El Neoclasicismo

EL NEOCLASICISMO

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 J. Rousseau

A finales del siglo XVII, y durante el reinado de Luis XIV, se asiste en Francia a un movimiento de reacción. La razón clásica vuelve a imponerse ; la pureza de estilo es la preocupación máxima. Las formas expresadas en el Renacimiento vuelven a encauzarse hacia un sentido de orden, tanto externo como interno. Se inicia con ello el gran período de las letras francesas, cuyas figuras representativas habrían de ejercer honda influencia en toda Europa.

El promotor inicial de esta depuración fue, en la poesía, Francois Malherbe (1555-1628), cuya pulcritud y rígido culto a la forma se oponían a los desórdenes de La Pléyade. La imaginación se somete en él a las directrices de la razón, aun a costa de una frialdad expresiva. Los preceptos del Neoclasicismo fueron reglamentados por otro poeta, Nicolás Boileau (1636-1711), poco original y brillante, pero perfecto artesano de la lengua. Su búsqueda concienzuda y laboriosa de la armonía y la naturalidad no estaba respaldada por la frescura que se desprende de la poesía de Jean de La Fontaine (1621-1695), famoso por sus Fábulas. Sin ser original, ya que extrajo sus temas de los autores clásicos, y construyendo sus versos con idéntica laboriosidad y meditación que Boileau, La Fontaine ha quedado, por su habilidad narrativa, por su sagacidad psicológica para captar los rasgos esenciales del carácter humano y por su riqueza de estilo, como uno de los más brillantes poetas de su época.

La prosa alcanza gran perfección, por obra de escritores como Renato Descartes (1596-1650), filósofo y matemático, Blas Pascal (16231662), científico, moralista y polemista teólogo, Francois de la Rochefoucauld (1613-1680), famoso por sus Máximas, Jacques Benigne Bossuet (1627-1704), cuyas piezas de oratoria sagrada son obra maestra del género, Jean de la Bruyére (1645-1696), agudo observador de costumbres y caracteres, Charles Louis de Sécondat, barón de Montesquieu (1689-1775), que satirizó las instituciones políticas de su país en las Cartas persas, George Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788), cuya Historia natural, además de obra científica fundamental, es un prodigio en cuanto a estilo, Marie de RabutinChantal, marquesa de Sévigné (1626-1696), autora de un exquisito epistolario, y Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), que consiguió proporcionar a sus Memorias una gran fuerza expresiva.

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André Chénier

El culto al racionalismo, del mismo modo que favoreció el florecimiento de la prosa, agostó los caminos de la poesía. Pocos son los poetas franceses dignos de ser mencionados hasta las postrimerías del siglo XVIII. Tan sólo André Chénier (1762-1794) se muestra como gran lírico que, aun permaneciendo fiel a los clásicos griegos y latinos, mantiene una actitud alejada de la rigidez neoclásica y abre ya, con su fervor sentimental, la senda hacia el Romanticismo.

En el campo de la novela, Francia instauró las bases del género en su concepción moderna. La princesa de Cléves, de Madeleine Pioche de la Vergne, madame de La Fayette (1634-1693), ofrece una técnica de análisis psicológico que todavía hoy conserva validez. Un conflicto conyugal sirve de tema para elaborar una narración preciosista, pero de profundo sentido humano.

Distinta es la novela de François de Salignac de la Mothe-Fénelon (1650-1715), titulada Las aventuras de Telémaco, que aquel instructor del duque de Borgoña escribió como complemento de enseñanza para su noble alumno. Está inspirada en la Odisea y en conjunto revela un concepto bastante auténtico de la edad clásica, pero su estilo pedantesco y su ideología política no justifican que se mantuviera como tema de lectura escolar hasta finales del siglo pasado.

La novela realista de costumbres está representada por la Historia de Gil Blas de Santillana, de Alain René Le Sage  (1668-1747), traductor de la picaresca española, cuyos elementos trasladó a aquella obra, elaborándolos conforme a la idiosincrasia francesa.

El abate Antoine-François Prévost (1697-1763) dio a conocer con Manon Lescaut una novela de análisis y observación moral. Es la historia de una pasión amorosa, que los protagonistas viven hasta la degradación.

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Voltaire

Interesante aportación es la novela filosófica de Voltaire (Francois Marie Arouet, (1694-1778), llamada Cándido, por el nombre del protagonista, alma ingenua que recibe continuos reveses, y cuyas peripecias dan a Voltaire motivo para desarrollar su pensamiento filosófico. Otro pensador y filósofo de la época, Jean Jacques Rousseau (1712-1778), expuso en el Emilio o la educación sus principios pedagógicos, basados en un concepto naturalista de la moral.

La idealización de la vida rústica en contraposición a la cortesana, el sentimiento de un fuerte individualismo y de la bondad natural del hombre están igualmente patentes en La nueva Eloísa, novela que contribuyó en gran manera a difundir las ideas de Rousseau, precursor, en la literatura, de la nueva sensibilidad que debería conducir al Romanticismo. En ello le secundó Bernardin de Saint Pierre (1737-1814), autor de Pablo y Virginia, en la que privan unas descripciones de ambientes exóticos, sentimientos pasionales y acontecimientos irreales que son ya un claro precedente romántico.

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Giuseppe Parini

Ni en Italia, en donde sólo merece ser recordado Giuseppe Parini (1729-1799), ni en España produjo el Neoclasicismo grandes genios poéticos. Hasta la irrupción del Romanticismo, pocos son los autores españoles que alcanzan cierta significación universal. El mejor lírico es Juan Meléndez Valdés (1754-1817). La fábula encontró en Tomás de Iriarte (1750-1791) y Félix María de Samaniego (1745-1801), cultivadores de aciertos parciales. Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) es poeta tradicionalista, mientras su hijo Leonardo (1760-1828) se decanta ya hacia el Romanticismo. El mismo contraste existe entre Manuel José Quintana (1772-1857), fiel a la poesía herreriana, y Juan Bautista Arriaza (1770-1837) y Nicasio Alvarez Cienfuegos (1764-1809), los dos considerados como prerrománticos.

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GOYA – Melchor Gaspar de Jovellanos Col. Vizconde de Irueste.

No menores signos de decadencia mostró en España la prosa. El ensayo hizo su aparición, a la luz del criticismo imperante. En él destacó Fray Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764). La picaresca sobrevive en la autobiografía de Diego Torres Villarroel (1693-1770) y en las sátiras del P. José Francisco de la Isla (1703-1781). José Cadalso (1741-1782) fue un prerromántico, tanto en su vida como en su obra, y Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1819), gran político, se mostró como el más insigne representante de las tendencias neoclasicistas.

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John Dryden

La influencia francesa se deja sentir también en Inglaterra. John Dryden (1631-1700) es el poeta que se destaca, no precisamente como lírico exaltado, pero sí por sus versos ajustados a un estilo irreprochable, escritos de manera vigorosa y moderna. El representante genuino del Neoclasicismo es Alexander Pope (1688-1744), cuya mejor producción se basa en imitaciones de Horacio y en sátiras y parodias de gran agudeza.

La prosa inglesa tuvo un mejor desarrollo. Jonathan Swift (1667-1745) toma como punto de partida los temas de entretenimiento y los ensayos de corte humorístico, para satirizar y analizar las instituciones, la moral y la política de su tiempo. Los Viajes de Gulliver son su obra maestra, y en ellos pone de manifiesto, con vehemente y a la vez implacable humor, las debilidades del género humano. Swift ocupa un lugar propio entre los grandes satíricos de la literatura universal.

En la misma línea satírica, pero en un tono literario menor, se muestran los articulistas Joseph Addison (1672-1719) y Richard Steele (1672-1729), los cuales dieron, conjuntamente, un enfoque personal a la crónica periodística. Publicista como ellos fue Daniel De Foe (1661-1731), quien conoció la cárcel por sus panfletos contra la iglesia ritualista. Aun siendo brillante periodista, la obra que lo encumbró fue una novela de aventuras, Robinson Crusoe, basada en un hecho histórico (las peripecias de un marinero escocés que fue rescatado al cabo de cinco años de vivir en una isla desierta). Dentro del tono de novela de evasión, la obra se propone un fin educador, como es el de mostrar que el hombre puede dominar a la realidad, por muy adversa que ésta sea, si en todo momento lo sostiene la fe. Y el Robinsón de De Foe es, aparte de un piadoso puritano, un defensor de las convenciones creadas por la civilización, que él introduce en su isla.

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Samuel Richardson

Los gustos de la época, determinados por una sociedad de caracteres muy marcados, dieron lugar al nacimiento de la novela de corte burgués. Destacan en ella Samuel Richardson (1698-1761), autor de Pamela (virtuosa doncella, heroína de una especie de folletín); Henry Fielding (1707-1754), que parodió a Richardson en su Joseph Andrews (hermano de Pamela y tan casto como aquélla), pero que consiguió una novela sentimental notable en Tom Jones; Oliver Goldsmith (1728-1774), puritano optimista en El vicario de Wakefield.

A este realismo sentimental se impone Laurence Sterne (1713-1769), fino observador, imaginativo e ingenioso en Viaje sentimental a través de Francia e Italia, que no es propiamente una novela, pero que marca un hito importante en el desarrollo del género por su característica manera de exponer los episodios. La técnica narrativa de Sterne es perfecta y totalmente moderna.

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Jane Austen

Jane Austen (1775-1817) escapa a esa corriente sentimentalista, y se adelanta a la tendencia realista que más tarde habrá de consolidarse. En sus novelas presenta costumbres familiares de provincias (Persuasión, Orgullo y prejuicio), y con esa pintura de un mundo restringido, donde lo cotidiano es exaltado con sutileza femenina, crea la antítesis de los folletines al gusto de la época.

El mismo sentimentalismo prepara, en la poesía, el advenimiento del Romanticismo. Thomas Gray (1716-1771), Edward Young (16831765) y James Macpherson (1736-1796) son estos precursores. A su lado, Robert Burns (1759-1796), brillante poeta naturalista, y William Blake (1757-1827), delicado poeta místico, condujeron hacia la nueva actitud romántica.

Los autores ingleses influyeron en el movimiento literario de oposición al racionalismo francés que se desarrolló en Alemania como uno de los fundamentos del ulterior Romanticismo. Klopstock (1724-1803) y Wieland (1733-1813) son clasicistas, mientras Lessing (1729-1781) propugna la imitación de los sentimentalistas ingleses.

Pero la auténtica reacción contra el clasicismo está representada por el ardoroso y juvenil «Sturm und Drang» (palabras tornadas de un drama de Klinger, que significan «tempestad e ímpetu»). Este fue el título del manifiesto lanzado por una nueva generación de literatos alemanes, la «generación de 1750», que quiso rebelarse contra las barreras de la reflexión «ilustrada» con una gran carga de nacionalismo germano. Su actitud se caracterizó por la expresión desenfrenada de los sentimientos, lo que llevó a una exaltación de la poesía. Johann Gottfried Herder (1730-1788) es el más insigne poeta adscrito al movimiento, que tendrá su punto culminante en el Werther de Goethe. Junto con éste, que en su juventud fue uno de los propulsores, dio resonancia al nuevo «impulso» Friedrich Schiller (1759-1805), dramaturgo, pero autor también de bellísimas baladas. La principal obra poética de Schiller es El canto de la campana, en la que exalta el trabajo.

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Johann Wolfgang von Goethe (según tela de Tischbein)

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) merece párrafo aparte; es quizá el más universal y genial de los poetas alemanes. En su juventud figuró en el grupo de prerrománticos alemanes del «Sturm und Drang», pero a medida que fue adentrándose en la madurez su obra adquirió equilibrio y mesura. Era contrario a la abstracción y consiguió, con gran maestría, dar a la realidad una estructura poética, siempre con una visión de eximio espectador. No se propuso suprimir el elemento sensible en favor del elemento racional, sino unirlos a ambos. Sus poesías— elegías, baladas y sobre todo «lieders» — cantan el amor, la belleza y la vida. Su poema máximo es Herman y Dorotea. Con Las penas del joven Werther, novela epistolar, creó el símbolo de la época ; su influencia en el Romanticismo europeo fue definitiva, y Wilhelm Meister, novela de cariz filosófico, acabó de afirmarla. Pero si bien los jóvenes románticos alemanes lo tuvieron como maestro y guía, Goethe fue evolucionando hacia un neoclasicismo, de resultas de haber entrado en contacto con la herencia de las antiguas civilizaciones. En este sentido, su viaje a Italia fue un hito trascendental. Su obra, tan variada y de difícil catalogación, culmina en el drama de Fausto, en realidad un poema filosófico, que es como una síntesis del proceso formativo en que se desarrolló su compleja personalidad. La leyenda del doctor Fausto, que vendió su alma al diablo por veinticuatro años de amor y sabiduría, sirve al poeta para expresar la insaciable curiosidad y el afán de dominio de la fuerzas naturales que despierta en el hombre el conocimiento mundano, y a la vez la eterna lucha entre los poderes del bien y del mal.

 

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