LEYENDAS DE GRANADA – EL Príncipe del Generalife.

El príncipe del Generalife

Hubo una vez en Granada un rey moró que sólo tenía un hijo. Desde su infancia demostró brillantes dotes de ingenio; pero los astrólogos vaticinaron que sería muy enamoradizo y que correría grandes peligros por esta avasalladora pasión.

El rey, obsesionado por esta predicción, determinó encerrar al príncipe, para que nunca pudiera ver el rostro de una mujer ni conociera lo que era el amor. Para esto construyó cerca de la Alhambra un palacio con maravillosos jardines, llamado el Generalife, y puso a su cuidado a Eben Bonabben, sabio árabe que había estudiado muchos años en Egipto. Éste se encargó de instruir al príncipe en todas las creencias; pero debería ocultarle lo que era el amor.

Bajo su vigilancia, creció el príncipe, y pronto consiguió el joven una gran cultura. A los veintidós años era un sabio; pero sin la menor idea de lo que era el amor. Por entonces comenzó a cambiar su carácter. Prefería pasear por los jardines y meditar junto a las fuentes, y de ese modo, descuidaba sus estudios, dedicándose sólo a la música y a la poesía.

El sabio comenzó a preocuparse. « ¡El príncipe ha descubierto que tiene corazón!» Desde entonces le vigiló constantemente y, alarmado ante esta novedad, decidió encerrarlo en la torre más alta del Generalife, separándole así de la naturaleza, para que sus sentimientos impresionables no se exaltaran. Como el príncipe se aburría, decidió enseñarle el lenguaje de los pájaros, que él había aprendido en Egipto. Desde entonces, la torre del Generalife ya no estuvo sola; innumerables pájaros se posaron en ella para hablar con el príncipe. Éste sintió especial predilección por la golondrina. Había llegado la primavera, y por todas partes oía el gorjeo de los pájaros, que decía insistentemente: «Amor, amor»…

El príncipe, que no conocía esta palabra, fue preguntando a cada uno de los pájaros por su significado; pero ninguno le supo contestar. Entonces le preguntó al sabio árabe: « ¿Qué es amor?». Éste, horrorizado, le preguntó quién podía haberle enseñado tal palabra. «Escuchad a los pájaros: no cesan de repetirlo.»

El sabio le hizo comprender que el amor era la fuente de todas las tristezas y de todas las inquietudes. Pero el príncipe no se convenció con esto, pues adivinaba que en aquellos gorjeos todo era ternura y alegría, y no notaba el menor asomo de tristeza.

Un día penetró en el cuarto del príncipe una paloma. El muchacho, después de haberla acariciado e introducido en una jaula de oro, al notar su tristeza, le preguntó: « ¿Qué te pasa? ¿No tienes cuanto puedas desear?». A lo que ella contestó que, separada de su amado compañero, no podía sentirse feliz en ningún sitio, en aquella dulce estación del amor.

Al oír estas quejas, el príncipe le pidió que le explicara en qué consistía todo aquello. La paloma le explicó: «El amor es el tormento de uno y la felicidad de dos; felicidad que mengua cuando los dos seres se separan y se aviva de nuevo cuando vuelven a encontrarse, atraídos por irresistible simpatía».

Aquélla fue la primera lección de amor que recibió el inexperto príncipe, que, no deseando turbar la dicha de los que se aman, dejó en libertad a la paloma.

Cuando vio de nuevo al filósofo, se indignó contra él por no haberle enseñado aquella lección que acababa de aprender; pero como sentía gran cariño por él, decidió sepultar en el fondo de su pecho lo aprendido, antes de quejarse a su padre, que había de castigar con la muerte a su guardián, por haber consentido que se instruyera sobre el amor.

Pero una mañana la paloma le hizo una visita y le contó que en uno de sus viajes había conocido a una princesa bellísima cautiva del príncipe Ahmed, encerrada también, como él, en un jardín, y había pensado: «He aquí la mujer digna del amor de mi príncipe bienhechor». Al oír esto, el doncel, loco de alegría, escribió una carta apasionada para ella, que entregó a la paloma. Ésta la tomó y emprendió el vuelo hacia el jardín de la princesa.

Día tras día esperó en vano el prisionero el regreso del mensajero del amor. Cierta tarde entró volando el ave en la habitación del príncipe y, cayendo a sus pies, expiró. El dardo de un cazador le atravesaba el pecho; pero el animal había luchado con la agonía hasta cumplir su misión. Inclinóse el príncipe y vio que traía al cuello una sarta de perlas, de la que colgaba una miniatura de la hermosísima princesa. Sin duda era la efigie de la desconocida beldad del jardín. Pero ¿quién era y dónde residía? ¿Había recibido el billete y le mandaba el retrato, en prenda de su amor? Por desgracia, la muerte del fiel mensajero dejaba esto en impenetrable misterio.

El príncipe contemplaba absorto la preciosa imagen, y sus ojos se arrasaban en lágrimas. « ¡Quizá en este mismo momento la asedian solícitos amantes, mientras yo paso mis días adorando una fantástica pintura!», pensó.

El príncipe Ahmed tomó una súbita resolución: «Huiré de este palacio que me sirve de cárcel y buscaré a la desconocida princesa por lodo el mundo».

Era difícil escapar de la torre durante el día, mientras todos estaban despiertos; mas por la noche era menor la vigilancia del palacio, pues nadie sospechaba semejante atrevimiento en un príncipe que siempre se había mostrado contento en su cautividad. ¿Y cómo huir en la oscuridad de la noche, desconociendo el país? Se acordó entonces de la lechuza, que, como salía a volar de noche, conocería todos los senderos y caminos escondidos. Fue, pues, a buscarla a su agujero y le preguntó si conocía bien la comarca, a lo que contestó la lechuza, dándose tono: «Sí; la conozco muy bien».

Se alegró el príncipe al hallar a la lechuza tan versada en topografía, y le confió el secreto de su pasión y de su fuga, rogándole al mismo tiempo que quisiese ser su consejera.

La lechuza consintió en fugarse con el príncipe, para servirle de mentor y guía en su peregrinación.

Con la presteza que los enamorados ponen en sus planes de amor, el príncipe reunió sus alhajas y las escondió entre sus vestidos, para fastos del viaje, y aquella misma noche se descolgó con un cinturón por el ajimez de la torre; escaló las murallas exteriores del Generalife y, guiado por la lechuza, salvó las montañas antes del amanecer.

Luego deliberaron sobre la ruta que deberían seguir.

Y dijo la lechuza: «Te recomendaré que nos dirijamos a Sevilla, pues has de saber que allí fui, hace años, a visitar a una lechuza tía mía, que gozaba de gran predicamento y vivía en un rincón arruinado del Alcázar. En mis salidas nocturnas a la población observé con frecuencia una luz que brillaba en una torre solitaria. Entonces fui a esconderme sobre el adarve, y vi que procedía de la lámpara de un mago árabe que, entre sus libros de magia, tenía sobre el hombro un viejo cuervo que había traído consigo de Egipto.

Entablé relaciones con el cuervo, y a él debo gran parte de la ciencia que poseo. El mago murió, pero el cuervo sigue en la torre, pues ya se sabe que esas aves viven largo tiempo. Te aconsejo, príncipe, que busquemos al cuervo, porque es un gran zahorí y conoce perfectamente la magia negra, por la que tienen tanto renombre los cuervos, especialmente los de Egipto».

Maravillóse el príncipe de la sabiduría que encerraba este consejo, y se encaminó hacia Sevilla. Para complacer a su compañero, caminaba solo de noche, y de día descansaba en alguna caverna o torre derruida, pues la lechuza conocía todos los escondrijos y guaridas y tenía una verdadera pasión de anticuario por las ruinas.

Al fin, cierta mañana, al amanecer, llegaron a Sevilla, y la lechuza, que aborrecía el resplandor y el bullicio de las calles, hizo alto fuera de las puertas de la ciudad, aposentándose en el hueco de un árbol. Pasó el príncipe la puerta, y al poco tiempo encontró la torre mágica que sobresale por encima de las casas de la ciudad, como la palmera se eleva sobre las hierbas del desierto. Era, en resumen, la famosa torre morisca conocida con el nombre de la Giralda de Sevilla.

El príncipe subió por una escalera de caracol a lo alto de la torre, donde encontró el cabalístico cuervo, pájaro misterioso, que con la cabeza blanca y casi sin plumas, y con una nube en un ojo, que le daba apariencia de un espectro, se sostenía sobre una pata y, algo encorvado, miraba con el ojo sano un diagrama trazado sobre el pavimento.

El príncipe se le acercó, con el respeto y reverencia que inspiraba su rostro venerable y sobrenatural sabiduría, y le dijo:

—Perdona, anciano y sapientísimo cuervo mágico, si por un momento interrumpo tus estudios. A ti acude un peregrino de amor que desea pedirte consejo para llegar al objeto de su pasión.

—Dime claramente —le replicó el cuervo, con mirada significativa— si quieres consultar mi ciencia quiromántica; si es así, enséñame la mano y déjame descifrar en ella las misteriosas rayas de la fortuna.

—Perdona —dijo el príncipe—; deseo conocer únicamente la clave que me descubra el objeto de mi peregrinación. Sabes que soy un augusto príncipe influido por las estrellas, y que estoy destinado a acometer una misteriosa empresa, de la cual depende la suerte de vastos imperios.

Como el cuervo comprendió que se trataba de un asunto de importancia, en el que influían las estrellas, cambió de tonos y ademanes y escuchó con profundo interés la historia del príncipe, y al acabar éste su relato, le dijo:

—No puedo darte noticias referentes a tu princesa, pues no gusto de volar por los jardines ni por los estrados que frecuentan las damas; pero encamínate a Córdoba, busca la palmera del gran Abderramán, que está en el patio de la mezquita principal, y al pie de ella encontrarás un gran viajero que ha recorrido todas las cortes y países y que ha sido favorito de reinas y princesas. Éste te facilitará cuantas noticias quieras acerca del objeto de tus desvelos.

—Mil gracias —le contestó el príncipe.

— ¡Adiós, peregrino de amor! —le dijo el cuervo.

Salió de Sevilla el príncipe, buscó a su compañera de viaje, que aún dormitaba en el árbol, y ambos se dirigieron a Córdoba.

Fueron acercándose a la ciudad, cruzando los jardines y bosques de naranjos y limoneros que embellecen las riberas del Guadalquivir. Cuando llegaron a las puertas de Córdoba, la lechuza voló a un oscuro agujero de la muralla, y el príncipe continuó su camino en busca de la vieja palmera que en otro tiempo plantara el gran Abderramán con su propia mano y que se alzaba esbelta en medio del patio de la mezquita, por encima de los naranjos y cipreses. Unos derviches y alfaquíes se sentaban en grupos en las galerías del patio, y multitud de fieles del profeta hacían sus abluciones en la fuente, antes de entrar en la mezquita.

Bajo la palmera se congregaba una muchedumbre, escuchando a un orador que hablaba con extraordinaria animación. «Éste será —pensó el príncipe— el gran viajero que ha de darme noticias de mi desconocida princesa.» Se incorporó al grupo, y cuál no sería su sorpresa al ver que aquel a quien todos escuchaban admirados no era más que un papagayo de brillante plumaje verde, mirada insolente y vistoso penacho, que se daba mucho tono.

— ¿Cómo es —preguntó el príncipe a un vecino suyo— que tantas personas se complacen en la insulsa palabrería de ese pajarraco charlatán?

—Bien se ve que no sabes de quién hablas —le respondió el interrogado—. Este papagayo es descendiente de aquel tan famoso de Persia, renombrado por su habilidad en contar cuentos. Su pico encierra toda la sabiduría de Oriente y recita versos con la misma soltura con que habla. Ha visitado varias cortes extranjeras, donde se le considera como un oráculo de erudición, y goza de gran privanza entre el sexo débil, que admira a los papagayos recitadores de poesías.

— ¡Basta! —Dijo el príncipe—. Desearía hablar en privado con este distinguido viajero.

Concertó con él una audiencia, y en ella le expuso el objeto de su peregrinación. No bien concluyó su relato, cuando el papagayo echóse a reír a grandes carcajadas, como si fuese a reventar de risa.

Sorprendido el príncipe ante aquella majadería, le replicó:

—Pues ¿qué? ¿No es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía…?

— ¡Tonterías! —le interrumpió el papagayo—. Dime: ¿dónde diablos aprendiste todo eso? Créeme: el amor pasó ya de moda y no se oye hablar de él entre personas de talento ni entre gente distinguida.

El príncipe suspiró, recordando cuán diferente era el lenguaje de su amiga la paloma.

—Dime, incomparable papagayo: tú, que has frecuentado los íntimos aposentos de las beldades, ¿no has visto nunca, en el curso de tus viajes, el original de este retrato?

El papagayo tomó la miniatura con una de sus patas, movió la cabeza y la examinó con atentos ojos, y exclamó al fin:

—A fe mía que es una cara hermosa, muy hermosa; pero son tantas las caras bonitas que he visto en mis viajes, que apenas puede uno… Pero deja que la contemple otra vez. ¡Ah, sí! No hay duda que es la princesa Aldegunda. ¿Cómo podía olvidar a una de mis mejores amistades?

— ¡La princesa Aldegunda! —Repitió el príncipe—. ¿Y dónde podré encontrarla?

El papagayo explicó:

—Más fácil es encontrarla que obtenerla. Es la única hija del rey cristiano de Toledo y está oculta al mundo hasta que cumpla los diecisiete años, a causa de las predicciones de los entrometidos y taimados astrólogos. No podrás verla, pues está apartada de la vista de los mortales. Yo fui llevado a su presencia para distraerla, y te juro, bajo palabra de papagayo que ha corrido mucho, que no he tratado en mi vida con otra princesa más discreta.

—Óyeme en confianza, mi querido papagayo. Yo soy el heredero de un reino, y un día me sentaré en un trono. Ayúdame, pues, a alcanzar esta princesa, y te prometo un cargo elevado.

¡De mil amores! respondió el papagayo.

Pronto se arregló todo y salieron de Córdoba por la misma puerta por donde el príncipe había entrado. Éste llamó a la lechuza, que estaba en el agujero de la muralla, la presentó a su nuevo compañero de viaje como a un sabio colega, y partieron.

Viajaban mucho más despacio de lo que deseaba la impaciencia del príncipe. Creyó el doncel que el papagayo y la lechuza se harían amigos por ser dos pájaros ilustrados; pero se equivocó de medio a medio, pues mientras el uno era bullanguero, la otra era silenciosa, y así, estaban en constante desacuerdo.

El príncipe se desentendía de las disputas de sus compañeros, abstraído en los ensueños de su fantasía y en la contemplación del retrato de la bella princesa. Así atravesaron los áridos pasos de Sierra Morena y las ardientes llanuras de la Mancha y de Castilla; bordearon las riberas del dorado Tajo, cuyo curso atraviesa media España y Portugal. Después de tan largo viaje, divisaron al fin una ciudad fortificada, con murallas levantadas sobre un monte pedregoso, a cuyos pies discurrían las aguas del impetuoso río.

Mira, al fin, príncipe, la morada de la bella princesa que buscas dijo el papagayo.

Volvió el muchacho su mirada hacia donde le indicaba el papagayo, y vio un suntuoso palacio en medio de la arboleda de un ameno jardín, en una deliciosa pradera, a orillas del Tajo. Aquél era, realmente, el mismo lugar que la paloma describiera, al informarle del pardero del original de la miniatura. Quedóse absorto, contemplándolo, mientras su corazón latía apasionado. « ¡Quizás en este mismo momento pensó la hermosa princesa está solazándose bajo los frondosos árboles, o paseando por las azoteas, o acaso descanse dentro de su espléndida morada!» Observando con más atención, notó que los muros del jardín eran demasiado altos para un escalamiento y que estaban guardados por varias rondas de hombres armados.

Y dijo el príncipe al papagayo:

Ya que tienes el don humano del habla, vuela al jardín, busca a la princesa y dile que el príncipe Ahmed, peregrino de amor, ha llegado en su busca.

Orgulloso con su embajada, voló el papagayo por encima de los altos muros y se posó en el balconcillo de un pequeño pabellón que daba al río. Y, atisbando desde allí, descubrió a la princesa reclinada sobre un cojín y fijos los ojos en un papel, mientras se deslizaban dulces lágrimas por sus níveas mejillas.

Después de ordenar su plumaje, alisar su brillante vestido verde y encrespar su penacho, púsose el papagayo al lado de la princesa, con mucha galanía, y le dijo con tierna compostura:

—Enjuga tus lágrimas, ¡oh la más hermosa de las princesas!, pues vengo a traer la alegría a tu corazón.

Sorprendióse la doncella al oír estas palabras, y como sólo viera ante sí a un pájaro vestido de verde que la saludaba con grandes reverencias, le dijo:

— ¡Ay! ¿Qué alegría puedes traerme tú, no siendo más que un simple papagayo?

Esta respuesta enojó al pájaro, que le contestó:

—Papagayo como soy, has de saber que he consolado a muy bellas damas en mis buenos tiempos; pero esto no hace al caso. Soy embajador de un personaje real: Ahmed, príncipe de Granada, ha venido a buscarte y está acampado en este momento en las floridas márgenes del Tajo.

Al oír estas palabras, brillaron los ojos de la princesa con más vivo fulgor que los diamantes de su corona.

— ¡Oh amabilísimo papagayo! —Exclamó con transportes de alegría—. En verdad es feliz la nueva que me traes. Vuela a él y dile que llevo grabadas en el corazón las frases apasionadas de su mensaje y que sus poesías han sido el consuelo de mi alma. Dile también que se disponga a demostrarme su amor con la fuerza de las armas, pues mañana, decimoséptimo aniversario de mi nacimiento, prepara el rey, mi padre, un gran torneo, en el que han de luchar bravamente varios príncipes, pues mi mano es el precio del vencedor.

Remontóse de nuevo el pájaro, cruzó las alamedas y volvió al encuentro del príncipe. La alegría de Ahmed por haber encontrado el original del esmaltado retrato y hallar a su adorada fiel y amantísima, sólo pueden comprenderla los dichosos mortales que tienen la fortuna de convertir en realidades los sueños imposibles. Algo se oponía a que su regocijo fuera completo: el próximo torneo. En efecto, por las riberas del Tajo relucían brillantes armaduras y resonaba el son de los clarines de los caballeros que se dirigían en arrogantes comitivas a Toledo para asistir a la ceremonia. La misma estrella que presidía el destino del príncipe ejercía su influencia en el de la princesa, por lo que se la tuvo escondida hasta que cumpliera diecisiete abriles, con el fin de preservarla de la tierna pasión del amor. Su misma reclusión contribuyó a extender la fama de su hermosura. Varios príncipes poderosos la solicitaron en matrimonio, y su padre, que era un rey muy prudente, confió la elección a la destreza de las armas, evitando, con esta conducta imparcial, posibles enemistades. Entre los pretendientes rivales los había de gran celebridad por su esfuerzo y valor. ¡Qué situación aquélla para el infortunado Ahmed, que ni tenía armas ni era diestro en los ejercicios de caballería! « ¿Habrá príncipe más desdichado que yo?», decía.

¡Alá akbar! ¡Dios es grande! exclamó la lechuza. Sabe también que en las montañas vecinas existe una gruta en la cual hay una mesa de hierro, y, sobre ella, una armadura mágica, y asimismo hallarás un corcel encantado.

Miróla, maravillado, el príncipe, mientras la lechuza movía sus grandes y redondos párpados, y ahuecando el plumaje, proseguía:

Hace años acompañé a mi padre por estas tierras, cuando iba recorriendo sus Estados. Nos alojamos en aquella cueva, y descubrí el misterio. Según tradición familiar, que oí contar a mi abuelo, cuando yo era pequeña, esta armadura perteneció a cierto moro nigromante, refugiado en dicha gruta cuando los cristianos se apoderaron de Toledo, y que al morir dejó su caballo y sus armas bajo místico encantamiento, por lo que sólo podrán utilizarla los sectarios del profeta, y ello desde la salida del sol hasta el mediodía. El que los use en estas condiciones, vencerá a todos sus rivales.

¡Basta! exclamó el príncipe. Vamos al momento a esa gruta.

Guiado por su misterioso mentor, encontró el príncipe la caverna en una de las sinuosidades de las áridas cimas que se elevan junto a h ledo. Nadie, a no ser el ojo perspicaz de una lechuza o el de algún arqueólogo, hubiera podido dar con la entrada. Una lámpara sepul1.11, de aceite, despedía melancólicos reflejos en el interior de la gruta en cuyo centro se alzaba una mesa de hierro, sobre la que estaban la mágica armadura y una lanza, y, a poca distancia, el corcel árabe, enjaezado como para entrar en la liza, pero inmóvil, como de piedra. La armadura veíase limpia y brillante, como si fuese nueva, y el corcel (daba tan lúcido como si acabase de pastar. Le acarició Ahmed el rollo con la mano y empezó a piafar, lanzando un gozoso relincho, que hizo estremecer las paredes de la cueva. Viéndose provisto de caballo y armadura, determinó el joven príncipe participar en el torneo.

Amaneció el día tan esperado. El palenque para el combate estaba preparado en la vega, al pie de las poderosas murallas de Toledo, y a su alrededor se habían levantado, para los espectadores, galerías y estrados, cubiertos de ricos tapices y con toldos de seda contra el sol. Allí estaban, luciendo, todas las beldades del reino, y en el campo cabalgaban empenachados caballeros, rodeados de pajes y escuderos, entre los que descollaban los príncipes que debían participar en la pelea. Todas las bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció la princesa Aldegunda en el pabellón real, dejándose ver por vez primera de la admirada concurrencia. Un murmullo de general sorpresa se levantó al contemplar tan peregrina hermosura, y los príncipes que solicitaban su mano, atraídos por la fama de sus encantos, se sintieron más enardecidos para la lucha.

Pero la princesa parecía triste; a menudo cambiaba el color de sus mejillas, al dirigir su ansiosa mirada al grupo engalanado de los caballeros. Ya iban los clarines a dar la señal del encuentro, cuando un heraldo anunció la llegada de un caballero extranjero, y Ahmed se presentó en la palestra. Un yelmo de acero, cuajado de diamantes, sobresalía de su turbante. Su coraza estaba incrustada de oro. Su cimitarra y su daga eran de las fábricas de Fez, y aparecían engarzadas de piedras preciosas. Llevaba al brazo una rodela, y la diestra empuñaba la lanza de mágica virtud. La gualdrapa de su caballo árabe, ricamente bordada, llegaba casi hasta el suelo, y el impaciente corcel piafaba y relinchaba de alegría al contemplar de nuevo el brillo de las armas. La arrogante y gentil figura del príncipe sorprendió a todos, y cuando le anunciaron con el sobrenombre de Peregrino del Amor, se produjo un fuerte rumor y una agitación general entre las hermosas damas de las galerías.

Cuando Ahmed quiso inscribirse en las listas del torneo, encontróse con que estaban cerradas para él; según le dijeron, sólo los príncipes eran admitidos a la liza. Declaró entonces su nombre y su linaje, y empeoró la situación, pues un musulmán no podía aspirar a la mano de una princesa cristiana.

Rodeárosle los rivales con aire arrogante y amenazador, y uno de ellos, de insolentes maneras y cuerpo hercúleo, pretendió burlarse de su sobrenombre de Peregrino del Amor. El joven doncel montó súbitamente en cólera y desafió a su rival a medir con él sus armas. Tomaron distancia, volvieron grupas y cargaron el uno contra el otro; pero tan pronto tocó la mágica lanza al hercúleo burlón, cayó derribado de la silla. El caballo árabe empezó a embestir jinetes en lo más recio de la pelea; la lanza derribaba todo lo que se le ponía por delante. El gentil caballero era arrebatado, a su pesar, por el campo, que quedaba sembrado de vencidos, grandes y pequeños, mientras él se dolía de sus involuntarias proezas. Enojado el rey al ver el atropello que se cometía en sus vasallos y huéspedes, mandó salir a sus guardias; pero éstos quedaron desazonados en un momento. El monarca arrojó entonces su túnica real, y empuñando escudo y lanza, salió a la liza, creyendo así imponer respeto al extranjero ante la majestad real. Pero la real majestad no lo pasó mejor que los otros, pues lanza y caballo no respetaron categoría ni dignidades, y el espanto de Ahmed creció de punto cuando se sintió impelido, lanza en ristre, contra el mismo rey, que en seguida dio una voltereta en el aire, mientras su corona rodaba por el polvo del palenque.

En aquel momento el sol llegó al meridiano y cesó el poder del encanto, por lo que el corcel, atravesando el Tajo, condujo al príncipe a la caverna, donde recuperó su puesto junto a la mesa de hierro. El príncipe, con gran alegría, se quitó su armadura y la dejó sobre la mesa, para que se cumplieran los secretos del destino, y luego meditó en su desesperada situación.

Para saber qué ocurría en Toledo, envió al papagayo, el cual le hizo saber que la princesa se había desmayado y que el torneo estaba en la más confusa revuelta. Al anochecer, vio a la princesa reclinada en su lecho, rechazando a todos sus médicos, y cuando éstos se hubieron retirado, besó tiernamente una carta que sacó de su seno.

Al día siguiente volvió el papagayo a Toledo y trajo noticias. A la princesa se le consideraba ahora hechizada, y ningún médico sabía curarla. Al oír aquello, la lechuza interrumpió el relato y dijo: «Existe un talismán en Toledo, traído por los judíos, que aseguraría la felicidad del príncipe, y que consiste en un cofre que encierra una alfombra de seda que se guarda en el palacio real».

Al otro día, el príncipe, disfrazado con un traje muy pobre, se encaminó a Toledo, y en la puerta de palacio pidió que se le condujese hasta el rey, pues pensaba curar a la princesa. Aunque su aspecto ofrecía alguna desconfianza, llegó hasta los pies del trono. Allí hizo saber al rey que procedía de una tribu de Egipto y que sabía un método que curaba todo el maleficio. Este único remedio era la música.

El rey, a pesar de que confiaba muy poco en la curación de la princesa, la condujo hasta su habitación. Allí comenzó a tocar su flauta y a cantar los versos amorosos de la carta en que la había declarado su pasión.

Al oírle, la princesa le reconoció y el color volvió a sus sonrosadas mejillas, sus labios recuperaron el fresco carmín, y sus ojos lánguidos, el brillo y la viveza.

Todos los médicos del rey al ver aquel cambio tan maravilloso que se había verificado en la princesa, le felicitaron y le dijeron que pidiera el premio que se merecía.

Entonces el joven pidió el cofre que contenía la alfombra de seda y que se encerraba en los sótanos del palacio. En el acto se buscó y se le entregó. Ante todos lo abrió y sacó una alfombra de seda, verde y decorada con extrañas letras.

El príncipe la extendió en el suelo y mandó que se sentara en ella la princesa.

Entonces, inclinándose él a sus pies, dijo al rey:

—La princesa y yo nos amamos hace mucho tiempo y estamos unidos por el destino.

No había terminado de hablar cuando la alfombra se remontó por los aires, llevándose al príncipe y a la princesa.

En Granada se celebraron las bodas, y el rey cristiano acabó dándoles su bendición.

 

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