EL PATITO FEO CONTRA CAPERUCITA ROJA EN LA GUERRA CIVIL.

POR. MARIO GARCÉS. POLÍTICO, JURISTA Y ESCRITOR

En el caso de la literatura infantil, donde las adaptaciones de los clásicos ya han sido adulteradas a lo largo de los siglos hasta convertir los relatos originales en digestivas narraciones moralizantes, los prototipos, la fantasía y hasta el humor impúber representan un universo expresivo en el que es fácil camuflar la tendenciosidad y el adoctrinamiento.

PROPAGANDA INFANTIL

 Los cuentos populares han sido y son un vehículo de penetración de valores que, explícita o implícitamente adaptados, se transforman en canales de orientación de ideas, creando así corrientes de opinión desde una edad temprana. Por ejemplo, en la década de los 30, la Generalitat de Catalunya instituyó una unidad administrativa denominada “Comisariat de Propaganda” cuya finalidad última era el control temático de los libros dirigidos a niños.

 Sería un error de percepción imputar esta deriva a un solo bando de las dos Españas que protagonizaron la contienda civil nacional, porque unos y otros encontraron en estas manifestaciones artísticas el instrumento adecuado de percusión emocional en las primeras lecturas. Así fue como el Patito Feo republicano se enfrentó a las Caperucitas Rojas de guante nacional, siquiera sea en la imaginación prístina de los más jóvenes.

EL PATITO REPUBLICANO

 En 1937, la Editorial Estrella publica la obra El Patito Feo respetando la cronología y el bosque de personajes del cuento de Andersen, pero cambiando el comportamiento de cada personaje al servicio de las necesidades de contexto de la editorial. El Patito Feo encarna así la conciencia del niño desclasado, de base humilde, esforzado y luchador, que resiste los abusos de un sistema estamental y del fascismo, al que con primacía republicana acaba venciendo.

 El contraste de clases no admite ningún escrúpulo retórico en el relato adaptado, pasando a presentar a los personajes como arquetipos modernos de la lucha entre ricos y pobres: «… patos, pavos y gallos se paseaban con desagradable orgullo, considerándose cada uno lo mejor de su casa. Eran, en fin, como esos condes y duques que presumen porque vienen de condes y duques antiguos. […] Los jóvenes patos de la granja eran unos estupidillos “pollospera”. […] Todos andaban con mucha presunción, y se saludaban extendiendo un ala, porque decían que eso era a la manera fascista. Y no hacían nada en todo el día como buenos señoritos. […]

 El pato español, llamado duque de Alba, le dijo un día: Tiene aire de campesino sin raza, parece hijo de unos trabajadores cualquiera». Ante la «perenne injusticia social», el Patito Feo se rebela en la búsqueda de los «ideales republicanos» de la igualdad y de la educación para todos: «Prefirió lanzarse a luchar en la vida por sí mismo, que no sufrir los desprecios de aquellos patos y pavos fascistas, que no tenían más preocupaciones que la de ser elegantes y comer sin trabajar». Y cierto es que, con predecible moraleja, el Patito acaba triunfando: «Ahora verían todos con envidia que se puede ser de joven una modesta ave parda y llegar luego a ser un magnífico cisne que, como aquellos otros tres del lago, se dedicó mansamente y cada día a predicar la unión de los patos y las aves acuáticas del mundo, para que no hubiera razas fascistas como las de la granja, que despreciaban todo lo que tuviera aspecto de aves trabajadoras y humildes».

LA CAPERUCITA FRANQUISTA

 Como contrapunto del relato versionado de El Patito Feo puede traerse a colación la obra Caperucita encarnada. Nueva versión del célebre cuento dialogado y puesto en escena por la regidora comarcal de prensa y propaganda de Trujillo, camarada Mercedes Terrones Durán.

A diferencia de la conservación de los personajes en el cuento anterior, en esta adaptación aparecen nuevos protagonistas, como un hada buena, réplica de la Virgen María, o un enano diabólico que embauca a la niña para que desobedezca a su madre y transite por el camino más largo, el de la perdición del bosque, en una nítida desemejanza entre la pureza del bien y la hediondez y repulsa del mal.

Pero Caperucita, que conoce las razones de la fe, objeta al enano cuando la compele a ser desobediente: «A las niñas que son desobedientes les ocurren muchas desgracias. Y luego cuando mueren, en lugar de ir al Cielo con la Virgen que es tan guapa y tan buena, a jugar con El Niño Jesús, ¡se las lleva el demonio al infierno, donde no hay más que diablillos feos y negros que las pinchan!».

MORALEJAS INTERESADAS

 En el instante en que el cazador rescata a la abuela y a Caperucita del vientre del lobo, la anciana se lo agradece, pero este repele el agradecimiento: « ¡Gracias a Dios, señora Micada! Todas las cosas buenas que nos ocurren a Él se las debemos y únicamente cuando no cumplimos con su Ley nos suceden desgracias». El colofón de esta narración lo pone el Hada de una manera sorprendente: «Bueno, Caperucita, te repito lo dicho. ¡Hasta la vista!

 Pero antes de separarme de ti, voy a darte un recuerdo (saca de entre su ropa una caperuza igual a la que lucía la niña en el primer acto, pero azul en lugar de encarnada, y se la da a la niña). Toma, he visto que perdiste tu caperuza, ahí tienes otra para sustituirla. […]. Efectivamente. Te llamarán “Caperucita azul”. Y no olvides que el azul significa obediencia, disciplina, sacrificio…, amor, en fin».

La fascinación que producen los cuentos infantiles tiene un efecto sugestivo que se traduce, a veces, en una mixtificación entre lo real y lo imaginario. En posiciones de guerra, los recursos literarios se estresan hasta llevarlos a extremos de ruptura y radicalización propios del clima de un conflicto bélico. Frente a la manipulación artera de la literatura infantil siempre queda la necesidad de que el cuento represente, por siglos, la tradición invariable que se transmite de boca en boca. Solo así se desprenderá de la llama de la intencionalidad y de la barbarie, para que solo quede, al fin, la lumbre de la literatura universal.

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