EL HOMBRE EN LA LUNA (15-25 de julio de 1969) – 50 ANIVERSARIO.

Es la mayor aventura de todos los tiempos; generaciones y generaciones han soñado con el día en que el hombre iría a la Luna, menos por el interés científico de la operación —cuyas consecuencias inmediatas se entre ven mal— que a causa del carácter simbólico que adopta una hazaña considerada durante largo tiempo como impensable e imposible.

Mas la técnica ha hecho caso omiso de todos los obstáculos materiales. Seguros de las ecuaciones de la mecánica celeste, los matemáticos han sabido calcular con la aproximación de un segundo el tiempo del gran viaje, cuyas etapas todas han sido programadas para un material físicamente apto para la empresa y cuyo comportamiento no ha sido pasivo; pues, en efecto, ese material se ha acreditado como «inteligente», capaz en todo instante de obedecer las órdenes que le fueron dadas, tanto por los astronautas como por los hombres que permanecían en la Tierra.

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Despegue del Apolo II el 16 de Julio de 1969 a las 13 h y 32 min T:U.

Pero siempre resulta que, en el momento en que se emprende, la operación está llena de incógnitas. Unas conversaciones con los responsables de la astronáutica estadounidense, poco tiempo antes del vuelo del Apolo II, son significativas, pues ponen de relieve tantos puntos de vista como interlocutores. Los responsables de la misión han intentado preverlo todo; no ignoran que las dimensiones de la casualidad son infinitas y que, en materia de transportes terrestres, sólo la multiplicidad de las experiencias es generadora de seguridad, por las enseñanzas que permite recoger en un medio en el que, al partir, todas las características son, sin embargo, conocidas.

El éxito será total. Los ocupantes del Apolo II llegarán a la Luna y regresarán a la Tierra como por encanto. Al menos, retrospectivamente, tendremos tendencia a considerar que las cosas ocurrieron así. Se presentan bajo un aspecto algo diferente a quien revive, instante tras instante, el vuelo histórico: en ningún momento conocieron los astronautas el menor peligro, pero las sorpresas fueron numerosas; sin la audacia americana, la apuesta se habría perdido…

El vehículo para el fantástico viaje, el cohete Saturno 506, es el sexto ejemplar del cohete gigante Saturno V, de III m. de altura con la cabina que lleva en su parte superior, un instrumento digno de la ciencia-ficción, cuyo carácter demencial no ha dejado de denunciarse desde sus comienzos. Unos expertos predijeron que, a esa escala de gigantismo, la construcción tropezaría con dificultad tras dificultad, pues el cohete correría el riesgo de derrumbarse bajo su propio peso. Sin embargo, todo se desarrolló perfectamente, sin que se registrase el menor fracaso. Los dos primeros Saturno V (501 y 502), en noviembre de 1967 y en abril de 1968, se destinaron a vuelos automáticos que resultaron perfectos, pudiendo ser utilizados los siguientes para tres misiones pilotadas preparatorias: Apolo 8 (Saturno 503), en diciembre de 1968, sobrevuela la Tierra con Borman, Lovell y Anders; Apolo 9 (Saturno 504), en marzo de 1969, tripulado por Mc-Divitt, Scott y Schweikart, repetición, en torno a la Tierra, de las maniobras destinadas a preparar el desembarco en la Luna; Apolo Io (Saturno 505), en mayo de 1969, con Stafford, Young y Cernan que realizan las mismas operaciones, esta vez en órbita lunar. (Véase tomo V, «Las tripulaciones del espacio», pág. 254.) El Saturno 5o6 se alza muy majestuoso en el pad 39 A de Cabo Kennedy, una plataforma situada a orillas del mar, en la parte norte —que se llama Merritt Island— del gran puerto espacial americano hacia el que convergen todas las miradas.

La cuenta atrás preparatoria debe comenzar el II de julio, a las o h. (T. U.) (1). La fecha de partida es imperativa, pues se trata de alcanzar la Luna, mas de ningún modo en cualquier sitio sino en un punto bien determinado del mar de la Tranquilidad, donde se ha descubierto una extensión especialmente llana, al sur de Sabina D. El «lugar núm. 2» se ha fijado después de un meticuloso estudio de las fotos transmitidas por las sondas Lunar Orbiter, cuya misión esencial fue la de elegir terrenos para los vuelos Apolo (la llegada debía tener lugar poco después de la salida del Sol, para que la temperatura del suelo no resultara excesiva). Así, la ventana de lanzamiento se extiende desde el 16 al 21 de julio. Si se deja perder, la operación tendrá que retrasarse todo un mes lunar, situándose la próxima ventana entre el 14 y el 18 de agosto.

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El Cohete Saturno V durante su rellenado de oxígeno en el centro espacial Kennedy.

El 10 de julio, por la tarde, surge la alerta; se ha señalado un fallo en el cuerpo de la base del cohete, el S/C, cuya altura es de 42,1 m.; para construirlo, los americanos no dudaron en crear una fábrica cerca de Nueva Orleans, donde en otro tiempo se hallaban las plantaciones de André Michoud. En el SIC del Saturno 506 se comprueba una fuga de helio. Se repara muy pronto, y en los días siguientes aparecen otras alertas también poco importantes. El depósito para el combustible del SIC recibe sus 645 ton. (2) de nafta.

Y por fin, la cuenta atrás puede terminar, como se había previsto, el 15 de julio, a las 9 h. 32 min. (veintiocho horas antes del lanzamiento). Durante su última fase se introducirá el oxígeno líquido, comburente del cohete: 1.500 ton. en el primer cuerpo, 372 ton. en el segundo (SII) y 87 ton. en el tercero (SIV B). Estas operaciones terminan poco antes de las 10 h. Con un peso de 2.941 ton., el vehículo está dispuesto. Los astronautas también lo están.

Son tres, tres veteranos.

El comandante de a bordo ya ha volado tres años antes, a bordo del Géminis 8 (la misión que estuvo a dos dedos de la catástrofe, como consecuencia de la loca rotación de la cabina biplaza al quedar bloqueada una válvula en posición de abierta). Neil Armstrong nació el 5 de agosto de 1930, en Wapakoneta (Ohio). Admitido a los diecinueve años en la organización aeronaval de la marina, participó en la guerra de Corea y luego, habiéndose hecho piloto de ensayos, probó el avión cohete X15 —contando en su haber con 3.500 horas de vuelo—antes de ser admitido, en 1962, en el cuerpo de astronautas (equipo número 2).

Michael Collins irá al mando de la cabina. Sobrino del general J. Lawton, héroe de la segunda guerra mundial, nació el 31 de octubre de 1930, en Roma. Oficial de la U. S. Air Force, procedente de West Point, fue admitido en el cuerpo de astronautas en 1963 (equipo núm. 3). A bordo del Géminis Io (julio de 1966), tuvo ocasión de caminar por el espacio (concretamente para ir a recuperar un detector de meteoritos). Una operación que sufrió en las piernas le impidió formar parte de la tripulación del Apolo 8, pero ya se halla completamente restablecido.

Edwin Aldrin será el comandante del módulo lunar, »vehículo insecto», concebido para permitir que, desde una órbita lunar, dos hombres lleguen a la Luna y vuelvan a ponerse en órbita gracias a un cuerpo de ascensión, debiendo dejar el cuerpo de descenso abandonado en el suelo lunar. Nacido el 20 de enero de 1930, en Glen Ridge (New Jersey), Aldrin es un piloto de la U. S. Air Force, que cuenta con 3.300 horas de vuelo; es también doctor en ciencias y salió al espacio durante cinco horas treinta y siete minutos en el vuelo Géminis 12. (Noviembre de 1966, véase t. V, «Las tripulaciones del espacio».

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Edwin Aldrin fotografiado por Neil Armstrong.

Los tres hombres no sólo tienen la misma edad, sino también la misma talla: 1,77 m., con la aproximación de un centímetro. Ninguno es astrónomo. Ninguno es geólogo. El viaje de un científico a la Luna se reservará para el último vuelo Apolo (diciembre de 1972). La misión del Apolo II es conseguir que el alunizaje sea un éxito. Por lo tanto, se ha dado prioridad a la técnica, sin que por ello se descuide el aspecto científico, pues los astronautas siguieron cursos de selenología, para poder actuar allí con discernimiento. Hasta el último día estuvieron sometidos a entrenamiento intensivo mientras se los mantenía en incubadora, con la consigna de reducir al mínimo sus contactos con otras personas; esto para evitar que durante su misión se desarrollara en ellos cualquier afección microbiana. La N. A. S. A. hasta llegó a prohibir a Richard Nixon que invitase a cenar a los astronautas durante la cuenta hacia atrás, según la intención manifestada por el presidente de los Estados Unidos.

Aquel 16 de julio de 1969, la tripulación fue despertada a las 8 h. 15 min. Antes de un ligero desayuno (steak, huevos, tostadas, café y jugo de naranja), sufre un último examen médico, por pura fórmula, pues se sabe que los tres hombres se hallan en excelentes condiciones físicas. A las 9 h. 35 min. se ponen la escafandra, y a las 10 h. 37 min. llegan al pie del cohete, aclamados por los pocos privilegiados que pudieron acercárseles. En ese hermoso día de verano, un miércoles, las inmediaciones del Cabo fueron invadidas por una muchedumbre entusiasta que se calcula en casi dos millones de personas. En 100 km. a la redonda, desde hace meses, los hoteles y los particulares tienen alquiladas todas las camas disponibles. Como no hay más, se acampa en las caravanas. La policía tuvo que movilizar decenas de lanchas motoras para canalizar los buques que literalmente cubren Ranana River a la altura del Cabo. Es, a la vez, el mayor embotellamiento de la historia de la Florida, la demostración más impresionante y la más pintoresca de las verbenas, con multitud de vendedores de todas clases, incluidos los que despachan «certificados de presencia» (mediante un dólar, se entrega a quien acudió a presenciar el acontecimiento un papel que atestigua su presencia).

A las II h. 02 min., los astronautas penetran en la cabina. Armstrong se instala en el asiento de la izquierda; Aldrin va a la derecha. La cabina, de 5,5 ton., cónica, de 3,95 m. en la base y una altura de 4 m., sólo ofrece 6 m.3 a sus ocupantes, abarrotada con instrumentos de todo tipo. Para los astronautas, será, a la vez, sala de estar, cuarto de aseo, escritorio, lugar de observación y puesto de mando del desembarco lunar.

El ex presidente Lyndon Johnson se halla en la tribuna de honor, con el vicepresidente, Spiro Agnew, numerosos miembros del Congreso, hombres de negocios y representantes del Cuerpo Diplomático. Sin embargo, se nota una ausencia, la de los representantes soviéticos, los cuales, en el último momento, declinaron la invitación. Sólo una de las esposas de los astronautas acudió a ver el lanzamiento: Jane Armstrong.

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Descenso hacia el mar de la tranquilidad el 20 de Julio de 1969. A la izquierda abajo el crater Maskelyne.

La salida es extraordinariamente majestuosa, a las 13 h. 32 min. Un segundo después de apartar las zapatas que lo sujetaban, el cohete sólo está aún a dos metros del suelo, y necesita diez segundos para elevarse a una altura igual a su longitud. Luego, el movimiento se acelera cada vez más, aligerándose el cohete de las quince toneladas de propergoles que quema en cada segundo; al cabo de doce segundos, la trayectoria se inclina. El lanzador salta hacia el cielo. Después de 2 min. 41 seg. de vuelo, se desprende el primer cuerpo, SI, quedando la masa del cohete reducida a 600 ton. Después de nueve minutos doce segundos de vuelo, sólo será ya de 166 ton., cuando se le desprenda el segundo cuerpo, SII. Es el programa previsto para el funcionamiento del cohete. Y a las 13 h. 43 min. 5o seg., se ponen en órbita 135,9 ton. Soldado al cuerpo superior del SIV B, el vehículo Apolo está en una órbita de espera que, en esta ocasión es una órbita de 187,8/191,9 km…

Es la primera «escala». Al terminar el vuelo propulsado se manifiesta la falta de gravedad, mientras que se sobrevolará la Tierra durante dos revoluciones, entre los paralelos 300 N. y 300 S.; una Tierra que, en realidad, tienen poco tiempo de contemplar los astronautas, pues se han de ocupar en asegurarse de que el material está dispuesto para el gran salto, mientras que desde el suelo —Apolo II es seguido por las estaciones terrestres de la N. A. S. A., por ocho aviones y por cuatro buques (Vanguard, Redstone, Mercury y Huntsville)— se reconstruye la órbita, siendo teleauscultados los sistemas, gracias a los sensores de que van provistos; las informaciones se centralizan en Maryland, en el Goddard Space Center, y desde allí son conducidas por 40.00o baud (3) a Houston, donde las interpretarán los ordenadores, haciendo posible que inmediatamente se ponga de manifiesto toda anomalía. Mas se confirma que el vuelo va bien, tanto los sistemas principales como los de socorro dan todas las garantías, de modo que los responsables del vuelo consideran que se respetará la regla de oro: poder disponer siempre de doble seguridad, con la consigna de hacer todo lo necesario para que no se haya de recurrir jamás al sistema de socorro. En ello residirá el secreto del éxito, pese a su complejidad.

A las 16 h. 04 min., el centro de Houston da así la autorización histórica: Go for the moon. Y a las 16 h. 16 min. 22 seg. se enciende el SIV B, mientras sobrevuela las islas Hawai. Funcionando durante cinco minutos cuarenta y siete segundos, elevará su velocidad desde 7.80o a 10.668 m./seg.; cuando el motor J2 deje de crear su empuje, la altura será ya de 1.900 km. El vehículo espacial se ha trasladado a una órbita terrestre de gran apogeo, calculada para asegurar el retorno natural hacia la Tierra, al cabo de seis días, si se hubiese de renunciar a la misión; caso de proseguirse, era posible sobrevolar la Luna. Todo esto se ha repetido ya dos veces. Por lo tanto, constituye una técnica ya familiar para los americanos, como lo es, asimismo, la maniobra llamada de estructuración a que la tripulación ha de proceder. A la salida, el módulo lunar (15.061 kg.) se alojó debajo del vehículo Apolo, constituido por la cabina misma y por su módulo de servicio, un gran cilindro (23.243 kg.) que contiene los equipos y depósitos de combustible a los que irá unida la cabina hasta su regreso. Ello por razones de aerodinámica. Incluso con un tren de aterrizaje plegado, el módulo lunar es largo, más largo que el módulo de servicio (teniendo este último el diámetro de la cabina, o sea 3,93 m.). Fue instalado bajo una protección troncocónica (1.814 kg.) asegurada por cuatro elementos entre el módulo de servicio y el SIV B (cuyo diámetro es de 6,6 m.).

La estructuración es la operación mediante la cual adquiere su autonomía el vehículo Apolo, luego gira 1800 sobre su eje y vuelve hacia el módulo lunar para fijarse a él gracias al macho que la cabina lleva en su parte superior.

La unión se logra a las 16 h. 59 min. Exigió en total nueve kilogramos de combustible más de lo previsto, cantidad insignificante si se consideran las 18 ton. de propergoles contenidos en el módulo de servicio (esencialmente reservados para las operaciones de satelización y desatelización lunares). A este ingenio espacial, estructurado, con 43.860 kg., no le queda ya sino separarse del cohete SIV, B cuyo papel ha terminado.

En este punto la operación se ha emprendido también, las probabilidades de éxito parecen tan reales, y la trayectoria tan perfecta (no se manifiesta como necesaria la corrección que se tenía previsto hacer nueve horas después del lanzamiento hacia la Luna), que el presidente Nixon proclama de antemano fiesta nacional el 21 de julio, invitando a todos sus compatriotas a seguir la hazaña de los astronautas.

Entre tanto, para estos últimos comienza un largo vuelo balístico. A través de una ventanilla contemplan el impresionante espectáculo de una Tierra que se les aleja, presentándoles precisamente el Nuevo Mundo. Armstrog señala que distingue perfectamente América del Norte, Cuba y una parte de América del Sur.

Después, los astronautas, uno tras otro se despojan de sus monos a presión normal; a las 3 h. 3o min., se duermen, después de haber transmitido, desde unos 96.000 km. de distancia, unas imágenes que se difundirán en diferido. A las 8 h. 32 min. (diecinueve horas después de la salida) el Apolo II está a 157.181 km. de la Tierra, de la que sólo se aleja a la velocidad de 1.841 m./seg., velocidad que tiende a disminuir regularmente. A las II h. 32 min. se ha reducido a 1.700 m./seg. (hallándose el Apolo II a 175.744 km.).

La tripulación se despierta a las 12 h. 02 min., Después de un ligero desayuno (coctel de frutas, salchichas, tostadas con canela y chocolate), la mañana se dedicará a ejercicios de navegación espacial. Se determina la posición mediante los aparatos de a bordo. El panel principal de la cabina comprende un telescopio y un sextante espacial, a la altura de los ojos de un hombre en pie (que, a pesar de la ingravidez, podrá adherirse al suelo gracias a un revestimiento velero). Toda esa operación no sirve de nada, pues con los medios de seguimiento terrestre, el Apolo II es localizado permanentemente con una exactitud del orden de una decena de metros. Se trata de una precaución, pues los americanos quisieron prevenir una interrupción de las comunicaciones. En ese caso, los astronautas deberían calcular por sí mismos su ruta, utilizando el ordenador de a bordo. Y si el aparato sufriera una avería, recurrirían a las tablas de logaritmos.

La trayectoria se corrige a las 16 h. 3o min., cuando el Apolo II se halla a 202.700 km. de la Tierra. Funcionando durante tres segundos el motor principal, la velocidad del vehículo espacial aumenta en 6,25 m.

A partir de las 23 h. 32 min., Collins da una lección de geografía. En unas vistas de la Tierra, televisadas durante veinticuatro minutos, a partir de los 230.000 km. de distancia, muestra Alaska, el Canadá, el valle de San Joaquín, la cadena de la Sierra y la base de California, apareciendo la Tierra de color azul con manchas parduscas. Luego, durante quince minutos, los astronautas muestran el interior de su nave, dando un curso de pilotaje. Y luego tiene lugar su cena (cerdo, espaguetis, patatas y rosbif).

El 18 de julio se despiertan a las 16 h. La velocidad del Apolo II continúa disminuyendo; a las 18 h. 32 min. sólo es de 1.022 m./seg. (llegando a ser de 312.313 su distancia de la Tierra). El día también se dedicará esencialmente a ejercicios de navegación.

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Paisaje después del alunizaje en el mar de la tranquilidad

El 19 de julio, a las 3 h. I0 min., la velocidad alcanza su valor mínimo (911 m./seg.). El Apolo II atraviesa entonces la equigravisfera, línea que, en un mapa del sistema Tierra-Luna, separa el ámbito de atracción terrestre del ámbito de atracción lunar. Dentro de la cabina, el acontecimiento no se manifiesta por ninguna consecuencia, y no turba el sueño de la tripulación.

A partir de ese momento, la atracción lunar acelerará la velocidad del ingenio y deformará cada vez más su trayectoria. La referencia expresada en distancia de la Tierra es sustituida por la referencia que atiende a la distancia de la Luna. Así, a las 6 h. 32 min., el Apolo II se halla a 48.246 km. de la Luna, a la que se acerca a la velocidad de 1.168 m./seg. Temiendo que vayan a padecer insomnio en la Luna —los acontecimientos les darán la razón—, los médicos prolongaron el tiempo de descanso de la tripulación, que se despierta a las II h. La trayectoria es excelente; aunque se adelanten todas las operaciones en 4 min. 39 seg., se renuncia a la última corrección prevista en el trayecto Tierra-Luna; no es necesaria ninguna maniobra antes de la satelización, la cual tiene lugar a las 17 h. 22 min., cuando se sobrevuela la cara posterior de la Luna. Funcionando como retrocohete y consumiendo 12 ton. de combustible, el motor Apolo reduce en 921 m./seg. la velocidad del vehículo, que se coloca así en una órbita lunar, provisional, de 113,3/312 km. desde la cual, poco después de las 20 h., comienza una tercera sesión de televisión, mostrando los paisajes lunares. Luego, a las 21 h. 37 min., vuelve a ponerse en marcha el motor, creando un impulso complementario de 48 m./seg., que traslada a los astronautas a una órbita de 121,5/99,4 km. El campo de gravedad de la Luna, al deformar la órbita, tiende a hacerla aún más circular.

Desde ahora el Apolo está en posición adecuada para desempeñar su papel de soporte logístico con vistas al desembarco en la Luna.

El domingo 20 de julio es el gran día. La tripulación es despertada a las 11 h. 04 min., cuando termina su décima revolución en torno a la Luna. En realidad los tres hombres han dormido bastante mal —solamente durmieron de cinco a seis horas—, cosa comprensible… En Houston se respira a la vez gravedad y entusiasmo. Se les comunica a los astronautas noticias de la Tierra y, en primer lugar, de su familia. Aldrin se entera así de que su hijo ha visitado el centro. Después la tripulación toma un ligero desayuno mientras se enteran de que una encantadora morena de dieciocho años, la filipina llamada Gloria Dies, acaba de ser elegida Miss Universo.

Comienzan los preparativos para la separación. Michael Collins —el tercer hombre de la tripulación— se instala en los mandos de la cabina, a la que los astronautas han decidido dar el nombre de Columbia (nombre del distrito donde se halla la capital federal estadounidense). El módulo lunar será llamado Eagle, simbolizando al águila americana. Edwin Aldrin entra en él a las 13 h. 17 min., y a las 14 h. 16 min., se le une Neil Armstrong, que se sitúa a la derecha, en el puesto de mando; los dos cosmonautas están condenados a permanecer de pie en ese habitáculo en el que, para reducir el peso, se suprimieron primeramente los asientos, y después, las hamacas por las que se había decidido reemplazarlos.

El módulo lunar Eagle es un vehículo cuyas características muy especiales .se explican por el hecho de que no habrá nunca de funcionar en una atmósfera, constituyendo la primera nave del vacío, prefiguración de los futuros «remolcadores» a los que se exigirá que transporten una carga desde un punto a otro del espacio. En cuanto al Eagle, se trata de un remolcador especializado, cuya estructura ha sido concebida en consecuencia.

Su masa está repartida de un modo muy disimétrico, siendo el cuerpo más pesado el de descenso. Con sus 10.140 kg., representa por sí solo los dos tercios del Eagle, lo cual parece lógico, ya que, en la fase del descenso, la función de ese cuerpo es hacer que se trasladen ese cuerpo mismo y el de ascenso, el cual —desempeñando entonces un papel puramente pasivo— constituirá, en cierto modo, su carga útil. Y la mayor parte de la masa está, en ese cuerpo, reservada a 8.240 kg. de propergoles. Imaginemos una caja octogonal, de 3,85 m. de longitud y 1,72 m. de altura, con dos pares de placas perpendiculares que delimitan, además de un compartimiento central (ocupado por el motor), cuatro grandes compartimientos destinados precisamente a los propergoles (dos depósitos de aerocina y dos de tetraóxido de nitrógeno) y cuatro patas telescópicas terminadas por pies de 90 cm., en nido de abeja, de aluminio, capaces de absorber, a la llegada, gran parte del choque. Debajo de cada pie se halla un palpador. El cuerpo de descenso, además de sus diferentes compartimientos, contiene también una antena móvil y cierto material que se depositarán en la Luna, cuatro baterías cincplata, la electrónica del radar de alunizaje, un depósito de agua, otros depósitos de oxígeno y de helio, la electrónica del motor de descenso y, por último, baterías especiales que alimentan el dispositivo de separación de los dos cuerpos.

El «techo» es una superficie plana sobre la que se ha colocado otro fondo plano, el del cuerpo de ascenso, de 3,8 m. de alto, y cuya dimensión mayor mide 4,3 m., y comprende:

— un compartimiento central (1,5 X 2,7 X 3,8 m.), del cual es solidario el motor de ascenso, a cuyos lados van depósitos que contienen 2.510 kg. de propergoles para alimentar, por una parte, el motor de ascenso y, por otra, los motores del sistema de altura;

— el habitáculo de los astronautas, un cilindro de eje horizontal, de 2,35 m. de diámetro y 1,07 m. de longitud. El volumen del habitáculo es de 5,6 m.3; en su carena lleva una escotilla que permite el acceso al motor de ascenso.

Para no flotar en estado de ingravidez, los astronautas van sujetos con unas correas: a la altura de las caderas llevan un cinturón con unos cables que, ejerciendo una fuerza de 9 kg., los sujetan al suelo, que ha sido tapizado de velero para que sus pies no resbalen. Cada astronauta tiene frente a él un gran ventanillo triangular (con la punta dirigida hacia el suelo, lo que proporcionará una buena visibilidad para la dirección manual en el alunizaje) y dos palancas; la de la mano derecha controla la orientación y la de la mano izquierda los desplazamientos.

En primer lugar, el Eagle se «activa» poniendo en marcha unas baterías de su cuerpo de descenso (dos baterías están reservadas en el cuerpo de ascenso para el regreso). Los astronautas comienzan por entregarse a una meticulosa comprobación de los sistemas de a bordo y por una puesta a punto del ingenio; operación que abarca especialmente el despliegue del tren de alunizaje, al que Aldrin procede a las 16 h. 32 min., presionando un botón.

Luego se prepara el despegue, cuando el Apolo efectúa su decimotercera revolución en órbita lunar. La separación del Eagle debe tener lugar por encima de la cara posterior, después que el eje del ingenio se haya apuntado hacia el centro de la Luna. Se piensa que así será nula la componente horizontal de un impulso parásito, pues los técnicos desean ante todo que no se perturbe la órbita del Eagle. El «go» para la operación se da a las 17 h., cuando las comunicaciones con la Tierra van a quedar cortadas. Cuando a las 17 h. 48 min. se restablece el contacto, se comprueba el éxito al descubrir dos ingenios con destinos muy diferentes. A bordo del Columbia, Collins no tiene otra cosa que hacer sino cuidar que se mantenga el refugio al (1114. pronto vendrían a reunírsele sus compañeros si la misión fracasase. Pero si los acontecimientos se desarrollan como está previsto, llegarán a la cabina dos días después.

A bordo del Eeagle es donde, en cambio, se realizará lo importante, con el comienzo de la serie de maniobras cuyo fin es conseguir el alunizaje en la región del cráter Maskelyne, donde acaba de hacerse de día.

Los dos ingenios están muy próximos uno de otro. A las i8 h. or min., el Columbia comienza a apartarse para dejar al Eagle en la in bita primitiva, cuyos parámetros se conocen en Houston con exactitud —se trata de una órbita de 98/120 km.—, a partir de la cual se ha calculado toda la secuencia de las operaciones de descenso. El programa prevé en primer lugar el traslado del Eagle a una órbita que tiene su perilunio a 15 km. por encima de su cara anterior. Por lo tanto, deberá ejecutarse una nueva maniobra por encima de la cara posterior. Poco antes de la pérdida de contacto, que tendrá lugar a las 18 h. 54 min., el director de vuelo pide a los responsables que pesen bien su decisión. Sólo deben dar el «go» para la operación si están seguros del buen funcionamiento de todos los equipos. Y lo dan.

Entonces la suerte de la misión está en las manos de Armstrong y de Aldrin. A las 19 h. 8 min. 14 seg., los dos hombres, como estaba previsto, ponen en marcha el motor de descenso, que funciona como ret rocohete, creando durante quince segundos el ro por roo de su empuje máximo (475 kg.), y luego, durante trece segundos, el 40 por 100 de dicho empuje (1.9oo kg.). Los ocupantes. del módulo saben inmediatamente que la maniobra ha salido bien. En la Tierra no se sabe hasta las 19 h. 44 min. En efecto, el Eagle aparece exactamente en el momento en que se esperaba (el contacto se habría reanudado antes si la maniobra no se hubiese ejecutado, y más tarde, o nunca, si el frenado hubiese sido excesivo). El módulo está a 33 km. de altura, por encima del borde derecho de la Luna. En Houston, a bordo del Columbia y a bordo del Eagle, se experimenta asombro ante la facilidad con que se desarrollan las operaciones.

Mas viene ahora la gran prueba: el descenso del Eagle. Armstrong Aldrin proceden a las últimas comprobaciones, revisando la posición de todas las manecillas. Los controladores de Houston dan el «go» poco antes de las 20 h. La tensión es enorme. En la N. A. S. A. habían tenido lugar memorables discusiones durante la preparación del programa Apolo. Jerónimo Wiesner, consejero científico del presidente Kennedy se había declarado enteramente opuesto a la fórmula del módulo lunar, ideada en 1962 por el ingeniero John Houblot; el descenso desde una órbita lunar le parecía una empresa extraordinariamente peligrosa. Fueron necesarios el entusiasmo y toda la autoridad de Wernher von Braun para que, con justicia, se impusiera la decisión.

Y el descenso se convierte en realidad; Von Braun tenía razón, y ganará la gran apuesta de su existencia. Mas, al mismo tiempo, se ve que Wiesner no había estado del todo equivocado, pues la operación resultará complicada…

El gran frenado comienza a las 20 h. 05 min. 05 seg. El motor de descenso vuelve a encenderse, esta vez con la perspectiva de que funcione hasta la llegada a la Luna. Opera al ro por roo de su potencia, durante 26 seg., luego, con toda su potencia (creación de un empuje de 4.750 kg.) durante 7 min. 58 seg., para neutralizar la casi totalidad de la velocidad horizontal, que disminuye mientras la altura desciende conforme a lo previsto, aunque quizá algo más deprisa de lo previsto, lo cual inquieta a los astronautas; ello significaría que al comienzo de la operación no debía de hallarse el Eagle exactamente en la órbita a partir de la cual había sido fijado el programa de descenso.

De pronto sobreviene la alarma. El ordenador no puede con su trabajo, pues se le exige, a la vez, que controle el descenso y que mantenga las comunicaciones con el Columbia (con determinación permanente del programa que permitiría volver a la cabina si hubiera de ponerse fin al descenso).

El espectáculo se ofrece ahora en Houston, donde se logra, inmediatamente, que el módulo reciba la ayuda de un ordenador del centro de control que descarga al Eagle de una parte de su trabajo. Y todo vuelve al orden, o poco menos, pues el ordenador de a bordo, como por envidia, emite de vez en cuando breves señales de alarma que los controladores comprenden que no deben tener en cuenta.

Al final de ese frenado principal, la altura sólo es ya de 2.800 m., el módulo se inclina, de modo que su eje sólo forma ya un ángulo de 490 con la vertical de la Luna: comienza la fase de visibilidad; la cabina se presenta dando la espalda al Sol (así, en la fase final del descenso, los astronautas verán la sombra de su ingenio, que les informará visualmente sobre su altura). En esta fase de aproximación, los astronautas pueden deducir su altura y su velocidad relativas con respecto a la Luna: el ordenador dispone el desfile de una cinta que, en todo momento, muestra con claridad el resultado de sus medidas. Sólo se trata ya de controlar un descenso que, en esa fase, es oblicuo. Sin embargo, es algo más fácil de decir que de hacer. En el suelo, los ordenadores reconstruyen también el descenso y los controladores prodigan sus consejos a los astronautas, quienes anuncian alturas cada vez menores. A 900 m. se da el «go» para el alunizaje. A 66o m., los astronautas dicen: «Estamos a 2.000 pies en el A. G. S. (Abort Guidance System), a 47º…»

Seiscientos metros, 58o m., 225 m… A 180 m. la velocidad de caída es de 20 km./h. Es demasiado poco; el descenso será demasiado lento y se corre el riesgo de que falte el combustible. Los astronautas dejan que la velocidad ascienda a más de 3o km./h.; a zoo m. del suelo, un frenazo reduce la velocidad vertical a 4 km./h. —se ha llegado al régimen de mando esencialmente manual—, mientras que la velocidad horizontal es aún considerable (unos 50 km./h.), a fin de permitir la elección del área de llegada. A 22 m., la velocidad de descenso es de 1,5 km./h., y la velocidad horizontal es de 6,5 km./h. Se esperaba la altura cero a las 20 h. 17 min. 03 seg. Pero transcurren unas decenas de segundos y el ingenio no se ha posado. Se cree que los astronautas habrán continuado maniobrando después de dedicarse a evitar un cráter bastante grande; por lo demás, todo el programa de descenso había sido cambiado, como consecuencia del error que afectaba al conocimiento de la órbita.

Se enciende la lámpara roja que indica a los astronautas que sólo les quedan sesenta segundos de combustible y que, según lo convenido, estipula: «abandonad el intento de desembarco y encended el cuerpo de ascenso para regresar al Columbia». Pero no; con los controladores de Houston, los astronautas están de acuerdo en seguir adelante. Están tan cerca de la Luna, y su velocidad es tan pequeña, que es casi imposible que su llegada resulte una catástrofe. Armstrong y Aldrin van a utilizar este último minuto de servicio que les brinda el cuerpo de descenso para posarse lo mejor posible, incluso aunque vean mal, por el polvo que levanta el chorro del motor. En el filme en colores que se revelará después de regresar los astronautas, el polvo aparece con nitidez, mientras que el Eagle se halla aún a cinco minutos por encima de la Luna. La visibilidad a través de los ventanillos resulta, por lo tanto, malísima, al ser esa nube semejante a la levantada por un coche que rueda en verano por un camino arenoso.

A las 20 h. 17 min. 42 seg. se llega a la Luna… Sin comunicado. Sin declaración. Pues la «certeza» del alunizaje se impone tan sólo a los que han seguido el descenso por las comprobaciones siguientes: —el motor de descenso ha dejado de funcionar y el motor de ascenso no se ha encendido; — la «lámpara azul» encendida indica que un palpador ha tocado el suelo lunar. Esos palpadores tienen 1,5 m. de largo. Y el cálculo demuestra que un ingenio que cae desde 1,5 m. en caída libre (y no podría hacerlo de otro modo, ya que carece de propulsión) alcanzará el suelo lunar en menos de un minuto cuatro segundos.

Se sabe así que el Eagle está en la Luna, antes de que se anuncie. Y transcurre un momento sin que llegue ni una sola palabra de los astronautas. Cuando, al cabo de tres o cuatro segundos, ven desaparecer el polvo, descubriendo el color gris pardusco de los paisajes lunares que los rodean, Armstrong dice al fin, lentamente, con voz muy emocionada: «Aquí, la base de la Tranquilidad; el Eagle se ha posado…»

Eugen Krauz, director del vuelo, todos los astronautas presentes en Houston y los técnicos, aplauden. Los controladores lucen en su ojal un badge, cuyo color azul recuerda la lámpara que había significado: «La luna ha sido tocada»; en gran parte del mundo el entusiasmo es delirante; la radio transmite músicas triunfales y la noticia aparece en letreros luminosos. En numerosas capitales las muchedumbres gritan o se concentran en silencio; se ha interrumpido la contienda Yankee-Senators, para saludar el acontecimiento. Pronto será comentada la noticia en todos los países. Sólo la China Popular no hará ningún caso de ella.

Sin embargo, para los responsables de la operación, el alunizaje del Eagle es el comienzo de la fase crucial del vuelo: el problema principal es recoger informaciones. Se sabe que el módulo está posado en el suelo lunar con una inclinación de 40, y que el material se halla en buen estado. Después del examen de los datos, el centro concede a los astronautas permiso para permanecer en la Luna… durante siete minutos. La autorización se prorroga con gran parsimonia —primeramente por dos minutos suplementarios—, hasta que se concede generosamente, después que un análisis de todos los datos prueba a los controladores que el material está en estado satisfactorio, que soporta a la perfección el ambiente y que los astronautas se adaptan sin inconvenientes a la pesantez lunar.

Entonces Armstrong y Aldrin pueden ocuparse de la Luna, descubrirla y comenzar a describir el paisaje que observan a través de las ventanillas. Un paisaje que se les presenta iluminado por una radiación solar que llega tangente al punto en que se encuentran, pues el astro del día, que se encuentra detrás de ellos viene a ser un proyector muy poco elevado sobre el horizonte. Armstrong dice que divisa una extensión casi llana, acribillada por numerosos cráteres cuyo diámetro medio es de unos quince metros, con profundidades de 6 a r o m. Y hay millares de pequeños cráteres, cuyo diámetro es de unos decímetros apenas. «A muchos centenares de metros, añade Armstrong, se distinguen rocas caracterizadas por aristas muy vivas. Frente a nosotros, a unos 1.200 m., hay una colina. El color del suelo es el mismo que observábamos desde una órbita cuando la radiación solar incidía en la superficie de la Luna con un ángulo de 100. Es casi incoloro, o a lo sumo, de un blanco agrisado, una especie de gris cretáceo que resulta mucho más oscuro, color ceniza, cuando el ángulo de incidencia de los rayos solares es mayor. Las piedras próximas, desplazadas o rotas por la llama del motor, son claras en su parte exterior, y las rotas muestran en su interior un gris muy oscuro, como el basalto.»

El centro de control advierte que Armstrong se halla ahora muy tranquilo; su ritmo cardiaco, que había alcanzado las 156 pulsaciones por minuto en el momento del alunizaje, ha descendido a 90…

Según el programa, los astronautas habrían tenido que comenzar por descansar e intentar dormir en el módulo lunar. El paseo por la Luna no estaba previsto hasta el 21 de julio, a partir de las 7 h. Mas la tripulación pide un cambio: desea que la salida se prepare sin más dilación, por muchas razones; entre ellas el estado psicológico que les impide conciliar el sueño al pensar en la tarea que les aguarda. Y en Houston pronto aprueban esa proposición, haciendo así posible que en América se contemple dicha salida durante la noche. Pero los preparativos de la salida, que debían durar tres horas y, por lo tanto, realizar la despresurización hacia la 1 h., duran un poco más de lo previsto. Armstrong y Aldrin comienzan por comprobar minuciosamente la lista de las instrucciones, que comprende 184 páginas, referentes a los dispositivos que han de preceder al paseo por la Luna. Luego se visten sus trajes lunares y comprueban los equipos.

Es la 1 h. 42 min. del 21 de julio de 1969 cuando Armstrong y Aldrin prueban los radio-emisores de las escafandras. Cuando se bajan las antenas, las comunicaciones son malas; resultan excelentes con las antenas levantadas, aunque los astronautas comprueban que han de situar la boca muy cerca del micrófono.

Su escafandra es, en realidad, una verdadera navecilla que los envuelve, abarcando los siguientes elementos:

— un traje interior, refrigerado por unos conductos de agua, alimentados por el sistema de supervivencia (dentro del traje espacial, el hombre siente siempre demasiado calor, y el problema consiste en eliminar el calor que su cuerpo desprende);

— un traje compuesto por 17 capas, para asegurar la protección contra las agresiones del espacio, constituyendo un conjunto a la vez resistente, ligero y estanco;

— un par de guantes;

— un casco aurificado, para proteger a los astronautas de los meteoritos y de la radiación solar;

— un par de botas (4), formadas por 25 capas (13 capas de nailon aluminizado y 12 capas de fibra de vidrio);

— un conjunto para permitir la supervivencia, que comprende, además del aparato de radio, dos baterías de 16 V., una reserva de agua, una reserva principal de oxígeno para cuatro horas y una reserva auxiliar para treinta minutos.

El Eagle pregunta: «Aquí, base de la Tranquilidad. ¿Cómo recibís nuestro mensaje?» El centro de Houston confirma que la recepción es buena y que la televisión está conectada. Los astronautas hacen notar que la zona situada alrededor de la escala está en sombra, pero que, de todos modos, habrá una región iluminada en el campo de la cámara. Los astronautas están dispuestos; sólo esperan que Houston los autorice a emprender el proceso de despresurización.

El «go» se da a la i h. 53 min. En el interior del Eagle, la temperatura es de 170 C. Ha comenzado la despresurización, pero se detiene casi inmediatamente, porque las conexiones no son aún enteramente satisfactorias, y, por otra parte, los astronautas han debido de ponerse mal los equipos. Hasta las 2 h. 26 min. no se conectan a sus sistemas de supervivencia; una válvula se abre en el centro de la puerta que se halla debajo del cuadro de control de a bordo, y la atmósfera del módulo lunar puede salir a través de un filtro bactericida.

Armstrong indica que, en el habitáculo, la presión ha descendido a 1,2 psi (2) (0,1 atmósferas, aproximadamente), mientras que en Houston se pone en marcha un cronómetro, para seguir el consumo de oxígeno del sistema de supervivencia. Y se registra la siguiente conversación:

Armstrong. — La puerta tiene el cerrojo descorrido.

Huston. — ¿Vais a poderla abrir, con esta presión de 1,5?

Armstrong. — Vamos a intentarlo… Se abre la puerta.

Aldrin. — Sujétala mientras dejo esto completamente vacío.

La puerta se abre de par en par a las 2 h. 29 min. 35 seg. Por primera vez están los hombres en contacto con el ambiente lunar. Están viviendo una aventura irreal, mientras que, en la superficie de la Tierra, millones de hombres los escuchan sin poder verlos aún, pues la cámara continúa en su estuche si los circuitos no tienen la suficiente tensión. Unos seres humanos se disponen a pisar el suelo lunar, no sin rodearse de miles de precauciones. El descenso de Armstrong exigirá casi treinta minutos, pues conviene no dejar nada al azar y, sobre todo, evitar todo ademán brusco mientras los astronautas se hallan sujetos a extrañas contorsiones en su estrecho habitáculo, cuya puerta es un orificio cuadrado de 80 cm., que se abre a la oscuridad. Ayudado por su compañero, se sitúa en él a tientas, guiado por Aldrin, que le dice: «Con la espalda tocas el tablero de a bordo. Avanza recto hacia mí. Estírate y luego desplázate un poco hacia la izquierda…»

Por fin Armstrong se halla en la plataforma; para descender hacia el suelo lunar ha de tomar la escala del módulo.

6-huella del primer paso de Armstrong-metirta.online

Huela del primer paso de Armstrong en la luna.

Se ocupa de abrir el M. E. S. A. (Modularized Equipement Stockage Assembly), sigla que designa una caja dispuesta sobre el cuerpo de descenso, y en la que se halla cierto número de utensilios con miras al trabajo sobre la Luna —un martillo, una pala y unas pinzas—, con un juego de mangos que permiten operar entre 55 y r8o cm., hallándose las condiciones óptimas entre los 75 y los 120 cm., según estiman los responsables del programa. Se ha previsto un saco para recoger las herramientas cuando no se usan. En él hay cartuchos de hidróxido de litio (destinados a absorber el gas carbónico que los astronautas exhalarán durante su marcha) y, además, unos sacos para recibir las rocas lunares (debiendo constituirse una pequeña mesa con una parte del M. E. S. A.). El compartimiento contiene además un aparato fotográfico de 35 mm. (un Hasselblad estéreo) y, sobre todo, contiene una cámara de televisión dispuesta en posición que permita que Armstrong opere dirigiendo la abertura del M. E. S. A. mediante una correa. Son las 2 h. 53 min. La pequeña cámara, de 3,3 kg., puede transmitir hasta diez imágenes por segundo, a razón de 32o líneas por imagen. Con gran emoción, el centro de control recibe una imagen muy contrastada, imagen que permite en seguida distinguir la silueta descendiendo con gran solemnidad los últimos barrotes de la escala. Cuando está en el último —a unos 75 cm. del suelo, pues ninguno de los pies del módulo lunar se ha contraído visiblemente, por ser llano el suelo y por haber sido suave la llegada—, el astronauta se detiene un poco para hacer la siguiente observación: «Los pies del módulo lunar se han hundido una o dos pulgadas. Mirando el suelo se ve que está constituido por granos finísimos, como de polvo.» Sobre todo, procura Armstrong habituarse a la pesantez lunar repitiendo los ademanes que habría de efectuar si, por una razón cualquiera, debiese reintegrarse precipitadamente al módulo. Cree que puede tomar contacto con el suelo lunar. En el momento de poner el pie izquierdo en la Luna, dejando el módulo, dice sencillamente: «Es un paso pequeño para un hombre, pero constituye un gran salto para la humanidad.»

Ya en la Luna, Armstrong refiere en estos términos sus primeras impresiones: «Es un suelo fino, cubierto de un polvo que ha manchado el extremo de mi pie. Se adhiere a la suela y al resto de mis botas, como carbón de encina, pulverulento. Me hundo un centímetro, o quizá dos: veo la huella de mis pasos en esa arena fina… No experimento ninguna dificultad para moverme. El motor de descenso no ha excavado un cráter importante: se ha hundido unos 3o cm. en el suelo. El lugar es plano; desde el motor parten unos surcos, pero son insignificantes.»

Y Armstrong pide que le bajen un aparato fotográfico (6). La operación se efectúa mediante el L. E. C. o Lunar Equipment Conveyor, que consta de una polea y un cable cuya utilización no se revela tan fácil como se había creído, experimentando Armstrong cierta dificultad para acostumbrarse a los vivísimos contrastes de la iluminación lunar. Ya sobre la Luna el aparato fotográfico, el astronauta anuncia a las 3 h. 02 min., que va a tomar las primeras fotografías y a recoger inmediatamente algunas piedras lunares para disponer, en todo caso, de unas muestras del suelo lunar, por si llega a imponerse un regreso precipitado. Así es la primera fase del programa de salida: mientras que Armstrong trabaja en la Luna, Aldrin debe permanecer en el módulo lunar, para informar a Houston de las reacciones de su compañero —se había temido lo peor— y para que, llegado el caso, la tripulación pudiera regresar a su habitáculo en el menor tiempo posible.

Se entabla así una conversación triangular entre Anitstrong, en la Luna; Aldrin, en el módulo, y el centro de Houston. Aldrin comunica que su compañero tiene dificultades para excavar el suelo. «Es curioso, indica Armstrong, la superficie parece blanda, pero el recolector de muestras tropieza con un material muy duro y coherente…» Interrogado acerca del espectáculo que se ofrecía a su vista, Armstrong lo encuentra «de una belleza extraña», que en cierto modo recordaba el gran desierto de los Estados Unidos. «Es diferente, pero muy bonito», dice Armstrong. Además, en las muestras duras observa unas vacuolas.

Aldrin comunica al centro de Houston que Armstrong ha podido hundir su pinza unos veinte centímetros. Es una profundidad considerable. En efecto, para los científicos, el mayor problema no es tanto estudiar la superficie de la Luna —formando esta última, en cierto modo, parte del espacio— como el interior del astro, a fin de comprender su evolución. Armstrong indica que nada se opondría a una penetración más profunda de la pinza, pero que le es difícil inclinarse más.

«Ya tengo las primeras muestras en el bolsillo», dice pronto el astronauta. Aldrin hace saber que la cámara funciona al ritmo de una imagen por segundo, mientras que la reserva de oxígeno desciende con gran lentitud: 81 por 100, 80 por 100… El centro de Houston confirma: sí, se observa una imagen animada. Se ve al L. E. C., que asegura el descenso de un saco, y se distingue a Armstrong moviéndose sobre la Luna.

7-descenso de Aldrin-metirta.online

Aldrin emprendiendo el descenso a la luna.

Sin embargo, Aldrin se impacienta un poco en el módulo lunar, viendo que el tiempo pasa. Pregunta a Armstrong si puede salir ya. Mas su compañero le ruega «que espere un segundo aún», precisamente el tiempo para transportar el paquete de muestras al otro lado de la barandilla. Por fin, le confirma Armstrong que puede venir. Al menos su espera habrá tenido como recompensa el que todo esté dispuesto para fotografiar su descenso, mientras que nadie hubo allí, como es evidente, para recibir a Armstrong… Éste, desde el suelo lunar guía los movimientos de Aldrin. La escafandra comienza a pasar muy bien, comunica el astronauta, quien en el momento siguiente aconseja a su compañero que se baje un poco; el margen es de dos centímetros.

—¿Dónde están mis pies?— pregunta Aldrin.

—Estás precisamente en el borde de la plataforma —le dice Armstrong.

Aldrin anuncia que va a cerrar la puerta —teniendo cuidado de que no quede bloqueada desde el exterior—, y desciende con lentitud por la escala, guiado siempre por Armstrong. A las 3 h. 14 min. —unos dieciocho minutos después de Armstrong— está sobre el suelo de la Luna. Su primer cuidado es también comprobar que, colocando las dos manos a la altura del cuarto barrote de la escala, le será posible volver a subirla con facilidad. Luego el astronauta mira a su alrededor diciendo sencillamente: «Magnífico, magnífico. ¡Espléndida desolación!» Aldrin le hace notar a Armstrong que, a la derecha, la pata de aterrizaje parece haberse quemado quizá. Y se acostumbra a andar: comprueba que, con el pesado equipo de supervivencia y con un suelo deslizante, se tiene tendencia a sentirse arrastrado hacia atrás. Así, parece que los responsables del programa Apolo habían dado a los astronautas un consejo prudente cuando, antes de su partida, les habían advertido que, para compensar, deberían intentar inclinarse hacia delante y adoptar la postura de un oso cansado…

Los astronautas prestan su atención a la posición del palpador que había dado la señal de tocar el suelo; parece que tomó contacto con el suelo precisamente por debajo del motor, lo cual indica que el ingenio, cuando se posó, no se hallaba precisamente del todo vertical…

A las 3 h. 19 min., los astronautas ajustan su cámara y la colocan delante de una mira. Luego hacen los preparativos para que transmita una vista panorámica. Hacen observar que, habituándose poco a poco a las condiciones lunares, necesitan cierto tiempo de adaptación, pues todas las actitudes han de ser calculadas; las piernas han de cruzarse por debajo del centro de gravedad si se quiere conservar la estabilidad. Y, sobre todo, que la visibilidad es francamente mala cuando la visera no está levantada. De ahí las inexactitudes y las equivocaciones cuando se trata de apreciar el color de las rocas. Aldrin declara así que ha descubierto unas piedras violeta, pequeñas y muy brillantes. Se parecen a una variedad de mica, la biotita.

Después de examinar por segunda vez el lugar, examen realizado esta vez por los dos astronautas, que cambian el objetivo de la cámara, llega el momento de «celebrar» la llegada del hombre a la Luna.

A las 3 h. 24 min., Arstrong descubrirá una placa conmemorativa, fijada en el cuerpo de descenso, entre dos barrotes de la escala. De acero inoxidable, mide 21,5 x 18,75 cm., y su grueso es de 1,56 mm. En ella se representan los dos hemisferios terrestres, con la inscripción: «Aquí, unos hombres del planeta Tierra han puesto por primera vez el pie en la Luna. Julio de 1969, A. D. (Anno Domini: después de Jesucristo). Hemos llegado con intención pacífica, en nombre de toda la humanidad.» Siguen las firmas de los tres miembros de la tripulación del Apolo II y la del presidente Richard Nixon.

Por otra parte, los astronautas depositan el disco donde se han inscrito los mensajes de 73 jefes de Estado y unas declaraciones de los presidentes Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon, así como unas medallas de la tripulación estadounidense que halló la muerte en el incendio de la cabina del Apolo (White, Grissom y Chaffee) y medallas dedicadas a los soviéticos Gagarin y Komarov. Estas últimas habían sido remitidas a Frank Borman por las esposas de los cosmonautas con ocasión de un viaje a la Unión Soviética que el astronauta había efectuado poco antes. Y el presidente Nixon había aprobado esa asociación, diciendo: *Es normal que los primeros exploradores de la Luna recuerden a quienes han sacrificado su vida para que ellos triunfaran. El valor carece de nacionalidad. Al rendir homenaje a los héroes de nuestras dos naciones, esperamos crear un precedente: si el hombre ha podido conquistar la Luna, ha de ser capaz de vivir pacíficamente sobre la Tierra.»

Por otra parte, fue transportado a la Luna él cuño de un sello estadounidense de diez céntimos.

8-medicion viento solar-metirta.online

Colocación de la badera que mide el viento solas de iones.

Después de haber descubierto la placa conmemorativa y de leer su texto, Armstrong se dispone a trasladar la cámara a una decena de metros del Eagle. Aldrin desenrolla el cable… en el que su compañero se engancha los pies; los astronautas se dan cuenta de que no es fácil elegir un buen ángulo: el Sol, bajo sobre el horizonte, deslumbra cuando se quiere mirar hacia el este. Por último, la tripulación transmite a Houston una buena imagen y la comenta, indicando que detrás del módulo lunar se advierte una prominencia formada por dos cráteres yuxtapuestos; cada uno de ellos tiene un diámetro de unos cinco metros, con una profundidad de dos metros.

Entonces comienza una experiencia científica cerca de un pie del Eagle: Aldrin hunde en el suelo el extremo de un vástago provisto de una hoja de materia plástica aluminizada; de 1,4 m. de longitud, por 3o cm. de anchura, tiene un espesor de 15 micras, con los bordes reforzados con teflón. Está expuesta al viento solar. Esta experiencia, llamada S. W. C. (Solar Wind Composition), se efectúa por cuenta del doctor Johannes Geiss, de la Universidad de Berna, quien en 1965 la había propuesto a la N. A. S. A. a fin de recoger, en cierto modo, sobre la Luna, muestras del viento solar. Los iones, con una energía de muchos millares de electrones-voltio, penetran en el aluminio a 0,1 micras. Aceptada la experiencia y comunicado al Physikalische Institut de la capital suiza el cuaderno de cargas (peso = 453 g., longitud máxima = 38 cm.), en 1968 se había realizado un prototipo que en el reverso de la hoja llevaba una capa de óxido, para aumentar la reverberación y mantener así la temperatura por debajo de I000 C., a fin de impedir que una parte de los iones recibidos se difunda hacia la Luna. Tras el regreso a la Tierra, dicha hoja se limpiará al ultrasonido (para desembarazarla del polvo lunar) y se recortará en fragmentos de unos centímetros cuadrados por los laboratorios de Berna y de Zurich.

9-colocacion bandera eeuu-metirta.online

Colocación de la bandera de EEUU.

Los astronautas plantan una bandera americana de nailon. Mide 0,9 x 1,5 m. y va en un tubo de aluminio de 2,4 m. de longitud. Un dispositivo con resorte aseguró su despliegue, de modo que la bandera estrellada da la impresión de flotar en el vacío. No sin esfuerzo la hincan los astronautas en el suelo lunar. La saludan a las 3 h. 43 min. ¿Por qué la bandera de los Estados Unidos? El gesto da lugar a comentarios diversos después de anunciar los estadounidenses que los dos primeros hombres que iban a la Luna representaban a toda la Humanidad. ¿No se había suscrito el 27 de enero de 1967 un tratado sobre el espacio que prohíbe a cualquiera pretender ningún derecho de soberanía sobre la Luna? En virtud de ese tratado, ninguna parte de la Luna pertenecerá jamás a ninguna potencia, siendo la misma medida válida para todas las tierras del cielo. En realidad el acuerdo no prohíbe que de modo alguno se plante una bandera; los unos ven en ello, no una manifestación de soberanía, sino el testimonio de la hazaña que fue esencialmente mérito de una nación, de su tecnología y del esfuerzo de sus contribuyentes. Los 24.000 millones de dólares del programa Apolo fueron financiados, no por el conjunto de los habitantes de la Tierra, sino únicamente por los Estados Unidos. Mas estos argumentos no convencen a los otros; para ellos, el primer hombre que caminó por la Luna —Neil Armstrong— fue un civil, y no un militar. Hubiesen preferido que los astronautas fueran sólo portadores de la bandera de las Naciones Unidas.

Otros hacen notar además que ya no se daría problema racial en los Estados Unidos si los ocupantes del módulo Eagle no hubiesen sido dos blancos, sino un blanco y un negro.

De acuerdo con el programa, a los astronautas —que recibieron la doble consigna de no alejarse de su módulo y de recoger datos para la preparación de misiones más importantes— corresponde experimentar muchos modos de desplazamiento.

Por la Luna, en efecto no se puede andar como por la Tierra; se lleva un equipo que cambia la posición del centro de gravedad al ser los pesos seis veces menores, mientras que se conservan las masas, lo cual crea una situación enteramente nueva. Si un astronauta quiere dar un salto, se da cuenta de que, a pesar de sus 18o kg., su peso corresponde a 30 kg. sobre la Tierra; así, con un simple impulso podrá saltar muy alto. Si, por el contrario, quiere andar, entonces tiene que vencer la inercia de sus 18o kg. y, para ello, desplegar el esfuerzo de un hombre que, en la superficie de la Tierra, quisiera mover una pesada carreta, con la contrapartida de la dificultad que supone detener el movimiento cuando ya se ha desarrollado.

Aldrin confirma que su preocupación consiste en situar en todo momento su centro de gravedad. Dice que para «estar andando» es necesario dar dos o tres pasos y que para detenerse hay que hacerlo también en tres o cuatro pasos. Esto para el andar normal. Mas los astronautas se desplazan dando pasos de lado, como jugadores de fútbol. Dan saltos, avanzando a modo de canguros; así, indudablemente, no resulta grato desplazarse.

De pronto se interrumpen las demostraciones. A los astronautas, que apenas manifiestan una leve fatiga, el centro de Houston les pide que se sitúen ambos en el campo de la cámara, pues Richard Nixon quiere hablarles. A las 3 h. 47 min., el presidente de los Estados Unidos se dirige a ellos en estos términos:

«Neil y Buzz: os telefoneo desde la sala ovalada de la Casa Blanca. Esta comunicación es histórica, si las hubo. Vengo a deciros hasta qué punto estamos orgullosos de vosotros. Para todos los ciudadanos de los Estados Unidos, éste es el día más glorioso de su existencia. Y estoy seguro de que el mundo entero se une a ellos para proclamar vuestra hazaña. Gracias a lo que habéis hecho, el cielo pertenece desde ahora al hombre. Nos habláis desde el mar de la Tranquilidad; que ello nos incite a redoblar nuestros esfuerzos para asegurar a la Tierra paz y tranquilidad. Por primera vez en toda la historia de la Humanidad, los pueblos del planeta sólo forman ya uno, orgullosos de lo que habéis realizado, haciendo votos porque regreséis sanos y salvos.»

Armstrong responde: «Gracias, señor Presidente. Aquí, es para nosotros un insigne honor y un gran privilegio representar no sólo a los Estados Unidos, sino a todos los hombres de todos los países amantes de la paz. Nos sentimos honrados al ser asociados a esta perspectiva del mundo futuro.»

 

 «Todos celebraremos veros de nuevo el jueves en el Hornet», añade Richard Nixon.

En los instantes que siguen, Armstrong trata de los problemas que plantea una adaptación a las condiciones de iluminación de la Luna: «Al Sol, la luz es resplandeciente. A la sombra, si se está de espaldas al módulo no se ve nada en primer plano, y, si se mira el ingenio, molesta la luz que éste refleja.» Sin embargo, el astronauta ha tomado la pala con la que recogerá una segunda serie de muestras lunares. Observa que sus botas han tomado un color de barro…

En Houston se está especialmente satisfecho de las condiciones en las que se desarrollan las operaciones, y se señala que la disposición de los astronautas es excelente. Su gasto de energía corresponde con gran exactitud a lo que se había previsto. En cuanto al ritmo cardiaco, se mantiene entre 90 y 100 pulsaciones por minuto.

A partir de las cuatro horas, Armstrong transporta poco a poco las muestras en sacos hasta el pie de la escala. Aldrin lo fotografía antes de proceder a una minuciosa inspección del módulo lunar. Observa que, pensándolo bien, el cuerpo de descenso ha sufrido muy pocos desperfectos; las antenas y el motor están intactos. Constituye una sorpresa que los pies no se hundieran más.

Armstrong terminó a las 4 h. 25 min. su segunda recolección de muestras. Comienza entonces una segunda fase de la misión: los astronautas instalarán dos instrumentos científicos destinados a permanecer en servicio después de su partida. Constituyen el paquete A. S. E. P. (Apolo Scientific Experiments Package), que pesaba 77 kg. y ocupaba un volumen de 340 dm.3 en el cuadrante posterior izquierdo del cuerpo de descenso. Dichos aparatos son:

— Un reflector láser o L. R. R. R. (Laser RetroRanging Reflector), de 29,5 kg., constituido por una estructura cuadrada, de 47,7 cm. de lado, que lleva cien soportes, en cada uno de los cuales ha sido dispuesto un trozo de cubo de cuarzo, aislado térmicamente por un teflón y encerrado en aluminio hasta media altura. Esos elementos son otros tantos reflectores que tienen 3,8 cm. de diámetro —de donde resulta una superficie útil de 1.120 cm.2— y poseen la propiedad de reflejar la radiación exactamente en su dirección de origen, incluso si esta última varía en 50 a uno y otro lado de la perpendicular al reflector. Este aparato constituirá así un espejo para los relámpagos de luz coherente que le serán enviados por cañones de láser, de tal modo que la medida del tiempo de una ida y vuelta permita conocer con exactitud decimétrica la distancia entre la Tierra y la Luna, para poder deducir datos que conciernen, los unos a la Tierra (determinación exacta del eje de rotación de nuestro planeta), y los otros, a la Luna (sus deformaciones), o también a la mecánica celeste, con la consideración de factores de naturaleza que hagan variar la distancia que separa a ambos astros.

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Colocación del reflector laser L.R.R.R.

— Un sismómetro, concebido por el doctor Garry Latham, del Lamont Geological Observatory. Este aparato ultrasensible está destinado a la experiencia P. S. E. P. (Pasive Seismic Experiment Package). Funciona de acuerdo con el principio de los sismómetros terrestres; una masa suspendida, por su inercia, se halla desplazada con respecto a un armazón solidario con el suelo, cuando éste se mueve. La hazaña que se ha conseguido es haber obtenido un material compacto, a la vez ultrasensible y perfectamente adaptado a las condiciones lunares. Está constituido por cuatro subconjuntos: una protección mecánica y térmica (dos microrradiadores constituidos por fuentes de plutonio 238 que producen 15 W. cada una, y que permitirán que, durante la noche lunar, la temperatura descienda por debajo de —540 C.); un generador eléctrico que puede proporcionar hasta 46 W., gracias a dos paneles solares; un emisor- receptor- registrador que asegura la recogida de datos y su transmisión a la Tierra, y, por último, el bloque detector de las vibraciones del suelo (unas masas de 748,4 g., montadas en los extremos de tres brazos, aseguran que resulten evidentes las componentes de velocidad según las tres direcciones del espacio), capaz de discernir períodos breves y largos (operan entre 1 (7) y 250 Hz.).

11-instalacion del sismografo-metirta.online

Colocación de un sismómetro ultrasensible.

Para estos aparatos hay que hallar un terreno bastante llano donde, a la vez, estarán protegidos contra el soplo del motor de ascenso y contra los restos (kapton e incorel) que no dejarán de proyectarse durante el despegue. Ahí está la superioridad del hombre sobre los robots: «ve» el mundo exterior y es capaz de elegir, con conocimiento de causa, el lugar más interesante, con la exactitud y la elegancia de los gestos que aseguran el despliegue o la colocación de aparatos, con mucha más ventaja que cualquier automatismo.

Los astronautas colocan así el sismómetro al lado de un surco, a unos 25 m. del Eagle, aunque no sin trabajo: Armstrong se da cuenta de que es difícil de poner perfectamente el aparato de nivel. Además, si el panel de la derecha se ha desplegado enteramente solo, el de la izquierda ha tenido que ser sacado a mano. En cuanto al reflector láser, es colocado cerca de una roca, a unos 21 m. del Eagle, con su eje apuntando a la Tierra.

Los astronautas están conectados a sus equipos de supervivencia desde las 2 h. 12 min., pero todo va tan bien que, poco después de las 4 h. 30 min., el centro de Houston hace la siguiente proposición: que se prolongue quince minutos la salida. La tripulación acepta con entusiasmo. Los controladores piden a Armstrong que fotografíe el indicador de nivel del sismómetro —en esta ocasión, una bola que se desplaza sobre un casquete esférico—, mientras que Aldrin utiliza ese tiempo suplementario para una tercera recolección de muestras lunares. A las 4 h. 41 min., el centro de control le hace saber que dispone de diez minutos antes de emprender los preparativos del regreso. Éstos comenzarán a las 4 h. 53 min.

Se anuncia a los astronautas que el sismómetro funciona y que permite escuchar sus pasos; transmitirá los martillazos dados por Armstrong (1). Y a los astronautas se les pide lo siguiente: que tomen dos muestras y que luego suelten la bandera S. W. C. (medida del viento solar), que será retirada después de una exposición de setenta y siete minutos al viento solar.

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Aldrin al lado del un pie del Eagle.

El tiempo urge. La tripulación debe tomar la película que ha dejado en el cuerpo de descenso. Aún desea recoger algunas piedras lunares más, pero tropieza con la negativa del centro de Houston. Hay que regresar.

Aldrin vuelve entonces al Eagle, mientras Armstrong utiliza el L. E. C. para hacer pasar al habitáculo dos maletas en las que han sido colocados 21,7 kg. de muestras lunares. El L. E. C. está cubierto de un polvo que cae sobre Armstrong. El astronauta ha de hacer grandes esfuerzos; en ese momento, su ritmo cardiaco se ha elevado a 160 pulsaciones por minuto. Y se anuncia un nuevo éxito: el Lick Observatory ha recibido un eco láser del reflector colocado por los astronautas (8).

El centro de Houston tranquiliza a los astronautas: las reservas son suficientes para terminar sin apresuramiento la misión. Pronto se encuentra toda la preciada carga en el módulo lunar, al que Armstrong se reintegra después de una salida de 2 h. 47 min. 14 seg. Para esta operación es guiado de nuevo por Aldrin, pues la oscuridad continúa reinando en esta parte del módulo. La fantástica aventura ha terminado…

La puerta se cierra a las 5 h. 12 min. Los astronautas vuelven a presurizar su cabina y se quitan sus equipos. No es cosa fácil en el reducido habitáculo, complicando el polvo las operaciones (aunque se han cepillado antes de reintegrarse al Eagle). Y las comunicaciones con la Tierra van a volver a utilizar los sistemas del módulo, pero un error de maniobra tiene como consecuencia una momentánea interrupción de las comunicaciones. Todo volverá al orden y la antena será perfectamente orientada.

Sin embargo, la puerta del módulo vuelve a abrirse para que los astronautas puedan desembarazarse de toda la carga inútil, a fin de minimizar la masa que ha de ser arrancada de la atracción lunar. Sobre todo largan sus sistemas de supervivencia, algunas instalaciones del Eagle y los cartuchos de hidróxido de litio que han absorbido el gas carbónico de su respiración. La puerta se cierra definitivamente a las 5 h. 24 min.

13-la cabina en orbita a la luna-metirta.online

La cabina América en órbita por encima de la luna

Las transmisiones de televisión cesan a las 7 h. 47 min. 45 segundos, más, sin embargo, los astronautas no descansarán. Poco después de las 8 h., el centro de Houston los interroga. Se ha dispuesto una serie de diez preguntas, formuladas por los especialistas, y sería interesante que pudieran proporcionar algunas precisiones mientras

los recuerdos están aún muy recientes en su memoria. Los astronautas están de acuerdo en responder en el acto:

  1. ¿Cuál ha sido el ángulo de desviación del módulo lunar con relación a la trayectoria prevista? 130 a la izquierda de la sombra, estima la tripulación.
  2. ¿A qué profundidad han recogido las muestras de la segunda serie? Los astronautas dicen que han alcanzado una profundidad de 8 cm. sin hallar una resistencia notable, mientras que en otra parte se había manifestado a 4 cm., e incluso a 2.
  3. El contenido de la maleta número 2 lo describen así los astronautas: dos muestras, la bandera solar y un saco a medio llenar con piedras recogidas apresuradamente.
  4. Los surcos que se notaban bajo el motor de descenso ¿eran más oscuros o más claros que los terrenos circundantes? Los astronautas estiman que eran un poco más oscuros, pareciendo que los materiales lunares se habían quemado y proyectado a menos de diez metros del motor.
  5. ¿Ha chocado contra el suelo algún panel solar del sismómetro durante su desplazamiento? Sí, dos ángulos han tocado el suelo en unos 2 cm.
  6. ¿Qué fuerza hubo que desplegar para tomar las muestras? La penetración fue fácil en unos 5 cm., pero luego se hizo necesario golpear hasta los 20 cm., sosteniendo el martillo con las dos manos. Era difícil mantener el tubo vertical, evitando que se hundieran los terrenos contiguos, y se retiró una materia muy compacta, como mojada.
  7. La geología del lugar. Pregunta compleja a la que la tripulación pidió no responder hasta el día siguiente…
  8. Compresión del tren de aterrizaje. Fue muy escasa, la misma para las cuatro patas.
  9. Las grandes rocas de la colina, que se hallan delante del Eagle, ¿peligran proyectar una sombra prematura en el lugar cuando el Sol esté próximo a ocultarse? Los astronautas no lo piensan; tienen la impresión de que en esa dirección el terreno es tan llano como por los demás.
  10. ¿A qué distancia se hallaba el cráter del tamaño de un campo de fútbol, observado cuando se aproximaban, y en el que había bloques de rocas de 3 a 5 m. de altura? Debe de hallarse a más de 800 m. al oeste, y no mucho más, pues desde la base de la Tranquilidad se ven sus bordes, según observan los astronautas.

¿Por qué se hace la pregunta número 1, y por qué la pregunta número 10? Porque, aunque parezca increíble, en realidad no se sabe dónde se halla el Eagle. Es cierto que los astronautas se posaron en la región prevista del mar de la Tranquilidad, pero no en el punto que se había previsto de antemano: 23° 42′ 28″ E. y oci 42′ so” N. No se consigue situar exactamente su base; ante los mapas detallados de la región, trazados especialmente para el desembarco, los especialistas meditan; valiéndose de las indicaciones proporcionadas por Armstrong y Aldrin, intentaron sin éxito descubrir una zona que se pareciese a su descripción. Es un aspecto verdaderamente paradójico de la situación, el que centenares de millones de telespectadores vieran moverse sobre la Luna a esos hombres cuya voz se oía y con los cuales se podía hablar tan fácilmente como si estuviesen en la Tierra, y que, en realidad no se sabía exactamente dónde estaban… Se requirió el auxilio del Columbia. Poco después del alunizaje, los controladores de Houston indicaron a Michael Collins  la hora a la que debería pasar a la mínima distancia del Eagle, transmitiéndole las coordenadas del punto hacia el que sus aparatos de objetivo automático deberían dirigirse para que en su telescopio pudiera verse el módulo sobre el suelo lunar. Buscó en vano. Se le comunican nuevas coordenadas —7 y 8,0—, teniendo en cuenta datos que se recibieron durante el descenso. Pero Collins no pudo localizar al Eagle. La posición exacta sigue siendo desconocida en el momento en que Armstrong y Aldrin se han reintegrado a su cabina después de haber descrito el paisaje.

La ignorancia de las coordenadas lunares del Eagle no impedirá el regreso, pues, de todos modos, se sabe dónde se halla el módulo, con una decena de kilómetros de aproximación, y ello basta para fijar un programa de vuelo, preliminar para un seguimiento cibernético del Columbia. Mas, sin embargo, en Houston se felicitarían si conociesen las coordenadas exactas de Armstrong y de Aldrin, aunque sólo fuese para establecer un programa de vuelo óptimo. No se desespera de conseguirlo, consultando los mapas. Pero es en vano; durante todo el tiempo que dura la permanencia de los hombres en la Luna se ignora dónde se ha posado el Eagle. En realidad, no se sabrá hasta muy poco después de su regreso, habiéndose verificado un estudio de las fotografías del paisaje: se buscaba al Eagle al norte del punto fijado, y de hecho se hallaba a 7 km. al sudoeste.

14-nixon con los tres astronautas-metirta.online

Nixon habla con los tres astronautas recluidos en su celda de aislamiento

Una vez cumplida la misión, los astronautas pueden descansar un poco, antes de los preparativos de regreso.

Lograr que despegue el cuerpo de ascensión, sirviendo de plataforma el cuerpo de descenso, es una empresa que algunos juzgan temeraria; mientras que en la Tierra, en un medio del que se conocen todas las características, el lanzamiento de un cohete exige una poderosa infraestructura y la participación de numerosos técnicos, ahora, un pequeño ingenio, de fragilidad aparente, ha de despegar sólo de la Luna, sin que pueda esperar el menor auxilio si algo fallase.

En realidad, el riesgo de avería es nulo, teniendo en cuenta las medidas que se han tomado. En efecto, el motor del cuerpo de ascensión posee tres sistemas de encendido, independientes los tres y vigilados permanentemente desde la Tierra; la consigna era ordenar un despegue inmediato si uno de los tres sistemas hubiese sufrido un fallo.

La gran confianza que los astronautas tienen en su material se muestra en la tranquilidad de su sueño. Armstrong ha transformado los arreos en hamaca, contentándose Aldrin con dormir acurrucado en el suelo. Se despiertan poco después de las 15 h., cuando menos de tres horas los separan de un despegue que van a preparar muy tranquilamente, recibiendo de la Tierra las últimas instrucciones, una de las cuales consistirá especialmente en no conectar el radar al ordenador durante el vuelo propulsado, a fin de no correr el riesgo de verlo saltar, como sucedió cuando el descenso.

En espera de su despegue de la Luna, los astronautas repasan las preguntas 7, 9 y 10, que anteriormente les fueron hechas. «Hemos llegado precisamente a un lugar bastante despejado, en el que se observaban cráteres de diversos tamaños. Casi todos tenían rebordes. Sólo carecían de ellos algunos de los cráteres más pequeños. El suelo era como de arena finísima o de grafito en polvo. Hemos visto rocas muy diversas por su forma y por su aspecto, redondeadas unas y angulosas otras; su altura era de unos sesenta centímetros, y a veces, más. En algunas —aproximadamente en un 5 por 100— hemos observado grandes cristales. Unas rocas parecían estar sobre la superficie del terreno, mientras que otras aparecían como aflorando; además, al excavar con nuestras palas, hemos hallado rocas completamente enterradas.»

A las 17 h. 54 min., el Eagle, reducido a su cuerpo superior (4.818 kilogramos), salta hacia el cielo. Dos segundos le bastaron para hallarse a una altura de 5 m. sobre el suelo, con una velocidad que alcanzaba ya los 10 km./h., y que al cabo de ocho segundos llega a ser de 45 km./h., estando el ingenio a 5o m. Se eleva en vertical hasta 75 metros de altura, para tomar luego una inclinación de 520. La velocidad aumenta, y los astronautas ven alejarse el suelo lunar. Apenas se intranquilizan por las leves oscilaciones de su vehículo, descubriendo un vasto horizonte que muy pronto les permite descubrir el cráter Sabina. Aldrin cree haber visto un rayo láser emitido desde la Tierra. El vuelo propulsado dura siete minutos diecisiete segundos; se desarrolla exactamente de acuerdo con las previsiones, confiriendo a los astronautas (cuyo ritmo cardiaco se eleva a go pulsaciones por minuto en Armstrong y a 120 en Aldrin) una velocidad próxima a los 1.844 m./seg., que los pone en una órbita de 17,3/86,2 km., muy próxima a lo que se había previsto. Permitirá que se siga al Columbia en un escenario que se repite durante mucho tiempo (la órbita se vuelve circular por encima de la cara posterior, y luego lleva a una órbita de aproximación), escenario que ofrece toda garantía. En efecto, los astronautas no han dejado la Luna hasta que el Columbia ha sido captado por sus radares y éstos los unen al Apolo, haciendo que el Eagle desempeñe el papel de cabeza buscadora.

A las 21 h. 35 min. coinciden con Collins, el cual efectúa entonces su vigésimo séptima revolución en torno a la Luna. En caso de que hubiese sido materialmente imposible el acoplamiento de los dos vehículos, estaba previsto que los astronautas pudiesen regresar a la cabina mediante una salida al espacio, mas el acoplamiento de los dos ingenios se realizó sin ninguna dificultad, en una órbita de 111/116 km. Armstrong está en la cabina a las 23 h. 47 min.; Aldrin, a continuación, a las o h. 27 min.

No sin pena les será necesario separarse del Eagle, cuya desatelización habría exigido un suplemento de combustible (y disponen de ese suplemento, pues se había previsto para un despegue imposible, pero se prefirió reservar el preciado propergol para el caso de una eventual avería). De todos modos habría sido imposible hacer que el módulo llegase a la Tierra.

Fue lanzado a la 1 h. 05 min., y la operación duró siete segundos. Ello habría debido tener lugar después, pero se adelantó porque los astronautas se inquietaron a causa de un crujido. El Eagle se aleja a una velocidad de 2 km./h… Y el Apolo se sustrae a la atracción lunar a las 4 h. 55 min. 42 seg. El gran motor Apolo, consumiendo unas 5 ton. de combustible en dos minutos veintiocho segundos, hace que la velocidad del vehículo espacial se eleve en 1.004 m./seg., alejándose rápidamente de la Luna.

Es el 22 de julio; el viaje de regreso será bastante más rápido, debiéndose el acortamiento del vuelo al abordaje con las capas densas de la atmósfera, a una velocidad algo mayor (11.031 m./seg.), con la ventaja de una exactitud muy grande y de los beneficios que se derivan de una economía de tiempo.

La penetración en las capas densas de la atmósfera tiene lugar a las 16 h. 39 min. 3o seg. Y a las 16 h. 5o min. 35 seg. ameriza la cabina en el Pacífico (llega cabeza abajo, y es enderezada mediante globos de inflamiento), a 45o km. al sur de la isla Johnston, a 169,09° W. y 13,6° N., a 1,5 km. del punto previsto, a 15 km. del portaaviones Hornet, en el que el presidente Nixon espera a la tripulación.

 

 Es un gran triunfo.

Un triunfo que, sin embargo, adopta un carácter extraño, en el sentido de que, en el buque que se ha convertido en el Hornet + 3, se tratará a los héroes como unos apestados…

Es una antigua historia. Se sabía que no había vida . la Luna. Más, al no tenerse una absoluta seguridad a tal propósito, algunos temieron que la llegada de gérmenes lunares contaminara toda la Tierra.

Por pequeño que fuese el peligro, el ministro estadounidense del Interior no quiso correrlo; por esta razón se tomaron medidas cuyo fin era preservar a los astronautas, a su regreso, de todo contacto directo con la Tierra.

Así, habiéndose posado su cabina en el mar, se llegó hasta ellos Glancey Hatleberg, un hombre-rana que llevaba una careta con filtro para y entregó a la tripulación el B. I. G. (Biological Isolation aannent), o traje de aislamiento biológico, que los astronautas se vistieron, y en el que una careta filtra el aire que aspiran. Todo ello exige un tiempo. Hasta las 17 h. 49 min. no puede ser evacuado Armstrong, seguido por Aldrin, y luego, por Collins a las 17 h. 53 min., acomodándose los astronautas en el helicóptero 66. Y cuando este último llega al portaaviones, a las 18 h. 12 min., pueden dar unos pasos para atravesar el puente —aunque inmediatamente detrás de ellos era proyectado un aerosol esterilizador— antes de llegar… a una celda de aislamiento.

Ése es el nombre que se dio a un habitáculo de 9,6 m. de largo, como las caravanas que remolcan los vehículos, compuesto por tres habitaciones: sala de estar, dormitorio y aseo con una cocina (los alimentos llegaban del exterior a través de una especie de exclusa o compartimiento estanco). Confortable, el habitáculo estaba dispuesto para seis hombres, pero en realidad sólo lo ocupan cinco, pues a los astronautas (que saldrán de él por un instante, a través de un túnel, para ir a la cabina a buscar las muestras lunares) sólo los acompañan un técnico de la N. A. S. A. —John Hirasaki— y su médico, el doctor William Carpenter, dando éste, rápidamente, el siguiente diagnóstico, corroborado por un análisis de sangre (que revela que el número de glóbulos no ha variado prácticamente): «No existe el menor signo de que los astronautas hayan traído de la Luna ninguna contaminación». Y la alegría de la tripulación se ve duplicada por una comida de verdad, la primera desde que salieron de la Tierra, consistente en una tortilla de queso, un filete de solomillo bajo y tortitas.

Es algo después de las 17 h. cuando el Hornet llega a Pearl Harbour, el 26 de julio, donde se le tributa un caluroso recibimiento, a la vez que pintoresco, solemne por la presencia del gobernador de Hawai, del alcalde de Honolulú y del almirante que manda las fuerzas estadounidenses en el Pacífico. Los astronautas no salen de su celda. Esta última es cargada —no sin trabajo— en un camión, a los sones del Harvest Moon y de Impossible Dream, con una tripulación en posición de firmes, con el uniforme blanco de gala.

Y el camión llega a la base aérea de Hickam. Allí, nuevo traslado —a un avión C 141— y nueva ceremonia, aunque mucho más breve. El aterrizaje en Ellington tiene lugar el 27 de julio, a las 6 h. 57 minutos.

15-primer mapa cara oculta de la luna-metirta.online

Primer mapa de la cara posterior de la luna . 1966.

En el aeródromo están todos los responsables del programa Apolo, que han acudido a pesar de lo avanzado de la hora (es la i h. 57 min. en Houston). Los astronautas vuelven a ver a sus esposas por primera vez después de su hazaña, y mediante un intercomunicador pueden hacer declaraciones. La de Aldrin traduce una gran confianza; el astronauta considera que la conquista de la Luna acelerará la unión de la humanidad. Millares de personas aclaman a los tres hombres a lo largo del camino que separa al aeródromo del centro espacial.

A las 8 h. 30 min., vistiendo monos azules, penetran en el L. R. L. o Lunar Receiving Laboratory, edificio 37 del centro de Houston, especialmente concebido para ellos, y en el que todo lo procedente de la Luna podrá permanecer totalmente aislado durante cierto tiempo. En el interior reina una reducida presión, de modo que el aire exterior puede entrar filtrado, mientras que todo el que salga se calcinará. La parte habitable es muy vasta. Mide 3.400 m.2 y comprende seis habitaciones (para los astronautas y sus médicos), una sala de estar, un refectorio, un «locutorio» (los astronautas hablan con sus visitantes a través de un inmenso cristal), un gimnasio, una sala de juego y numerosas instalaciones. En total, 17 personas ocupan el L. R. L.; el diagnóstico del director es, por lo pronto, el siguiente: «Es muy improbable que los astronautas hayan traído de la Luna alguna enfermedad». Más, sin embargo, se mantienen las consignas…

Cuando los astronautas salen del L. R. L. es el 2 de agosto. Ha transcurrido un mes, día tras día, desde el comienzo de la cuenta atrás que precedió al fantástico viaje.

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LÉXICO DE LOS ALUNIZAJES.

Volveremos a pisar la LUNA en 2024

El 20 de julio de 1969 el mundo entero si-guió en directo una de las mayores hazañas de la Humanidad. Era Neil Armstrong quien pisaba por primera vez la luna, cuatro días después de comenzar la misión del Apolo XI. Ahora, según ha informado el vicepresidente Mike Pence en el Centro Espacial y de Cohetes de EEUU en Hunts-ville (Alabama), la Administración norteamericana tiene un objetivo muy claro para la carrera espacial: volver a la Luna en los próximos cinco años. En sus propias palabras se resumen las ideas más claras del proyecto: “La primera mujer y el próximo hombre que vuelvan a pisar su suelo sean ciudadanos estadounidenses lanzados por cohetes estadounidenses y desde suelo estadounidense”. El objetivo de esta especial misión es un aterrizaje en el polo sur lunar, donde existen depósitos de hielo, por lo que se considera un área de gran valor científico y estratégico. En este caso se usarán sistemas innovadores para explorar más ubicaciones en la superficie de lo que nunca se creyó posible para poder recabar el mayor número de datos de la luna. Pero es que la pretensión de este proyecto va más allá: tiene unos objetivos mayores a un plazo de tiempo también mayor. No en vano, tratará de poder desarrollar tecnología punta para llegar al Planeta Rojo y explorar incluso otros mundos. En abril de 2017, con Donald Trump ya en la presidencia de los EE.UU., se exigió a la NASA que se aceleraran todos los proyectos relacionados con la exploración especial, en concreto, la meta de enviar humanos a Marte cuya fecha está fijada en la década de 2030.

NOTAS

(1) Para explicar acontecimientos que interesan a la Tierra entera, nos parece acertado adoptar el tiempo universal (T. U.); la hora de París puede deducirse de él añadiendo una hora; la hora de Houston (Estados Unidos), restándole cuatro horas. Así, la salida de Cabo Kennedy efectuada a las 13 h. 32 min. T. U., debe traducirse a 9 h. 32 min. (hora local).

(2) Todas las indicaciones de peso, dadas en toneladas, se refieren a la pesantez al nivel del suelo terrestre.

(3) El comienzo de una treintena de líneas telefónicas.

(4) Oficialmente los astronautas dejaron sus botas en la Luna. Armstrong tuvo mucho interés en traerse las suyas «a escondidas», y las muestra en las grandes ocasiones.

(5) 1 psi: 2 libra por pulgada cuadrada.

(6) En el habitáculo del módulo el equipo fotográfico de los astronautas constaba de dos Hasselblad de 70 mm. (una lente de f/4,5 Zeiss les aseguraba un campo de 710 con puesta a punto de 30 cm. en el infinito). Además, se había montado en la ventanilla una cámara Maurer de 16 mm., de velocidad variable (1 a 24 imágenes por segundo).

(7) La vida de este aparato será breve; sólo funcionará hasta el 23 de agosto, no sin haber transmitido indicaciones útiles, haciendo posible distinguir tres clases de sacudidas, imputables, respectivamente, a derrumbamientos, a caídas de meteoritos y a verdaderos sismos.

(8) Los sondajes podrán llegar a ser sistemáticos a partir del 1 de agosto (80 por 100 de los intentos, coronados por el éxito).

 

 

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