El Romanticismo

EL ROMANTICISMO

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EICHENS – Novalis

Arrebatos, pasiones violentas, sentimientos melancólicos y un vigoroso fluir lírico expresado con libertad formal desacostumbrada fueron notas características del nuevo espíritu que se impuso en las artes, y sobre todo en las letras. El medievalismo caballeresco y el exotismo de la poesía oriental fueron materia de inspiración frecuente. El paganismo clásico fue sustituido por el cristianismo. Se exaltó al individuo, de tal modo que la subjetividad pasó a ser el punto de mira esencial. Esta nueva tendencia, denominada Romanticismo, se manifestó en primer término, con marcados caracteres, en Alemania e Inglaterra. Iniciada a fines del siglo XVII, alcanzó su plenitud en las literaturas europeas entre 1830 y 1850.

Los primeros antecedentes románticos se encuentran, en Inglaterra, entre los poetas conocidos por «lakistas» (nombre que se les otorgó por haber vivido en la región de los lagos de Cumberland, al noroeste del país). William Wordswortth (1770-1850), permaneciendo fiel a la rima clásica, expuso el manifiesto doctrinal del Romanticismo inglés — aun cuando en una forma atenuada, que contrasta con la postura rebelde de los poetas posteriores — en las Baladas líricas, en las que también intervino Samuel Taylor Coleridge (1772-1834). Los Sonetos de Wordsworth son tan notables como el poema Kubla Kahn y la Oda a Francia de Coleridge, que forma con aquél un binomio glorioso en la historia de la lírica inglesa. Inferior a ambos es Robert Southey (1774-1843), en cuya obra es de notar la influencia o el «rescate» de fragmentos del Romancero español.

BYRON

Lord Byron

La segunda generación de poetas que sucedió a los «lakistas» constituye el prototipo y la culminación del Romanticismo inglés. Su actitud de franca rebeldía ante la sociedad se tradujo con frecuencia en escándalo. El culto a la pasión conducía fácilmente a una vida tormentosa, terminada, en muchos casos, trágicamente. Lord Byron (George Gordon, 1788-1824) encarnó el tipo representativo de ese modo de hacer apasionado, soberbiamente aparatoso e ingeniosamente subjetivo. De inspiración fecunda, Byron peca de superficial. En sus poemas, que son en conjunto una exaltación de la libertad individual — Byron falleció cuando se disponía a participar en la guerra por la libertad del pueblo griego —, se muestra ora sarcástico y jocoso (Don Juan), ora melancólico y pesimista (Peregrinación de Childe Harold). Obras como Mazeppa, Lara, El corsario, La novia de Abydos fluyeron como un torrente poético de su pluma, desigual, pero siempre vigorosa.

Menos espectacular, pero más puro en su lirismo, es Percy Bisshe Shelley (1792-1822), quien vertió su ideario filosófico y social a la poesía, con un resultado en el que la elaboración estilística hace olvidar la poca consistencia del fondo. Por ello la vena más estimable de Shelley debe buscarse en los poemas en que desciende a narrar experiencias vividas, siempre con trazos perfectos y prodigando brillantes imágenes. Oda al viento del oeste, Adonais y A la noche cuentan entre sus composiciones más leídas.

Por el contrario, John Keats (1795-1821) no sintió preocupaciones ideológicas, sino que se limitó simplemente a buscar, a través de la poesía, el principio de belleza en todas las cosas. El fervor romántico no le privó de cultivar el detalle, en una mesura equilibrada. Su corta vida fue fecunda en obras de elevado tono poético, tales como los poemas Endymion e Hyperion, basados en la mitología griega, la balada La hermosa dama sin piedad y las odas Al otoño y Sobre una urna griega.

9-2-Walter Scott-

Walter Scott

En el género narrativo, la novela sentimental fue desplazada por la de terror, en la que se buscaba impresionar al lector con escenarios y temas de misterio. Horace Walpole (1745-1831) es el autor más notable de obras de este corte, que bien pronto, al implantarse el Romanticismo, habían de claudicar ante las nuevas tendencias. Ahora se trataba de conmover al lector en sus sentimientos. Se siguió cultivando el gusto de la época por lo medieval, y los castillos roqueros, los torneos caballerescos, los usos y las costumbres de la sociedad feudal volvieron a ponerse a la orden del día. Walter Scott (1771-1832) es la figura que domina toda la época. Sus novelas se han venido leyendo hasta nuestros días. Hizo revivir un mundo de leyenda de un modo realista, en donde personajes y hechos históricos son reelaborados según la mentalidad del hombre del siglo XIX Ivanhoe, Quintín Durward, El anticuario, La novia de Lamermoor y muchas más, son obras que cautivan por el puro deleite de la aventura, desarrollada en un marco en el que se exalta a la lealtad y se glorifica a la tradición.

Alentado por el movimiento poético del Sturm und Drang y conducido por el magisterio intelectual de Goethe, el Romanticismo alemán se impone en el último cuarto del siglo XVIII. La influencia y la cercanía de filósofos como Kant, Fichte, Schelling y Hegel le proporcionan en seguida un sello particular. Más que fuerza creativa, denotan los románticos alemanes un anhelo de profundidad en las formas ya existentes. Un vigoroso fondo religioso y filosófico los sostiene exaltan la vida interior, el subjetivismo, la libertad de espíritu ; se preocupan por problemas estéticos, por el folklore de los pueblos, por la literatura de otras naciones. Así, crean la filología germánica (hermanos Grimm); traducen a Shakespeare y a Calderón (A. W. Schlegel); descubren a Cervantes (Ludwig Tieck); recogen las canciones populares en antologías (Clemens Brentano). Se decantan hacia un misticismo naturalista, e imprimen un vigor nacionalista y patriótico a sus invocaciones.

Hans Christian Hölderlin

Hans Christian Hölderlin

Uno de los primeros introductores del Romanticismo es Hans Christian Hölderlin (1770-1843), muerto tempranamente para la vida al caer en la locura. Se aferró patéticamente a los ideales pretéritos en su afán por huir de la realidad ; pero su concepto de la clasicidad griega, utilizada tan sólo como sostén de esa evasión, quedaba tan tergiversado como su visión personal del presente. El sentimiento es el valor real que se desprende de su poesía especialmente cuando canta a La patria, o se dirige a Diótima, su amada ideal,

Friedrich Hardenberg, conocido por Novalis (1772-1801)  cambió su carrera de filósofo por la de poeta. Su corta vida se tradujo en bosquejos íntimos, cantos espirituales que importan más por la fuerza de la efusión emotiva que por su originalidad de concepto. A Novalis se debe la introducción del símbolo romántico de la noche como realidad que da sentido a la vida (Himnos a la noche).

Joseph von Eichendorff (1788-1857) es un expresivo lírico, henchido de sentido religioso. Su novela De la vida de un holgazán es una de las últimas obras que pueden adherirse a la corriente romántica.

Ludwig Uhland es el autor de la famosa canción Yo tenía un camarada, y a la vez de baladas y poemas sobre temas medievales y legendarios, concebidos con profundo sentir patriótico.

Pertenecen también a este período Adalbert von Chamisso (1781-1838), conocido por La maravillosa historia de Peter Schlemil, el hombre que vendió su sombra, y Edward Mórike (1804-1875), uno de los últimos románticos, íntimamente vinculado al encanto de la poesía popular.

Hoffmann

Ernest Hoffmann

En la narrativa sobresale la original figura de Ernest Hoffmann (1776-1822), cuyos fantásticos cuentos, mezcla de exaltado sentimentalismo y sobrenatural alucinación, sirvieron de tema para la música de Offenbach, y con ella se mantienen en la celebridad.

Francia, entregada al clasicismo durante casi dos siglos, vio aparecer los primeros brotes románticos al producirse los acontecimientos y surgir las personalidades que prepararon el camino hacia la Revolución Francesa. La lucha por la libertad y los derechos del hombre habría de avivar el fuego de las nuevas tendencias literarias, plasmando uno de los acusados caracteres de los románticos franceses: su intervención activa en los acontecimientos políticos y sociales de la época. Idéntico espíritu individualista los acerca a alemanes e ingleses; sienten la misma predilección por lo exótico y las reminiscencias medievales, si bien olvidan la herencia de la épica nacional francesa ; su empeño, en cuanto a la forma, será usar del lenguaje como herramienta capaz de expresar los sentimientos más personales. Gran precursora fue Germaine Necker, conocida por Madame de Staél (1766-1817). Si no se distingue como escritora eximia, se le reconoce el mérito de haber intuido el cauce abierto por los escritores germánicos. Mediante sus obras (especialmente en De Alemania) y a través de su vida de relación, impuso las ideas renovadoras, ligadas al liberalismo político, hasta el punto de ser considerada como la teorizadora del naciente Romanticismo francés. Sus novelas epistolares Delfina y Corina, escritas en un tono apasionado, son una primicia de esa nueva sentimentalidad romántica.

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François René de Chateaubriand

También se considera como prerromántico a François René de Chateaubriand (1768-1848), quien, a la par que puso de relieve nuevas fuentes de inspiración, renovó las formas literarias. Revalorizó al cristianismo en el sentido político y estético, asignándole el valor, benéfico para la literatura, de haber profundizado en la especulación en torno a los sentimientos humanos (El genio del cristianismo, Los mártires). Chateaubriand saca a la luz la intimidad del escritor, en una labor de análisis objetivo de las experiencias personales. Las memorias de ultratumba, de corte autobiográfico, son un modelo de esta incipiente literatura subjetiva. En otras novelas, como Átala y René, satisface el gusto por el exotismo, con descripciones en las que Chateaubriand despliega un lirismo de fuerza desusada hasta entonces. Un nuevo concepto de la naturaleza, revestida de tonos de melancolía, se afianza como elemento poético.

El análisis introspectivo fundamenta también las novelas de Benjamín Constant (1767-1830) y de Etienne de Sénancour (1770-1846), autores, respectivamente, de Adolfo y Obermann. La acción exterior se ve paliada ante el afán por escudriñar en lo más recóndito del alma; el ahondamiento en la personalidad como medio de encontrar un sentido a la vida convierte al relato casi en un monólogo del autor.

Alphonse de Lamartine (1790-1869) es el poeta de la ponderación, de la reflexión poetizada. Su acento es sincero, de un sentimentalismo aprehensible. Sus temas favoritos, teñidos también de la nota melancólica, son la naturaleza y el amor. Se consagró como primer poeta romántico en las Meditaciones poéticas y en las Armonías poéticas y religiosas. Cultivó la épica en Jocelyn, y se rindió a las exigencias del gusto por lo exótico en su Viaje al Oriente. Tienen menor trascendencia sus novelas, de cariz autobiográfico, Graciela y Rafael.

9-4-Victor Hugo

Victor Hugo

Si Lamartine es el prototipo del poeta romántico mesurado, alejado de toda estridencia, Víctor Hugo (1802-1885) representa la postura centrada: exaltado, exuberante, combativo, de vigorosa imaginación. Su impulso, sin embargo, no estuvo dominado por sentimientos torcidos ni le llevó a prodigar los tan manidos lamentos fúnebres. La fuerza inspiradora de Hugo es la pura exaltación de la lucha del hombre por su libertad y sus derechos. Cae en la grandilocuencia propia del Romanticismo, pero su estilo se salva siempre por cierta medida de buen gusto. Hugo fue, por brillantez, fuerza e influencia, la figura más sobresaliente entre los románticos franceses. Él fue quien lanzó el reto al clasicismo en el prólogo de su obra dramática Cromwell; y fue también una obra suya, Hernani, la que, tras su tumultuoso estreno, abrió la brecha por donde habría de fluir la nueva corriente. De una fecundidad extraordinaria, Hugo cultivó todos los géneros. De su lírica destacan las odas, las baladas, las orientales (Las voces interiores, Los cantos del crepúsculo); la épica está representada por el poema de La leyenda de los siglos; la poesía narrativa se materializa en Booz dormido y en El cementerio de Eylau. En Las contemplaciones se adentra en la literatura de introspección. En Los castigos se encuentra una muestra de sus escritos políticos. También cultivó la novela histórica, a la manera de Walter Scott. Nuestra Señora de París es un abigarrado aguafuerte gótico, en el que traza un cuadro de los varios estratos de la sociedad parisina del siglo XV. En Los miserables, largo y enrevesado novelón, la trama se entremezcla con los hechos históricos, salpicada de exaltaciones románticas, revoluciones y barricadas.

El conde Alfred de Vigny (1797-1863) fue el apasionado hombre de espíritu que oculta su desengaño tras una altiva reserva, que lo lleva a contenerse en un estilo severo y riguroso, a impersonalizarse en símbolos e imágenes. Esta misma contención lo convierte en un artífice de la palabra, depurada y ajustada para servir con fidelidad a sus propósitos de universalizarse, de escapar a la esfera meramente individual. Vigny exprimió su desencanto ante la humanidad (en gran parte provocado por la caída del Imperio, a cuya gloria él, como soldado, no pudo asistir) en un conformismo que deriva finalmente hacia una postura estética. En Servidumbre y grandeza de las armas, en sus novelas históricas Cinco de Marzo y Stello, y en el Diario de un poeta se halla lo más sobresaliente de su producción.

9-5-Alfred de Musset

Altred de Musset

Alfred de Musset (1810-1857) se manifestó, en vida y obra, como un romántico por excelencia. Entregado a la pasión, a la sensualidad y al patetismo, obra por arrebato y descuida la profundidad y la elaboración. Pero rehúye la efusión grandilocuente para manifestarse de un modo llano y fluido. Su primera obra de corte romántico son los Cuentos de España e Italia. Su novela Mimí Pinson tuvo un destacado éxito, y en Confesiones de un hijo del siglo trazó el retrato de los hombres que, como él y como Byron, dieron el sello a toda una época.

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LORENTZ Caricatura del conde de Vigny.

Musset tuvo relaciones amorosas con Lucile Aurore Dupin (1804-1876), conocida por el seudónimo de George Sand. Esta escritora, de sensibilidad y espíritu poco comunes, dejó páginas que son el exponente más vibrante del lirismo romántico. Su novela Indiana exalta la fuerza de la pasión, aun enfrentada a los prejuicios y a las normas sociales. Pero con sus notables dotes de observación, la Sand derivó hacia un concepto de la novela que habría de encontrar su confirmación en el realismo. Sus obras más destacadas en este sentido son La charca del diablo y Ella y él.

9-7- Próspero Merimée

Próspero Mérintée

El presagio del realismo, insinuado en la Sand, se cumple en Próspero Merimée (1803-1870), quien, aun manteniéndose en una ambientación de corte romántico, se ciñe a exigencias, en cuanto a la forma, que lo sitúan en un plano avanzado respecto a su época. Pero Merimée se pierde en el artificio; sus descripciones de ambientes que le son extraños no tienen base alguna y quedan rebajadas al nivel pintoresco. Coloraba, Mateo Falcone y Carmen son tres de sus novelas más conocidas, la última de las cuales, una «españolada» típica, sirvió de tema para la ópera de Bizet.

Théophile Gautier (1811-1872) llega también a un punto de transición dentro del Romanticismo, que anuncia ya su clausura como período literario. Gautier acaba incluso por caricaturizar, al final de su vida, los conceptos que él mismo se esforzó en imponer frente a los clasicistas. Fue un viajero infatigable que aprovechó sus experiencias para verterlas en sus libros, escritos con lenguaje depurado. Una selección de sus obras comprendería El capitán Fracasse, La novela de una momia y Esmaltes y camafeos.

A diferencia de Gautier, Alejandro Dumas, padre (1803-1870), se mantuvo siempre en la línea más exaltada y esplendorosa del Romanticismo. De una imaginación portentosa y una fecundidad extraordinaria, hasta el punto de ser objeto de continuas acusaciones de plagio y apropiación de argumentos, Dumas se prodigó en la tarea de escribir novelas «de capa y espada», ampulosas, henchidas de vitalidad y fantasía. Los tres mosqueteros, El cunde de Montecristo, y otras no menos famosas, justifican el título de «Rey de París» que se le otorgó en su tiempo.

A, su lado, los truculentos folletines de Eugene Sue (1804-1857) permanecen meramente como curiosidad literaria (Los misterios de París, El judío errante).

Finalmente citamos a Charles Nodier (1783-1844), cuyas fantásticas narraciones abundan en escalofriantes sucesos y monstruos diabólicos; a Aloysius Bertrand (1807-1841), autor de Gaspar de la Noche; a Gerard de Nerval (1808-1855), surrealista en Sylvia, y a Charles Auguste SainteBeuve (1804-1869), crítico literario y moralista, más que poeta, quien en Las quimeras se adelanta ya al simbolismo ulterior.

La introducción del Romanticismo en Italia se produce en la época en que ese país se prepara para la lucha por la unidad nacional. Por ello, lo que en otros ambientes es producto y efecto de una valorización individualista, se decanta aquí hacia propósitos prácticos, como son los de despertar y aglutinar los sentimientos nacionalistas y promover el movimiento liberal. Por otra parte, los escritores italianos no logran desprenderse de la herencia clasicista, y ese contraste entre forma y fondo subsistirá prácticamente hasta finalizar el siglo.

9-8-Hugo Fóscolo

 FABRE – Hugo Fóscolo. Galeria Antigua y Moderna. Florencia

Las glorias napoleónicas hicieron brotar los primeros estallidos de entusiasmo, que bien pronto habrían de trocarse en pesimismo, al extinguirse las esperanzas de libertad. De esa desesperación y ese pesimismo, notas características en el Romanticismo italiano, surgirá el impulso auténtico de superación nacional. Vincenzo Monti (1754-1828) y Hugo Fóscolo (1778-1827) son los dos prerrománticos italianos más destacados. La novela de este último, Cartas de Jacopo Ortis, deja traslucir la influencia del Werther goethiano.

El estilo de Fóscolo fluye como un torrente tumultuoso en un cauce que conserva la forma neoclásica. Los sepulcros, el poema de Fóscolo que ejerció mayor influencia en la Italia posterior, es un canto a la heroicidad, una meditación en torno a la gloria y a la virtud, una exaltación de los ideales de libertad, cuya defensa le costó al autor escoger el camino del destierro.

El conde Alessandro Manzoni (1785-1873) fue la figura señera que aglutinó el movimiento romántico italiano. En París había recibido la influencia de Voltaire y de los enciclopedistas. Pero Manzoni no se aleja de sus convicciones religiosas y nutre su poesía de la inspiración que le facilita la fe católica (Himnos sacros). Llegó al concepto romántico incluso antes que los franceses. Por la brillantez con que plasma las imágenes y el color que se desprende de ellas se le cataloga como el jefe del grupo «colorista» italiano. En prosa escribió su obra más famosa, Los novios, novela histórica elaborada con gran rigor, cuya acción transcurre en la Lombardía del siglo XVII, en tiempos de la dominación española. El tema le brinda a Manzoni motivo para desarrollar sus elucubraciones morales y patrióticas. Personajes, situaciones y caracteres están trazados con mano maestra, si bien denota el conjunto cierta morosidad.

ALESSANDRO-MANZONI

Manzoni

El fervor patriótico, tan patente en Manzoni, fue el móvil que hizo brotar una pléyade de escritores. Entre ellos, y como figura representativa, citaremos tan sólo a Silvio Pellico (1789-1866), quien suma a aquellos valores de alcance político y nacionalistas, la nota de la confidencia personal.

Frente a los románticos idealistas, apasionados defensores y propugnadores de la libertad de su pueblo, se halla, en una postura pesimista y amarga que le hace volver la espalda a esas aspiraciones e inquietudes, Giacomo Leopardi (1798-1837). Los fracasos sentimentales influyeron en su evolución hacia un escepticismo total; la deformidad física que le aquejaba no hizo más que contribuir a su desesperación, a la que se sentía impulsado por las limitaciones de un temperamento fogoso. Desde joven contó con una preparación cultural extraordinaria, que lo hizo mantenerse dentro de un estilo clasicista y latinizante. Leopardi es el artista que siente una pasión inconmovible por la expresión exacta, por la perfección técnica. En sus conmovedores Cantos se resume toda la excelsitud de su poesía; su prosa se centra en torno a los Pensamientos y a las Obrillas morales.

Los sucesos políticos, vinculados a la difusión de las ideas liberales, provocó en la España del siglo XIX una emigración notable de personalidades destacadas en todos los terrenos. Entre ellos abundaban los escritores y poetas, los cuales, al entrar en contacto con las corrientes románticas europeas, estuvieron capacitados para introducirlas en España al regresar al país.

El primer reberbero romántico se produjo en el teatro, por obra de Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), autor de la pieza dramática Don Álvaro o la fuerza del sino. De sus composiciones líricas destaca El faro de Malta, compuesta durante su destierro en esa isla. De su épica son notables los romances sobre temas históricos y sobre leyendas (El moro expósito, Florinda la Cava, Don Álvaro de Luna, Un castellano leal). Rivas supo satisfacer el gusto de la época por los temas de reminiscencia medieval, revistiendo el mundo de la leyenda de un rico ropaje poético, que lo acerca al modo de hacer byroniano.

9-9-José de Espronceda

José de Espronceda Col. Lázaro. Madrid.

El poeta máximo del Romanticismo español es José de Espronceda (1808-1842), hombre de vida agitada, ideas revolucionarias y episodios escandalosos. El canto a la rebeldía en todas sus formas fue uno de sus temas preferidos (Canción del pirata). En sus poemas El estudiante de Salamanca y El diablo mundo se sintetizan los grandes temas del Romanticismo: el dolor, el placer del mundo, el escepticismo y la muerte. Ambos contienen fragmentos líricos de intensa fuerza expresiva, como es el Canto a Teresa.

José Zorrilla (1817-1893), a quien se ha calificado de «trovador del siglo XIX», es el más popular de los poetas románticos españoles, porque supo acercar a su tiempo la poesía tradicional y porque intuyó las esencias más genuinas del alma nacional. Obra suya es la máxima leyenda épica del Romanticismo español: A buen juez, mejor testigo, así como Margarita la tornera. Zorrilla no alcanza gran profundidad, pero se expresa siempre a través de una poesía de brillante colorido y musicalidad.

En prosa destaca Mariano José de Larra (1809-1837), que escribió bajo el seudónimo de Fígaro. Fue conocido también por El pobrecito hablador. Se manifestó a través de artículos periodísticos, tanto literarios y de crítica teatral como satíricos y de costumbres. Su postura ante los acontecimientos históricos, de irrevocable sentido testimonial, denota un pensamiento inconformista, desilusionado y frustrado, que más tarde será uno de los componentes de la «angustia» expresada por, la llamada «generación del 98». Larra cultivó también la novela histórica (El doncel de don Enrique el Doliente) y demostró autoridad en cuestiones filológicas.

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Otro escritor costumbrista es Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), que adoptó el seudónimo de El curioso parlante. Sus críticas o sátiras no conocen el tono agrio, sino que se mantienen siempre dentro de una afable ironía. Presenta, por lo general, tipos y costumbres de Madrid, con lo que su obra resulta en conjunto un pintoresco cuadro de los ambientes de la capital (Escenas matritenses, Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid). Las escenas andaluzas de Serafín Estébanez Calderón (1799-1867) cumplen idéntica misión por lo que respecta a Andalucía.

Portugal estuvo presente en el Romanticismo con escritores como Almeida Garret (1799-1854), poeta de lo autóctono, henchido de sentimiento y pasión, y Alejandro Herculano (1810-1877), novelista e historiador insigne, que representa, frente al primero, a la tendencia erudita.

Rusia se incorporó a la literatura universal, con caracteres propios, en esta época. Hasta entonces, y desde Pedro el Grande, sus escritores habían seguido las tendencias occidentales, asimilando las corrientes que prepararan y luego impusieron al Romanticismo. En el primer tercio del siglo XVIII es cuando surgen las manifestaciones marcadas por un ceño nacional, producto del misticismo y de la melancolía que caracterizan al alma eslava.

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Alejandro Pushkin

Alejandro Pushkin (1799-1837) constituye el gran punto de arranque. Recibió la influencia de Voltaire y del clasicismo francés, pero en seguida se inclinó hacia los románticos ingleses. Vivió inmerso en las ideas liberales y revolucionarias, y murió en duelo, defendiendo el honor de su esposa. Se inspiró en Byron para escribir su obra maestra Eugenio Onieguin, un poema que puede catalogarse de novela en verso. Los zíngaros, El prisionero del Cáucaso, El zar Saltán y La dama de pique destacan en su producción poética, junto con las novelas en prosa La hija del capitán y Dubrovski, el bandido ruso.

Michael Lermontov (1814-1841) se manifiesta de un modo muy cercano a su amigo Pushkin, aun cuando no consigue, como éste, desprenderse completamente del lastre de la influencia extranjera. Tiende hacia el realismo y adquiere su calificación de poeta ruso por sus motivas de inspiración popular. En sus poemas A Pushkin y El demonio, así como en la novela Un héroe de nuestro tiempo, se encuentra el testimonio de su estilo y pensamiento.

Polonia, sometida a la dominación extranjera, dio patéticos cantores de la libertad y del nacionalismo patrio. Su máximo exponente es Adam Mickiewicz (1798-1855), autor de El libro de la peregrinación polaca y Pan Tadeusz, dos epopeyas escritas al estilo bíblico y dignas de figurar en una antología de la literatura universal.

Sándor Petóffi

Sándor Petóffi

El húngaro Sándor Petóffi (1822-1849) cumple el mismo papel que Mickiewicz como adalid de la libertad de su pueblo, en cuyos cantos se inspira. Jan Vitez es el poema que lo consagró y que otorgó significación universal a su obra.

El danés Adán Oehlenschlaeger fue el introductor del Romanticismo en los países nórdicos. Su inspiración, matizada por la influencia de Goethe y Schiller, se encuentra en las sagas y en los mitos escandinavos (Los dioses del Norte). Sören Kierkegaard (1813-1855) impondrá su influencia en el terreno de la especulación filosófica, y Hans Christian Andersen (1805-1875) se distinguirá en las narraciones cortas. Sus cuentos para niños han recorrido el mundo entero, ya que son un prodigio de gracia, de vida e imaginación.

Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen

El interés romántico por la poesía popular dotó a Finlandia de una gran epopeya, titulada Kalevala, que no es más que una colección de poemas extraídos por Elías Lónrrot (1835) de la tradición oral y escrita. A pesar de su forma confusa, el Kalevala es el poema nacional finés; en él se exaltan los sentimientos patrióticos y se canta el triunfo del cristianismo sobre el paganismo.

 

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