rebelión y el deseo de adherirse al «nuevo orden».

En un sueño típico y recurrente, los soñadores veían cómo las paredes de sus casas y las de los vecinos habían desaparecido, señal clara de la restricción política ejercida en la realidad social, provocada por el régimen nazi Ahora, cuando estamos sufriendo una devastadora pandemia, los sueños parecen haber dejado también de ser una experiencia privada para reproducir las inquietudes y terrores de la humanidad traumatizada por el riesgo a morir y las restricciones a su libertad y a su bienestar.

En este sentido, la colección surrealista de sueños recopilados por Gravley muestra que la pandemia del coronavirus está teniendo unos efectos de largo alcance en nuestro inconsciente colectivo.

A partir de ese reservorio de sueños y de otras fuentes académicas que están también recopilando sueños de los ciudadanos durante el confinamiento, se podrán estudiar los arquetipos que afloren en ellos, esos patrones universales que se muestran en los mitos, religiones, arte y nuestros sueños del mundo, que también son la energía que conecta nuestras mentes y cuerpos.

 

LOS MENSAJES DE GAIA

Hay muchos estudios en curso para conocer más a fondo esa experiencia. Para las personas que no están en la primera línea de la atención médica y la respuesta de emergencia, los temores del nuevo coronavirus se proyectan en amenazas como zombis, insectos y figuras sombrías, que representan la pandemia metafóricamente.

El Centro de Investigación de Neurociencia de Lyon (Francia), por ejemplo, desarrolló un estudio entre marzo y abril de 2020, constatando que la pandemia había provocado un aumento del 35% en el recuerdo de los sueños entre los participantes, y los encuestados informaron de un 15% más de sueños negativos de lo habitual.

Otro estudio promovido por la Asociación Italiana de Medicina del Sueño está analizando los sueños de los italianos confinados durante el brote. Muchos de los sujetos experimentan pesadillas y parasomonias en línea con los síntomas del trastorno de estrés postraumático.

Luigi De Gennaro, profesor de psicología fisiológica en la Universidad de Roma (Italia), que está trabajando ahora en el estudio italiano del coronavirus, asegura:

«No es sorprendente que, hace algunos años, cuando estudiamos a los supervivientes del terremoto de L’Aquila de 2009, descubrimos que los trastornos del sueño y las pesadillas dependían estrictamente de la proximidad al epicentro.

El mapa sísmico se superpuso en su mayoría al de los trastornos del sueño». Por su parte, el psicólogo lan Wallace, experto en sueños, indica que «en una situación como esta pandemia, donde las emociones aumentan, la consciencia de las personas sobre sus sueños también aumenta, y estos sueños pueden parecer más vívidos y atemorizantes.

Uno de los sueños más habituales es verse perseguido por alguien, pero la pandemia le ha dado un giro a este sueño. Las personas sueñan ahora que les persigue alguien sin rostro, algo realmente difícil de identificar, algo que se desconoce».

Precisamente para comprobar si otras personas estaban experimentando sueños vivos y detallados como los suyos, la escritora Gina Barreca preguntó a sus seguidores en las redes sociales cómo habían sido sus sueños, y se encontró nuevos patrones e imágenes inusuales: «He recibido cientos de testimonios.

Es lógico que, ante el caos, nuestro cerebro intente desesperadamente dar sentido a lo que sucede a nuestro alrededor. Estoy soñando mucho que soy una refugiada, no consigo encontrar el baño ni ningún refugio.

Me persigue gente, no sé dónde estoy, he perdido el teléfono, no encuentro el mapa, huyo, pero no sé a dónde me dirijo», cuenta Barroca. Por su parte, lan Wallace opina que los sueños de las personas durante la pandemia revelan cuán indefensos y descontrolados se sienten: «Una de las cosas de esta pandemia es que de alguna manera es un nivelador real.

No importa si eres rico o pobre, cuál es tu origen étnico o a qué país o cultura perteneces. Todas estas imágenes de sueños diferentes que la gente está teniendo reflejan la misma angustia».

Wallace considera a los sueños como oportunidades y cree que los mensajes que están transmitiendo ahora deberían escucharse. Muestran sin lugar a dudas que nuestro miedo a lo desconocido es omnipresente, que queremos saber cuándo terminarán el distanciamiento social y las cuarentenas, si nos enfermaremos o lo harán nuestros seres queridos, si llegarán de verdad y cuándo los controles de estímulo, si tendremos trabajo cuando esto termine…

 

LA CONSCIENCIA GLOBAL Y EL CORONAVIRUS

El Global Consciousness Project (GCP, por sus siglas en inglés) o Proyecto de la Consciencia Global, actualmente está recopilando información sobre cómo está afectando la pandemia del COVID-19 a la consciencia global.

El GCP se inició en 1998 auspiciado en parte por la Universidad de Princeton (EE UU) y está diseñado como experimento a largo plazo para obtener pruebas de una posible interconexión inconsciente de un gran número de personas que experimentan emociones similares.

El instrumento de medición consiste en una red de generadores de números aleatorios (conocidos como RNG) que funcionan continuamente con nodos en hasta 70 ubicaciones en todo el mundo. Cada nodo genera una prueba de 200 bits cada segundo (como lanzar 200 monedas al aire y contar las caras) y envía los datos a un archivo central para su posterior análisis.

Cuando ciertos eventos de alcance o repercusión global provocan experiencias y compromisos compartidos en la población, se generan cambios en los datos de la red que predicen correlaciones entre los RNG ampliamente separados.

Las pruebas formales especifican que unas horas antes de eventos de efectos planetarios (como terremotos, ataques terroristas, pandemias…) se producen mediciones anómalas en los RNG. Así, por ejemplo, los medidores del GCP detectaron una alteración en la consciencia colectiva previa a los ataques del 11-S y del tsunami de diciembre de 2004 en el sur y sudeste de Asia.

Ahora, el actual director del GCP, Roger Nelson, informa de que están estudiando cómo la pandemia del coronavirus está afectando a la consciencia de la población mundial: «Parece que la red del GCP está reaccionando intensamente a la crisis del coronavirus.

Los resultados que vemos en los datos recopilados durante la crisis son ciertamente sugerentes.

Aunque estos no son experimentos rigurosamente controlados, los resultados son similares a los de la serie formal del GCP.

Es poco probable que las tendencias en estas muestras sean simplemente variaciones casuales, de modo que aunque los resultados no demuestren una relación, nuestras respuestas a las noticias sobre la crisis de salud o las fluctuaciones del mercado pueden reflejarse en los patrones de nuestros datos.

Estos sondeos informales, como los datos formales, prueban nuestras profundas interconexiones. Hacen visibles los enlaces inconscientes que nos unen y nos animan a llevar esas conexiones a nuestra consciencia».

 

CAMBIO DE PARADIGMA

Entretanto, el «dragón terrestre» se ha despertado… Lovelock fue tajante en su libro The vanishing face of Gaia: a final warning: enjoy it while you can (2009) al rechazar los modelos científicos que no compartían los hallazgos de que los niveles del mar estaban aumentando y el hielo del Ártico se estaba derritiendo más rápido de lo que predecían esos modelos.

Pero iba mucho más allá al sugerir entonces que podríamos haber superado el punto de inflexión de la resiliencia climática terrestre y haber pasado a un estado de calor permanente.

Con tal panorama, Lovelock cree que la civilización humana tendrá dificultades para sobrevivir. De hecho, espera que el cambio sea similar al que tuvo lugar hace 55,8 millones de años en el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, cuando la concentración atmosférica de CO2 fue de 450 ppm y la temperatura del Océano Ártico llegó a los 23 °C. Seguro que la consciencia de Gaia está mejor enterada de esto que nosotros los humanos.

El COVID-19 es solo un aviso de lo que seguirá enviándonos Gaia antes de que llegue el calor permanente que acabará instalándose durante unos cuantos millones de años.

Quizá aún estamos a tiempo de detener este apocalipsis planetario, pero si queremos al menos intentarlo, tenemos que empezar ya, o el futuro que nos espera no será nada halagüeño.

 

SABER MÁS

TODO ESTÁ LLENO DE DIOSES.

El pampsiquismo es la idea de que todo (pan en griego) tiene consciencia o alma (psyche), desde una roca hasta una cosa. En esencia postula que cada partícula posee una forma de consciencia mínima, una que es infinitamente simple, de modo que la consciencia, por ende, no sería un rasgo exclusivo del ser humano.

En este sentido, el filósofo griego Tales de Mileto avanzó hace más de dos mil años que «todo está lleno de dioses», y otros filósofos como Platón, Leibniz, Spinoza y Russell plantearon ideas similares.

Entre los modernos se considera al astrofísico Arthur S. Eddington (1882-1944) como el máximo representante histórico del pampsiquismo. Eddington, que consiguió confirmar experimentalmente la Teoría de la Relatividad de Einstein, aseguraba: «Hay un hueco en nuestra imagen del universo. Sabemos lo que hace la materia, pero no lo que es. En ese hueco podemos colocar a la consciencia».

Sin embargo, por mucho que Eddington se tomara en serio el pampsiquismo, esta doctrina perdió fuerza entre los científicos por el positivismo lógico que se instaló en el mundo después de la Segunda Arthur S. Eddington Guerra Mundial.

Ha sido en los últimos años cuando el pampsiquismo ha recuperado credibilidad gracias al trabajo de filósofos como David Chalmers y Philip ‘ Goff, que han intentado resolver algunos de los problemas que plantea el tema de  la consciencia.

 

LOS «LADRILLOS» DE LA CONSCIENCIA

El pamsiquismo también ha ganado adeptos entre los matemáticos, de modo que en la actualidad se está abordando desde diferentes ámbitos académicos. Todo apunta a que estamos ante una gran revolución.

El cambio de paradigma ya se ha producido, según apunta Philip Goff: «En el pensamiento occidental contemporáneo, el pampsiquismo sufre de asociaciones culturales desafortunadas.

Sin embargo, deberíamos juzgar una opinión no por sus asociaciones culturales contingentes sino por su poder explicativo. El pampsiquismo ofrece una descripción simple y elegante del lugar de la consciencia en la naturaleza, una que evita las preocupaciones filosóficas y científicas que acosan a sus rivales más convencionales. Por lo menos, es una visión que debe tomarse en serio».

Y en serio está siendo tomada por filósofos y matemáticos, pero eso no quita para que haya críticas y problemas en el pampsiquismo.

El mayor es el denominado «problema de la combinación», que puede resumirse en la siguiente cuestión: ¿Cómo hacen colectivamente esas partículas diminutas de consciencia para constituir una consciencia más compleja? Puede que la consciencia exista en todas las partículas, pero eso no responde a la pregunta de cómo estos fragmentos diminutos de consciencia física se unen para crear la experiencia más compleja de la consciencia humana y, por ende, de toda la humanidad y hasta del propio planeta.

Sin duda, necesitamos ya una teoría definitiva que nos lo aclare y confirme.

 

LA MADRE TIERRA SE REVELA

«El dragón es imaginado como una bestia poderosa, temible, con aliento ponzoñoso…

Estas son características que también pueden atribuirse a la corriente terrestre, la potente energía que emana de las piedras, los montículos y los lugares sagrados», sugiere Janet Bord al referirse a las historias de dragones que abundan en las Islas Británicas desde tiempo inmemorial.

Estas bestias míticas, además de ser custodios de tesoros, también simbolizan la corriente terrestre en otros lugares de la Tierra como en la antigua China.

John Michel ha escrito mucho al respecto en obras como El espíritu de la tierra y La nueva visión sobre la Atlántida, donde expone que según el feng-shui la fuerza magnética se conoce en China como la «corriente del dragón».

Sus senderos, como los senderos del dragón o lungmei, recuerdan notablemente a las «líneas leys», mientras que la corriente del dragón que fluye por los lungmei podría tener su equivalente en la corriente terrestre que irriga las tradiciones de los antiguos sitios de Britania, donde los dragones del folclore personifican esta corriente.

Cuando se hace mal uso de la misma, el dragón se solivianta y es preciso acabar con él…

Los antiguos construían megalitos para aplacarlo, pero ¿cómo hacerlo cuando nos envía virus letales como el COVID-19 por no respetarlo?

Antiguamente adorábamos a esta energía telúrica draconiana que recorre la Madre Tierra, Gaia, pero ahora solo queremos desposeerla de los tesoros que custodia. De poco nos valdrán cuando nos alcance su radiación y acabe con nosotros.

 

UN EXPERIMENTO REVELADOR

A partir del concepto de inconsciente colectivo, avanzado por Carl G. Jung en 1916, Dean Radin, director del Instituto de Ciencias Noéticas, puso en marcha el Experimento Los Sueños de Gaia para medir el Inconsciente colectivo del planeta.

Con esta iniciativa pretendía registrar miles de sueños para luego correlacionarlos y predecir acontecimientos futuros.

Ahora, con la pandemia del COVID-19, este proyecto cobra más sentido todavía. Según Radin: «Quizás los individuos de la Tierra están participando en la danza de la mente de Gaia y nuestros experimentos han detectado esta danza.

En circunstancias excepcionales, cuando muchas mentes están centradas en el mismo objeto, se produce sin saberlo una gran alineación.

Miles de millones de mentes se reagrupan en un todo y la unidad de la mente de Gaia se manifiesta brillantemente». Todavía desconocemos si esta alineación mental nos ayudará a no persistir en los mismos errores.

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