EL PODER DE LA MENTE SOBRE LOS ORDENADORES.

TEXTO: DAVID ZURDO

Hace ya una década realicé dos experimentos en el curso del programa televisivo El Arca Secreta (Antena 3) —dirigido y presentado por Javier Sierra—, en el cual ocupé el cargo de subdirector. El primer experimento consistió en reunir a un grupo de personas en una pequeña sala de cine y proyectar imágenes de alto contenido emocional: por un lado, paisajes de gran hermosura (emociones positivas) y, por otro, atentados, bombas atómicas, refugiados, hambrunas, migraciones (emociones negativas).

 Mientras las imágenes se proyectaban, un ordenador portátil ejecutaba una aplicación en la que un péndulo mostraba la generación de números aleatorios y su eventual desviación de lo estadísticamente esperable. Realizamos doce pruebas con los distintos tipos de imágenes (las negativas resultaron claramente más intensas). En uno de los ensayos con ellas, el resultado de la desviación del péndulo alcanzó cotas significativas: una posibilidad entre ochenta y ocho de que se debiera al azar.

 Esto es dos veces menos probable que jugar a la ruleta a un solo número y ganar. En aquellas pruebas contamos con la colaboración de un ingeniero informático: Juan Luis del Río. Éste se mostró muy escéptico respecto a los objetivos del experimento. Desde su punto de vista, en los ordenadores a menudo se producen fallos que en principio no tienen motivo aparente.

 Pero eso no significa que todos ellos no sean producidos por una causa física, aunque resulte difícil verificarla. En la opinión de Del Río, todo se debía al azar, ya que para él no era creíble que el estado de ánimo de una persona pudiera influir en el funcionamiento de un ordenador. Su visión era científicamente ortodoxa, fruto de unos profundos estudios técnicos, además de muy lógica y racional… Pero había algo más.

EXCEPCIONAL DOCUMENTO

Quisimos ir más allá en el programa y reunimos a otro grupo de personas a las que estresar de un modo muy intenso, para comprobar luego si su estado afectaba a los ordenadores. Por desgracia, todo lo que grabamos quedó inutilizable. Ignoro la razón, pero quizá tuvo que ver con la propia situación de estrés generada en los participantes. Lo cierto es que llevamos la situación estresante al límite de la crueldad.

Si hoy tuviera que repetir aquel experimento, no habría obrado como lo hice. Lo diseñé personalmente y no reparé en formas de estresar a los participantes. Me permitieron organizarlo todo en mi antigua Escuela de la Universidad Politécnica de Madrid, donde también pude disponer de una de las salas de ordenadores. Antes de comenzar, probé los equipos para verificar que funcionaban perfectamente.

Había elaborado una especie de hoja de ruta, con instrucciones que todos los participantes deberían seguir. Consistía en acceder a una cierta página de Internet, copiar un texto y una imagen, pegarlos en un documento de procesador de textos y luego enviarlo a la impresora. Así de sencillo. Conmigo todo fue bien, sin el menor fallo. ¿Qué pasó después? Calma, porque primero contaré en qué consistió el elemento cruel del experimento.

Estallido de cristales

 Para empezar, introdujimos a los participantes en una sala oscura sin ventanas. Una vez dentro, pusimos en marcha una luz estroboscópica unida a un juego de luces de colores, que iban encendiéndose y apagándose paulatinamente. Durante media hora, este mareo de luces se unió a un ensordecedor ruido, que era una mezcla de máquinas en funcionamiento, gritos desgarrados, llanto de bebés, etc. Sin duda, se trataba de una insufrible «banda sonora». Cuando transcurrió esa media hora, vendamos los ojos a los sujetos y los condujimos a ciegas hasta uno de los ascensores.

Nos hallábamos en la planta más baja del edificio y subimos a la más alta, ocupada por una zona de despachos, varias aulas —entre ellas la de ordenadores que nos habían facilitado— y una amplia azotea. Salimos a dicha terraza, dejando que los participantes notaran la brisa en sus rostros, y les hicimos caminar hasta un cierto punto. Decíamos palabras como «despacio» y «cuidado». La idea era que pensaran que íbamos a situarlos al borde de la azotea, y que ese miedo generara estrés. Transcurridos un par de minutos, les quitamos la venda y les hicimos entrar en el aula de ordenadores. Allí les urgimos a completar la tarea de la hoja que tenían delante en el menor tiempo posible, para aumentar así aun más el estrés.

 Entonces se produjo lo impensable: solo un ordenador funcionó a la perfección. Dos no consiguieron imprimir y otros tres sufrieron fallos diversos, como que la página web no se cargara adecuadamente o que no se abriera el procesador de textos. La mayoría de estos fallos no fueron definitivos, y al segundo o tercer intento respondieron. Pero debo recordar que, una hora antes, todos los ordenadores funcionaron sin el menor contratiempo. Fue una pena perder aquel documento audiovisual, máxime teniendo en cuenta la amabilidad de los responsables de la Politécnica que, con gran talante científico, nos permitieron llevar a cabo el experimento sin prejuicios.

Dispositivos electrónicos.

Para el ensayo que pasaré a describir a continuación, no conté con un despliegue de medios tan importante como el que empleé en el experimento de El Arca Secreta. Sin embargo, sí pude realizar un sencillo estudio estadístico sobre la cuestión. Esta idea surgió en mi mente al recordar una charla que ofrecí en la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón.

 Al hablar de la influencia de la mente sobre sistemas electrónicos e informáticos, un hombre levantó la mano. Tras presentarse como doctor en Física, explicó que en su laboratorio había comprobado ese hecho en relación con el estrés: cada vez que la tensión del personal era especialmente alta, algunos equipos fallaban, sobre todo las Impresoras. Para mí fue muy revelador que un científico apoyara algo que todos hemos sufrido, pero que pocos están dispuestos a admitir.

CONCLUSIONES

 En cuanto a mi estudio, participaron diez personas en las que confío plenamente y cuyo testimonio posee para mí una indudable veracidad (arriba, pueden leer sus experiencias). Creo, con toda sinceridad, que la mente afecta de algún modo a la materia. Un modo sutil, ya que la energía implicada es muy baja, y por eso altera cálculos como los que se producen en la generación de series numéricas en equipos electrónicos.

No sé si fenómenos como el de la telequinesia (mover objetos con el poder de la mente), donde la energía implicada debe ser mucho mayor, son o no reales; pero otros como la telepatía o el que nos ocupa, desde mi punto de vista son absolutamente reales. Dicho esto, que se basa en mi experiencia directa e indirecta, debo ser fiel a la encuesta que he realizado.

Dispositivos electrónicos.

De la misma se deriva que algunas personas están dispuestas a admitir la influencia de su estado de estrés en el funcionamiento de sus equipos informáticos, pero la mayoría no, aunque no descartan que sea posible. Si nos fijamos bien —y ésta es para mí la conclusión básica—, casi todos admiten los fallos en momentos de estrés; lo que difiere entre unos y otros es a qué lo achacan.

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