El Siglo XX

EL SIGLO XX

La conservación de los elementos formales de la literatura decimonónica se agota en cuanto la revisión de los conceptos de fondo aboca, ya entrado el nuevo siglo, en una época de crisis de renovación y de ensayo. El campo experimental en que se desenvuelve el escritor es cada vez más amplio. Escuelas y tendencias se confunden, y las interpretaciones son tan marcadamente personales, que se hace difícil, por no decir imposible, encuadrar a dos autores bajo una misma etiqueta. Las convulsiones políticas y sociales, los conflictos bélicos, los progresos de la ciencia y los nuevos cauces abiertos por el arte y el pensamiento trascienden a la obra literaria y determinan nuevos rumbos y nuevas formas de expresión. Bien pronto, la minuciosa observación de la realidad, propia de los naturalistas, deja paso al estudio psicológico, alentado, durante muchos años, por las teorías del psicoanálisis. Surgen las «novelas de tesis», las novelas que sirven a una ideología, a una idea filosófica, a una doctrina moral. El autor busca la identificación con la problemática de su tiempo, del que tiende cada vez más a ser su testimonio. La novela social impone sus exigencias frente al «arte por el arte».

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 Henry Bordeaux

En Francia cabe englobar, en la amplia calificación de novelistas ideólogos, a Paul Bourget (1852-1935), Maurice Barrés (1862-1923) y Henry Bordeaux (1870-1963). Los tres se distinguen por su capacidad analítica y su vigor polémico.

Jacques Antoine Thibault (1844-1924) se contrapone a ellos por su libertad de pensamiento. Con el seudónimo de Anatole France dio a conocer una serie de obras en las que tradujo su escepticismo con irónica sutileza, sin abandonar el tono de disertación intelectual (La isla de los pingüinos, Los dioses tienen sed, El crimen de Silvestre Bonnard).

Otros novelistas se abstienen de adoptar posiciones extraliterarias. Son los amantes del colorido exótico y de las reconstrucciones históricas, que buscan plasmar con sentido poético. Nombremos a Pierre Loti (1850-1923), autor de La novela de un spahi, Pierre Benoit (1886), autor de La Atlántida, y Pierre Louys (1871-1925), autor de Afrodita.

Marcel Proust (1871-1922), colofón de la literatura decimonónica, es el refinado escritor que lleva hasta sus últimos extremos al subjetivismo. En su ciclo de novelas titulado En busca del tiempo perdido encuentra el modo de captarse a sí mismo, en su totalidad, a través de impresiones y experiencias recogidas por el recuerdo y transfiguradas, por obra del arte, en objetos impersonales. La rememoración se desgrana con lírica morosidad y conduce, en última instancia, a la reflexión melancólica sobre la fugacidad del tiempo. La influencia de Proust fue decisiva en la novelística posterior, sobre todo por su técnica estilística.

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André Gide

En cambo, el influjo de André Gide (1869-1951) fue más bien ideológico. Ególatra y amoral, extrajo de las teorías de Nietzsche un humanismo sensual en el que el hombre encuentra un sentido dentro de las limitaciones que le impone su naturaleza (Sinfonía pastoral, Los alimentos terrestres, Los monederos falsos).

Debería ser muy extensa la relación de los grandes maestros de la literatura francesa que viven el paso de un siglo a otro y que personifican los diversos intentos de renovación e innovación. Consignemos, entre aquellos que se mantienen dentro de una línea «clásica», a Romain Rolland (n. 1866), célebre por sus biografías y su novela Juan Cristóbal; a Sidonie Gabrielle Colette (1873-1945), de una sensualidad abierta pero un tanto anacrónica (Chéri, Claudina, La gata); y a Alain Fournier (1886-1914), autor de una sola pero sugestiva novela, titulada El gran Meaulness.

La «novela-río», escrita con intención sociológica, tuvo sus representantes en Jules Romains (1885), autor de Los hombres de buena voluntad, en Roger Martin du Gard (1881), autor de Los Thibault, y en el piadoso George Duhamel (1884), autor de La crónica de los Pasquier.

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 François Mauriac

François Mauriac (1885) merece especial atención por su constante preocupación en penetrar en la psicología de sus personajes, que viven situaciones de intensidad dramática, pero nunca convencionales. Como moralista, el católico Mauriac se muestra de una rigidez casi puritana (Thérese Desquegroux, Nudo de víboras). Creyente como él es Georges Bernanos (1888-1948), novelista de la santidad, que plantea la confrontación entre la Gracia y las fuerzas del mal (Sol de Satán, Diario de un cura rural). Bernanos es también implacable crítico de su tiempo.

La contienda bélica de 1939-1945 tuvo una gran resonancia en la literatura francesa. Los hechos que jalonaron la derrota, la resistencia y la liberación dejaron su huella vital en la evolución de los escritores, que se manifestaron con mayor libertad de expresión y mayor grado de cosmopolitismo, tanto en la novela como en la poesía. Es la época de apertura de nuevos ideales y de floración de nuevos autores, a la vez que se van consagrando algunos de los surgidos en la época anterior. Entre estos últimos destacan

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André Maurois

André Maurois (1885), seudónimo de Emile Herzog, sobrio y elegante autor de biografías noveladas y estudios históricos, pero también destacado novelista (Climas, Ni ángel ni bestia, Clelia o la vida de Georges Sand). Henry de Montherlant (1896) es un escritor de actitudes aristocráticas frente al heroísmo, a la tradición y a un individualismo mítico-religioso (Los bestiarios). Jean Giono (1895) exhibe un estilo impresionista muy personal, y sus exaltaciones de la vida rural van adquiriendo un sentido cósmico y universal (El nacimiento de la Odisea, El canto del mundo). Pierre Mac Orlan (1882) es el novelista de la experiencia vital, de la aventura inopinada (El canto de la tripulación). El dramaturgo Jean Giraudoux se muestra como gran estilista, que llega hasta el preciosismo (Combate con el ángel). Antoine de Saint-Exupéry (1900-1914), aviador, elabora una épica del deber, en la que exalta la amistad y la heroicidad del destino aceptado (Tierra de hombres, Vuelo nocturno, Ciudadela, y el delicioso cuento El pequeño príncipe). Es un individualismo que conduce a Louis Ferdinand Céline (1894) a una postura nihilista y amargada (Viaje al extremo de la noche).

 

La novela social encuentra sus continuadores en Gilbert Cesbron (Los santos van al infierno), Michel de Saint-Pierre (Los nuevos aristócratas) y Maurice Druon (Las grandes familias) y en la epopeya apocalíptica El último justo, de André Schwarz Bart. En el mismo terreno, Roger Peyrefitte debe su éxito a crónicas indiscretas y escandalosas, como El fin de las embajadas.

Son de mencionar también los humoristas Marcel Aymé (La yegua verde) y Gabriel Chevallier (Clochemerle).

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André Malraux

Tres son las figuras clave de la literatura francesa de postguerra. Una de ellas es André Malraux (1901), quien ya antes de 1940 se había manifestado en una nueva línea de valoración del heroísmo, de la acción y de la misión política. El hombre de Malraux se entrega a la causa colectiva y forja su destino individual en la acción, como único medio de escapar a la muerte y al absurdo (La condición humana). Más tarde derivó Malraux hacia el ensayo y la crítica del arte (Las voces del silencio).

 

La segunda figura es Jean Paul Sartre (1905), filósofo que utiliza el género novelístico como vehículo para dar a conocer su sistema, concretamente el existencialismo (La náusea, El ser y la nada, Los caminos de la libertad).

Finalmente, es Albert Camus (1913-1960) otro pensador que se sirve de la novela para exponer su doctrina personal. Camus comparte con Sartre la moral del absurdo, pero se propone servir siempre al hombre, con un sentido estoico y consciente de la vida y de sus valores (El extranjero, La peste, La  caída, El exilio y el reino, Bodas).

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Françoise Sagan

La mujer no está ausente de la lista de autores consagrados. Al lado de Simone de Beauvoir (1908), inteligente escritora muy vinculada a Sartre (Los mandarines, El segundo sexo), se hallan Beatriz Beck (León Morin), Dominique Rolin, Christianne de Rochefort, Louise Bellock, Francoise Sagan (1935) (Bonjour Tristesse, Una cierta sonrisa, ¿Le gusta Brahms?), Anne Langfuss y Marguerite Duras (Moderato Cantabile).

 

Uno de las más interesantes tendencias surgidas en el campo de la novela la constituye la actual «escuela de la mirada», cuya técnica se basa en una observación antipsicológica de lo que acontece en la sociedad, y en la que los poderes del autor quedan limitados a exponer la realidad tal y como se presenta a sus ojos. El escritor no es, pues, más que un testigo que transcribe las presencias y las sensaciones. Participan de esta tendencia, si bien con matices propios que impiden identificarlos en un propósito común, los novelistas Alain RobbeGrillet

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Alain Robbe Grillet

(1922) (La celosía, El mirón), Michael Butor (1926) (El empleo del tiempo), Nathalie Sarraute (1902) y Claude Simon.

 

La poesía entra igualmente, con el nuevo siglo, en una época de ensayo y renovación. Una nota es esencial: la aproximación del verso a la prosa, hasta no separarlos más que el tenue lindero del ritmo, que también es objeto de alteraciones, muchas veces arbitrarias. Un torrente de formas se entrecruza, sin que, por lo general, priven a la poesía de su carácter hermético y minoritario.

El simbolismo siguió perdurando a través de Francis Jammes (1868-1914) y Paul Claudel (1868-1956), afectado en su solidez clásica, católico intransigente y henchido de reminiscencias bíblicas. Charles Péguy (1873-1914) es católico medievalista y tradicional como Claudel, y con tendencia a incorporar lo sobrenatural a los hechos de la vida cotidiana.

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Paul Valéry

La figura de Paul Valéry (1872-1945) domina la poesía francesa del siglo. Es un autor cerebral, de estilo abstracto y refinado, que busca en la poesía una forma de expresar los problemas funcionales del espíritu, y no sugerir meramente la belleza. Ama la perfección clásica, como equivalente de su hondura de pensamiento. Conocido es su Cementerio marino, incluido en una de sus Charmes.

 

Los movimientos vanguardistas, cultivadores de una estética caótica y obscura, arrancan principalmente del surrealismo. El poeta surrealista deja hablar al inconsciente sin oponerle traba alguna, e intenta plasmar las relaciones ilógicas, libremente asociadas, que existen entre las cosas. A pesar de que conservan restos visibles de las formas clásicas, habría que calificar a los poemas surrealistas de experimentos psicológicos antes que de obras propiamente literarias. Además de

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Guillaume Apollinaire

Guillaume Apollinaire (1880-1918), cuyas Caligrafías, en forma de dibujos, fueron como el pregón del movimiento, se consideran surrealistas André Breton (1896), codificador técnico del grupo ; Max Jacob (1876-1944), que expresa su religiosidad de ese modo fantasioso ; Tristán Tzara, introductor del «dadaísmo», o mezcla de palabras al azar, con intento de buscar su poder sugeridor en el elemento tonal, y no en el gramatical ; Louis Aragón (1897), Jacques Prévero (1900) y Paul Eluard (1895-1956).

La experiencia surrealista sirvió de instrumento de renovación para la poesía francesa, que cuenta en la actualidad, además de los nombrados, con figuras consagradas como Saint-John Perse (1887), Jean Cocteau (1891), Pierre Jean Jouve (1887), Patrice de la Tour du Pin (1911) y Pierre Emmanuel (1916).

En Inglaterra predominan las formas e influencias decimonónicas hasta pasada la primera guerra mundial. Joseph Conrad (1865-1924), marino polaco que se manifestó tardíamente como escritor académico y enfático, encauza la corriente psicologista hacia la novela de aventuras, deteniéndose con predilección en los temas referidos al mar (Freya la de las siete islas, Lord Jim).

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Rudyard Kipling

Rudyard Kipling (1865-1936) representa el sentimiento imperialista, que expresa a través de poemas épicos, en los que exalta las virtudes de la raza, y novelas de corte heroico (Tres soldados, Gunga Din, Los cuentos de las colinas). Alcanza también un elevado nivel literario en los temas marinos (Capitanes intrépidos) y en la descripción del mundo de la jungla (Kim, El libro de las tierras vírgenes).

Herbert G. Wells (1866-1946), gran periodista, utilizó como materia para sus novelas las maravillas que la ciencia le podía suministrar. Es un precursor de las actuales obras de «ciencia y ficción», y sus visiones futurísticas se han acercado mucho a la realidad. La precisión y el estilo que aplica a sus obras de imaginación le confieren auténtico valor literario (El hombre invisible, La guerra de los mundos).

John Galsworthy (1867-1933) sigue en la línea realista con su obra cíclica La saga de los Forsyte, y Arnold Bennett (1867-1931) continúa el costumbrismo en la descripción de diversos ambientes (Ana la de las cinco villas).

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William Somerset Maugham

Son muchos los autores que aportan a la novelística inglesa acentos de originalidad. Dentro todavía de una norma «clásica» se desenvuelven Max Beerbohm (1872-1954), refinado prosista de aguda vena satírica (Zuleika Dobson); William Somerset Maugham (1874), cuyas novelas y cuentos, algunos de ambiente exótico, le han dado dilatada fama, sustentada por un estilo directo y sin complicaciones (Servidumbre humana, La luna y seis peniques, El velo pintado); Maurice Baring (1874-1946), limitado a las clases elevadas, pero autor de obras muy bien estructuradas (C., Daphne Adeane); John B. Priestley (1894), tan destacado dramaturgo como novelista (Perdidos en la noche); la neozelandesa Katherine Mansfield (1890-1923), influenciada por Chéjov en sus narraciones cortas, que son un modelo de precisión, y también famosa por su Diario y sus novelas (La ninfa constante).

 

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Gilbert K. Chesterton

El ensayo tiene en Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) e Hilaire Belloc (1870-1953) a dos agudos representantes. El segundo se distingue del primero por su moderación, que le hizo ser un consciente historiador y periodista. Chesterton, en cambio, dio en cultivar un humorismo que llega a la exageración, si bien aparece sólo como una complacencia de su jovial sensatez, que también supo profundizar en los temas más trascendentales (El hombre que fue Jueves, El club de los negocios raros). Chesterton escribió una celebrada serie de novelas policíacas, que tienen al Padre Brown como protagonista.

 

En este género detectivesco destaca

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Arthur Conan Doyle

Arthur Conan Doyle (1859-1930), que tuvo el acierto de crear un genial arquetipo: Sherlock Bolines. La galería de personajes policíacos se irá ampliando, pero vale la pena recordar a los que más tarde presentaron Agatha Christie (1891) y Dorothy L. Sayers.

La obra del irlandés James Joyce (1882-1941) constituyó un hito trascendental en la historia de la literatura. La publicación de Ulises (novela prohibida, por razones de censura moral, durante mucho tiempo en su propio país) marcó un nuevo camino en la expresión de la intimidad individual, cuya mecánica Joyce trasladó a la literatura hasta sus últimos extremos. Mediante asociaciones de palabras, incluso onomatopeyas, y un torrente de frases sin signo alguno de puntuación, Joyce busca no ya captar, sino crear, con un intento de objetividad total, el genuino fluir de la conciencia. Por ello es un autor de muy difícil lectura y prácticamente intraducible y su procedimiento comporta una limitación insalvable. Sin embargo, su influencia ha sido decisiva entre los escritores contemporáneos. Publicó, además, Retrato de un artista adolescente y Gente de Dublín.

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 Virginia Woolf

Virginia Woolf (1882-1941) es contemporánea suya, pero difiere en cuanto a la manera de profundizar en la conciencia y en la palabra que ha de expresar la fluencia de sensaciones o sentimientos. Sin embargo, como Joyce, y como Proust, se afana en acoger la realidad etérea, la que únicamente se halla en la relación que guardan las cosas entre sí. El tiempo, ese tiempo que ella capta en la fugacidad de un momento con poética impersonalidad, es el principal protagonista de sus obras (El cuarto de Jacob, Las olas, Al faro, Flush).

En el terreno de la novela psicológica y de ideas destacan David H. Lawrence (1885-1930), que reincide en la temática sexual, casi de un modo obsesivo (La serpiente emplumada, Canguro, El amante de Lady Chatterley). Aldous Huxley (1894), inteligente debatidor de temas científicos y agudo crítico social, muy celebrado por sus acrobacias de agnóstico irónico (Un mundo feliz, Contrapunto, Los escándalos de Crome), Richard Aldington (1892), en la misma línea de Huxley, pero con criterio de poeta, y no de naturalista (Todos los hombres son enemigos), y Charles Morgan (1894-1958), un esteta que centra la discusión en el terreno psicológico y apela a una filosofía de la evasión, en la que percibe la posesión a través del renunciamiento (La fuente, El viaje, Sparkenbroke).

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 Jerome K. Jerome

Otros nombres habría que añadir a la lista : desde los que se desenvuelven en el terreno humorístico, como Jerome K. Jerome, autor de Tres en un bote, y P. G. Wodehouse, creador del fabuloso mayordomo Jeeves, o en la crítica mordaz, como Evelyn Waugh (1903) (Hombres en armas), hasta las celebradas novelistas Phyllis Bottome (Fruto extraño), Winifred Holtby (Distrito del Sur), Rosamond Lehmann (1906) (Invitación al vals, La balada y la fuente), Daphne du Maurier (1907) (Rebeca), Margaret Kennedy y »Elisabeth Bowen (1899), y los no menos populares autores A. J. Cripnin (1896) (La ciudadela), James Hil ton (Adiós, Mr. Chips), Liam O’Flaherty (El delator), Louis Golding (La calle de la Magnolia), James Hadley Chase (El secuestro de la señorita Blandish), Morris West (El abogado del diablo), H. E. Bates (1905), Clemence Dane y Peter Cheyney.

Merecen mención especial, por un nivel literario que los distingue de estos últimos nombrados, Joyce Cary (1888-1957), cuya mejor producción se refiere a los problemas de la elaboración estética (La boca del caballo), E. M. Forster (1879) (Vista sobre el Arno), George Orwell (1903-1950), autor de una visión pesimista de la sociedad del futuro, que resulta dominada por una organización implacable (1984), Lawrence Durrell (1912), consagrado con El cuarteto de Alejandría, y Graham Greene (1904), que se aplica al estudio y a la comprensión del alma humana en obras a las que provee de una dinámica de novela de aventuras (El poder y la gloria, El fin de la aventura).

Aparte del pseudomovimiento de los «jóvenes airados», alentados por el ensayista Colin Wilson (1931) y el dramaturgo John Osborne, la literatura contemporánea inglesa cuenta con las últimas aportaciones de William Sara son (1912), Henry Green (1905) (Amor), Ivy Compton Burnett (1892) y Angus Wilson (1913) (Actitudes anglosajonas).

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Thomas S. Elliot

En la poesía, dejando de lado a los autores que, como William Butler Yeats (1865-1930), no hacen más que prolongar un neo-romanticismo inglés, debe citarse a Thomas S. Eliot (1888), auténtica figura renovadora, aunque oscuro en su poesía intelectualista, surgida de un surrealismo depurado.

 

En torno a Eliot forman W. H. Auden (1907), igualmente hermético, pero preocupado por los temas sociales, así como Stephen Spender (1909) y Cecil Day Lewis (1904). Dylan Thomas (19141953) y Roy Campbell personifican la postura rebelde de las últimas generaciones, aunque a través de un lenguaje de pureza incluso rebuscada.

La novela alemana moderna se caracteriza por su

 

carácter intelectual. Una gran densidad de ideas y un profundo sentido simbólico son las notas que distinguen a las obras de sus autores, que se desenvuelven con brillantez en todos los géneros.

11-9-Thomas Mann

Thomas Mann

La máxima expresión de las letras alemanas estuvo encarnada, durante muchos años, por Thomas Mann (1875-1955). Hombre racionalista, de extensa cultura, cuyas obras le sirven para entrar en debate con sus ideas, más que para trasmitir la viveza de una impresión, parece sometido a la reflexión intelectual antes que a la inspiración. Son sus novelas más famosas Los Buddenbrook, La montaña mágica y Dr. Faustus.

 

Herman Hesse (1877) se manifiesta a través de varias etapas en su vida, primero como un ser atormentado y confuso, y después como aquel que busca una serenidad utópica (Juego de abalorios, Demián, El lobo estepario).

Jakob Wassermann (1873-1933) es un excelente psicólogo, en cuyo realismo se mezclan matices expresionistas (El hombrecillo de los gansos, El caso Maurizius). El expresionismo — movimiento que nació y tuvo su máximo desarrollo en Alemania, entre 1910 y 1930 — prescinde de toda impresión externa y estalla en la manifestación del contenido interior, lo que conduce a la glorificación del instinto y a la imposición del irracionalismo. Uno de los precursores del expresionismo fue el austríaco Robert Musil (1880-1942), revalorizado después de su muerte, por su obra incompleta El hombre sin propiedades. También fue gran expresionista Franz Werfel (1890-1945), que dio muestras de una exacta sensibilidad religiosa, aun no poseyendo la fe católica, al profundizar en la vida de una santa (La canción de Bernadette).

El escritor no puede desligarse de la realidad que lo envuelve. Ha de responder al compromiso que entrañan los acontecimientos políticos y sociales, y definir su actitud frente a los hechos históricos. La guerra de 1914-1918 eleva a la fama a un pacifista, Erich María Remarque (1898), que se pronuncia en contra del militarismo, en una obra de crudo expresionismo: Sin novedad en el frente. Después, la nueva y pujante ideología hace ineludible la reacción. Hans Grimm (1875) exalta el expansionismo germánico (Pueblo sin espacio); Ernst Jünger (1895) se opondrá al régimen totalitario con su canto a las excelencias del hombre (Escolleras de mármol); Theodor Plievier (1892-1955) se detendrá a reseñar los compases de la derrota: Moscú, Stalingrado, Berlín.

En la hora de la reconstrucción se alza la voz de

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Ernst Wiechert

Ernst Wiechert (1887-1950), buscando la caridad que restañe las heridas (El cisne no canta al morir, La vida sencilla). Heinrich Boell (1917) describe la ruina (Casa sin amo). Hans Werner Fichter se enfrenta con la realidad y la expone sin paliativos (Los vencidos). Ernst von Salomon (1902) se defiende con talento desde su posición reaccionaria (Cuestionario). En el sector oriental, el dramaturgo Bertold Brecht desplegará su poderosa personalidad también en la novela.

En una posición distinta se hallan tres grandes escritores: Hans Fallada (1893-1946), autor de Gustavo el Férreo, el biógrafo y novelista Stefan Zweig (1881-1946), evocador de vidas apasionadas (María Antonieta) y de hechos históricos (Momentos estelares de la humanidad, El mundo de ayer), y el ensayista y también biógrafo Emil Ludwig (1881), a quien se debe Genio y artista, Napoleón, Bismarck, etc.

Finalmente, no pueden dejar de nombrarse los suizos Max Frisch (1911), brillante conjugador de psicología y realismo (No soy Stiller), y Friedrich Dürrenmatt (1921), ingenioso, irónico y profundo (Griego busca griega).

Los poetas franceses influyen vivamente en sus contemporáneos alemanes. Así, Stefan George (1868-1934) muestra una estrecha relación con los parnasianos. El germanismo de George habría de encontrar amplia resonancia en los ulteriores años de nacionalismo militante.

Hugo von Hoffmannsthal (1874-1924) y Hans Carossa (1878) se distinguen como poetas de gran musicalidad,

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ORLIK – Rainer María Rilke

pero ambos se ven superados por Rainer María Rilke (1875-1926), de sensibilidad casi enfermiza y de una elegancia insólita en la lengua alemana. La obra de Rilke no encierra un concepto trascendental, pero subyuga por su lírica delicadeza. Su mensaje — si alguno tiene — se dirige al corazón; es sólo una sugerencia, densa y evocadora, que su espíritu de gran observador ha podido arrancar a los enigmas de la vida humana. Las mejores páginas de Rilke se hallan en El libro de la peregrinación, El libro de imágenes, los Sonetos a Orfeo, y en las Elegías al Duino. Los Cuadernos de Malte, escritos en prosa, forman un esclarecedor parangón de su poesía.

 

Aparte de la poetisa

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Gertrud von le Fort

Gertrud von le Fort (1876), autora de una crónica espiritual de la Alemania del siglo (El velo de la Verónica), cabe destacar a Gottfried Benn (1886-1956) y a Josef Weinheber (1892) como poetas que siguen las corrientes de innovación.

La literatura rusa de principios de siglo sigue adscrita a la línea de sus grandes maestros hasta la total convulsión que experimenta el país a raíz de la revolución soviética de octubre de 1917. Antes de esa fecha, el tono trágico y pesimista en que recaen aquellos autores sigue constituyendo un distintivo particular, que no incide, sin embargo, en la fuerza expresiva.

Máximo Gorki (1867-1936), el escritor más notable de esa época, conoce varias etapas en su carrera artística. En la primera denuncia su disconformidad en el terreno social (La feria de NidjiNovgorod, Los exhombres), luego se adentra en el terreno de las ideas revolucionarias (La madre), y finalmente se decanta hacia temas autobiográficos y líricos.

Son contemporáneos de

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Gorki Vladimir Korolenko

Gorki Vladimir Korolenko (1853-1921), el humorista Arkadi T. Averchenko (1881), Leónidas Andreiev (1871-1919), que no se recata en anunciar la acción revolucionaria (La risa roja), el refinado Fiodor Sologub (El demonio mezquino), Alexander Kuprin (1870-1938), Ivan Bunin (1870-1953), genuino representante del fatalismo eslavo (La aldea), Michael Arzibatchev (1878-1927) y Dimitri Merejkovski (1866-1941), revitalizador de la novela histórica.

La Revolución impone irreparablemente sus imperativos ideológicos. La libertad de expresión es supeditada a la razón del Partido. Y no sólo el servicio cívico, aceptado o no, hace cambiar de carácter a la literatura: el tumulto monumental y dramático de acontecimientos que jalonan la Revolución se inserta objetivamente en el desarrollo vital de generaciones de escritores, que se ven, de este modo, fatalmente comprometidos. Su literatura será, pues, una literatura realista, de testimonio, puesta al servicio de un postulado común. La Unión de Escritores, creada en 1932, se encarga de liquidar las tendencias estéticas y de corregir las desviaciones que puedan producirse dentro de ese realismo socialista.

De entre el fárrago de obras propagandísticas destacan por su valor literario las producciones de Leónidas Leonov, quizá el más relevante estilista ruso contemporáneo, Boris Pilniak, Ilia Ehrenburg, Michael Sholokov y Nikolai Ostrovsky.

En el período anterior a la Revolución, un poeta alza su voz profética : Alexander Block (1880-1921). Luego, Vladimir Mayakovsky (1894-1930) es consagrado como el gran cantor de la urbe, de la sociedad y del porvenir sin embargo, su individualismo no encontró otra salida que el suicidio, en el que se refugió siguiendo los pasos de su compañero Sergei Yesenin (1895-1925).

11-11-Boris Pasternak

Boris Pasternak

El mundo obra de Boris Pasternak (1890-1960), cuya novela El Dr. Jivago, escrita con una técnica de signo clásico, es otra muestra irrefrenable de individualismo, esta vez de inspiración religiosa.

 

La figura italiana representativa del ocaso de la literatura decimonónica fue un artista de personalidad muy acusada: Gabriele D’Arinunzio (1863-1938), novelista, poeta y dramaturgo, influido en el comienzo de su carrera por el verismo de Verga y la reacción antirromántica de Carducci, pero decantado bien pronto hacia la expresión de una más ardiente sensibilidad. Ensalzó el predominio de la voluntad, el acto heroico, el nacionalismo político. Con la misma fogosidad cultivó la elegancia en todas sus formas, y ello le llevó a un hermetismo no siempre justificado. Su estilo, basado en el artificio, se desvaneció en fatigosos conceptos decadentes. Hoy en día sólo son admiradas sus Laudes poéticas, aparte de alguna de sus piezas dramáticas.

El camino de la poesía danunziana, limitado en sí mismo, se vio truncado por las teorías estéticas de Benedetto Croce (1866-1952), historiador, filósofo y crítico directamente responsable de que los poetas italianos buscaran la manera más radical de llegar a una pureza quintaesenciada. Dichos poetas, conocidos por «herméticos», intentan manifestarse con la máxima economía de medios, en una poesía depurada de formalismos y preñada de intuición. El precursor de ese movimiento de aspiración a la pureza expresiva fue Dino Campana (1885-1932), y sus máximo representantes Giuseppe Ungaretti (1888) y Eugenio Montale (1896). Al mismo grupo pertenecen más tarde Umberto Saba y Salvatore Quasimodo (1901).

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F. T. Marinetti

El futurista F. T. Marinetti (1878) encarna otra tendencia, así como el polemista Giovanni Papini (1881-1956), que convierte en blanco de sus sarcasmos a los que siguen el idealismo propugnado por Croce. A pesar de su escasa profundidad, el fervor religioso de Papini fundamenta obras de alto valor (La vida de Jesús, El Juicio Universal).

Con respecto a la narrativa, el primero en incorporar un acento moderno a la literatura italiana es Ettore Schmitz (1861-1928), conocido por halo Svevo. Fue amigo de Joyce, y como él se mostró maestro en la profundización psicológica (La conciencia de Zeno). En el mismo período, Massimo Bontempelli (1884) es un escritor futurista que deshumaniza a sus personajes hasta la frigidez (Vida y muerte de Adria y sus hijos).

Al finalizar la segunda guerra mundial, nuevos autores imponen su personalidad junto a los ya consagrados. Sobre todo ellos descuella Cesare Pavese (1908-1950), hombre angustiado y víctima de su inadaptación. La profundización en el sentido de la vida y del universo le conduce a conclusiones negativistas. Su obra se basa en materia autobiográfica (excepto en la novela La luna y sus fogatas) y se caracteriza por su marcado simbolismo. La necesidad y a la vez imposibilidad de comunicación entre los seres humanos, la vana disponibilidad del hombre, su inútil vagabundeo, la obsesión del suicidio y la proyección de la infancia sobre el futuro, son otras tantas notas constantes en el pensamiento de Pavese, que se manifiesta a través de una doble postulación hacia el éxtasis subjetivo y el conocimiento objetivo. Por ello, su obra se encuentra en el justo medio entre la literatura puramente realista y la literatura puramente individualista (Allá en tu aldea).

11-12-Alberto Moravia

Alberto Moravia

Otro autor muy significativo es Alberto Moravia, seudónimo por el que se conoce a Alberto Pincherle (1907). Ya en 1929 había emprendido el análisis de un sector de la sociedad en descomposición (Los indiferentes). Después ha dedicado sus novelas a explorar todos los tipos de relación humana. Incide en considerar el influjo sexual como determinante de las relaciones afectivas, y esta reincidencia en el mismo tema le priva de una amplitud de pensamiento, que en muchas ocasiones desdice de su prosa, de notable consistencia (La romana, El desprecio, El inconformista, La ciociara).

 

Valerio Brancati (1908-1954) no se recata en emprender una crítica virulenta contra la hipocresía provinciana ante los problemas sexuales (Don Juan en Sicilia, El hermoso Antonio). Curzio Malaparte acabó por renunciar a su primer tono de patetismo tremendista y ganó con ello altura literaria (La piel, Kaputt).

La conciencia de que el escritor no puede desligarse de los problemas sociales condujo al florecimiento de una corriente vitalísima, que habría de confluir en el llamado «neorealismo». Corlado Álvaro (1895-1956), ligado a una manifiesta obsesión por la miseria de las tierras del Sur, e Ignazio Silone (1900) (Fontamara) abrieron el camino que había de afirmar el abogado Carlo Levi (1902), con su Cristo se detuvo en Eboli. En algunos neo-realistas, la misión social de que se sienten imbuidos les priva de vitalidad de expresión, al dar preferencia a lo ideológico sobre lo narrativo. Pero a la áspera narrativa de que hacen gala neorrealistas como Elio Vittorini (1908) (Coloquio en Sicilia) se contrapone también el lirismo de Vasco Pratolini (1913) (Crónica de los pobres amantes).

Fuera de esta corriente se encuentran otros notables escritores, como Mario Soldati, Cesare Zavatini (1902), Aldo Palazzeschi, Guido Piovene (1907) (Cartas de una novicia), Giovanni Mosca (Jardín de añoranzas), Giovanni Guareschi (Don Camilo) y Dino Buzzati (1906) (Pánico en la Scala).

En la literatura femenina destacan las novelistas

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Alba de Céspedes

Alba de Céspedes (1911) (Nadie vuelve atrás), Milli Dandolo (El ángel ha hablado), Angela Padellaro y sobre todo Elsa Morante, autora de La isla de Arturo, en la que el misterio del universo protagoniza un relato de escondida poesía.

La fatiga por el neo-realismo permitió el éxito de El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1897-1957). Los autores de última hora, como Italo Calvino (1923), Carlo Cassola (1917) y Pier Paolo Pasolini (1922), llevarán a aquella tendencia hacia superaciones particulares, aunque siempre lejos de los abstractismos, para aferrarlo al terreno de las experiencias vividas.

En una selección de autores de distintos países que han sido consagrados por la rama a lo largo del siglo habría que incluir a los siguientes.

11-13-Knut Hamsun

Knut Hamsun

En Escandinavia se dieron a conocer los noruegos Knut Hamsun (1859-1952), escritor vitalista, que encara de manera risueña la vida ciudadana y ensalza los tipos humildes (Pan, Hambre, Un vagabundo toca con sordina), Ame Gaborg (1851-1923), continuador de la corriente naturalista, y la escritora católica Sigrid Undset (1882), influida por Zola en su etapa anterior a la conversión.

 

Suecia cuenta con Selma Lagerlóff (1858-1940), una autora que intenta hacer revivir las esencias más puras de la tradición y del folklore. El maravilloso viaje de Nils Olgersson es una evocación de los paisajes escandinavos llevada hasta tal punto, que concierte a éstos en verdaderos protagonistas. La Lagerlöff se muestra como neoromántica con La leyenda de Gósta Berling y Ana Svord. Axel Munthe (1857-1949) escribió una autobiografía muy difundida : La historia de San Michele. Pär Lagerkvist (1891), poeta de la angustia y de la exigencia religiosa, alcanzó la celebridad con Barrabás.

Finlandia se manifiesta a través de Emil Sillanpää (1888), solidario con los desamparados (Santa Miseria). Más famoso, pero de menor valor literario, es Mika Waltari (Sinuhé el egipcio).

Daneses son Peter Jacobsen (18471885), influido por el naturalismo de Flaubert y autor de la romántica Maria Gruber, Johannes V. Jensen (1873), autor de El espíritu del Norte, y Karin Michaelis (1872) (Pasión y muerte de don Juan).

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Halldor Kiljan Laxness

El islandés Halldor Kiljan Laxness es un irreductible cantor de la independencia y la libertad de su país, y defensor del sentido nacional.

Otros autores muy traducidos son el polaco Ladislav Reymont (1868-1925), autor de Los campesinos, el flamenco Maxence Van der Meersch (Cuerpos y almas, El pecado del mundo), los húngaros Sándor Marai (1900), Ferenc Kiirmendi (1900) (Aventura en Budapest), Frigyes Karinthy (1888-1938), muy celebrado por Viaje en torno a mi cráneo, Lajos Zilahy (1891), de clima poético y sentimental (Primavera mortal, El alma se apaga, Las armas miran atrás), el yugoeslavo Ivo Andritch (1893) (El puente sobre el Divina), y el griego Nikos Kazantzakis (1885-1957), de orientación filosófica y religiosa (Cristo de nuevo crucificado, Alexis el griego).

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Franz Kafka

El checoeslovaco Franz Kafka (1883-1924) no pertenece en realidad a un ambiente determinado. Escribió en alemán, pero su obra permanece aislada en sí misma. El castillo, El proceso y Metamorfosis son muestras alucinantes de su peculiar labor narrativa, con la que ha creado un mundo de pesadilla obsesiva. Kafka presenta al hombre contemporáneo como suspendido en el absurdo, gobernado por una organización con poderes contrarios a toda lógica, anonadado ante la invasión de la burocracia colectivista. La existencia queda reducida a sí misma; no dirige, sino que sólo integra ; no progresa en ningún sentido. La obra de Kafka ha gravitado profundamente en toda la literatura contemporánea.

La decadencia política española, cuya consecuencia fue la pérdida de las posesiones en América, llegó a su punto álgido en el año 1898. Y esta fecha ha servido para distinguir a una generación de intelectuales y hombres de letras que, sacando lección de ese fracaso, pusieron a prueba su preocupación patriótica al intentar, con un espíritu crítico desconocido hasta entonces, la revisión de los valores que fundamentaban la vida nacional. Ahondaron en la conciencia del país y buscaron el remedio para afianzar la reconstrucción del presente en las raíces más hondas y clásicas del pasado, pero a la vez en la integración a las corrientes de la cultura y del progreso de la Europa moderna.

Precursores de esta actitud, que llevaba en sí un afán de trascendencia religiosa, fueron Joaquín Costa (1846-1911) y Ángel Ganivet (1862-1898), con su Idearium español, las Cartas finlandesas y las novelas en torno al personaje Pío Cid.

11-43

 Ramiro de Maeztu

Ramiro de Maeztu (1875-1936) se expresa en un tono alentador respecto al pesimismo que en general informa el pensamiento de la «generación del 98», sobre todo en relación con la idea de unidad hispanoamericana, expuesta por él en su Defensa de la Hispanidad.

Pero la gran figura intelectual del grupo fue Miguel de Unamuno (1864-1937). Hombre de espíritu polemista, muchas veces contradictorio y gran individualista, se esforzó en poner a la cultura española al nivel de la europea. Confesó sentirse influido por Nietzsche y Kierkegaard, a cuyos sistemas procuró un mayor universalismo. Su propio pensamiento se halla expuesto de un modo representativo en el ensayo Del sentimiento trágico de la vida. Pero el genio de Unamuno abordó todos los géneros, si bien fue en la poesía donde brilló con mayor intensidad (El Cristo de Velázquez). Fue él quien la arrancó del romanticismo decadente. En sus «nivolas» (nombre con que bautizó a sus novelas) presentó una serie de problemas anímicos que revelan la grandeza de su preocupación intelectual y religiosa (Abel Sánchez, Niebla, Paz en la guerra, Amor y pedagogía, La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir). Otros ensayos suyos son Vida de Don Quijote y Sancho, Andanzas y visiones españolas y Por tierras de España y Portugal.

11-14-Azorín

José Martínez Ruiz. Azorín

La prosa conoció la benéfica acción de dos radicales innovadores. El primero de ellos fue José Martínez Ruiz (1874), conocido por Azorín, que clausuró, con su estilo directo, incluso cortante, los retoricismos neoclasicistas, aportando a la lengua una sencillez funcional que obró sobre ella como un enérgico revulsivo. Se reveló como gran crítico literario, sobre todo de los clásicos, y como genial intérprete y pintor de las tierras castellanas y de sus tipos.

11-15-Baroja y Machado

Pío Baroja,
Antonio Machado

El otro innovador, Pío Baroja (1872-1956), no fue en absoluto un estilista. Usó del menor número de medios posible, ya que no sintió ninguna clase de preocupación estética, sino únicamente el afán de abarcar la realidad. Sus novelas ponen en evidencia la devoción que sentía por la acción, por la aventura, por la energía vital: son obras anecdóticas, donde los personajes no constituyen más que vehículos para expresar las ideas y las sensaciones del autor. Fue un temperamento escéptico y huraño, insobornable testimonio de la sociedad contemporánea. Pero tras sus sarcasmos se escondía una delicada ternura, que afloraba en rasgos de sensibilidad romántica. La influencia de los grandes maestros rusos se descubre en muchas de sus obras. De entre ellas recordamos Paradox Rey, El árbol de la Ciencia, La busca, Mala hierba, Aurora roja, las novelas históricas agrupadas bajo el título de Memorias de un hombre de acción. Dedicó sus mejores páginas a los temas vascos, como El mayorazgo de Labraz, Zalacaín el aventurero, Las inquietudes de Shanti Andía. Baroja escapa á los procedimientos de descripción corrientes, y con su eficaz estilo consigue introducir al lector en los distintos ambientes — sobre todo en los ciudadanos —, de una manera rápida e imborrable.

11-44

Ramón María del Valle Inclán

Ramón María del Valle Inclán (1869-1936) se manifestó de otra manera. Derrochó vocablos y artificios ; se preocupó por el giro formal como un gran artesano de la lengua, aun a costa de la inspiración. Fue modernista en las Sonatas (de primavera, de verano, de otoño, de invierno), e impresionista en Tirano Banderas, una novela que es una antología de americanismos. Reconstruyó las guerras carlistas en sus obras históricas; otras, tituladas por él mismo «esperpentos», son caricaturas que recuerdan a Quevedo (Romance de la reina castiza).

La poesía vive en la plenitud del modernismo. Salvador Rueda (1857-1933) fue uno de los primeros en dejarse ganar por la impetuosa inspiración de Rubén Darío, y tras él seguirían Tomás Morales (1886-1921), Francisco Villaespesa (1877-1935) y Eduardo Márquina (1879-1946).

Pero el espíritu de la época tuvo su más acendrada traducción lírica en la obra de José María Gabriel y Galán (1870-1905), cantor de lo agreste y de Castilla, y sobre todo en la de los hermanos Machado. Manuel (1874-1947), con su identificación con el «cante andaluz»; Antonio (1875-1939), con su poesía patética y cordial (Soledades, Campos de Castilla, Nuevas Canciones). El pensamiento de Antonio Machado, expresado por intermedio de su personaje Juan de Mairena, marcó el rumbo a las generaciones poéticas posteriores. Estableció el predominio del corazón en el quehacer del poeta, y con ello salvó la cima del abstractismo y alejó a la poesía de una peligrosa sumisión al intelecto.

No sucedió lo mismo en la novela, que fue derivando hacia un género de minorías, en el que la originalidad de estilo hallaba en sí misma justificación.

Esta fue la crisis denunciada por el filósofo

11-45

 José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset (1883-1955) en su ensayo La deshumanización del arte. Maestro de generaciones y eximio estilista, fundó y dirigió la Revista de Occidente, publicación que se erigió, durante muchos años, en rectora de la corriente artística, literaria y filosófica de España. Por lo demás, son trascendentales los ensayos España invertebrada, sistematización del pensamiento del 98, Meditaciones del Quijote y La rebelión de las masas. En El Espectador se resume el pensamiento filosófico de Ortega y Gasset.

Eugeni D’Ors (1882-1954) desplegó una actividad de gran extensión cultural, siempre como artista de la lengua castellana, a pesar de haber iniciado su carrera artística en catalán. En el terreno erudito descollaron el polígrafo y humanista Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), propulsor de la historia literaria española, y su discípulo Ramón Menéndez Pidal (1869), maestro en cuestiones filológicas, cuyo campo predilecto han sido el Romancero y el poema del Mío Cid. Otros grandes pensadores fueron Gregorio Marañón (1887-1960), autor de importantes estudios biológicos sobre Don Juan, Amiel, Enrique IV, y los historiadores Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Ángel Valbuena, Joaquín de Estrambasaguas.

La novela conoció, pues, una época de esteticismo. El autor se desentendió de la realidad social. El arte se había «deshumanizado», por decirlo con definición de Ortega.

Gabriel Miró (1879-1930) se destacó en la descripción del paisaje levantino con hacer de pintor barroco (El libro Sigüenza). Raimon Pérez de Ayala (1881-1962) impuso su estilo elaborado de escritor eminentemente intelectual (Tigre Juan, El curandero de su honra. Belarmino y Apolonio). Benjamín Jarnés (1888-1949) aportó las novelas poemáticas Esther, Viviana, Merlín.

Ramón Gómez de la Serna (1891-1963) escogió, llevado por su esplendorosa imaginación, un camino personal. El cultivo de la «greguería» llena prácticamente su índice creativo. Nadie como él ha cultivado el arte de la alusión. de la metáfora surrealista, de la imagen que capta, ahonda, amplía y define. Tan sólo Ramón J. Sender (1902) siguió por el camino realista abierto por Baroja.

11-16 Wenceslao Fernández

Wenceslao Fernández Flórez

Otros autores surgidos en este período fueron los humoristas Wenceslao Fernández Flórez (El malvado Carabel, Las sigile columnas) y Julio Camba (1882), autor de La rana viajera y Aventuras de una peseta: Concha Espina (1877-1955), realista y formal (La esfinge aragata, Altar Mayor): Ricardo León (1877-1943), retórico (El amor de los amores): Alejandro Pérez Lugín (1870-1927), costumbrista (La Casa de la Troya).

En la poesía, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) inició un esplendoroso período que bien podría calificarse de segundo Siglo de Oro. Su lírica evoluciona desde el romanticismo, y a través del modernismo, hasta una depuración personal absoluta. La idea se concentra y se precisa, la imagen se desnuda, el verso abandona el metro y la rima. Juan Ramón hizo del amor y de la poesía un modo de ser, y se convirtió en el maestro de la poesía pura española (Diario de un poeta recién casado, Sonetos espirituales, Animal de fondo). En prosa escribió un libro de inefable belleza, el conocido Platero y yo, elegía andaluza a un borriquillo, en la que traduce con gran ternura sus recuerdos de infancia.

11-17-Juan Ramón Jimenez

Juan Ramón Jiménez

El nuevo concepto de la lírica de Juan Ramón Jiménez avivó la sensibilidad poética. Los grandes temas del amor, de la muerte, del universo estuvieron presentes en la inspiración de los autores, que los trataron con virtuosidad siempre cálida y cordial.

De entre la pléyade de poetas que lograron alcanzar las más altas cimas de la perfección, y que son conocidos como la «generación del 27», ninguno tan admirado como Federico García Lorca (1898-1936). Intuyó de modo maravilloso el alma popular, recogió la tradición de la gitanería, y a toda su poesía la arropó con una mágica musicalidad. Si bien el Romancero gitano ocupa un lugar preeminente en su producción lírica, también supo renovarse en otras expresiones alejadas de los motivos folklóricos, como en el surrealista Poeta en. Nueva York. En Poema del cante jondo, Cancionero, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías sigue buscando las raíces tradicionales de la poesía.

11-18-Lorca

Federico García Lorca

Rafael Alberti (1903) recorrió un camino similar de estilización de lo popular andaluz (Marinero en tierra), para derivar, pasada su juventud, hacia una poesía más intelectual, e incluso surrealista (Sobre los ángeles). Pero nunca ha abandonado el tono originario de la canción, como lo demuestran sus libros Oda marítima y Baladas del Paraná.

Gerardo Diego (1896) alterna varios estilos en su poesía, y se manifiesta desde una posición totalmente vanguardista, sin significado lógico y a través de imágenes surrealistas, hasta otra de sencillez clásica (Manual de espumas, Alondra de verdad).

Jorge Guillén (1893) es la personificación del poeta puro, intelectualista, influido por Valéry y por Góngora (Cántico). Su amigo Pedro Salinas (1892-1951) recurre a la vena sentimental, fundamentando la introspección amorosa en una lírica de gran riqueza psicológica (La voz a ti debida, Razón de amor).

11-19-Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre (1900), de apasionado sentimentalismo en La destrucción o el amor, hasta clasificarse de neorromántico, y nostálgico idealista en Sombra del Paraíso; Dámaso Alonso (1898), crítico, filólogo e historiador, y poeta alejado del purismo (Oscura noticia); Luis Cernuda (1904), cuya poesía se recopila en La realidad y el deseo, y Miguel Hernández (1910-1942), el pastor de grave expresión y apasionamiento de la más honda raigambre española (El rayo que no cesa, Romancero y cancionero de ausencias) son los poetas que cierran el ciclo y tienden el puente de transición hacia posteriores tendencias.

Representan otras modalidades poéticas José María Pemán (1898), Fernando Villalón (1881-1930), castizo en los Romances del Ochocientos; Manuel Altolaguirre (1905) y Emilio Prados (1899).

11-20-Camilo José Cela

Camilo José Cela

Cerrado el paréntesis bélico, Camilo José Cela (1916) elevó a la novela al más alto rango, al encararla de nuevo con la realidad. Una ironía feroz, emparentada con la que inspiró las grandes obras picarescas, domina sobre sus cuadros de la sociedad, sobre sus galerías de tipos, descritos con técnica fotográfica y lenguaje vivo. (La familia de Pascual Duarte, La colmena). En Pabellón de reposo y Mrs. Caldwell habla con su hijo ha intentado otras formas de novelar. Es, además, autor de excelentes libros de viajes (Viaje a la Alcarria).

El realismo está presente, al igual que el naturalismo, en Bartolomé Soler (Marcos Villarí, La llanura muerta); Juan Antonio Zunzunegui (Ay, estos hijos); Carmen Laforet (Nada, La mujer nueva); Elena Quiroga (La carreta); Sebastián Juan Arbó (Tierras del Ebro, Mariona Rebull); Tomás Salvador (Cuerda de presos); Luis Romero (La noria)…

José María Gironella (Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos) y Ricardo Fernández de la Reguera y Susana March (Héroes de Cuba) han acometido la empresa de escribir unos nuevos «episodios nacionales».

Las nuevas generaciones parecen evolucionar hacia una literatura impresionista. La técnica objetiva se pone al servicio de la novela como documento y enunciación de los problemas del hombre, con destino a despertar la conciencia de la sociedad. Amparan ese renacimiento literario, ya lejana la «deshumanización del arte», escritores como

11-21-Ana Mª Matute

Ana María Matute

Ana María Matute (Pequeño teatro, Los hijos muertos), Ignacio Aldecoa (Gran Sol), Juan Goytisolo (Juegos de manos, Duelo en el Paraíso), su hermano Luis (Las afueras), Miguel Delibes (El camino, Las ratas) J. M. Castillo Navarro (Con la lengua fuera), Mario La-cruz (La tarde), José María Hortelano (Nuevas amistades, Tormenta de verano), Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama, una de las novelas de más perfecta técnica moderna), Lauro Olmo (Ayer), Jesús López Pacheco (Central eléctrica), Manuel Arce (Pintado sobre el vacío), Jesús Fernández Santos (Los orgullosos), Juan Marsé (Encerrados con un solo juguete)…

La relación de los novelistas de postguerra es larga, porque rica es la floración de escritores de talento que han surgido en todos los terrenos, y no sólo en éste de la narrativa. En la poesía, a un primer grupo formado por Luis Felipe Vivanco (1907), Leopoldo Panero (1909), Luis Rosales (1910), José Luis Cano (1912) y Victoriano Cremer (1910), ha sucedido otra generación, cuyos integrantes se muestran conscientes de su responsabilidad social y se manifiestan dispuestos a desprenderse de las herencias pasadas para asumir gravemente el papel de poeta actual. Forman en ella Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro, Eugenio de Nora, Enrique Badosa, Carlos Barral, Carlos Bousoño, José Manuel Caballero Bonald, María Beneyto, José Agustín Goytisolo, José María Valverde, sin que con ellos, al igual que con los novelistas, se agote la relación de autores cuyo valor, aún en evolución, les hace dignos de ser recordados.

En la literatura en lengua catalana, el tránsito de un siglo a otro está representado por la obra de

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Juan Maragall

Juan Maragall, propulsor de las innovaciones modernas, a través de su estética de la sinceridad y su teoría, de reminiscencia romántica, de la palabra viva.

Fueron sus contemporáneos un grupo de poetas mallorquines, verdaderos artistas del verso, que conservan el tono mesurado de la lírica clásica. Son Juan Alcover (1854-1926), autor de Record de Sóller, Miguel Costa y Llobera (1851-1922) (El pi de Formentor), Gabriel Alomar 1920) La (1873), Miguel S. Oliver (1864y María Antonia Salvá (1869).

La llamada «generación noucentista» se alejó de la sinceridad lírica de Maragall, alentando una mayor preocupación formal y una posición más objetiva. Fue su maestro Eugeni D’Ors, antes de pasarse a la literatura castellana, quien dejó, escritos en prosa, libros capitales como Glosari, La vall de Josafat, y La Ben Plantada. En la poesía respondieron a la nueva actitud Jósep Carner (1884), de voz realista, serena, y teñida de cierto tono irónico que otorga a su obra un valor humorístico peculiar (L’inútil ofrena, Cor quiet); Jaime Bofill y Mates (1878-1933) conocido por Guerau de Liost, y sobre todo

11-22-CarlosRiba

Carlos Riba

Carles Riba (1893), maestro de poetas, de hondo pensamiento y extraordinaria riqueza creativa (Estançes, Elegies).

José María López Picó (1886) (Variacions líriques) y

11-23-Josep Mª de Sagarra

José María de Sagarra

José María de Sagarra (1894-1962) (L’hostal de la Glória) representan otros aspectos de la lírica catalana, que continúan y renuevan Juan Salvat-Papasseit (1894-1924), Juan Oliver (Pere Quart), J. V. Foix, Mariano Manent, Salvador Espriu (Primera historia d’Esther, La pell de brau), Tomás Garcés, Juan Brossa…

La prosa cuenta con autores tan notables como Joaquín Ruyra (1858-1939), Víctor Catalá (Solitud, Ombrívoles), seudónimo de Catalina Albert (1873), J. Roig y Raventós (Sang nua), Miguel Llor (1894) (L’endemá del dolor, Laura, Un camí de Damasc); Carlos Soldevila (Moment musical); J. Puig y Ferrater, J. Pous y Pagés (Quan es fa nosa); Prudencio Bertrana, Mauricio Serrahima (Petit mon enfebrat), Narcís 0ller (La bogería), Xavier Benguerel (Els fugitius), Juan Vila Casas (Doble blanc, Matéria definitiva), Sebastián Juan Arbó, autor bilingüe, así como Ramón Folch y Camarasa (La sala d’espera), José María Espinás, Manuel de Pedrolo, Jorge Sarsanedas, Ramón Planas, Marius Gifreda, Gaziel, Carlos Soldevila, José Plá (Coses vistes, Hantenots) y el valenciano Juan Fuster (Nosaltres els valencians), que se han distinguido en el ensayo y en la biografía.

11-24-Ramón Pérez Ayala

Ramón Pérez Ayala

Portugal mantiene la nota de exaltación del nacionalismo, aun cuando asimile y se exprese en las formas que emanan de la evolución europea. Sintomático es el «neolusitanismo» de Manuel de Silva Gaio (1860-1934). Teixeira de Pascoaes (1879) encuentra en la «saudade» (equivalente de la morriña) un estímulo para la acción, y basándose en ese matiz llega a aglutinar el movimiento del «saudadismo». Numerosos líricos dictan el predominio de la poesía sobre la prosa. Eugenio de Castro (1869-1944) sugirió y alentó con su simbolismo a los primeros modernistas. Fernando Pessoa (1888-1935) y Adolfo Casais Monteiro (1908) se inspiran en el sentimiento lusitano, y Mario de Sá Carneiro (1884-1916) y Joao Cabral do Nascimento (1897) se hallan entre la concepción nacional y una universal.

Una representación de la última poesía debe buscarse en Alberto da Serpa (1906), Miguel Torga, José Regio, Jorge de Sena y Antonio Pedro, el primer surrealista portugués.

La novela no excedió, aun cuando ampliara su técnica expositiva, del surco realista abierto por Eca de Queiroz. Destacan Francisco Teixeira de Queiroz (1848-1919), autor de Comedia burguesa; el dramaturgo .Julio Dantas (1877); Trindade Coelho y Fialho D’Almeida (1857-1912).

Inauguran una segunda época, inscrita en las preocupaciones sociales actuales, Aquilino Ribeiro (1885-1963), autor de Wolframio y A casa grande de Romarigaes, José María Ferreira de Castro (1898), expositor de diversos casos de conciencia (El bosque virgen), Joaquín Paco D’Arcos, analista de la gran burguesía lisboeta y del alma femenina (Una mujer de Lisboa), el médico Fernando Namora (Minas de San Francisco), Vitorino Nemesio (La serpiente ciega), y Alves Redol, así como Agustina Bessa Luis, quien, desde su primera obra La sibila, personifica la reacción frente al neorrealismo tradicional.

 

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