LEYENDAS DE GRANADA – El Palacio de Abul-Khatar.

El palacio de Abul-Khatar

Durante el largo cerco del sitio de Granada por las tropas cristianas, que terminó felizmente el día 2 de enero de 1492, fueron muchas las veces que los soldados españoles contemplaron, admirados, la bella vista y posición de la hermosa ciudad andaluza, recreándose la mirada y aumentando los deseos de apoderarse de ella. Entre los muchos palacios admirables que se erguían por un lado y otro de la Alhambra, había uno que, algo más apartado, y por su posición admirable, atraía hacía él los ojos, sin poderlo remediar Era el palacio de Abul-Khatar, situado a orillas del Genil.

Un hermoso día del mes de abril del año 1491 hallábase la reina doña Isabel acompañada de sus damas y de dos caballeros: don Alonso de Aguilar y don Gonzalo Fernández de Córdoba; ensalzaban, una vez más, tan espléndido panorama y aumentaron sus demostraciones de admiración fijándose en el ya citado palacio de Abul-Khatar. Entonces doña Sol, que era una de las damas de la reina, dijo:

¿Pero no conoce su señoría la historia de esa mansión? La llaman lo Casa de los Leones.

Y, requerida por Isabel la Católica y por todos los demás, comenzó a contar la siguiente historia:

Este palacio se conoce por Casa de los Leones por la bravura y valentía de sus moradores. Son éstos procedentes del linaje de los Gazules y, convertidos en nobles por Yusuf, los más temidos y terribles entre todos los musulmanes.

Y después de palabras tan halagadoras para los moros, siguió doña Sol con su relato:

Sin embargo, parece ser que tan alto puesto entre los valientes y situación tan ventajosa con relación a los demás lo debían todo al anillo dado a esta familia por la hija de la Noche. Un día, Mahamud-el-Azid, primer miembro de esta ilustre casa, sudoroso y cansado por el mucho calor que hacía, apeteció bañarse en el Genil, en lugar de hacerlo en su casa, y poniendo en práctica sus deseos, se sumergió en el río, pero al irlo a hacer, vio un pececito blanco perseguido ferozmente por una enorme serpiente, y dándole lástima, cogió la serpiente y la partió en dos pedazos. Una vez realizado este acto de misericordia para con el pececito, se dispuso a nadar. No había hecho más que empezar a gozar de la delicia que le suponía estar tendido y dejarse llevar por la corriente, cuando sintió, que alguien le cogía de la mano y Ie arrastraba hacia el fondo. Todo fue en un instante. De repente encontróse en un palacio espléndido y ante una bellísima joven que era la hija de la Noche. La cual, dirigiéndose a él, le dijo:

»”No temas, nada malo va a ocurrirte; no quiero sino darte las gracias más reconocidas por el acto bondadoso que has realizado, por el que me has librado de la maldición a que me tenía sometida un infernal etíope. Yo era el pececito blanco a quien tú has librado de las garras de esa serpiente, que era, a su vez, el etíope. Hace ya mucho tiempo que este maldito negro me sometió a tan terrible estado y todo ello porque no quise acceder a convertirme en su esposa. ¡Cómo iba a serlo, si me resultaba odioso y me daba miedo! Acostumbrada a la suave luz de la luna, quería someterme a la cruda y fuerte luz del sol, su amigo, y al que no podía mirar porque hería mis ojos. Viendo que no cambiaba de opinión, un día me raptó y convirtió en un pez blanco, que arrojó al Genil. Por las noches, transformándose él en serpiente, me sometía a las más terribles torturas. Al darle muerte tú esta noche, me has restituido a mi primitiva forma, y, en agradecimiento, quiero darte este anillo que a mí me fue entregado por mi madre. Con él adquirirás tú y todos tus descendientes fuerza y suerte extraordinaria. No te separes nunca de él. Pero, ¡cuidado!, el primero de los tuyos que reniegue de su fe, perderá al instante todas las gracias concedidas por el anillo y, en su lugar, se cernirán sobre él las mayores desgracias.”

»Después de tan singulares palabras, la hermosa mujer acarició suavemente a Mahamud, el cual, al contacto de tan delicada mano, no pudo impedir el cerrar sus ojos, y, al abrirlos de nuevo, encontróse a la orilla, junto a sus ropas. Realmente hubiera podido creer que no había sido más que un sueño; pero el anillo estaba en su dedo para testimoniarle lo contrario.

»Y, en efecto, así sucedió, tal como la hermosa hija de la Noche había dicho: fueron felices en cuantas empresas emprendieron. Pero también hubo su renegado: Abd-el-Nayar, nieto de Mahamud, que, enamorado de una esclava cristiana, se casó con ella, renunciando a la fe de sus mayores. La historia del anillo ¡claro que la conocían!; pero no prestaban ningún crédito a ella. Sin embargo, un día aquel anillo, abandonado en el último rincón de la casa, comenzó a moverse y a salir de él humo: un humo cada vez más espeso y del que se formó un terrible dragón que, acercándose a la pareja, la devoró. Del Palacio de los Leones no quedó sino un montón de escombros consumidos por un enorme incendio.

—Pero, doña Sol, ¿no es aquél el Palacio de los Leones? ¿Pues cómo quedó destruido?

—La mansión que tenemos ante nuestra vista es una reconstrucción llevada a cabo por Abul-Khatar, nieto de los desdichados que perecieron por no seguir lo predicho por la hija de la Noche a su antecesor, Mahamud.

Seguid, doña Sol; seguid dijo, impaciente, la reina.

Entre aquellas ruinas quedó un pobre niño, Bel-Kal, sobre el que cayeron todas las desventuras predichas también. Este desgraciado tuvo diez hijos, y por más que se afanaba para darles pan y colmar sus más esenciales necesidades, nunca lograba conseguirlo. Con ellos vivía una vieja esclava egipcia, Ziula, cuya madre había recogido a Bel-Kal cuando, siendo niño, quedó abandonado. Y Ziula compartía con ellos todas las miserias. Una noche en que Bel-Kal se demoró más de lo acostumbrado, Ziula tuvo en sueños una revelación: Bel-Khal ya no volvería; había sido muerto al intentar robar unas pobres viandas para llevárselas a sus hijos. Por esta muerte afrentosa, el linaje de los Gazules volvía a recobrar su honor y a gozar nuevamente de los privilegios concedidos por la hija de la Noche.

»Despierta Ziula, pudo comprobar cómo cuanto había soñado no era más que la verdad. Se encontró el cadáver del infeliz Bel-Kal cerca de la puerta Monaita, y habiéndose dado con las ruinas de la antigua casa – la que frente a nosotros está-, la rehizo Abul-Khatar, el mayor de los hijos de Bel-Kal, que, dueño del anillo, ha vuelto a recobrar  la fama compartida por sus mayores. Y ésta es la historia terminó doña Sol.

-Muy bonita, como historia dijo Gonzalo de Córdoba-; pero, si me lo permitís, mi soberana, quisiera comprobar por mí mismo tamaña valentía -¿Qué vais a hacer?

-¿Me permitís?

-Sí

Y, sin más dilación, aquel muchacho, que más tarde sería el Gran Capitán, se encaminó hacia la Casa de los Leones.

Pero ¿qué hace? se inquietó la reina. ¡Le van a coger!

Ya apenas le podían ver. Transcurrieron unos minutos, cuando he aquí que por encima de los muros de la mansión en cuestión comenzaron a salir moros y más moros, huyendo precipitadamente. Al final, con su espada al aire, blandiéndola fieramente, se asomaba Gonzalo de Córdoba.

¡Dios mío, que no le ocurra nada! pedían doña Isabel y sus damas. Don Alonso acudió en su ayuda. ¡Qué imprudencia, Dios mío!

Pero no fue preciso ningún auxilio. En seguida estuvo de vuelta don Gonzalo, diciendo alegremente:

— ¡La Casa de los Leones es la casa de las gallinas, pues como tales se han portado tan fieros y valientes musulmanes, huyendo ante una sola presencia! ¡Como gallinas, sí, como gallinas!

Y, en efecto, la antigua Casa de los Leones fue desde aquel momento para todos la Casa de las Gallinas.

 

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