EL DESARROLLO SOSTENIBLE, UN PROYECTO DE CIVILIZACIÓN.

POR. DOMINIQUE BOURG

Profesor de la universidad de Troyes. Director del Centro de investigación y estudios interdisciplinarios sobre el desarrollo sostenible

En el tema del desarrollo sostenible ocurre algo parecido a lo que sucede con Dios en la teología negativa: más allá de los eslógans y de algunas fórmulas consagradas, no sabemos positivamente y concretamente qué es.

 Sabemos, en cambio, de forma mucho más clara lo que no es y no puede ser de ningún modo, por ejemplo, la eternización de las grandes tendencias de nuestras sociedades. El reto del desarrollo sostenible supone, pues, nada menos que la edificación de otra civilización que deberá romper parcialmente con la nuestra.

 La definición en adelante canónica del desarrollo sostenible ha sido propuesta por la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, creada a iniciativa de la ONU en 1983. La comisión fue presidida por la antigua primer ministro de Noruega, Gro Harlem Brundtland, y publicó los resultados de sus trabajos en 1987, en un informe titulado «Nuestro porvenir común».

 Según esta comisión, el desarrollo sostenible es «el desarrollo que responde a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de responder a las suyas»; lo que implica que no se pongan «en peligro los sistemas naturales que nos hacen vivir: la atmósfera, el agua, los suelos y los seres vivos». La contradicción con nuestro modo actual de desarrollo es patente.

 Hemos perturbado todos los grandes ciclos biogeoquímicos de la biosfera: por ejemplo, el del carbono, hasta el punto de derivar hacia un porvenir climático amenazador; el del nitrógeno, hasta saturar los suelos y las aguas; el del azufre, hasta desestabilizar ecosistemas forestales enteros, como, por ejemplo, los bosques de los Vosgos, etc. Nuestra obsesión por la riqueza a corto plazo desemboca, así, en una perturbación a largo plazo del sistema Tierra: a partir del fin del siglo, la elevación de la temperatura media podría superar ampliamente los diez grados en las latitudes más elevadas; las capacidades de absorción del carbono por el océano podrían estar alteradas por un período de miles de años; la erosión acelerada de la diversidad de los seres vivos puede poner en peligro la evolución de las especies en el futuro durante millones de años, etc.

 Lo que no es el desarrollo sostenible no podría ser más claro: por ejemplo, ignorar o negar los efectos a largo plazo de nuestras acciones, remitirse cínicamente a la pretendida capacidad de las técnicas de nuestros descendientes para resolver los problemas que nosotros creamos, abandonar la regulación de nuestras relaciones con el medio al control exclusivo del mercado, etc.

 ¿Cuáles podrían ser, en cambio, las principales características de una sociedad sostenible? Una sociedad cuyos sistemas de producción no se basaran ya en un aumento constante del flujo de materia y de energía; cuyas formas de consumo estuvieran fundadas en la duración de los servicios prestados y no en la obsolescencia acelerada de los objetos; cuyas modalidades de intercambio no fueran ya energéticamente despilfarradoras; cuya investigación respondiera más a las necesidades de la sociedad que a los requerimientos del mercado.

 Las grandes elecciones sociales serían el resultado de procedimientos participativos, fundados en la información y la participación del mayor número de personas. El desarrollo sostenible es también una nueva comprensión del interés general, que integra nuestros intereses futuros, los de las generaciones que vendrán y los de los otros seres vivos. Así, son temas de interés general la preservación de los sistemas naturales que condicionan nuestra existencia: por ejemplo, el aire, el agua, los suelos, la biodiversidad o el clima, y los beneficios ecológicos que nos proporcionan, como la regulación de la temperatura y del régimen de lluvias, la polinización, la regeneración de la fertilidad de los suelos, la purificación del aire y del agua, etc.

 La universalidad propia del interés general así concebido no excluye en absoluto una declinación plural del desarrollo sostenible, según las herencias culturales y naturales, que aproveche las producciones de la imaginación social. Volvamos ahora a las grandes orientaciones y elecciones colectivas que constituyen la base de una civilización. En nuestras sociedades todo ocurre como si hubiéramos cedido en exclusiva su posibilidad a dos automatismos: los del mercado y el progreso.

Pero tan poco satisfactorio es el uno como el otro. Porque, con excepción de circunstancias excepcionales, como, por ejemplo, un referéndum, no hay demasiado lugar en nuestras sociedades para la expresión concreta de la voluntad colectiva. Se supone que el individuo decide directa y soberanamente sobre sus fines propios, en primer lugar sobre la felicidad, e, indirectamente, sobre un montón de otras cosas por preferencias acumuladas, a través del mercado.

¿Pero es posible ser feliz bajo un clima amenazador, cuando las elecciones de otros atentan contra la salud personal, es decir, contra la naturaleza humana?

En cuanto al progreso técnico, se parece cada vez más a una carrera loca en pos de la velocidad y la potencia, que no tiene ya una relación evidente con la mejora de la condición del mayor número de personas posible. Actualmente, algunas visiones del progreso ya no tienen nada que ver con la esperanza de Chancelier Bacon de una vuelta al estado de plenitud de Adán y Eva antes de la caída.

 ¿No provocan, por ejemplo, más espanto que entusiasmo las ideas de una humanidad que devasta el universo en busca de energía, o la de poder vivir siglos? Una sociedad sostenible debería afrontar, al contrario, las dificultades mencionadas y, en primer lugar, las contradicciones entre nuestros intereses respectivos.

 Debería permitirnos decidir juntos sobre el porvenir que queremos y, sobre todo, rechazar el que no queremos a ningún precio. Debería esforzarse en proporcionar la posibilidad de realizar elecciones propiamente individuales, sin rechazar las que sólo pueden ser colectivas y que condicionan en parte la realización de muchas de nuestras elecciones personales.

El medio ambiente ha encarnado siempre esta parte de la realidad en que debe producirse una armonización entre las libertades individuales y las colectivas.

365 DÍAS POR LA TIERRA IMÁGENES SOBRE EL DESARROLLO SOSTENIBLE RECOGIDAS POR EL FOTÓGRAFO

YANN ARTHUSBERTRAND

El desarrollo sostenible, un proyecto de civilización Dominique Bourg

FOTOGRAFÍAS

Corazón de Voh en 2002, Nueva Caledonia, Francia (20°57′ S-164°41′ E)

 ¡No, este claro no ha sido dibujado por el hombre! La acción de la naturaleza se encuentra en el origen de este corazón trazado en el manglar, cerca de Voh, en la costa oeste de la isla de Grande-Terre.

 Los manglares o mangroves están formados por árboles adaptados a las mareas de agua salina, los mangles. En estos bosques aparecen superficies de suelo desnudo (las taimas) con formas que surgen al azar.

 Se trata de sectores más elevados, y que por ello se inundan con menos frecuencia, donde la sal se concentra por evaporación y provoca la muerte de los mangles.

 Este fenómeno ha dado origen al corazón de Voh. Al sobrevolar el corazón en el año 2002 se ha podido comprobar la evolución de su aspecto desde las tomas de 1990.

Corazón de Voh

 La vegetación ha vuelto a crecer en el interior del corazón, de donde la sal la había expulsado en un espacio de 4 hectáreas, a consecuencia de un descenso de la salinidad provocado por un cambio de las condiciones de inundación por las mareas. La mancha clara en el follaje es debida al viento provocado por las hélices del segundo helicóptero. Si la salinidad sigue bajando, el manglar ocupará por completo el corazón.

 Si la salinidad vuelve a aumentar, el corazón se reconstituirá. La naturaleza decide. ¿Tendremos que volver de nuevo a comprobarlo?

Cumbre nevada del volcán Villarrica, Chile (39°25′ S-71″57′ O)

El Villarrica es uno de los volcanes más activos del planeta y los gases sulfurosos que des  prende recuerdan de forma permanente que su cráter alberga un lago de lava en ebullición.

Sus últimas erupciones —en 1964, 1971 y 1984— provocaron, cada una, una treintena de muertos. Las próximas podrían ser más mortíferas aún, ya que el número de turistas que acuden a esquiar a la región aumenta progresivamente. Sin embargo, la Oficina Regional de Emergencia vigila de cerca la actividad del volcán.

Volcán Villarica, Chile.

 La menor explosión acompañada de un penacho de humo negro desencadena el estado de alerta. Entonces los esquiadores son invitados a evitar las pistas, mientras los habitantes de las ciudades vecinas siguen el plan de evacuación para el que han sido entrenados.

 Desde hace unos treinta años, Chile, amenazado por sus 2.085 volcanes y víctima de frecuentes seísmos, ha puesto a punto una gestión más eficaz de las catástrofes naturales gracias a los consejos de expertos internacionales (Banco Mundial, PNUD, etc.) y a la estrecha colaboración entre los estados sudamericanos, que, en conjunto, han conseguido reducir en dos tercios el número de muertes imputables a estos sucesos en el continente.

Barea en los pantanos del delta del Okavango, Botswana (18°45′ S-22°45′ E)

Sólo el mokoro, una fina embarcación tradicional que se fabrica vaciando un tronco de árbol, permite a las poblaciones locales desplazarse por el laberinto pantanoso donde viene a perderse el tercer río del África austral. Después de un periplo de 1.300 km iniciado en Angola, el Okavango acaba aquí, al norte de Botswana, en un vasto delta interior de unos 15.000 km2 de superficie.

 Nunca llegará a alcanzar el mar, ya que sus 12 mil millones de metros cúbicos de agua son aspirados poco a poco por el desierto del Kalahari o se evaporan en el aire reseco.

Pantanos del delta del okavango, Bostswana.

Antes de desaparecer, el río forma una amplia zona húmeda poblada por un número prodigioso de animales salvajes. Pero la invasión anual de unos 45.000 turistas y un proyecto de drenaje de los ríos amenazan hoy a estos pantanos y a su fauna.

 La rápida reducción de la superficie de los pantanos y de los estuarios es un problema mundial, puesto que, desde 1990, han desaparecido ya la mitad de los humedales del planeta. Sin embargo, estas zonas húmedas desempeñan un papel fundamental para la comunidad humana; particularmente, en la regulación de las inundaciones y la preservación de nuestros recursos de agua potable.

Secado de telas para saris, Jaipur, región de Rajasthan, India (26°24′ N-75°48′ E)

 En el noroeste de la India, en la región de Rajasthan, la industria textil es un arte ancestral que domina la comunidad chipa, de pintores y tintoreros. La cúrcuma o la corteza de granada permiten teñir las telas de amarillo mediante una técnica de anudamiento. Luego éstas se tienden al sol, y posteriormente se sumergen en una solución destinada a fijar los colores.

Después de dos o tres lavados y un último secado, los saris están listos para la venta. Tras esta prenda femenina tradicional se oculta un estatus igualmente «tradicional» de la mujer.

Secado de telas para saris. India.

 Las costumbres se relajan, pero, una vez casada, a menudo la mujer rajputa vive todavía «en purdha», es decir, enclaustrada en su casa por razones de conveniencias.

 En la India, cerca del 90 % de los matrimonios siguen siendo arreglados, y los anuncios clasificados de las páginas del diario del domingo todavía se dividen por castas. Finalmente, la situación de las mujeres divorciadas o las madres solteras está tan mal vista en el país que no existen estadísticas sobre ellas.

Rebaño de vacas en las llanuras que bordean el río Chimehuín, provincia de Neuquén, Argentina (40°3′ S-71°4′ O)

 Este rebaño de vacas de la raza Hereford, que atraviesa el río Chimehuín rodeado por gauchos, regresa a su campo de origen después de una transhumancia estacional hacia los pastos de altura de la cordillera de los Andes. Neuquén, en parte cubierto de estepa espinosa, ha favorecido, al igual que el conjunto de la Patagonia, la cría de ovinos respecto a la de los bovinos, que sigue siendo minoritaria en esta región.

 La mayor parte del ganado bovino del país, constituido por razas originarias sobre todo de Gran Bretaña y con cerca de 55 millones de cabezas, vive más al norte, en las grandes llanuras herbosas de la Pampa. Argentina, cuarto productor mundial, también exporta a todo el mundo carne de buey, que es muy apreciada.

Llanuras de río Chimehuín, provincia de Neuquén. Argentina.

 Los argentinos, grandes aficionados a las parrilladas de carne, son los mayores consumidores de bovino con casi 65 kg por habitante y año. Característico de un régimen alimentario «rico», en Occidente el consumo anual de carne bovina es de 45 kg en el caso de Estados Unidos y de 38 kg en el de Australia, cifras que contrastan con los 6,5 kg que se consumen en Filipinas, los 4,2 kg en China (un consumo que se ha duplicado en cinco años) y el 1,5 en la India…

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