EL CRISTIANISMO SE CONVIERTE EN RELIGIÓN DE ESTADO.

La fe se difunde

A finales de la Antigüedad clásica, el emperador Constantino declaró el cristianismo religión de Estado. Siguieron tres concilios, o reuniones de obispos, en los que se tenían que establecer las bases de la religión. Sin embargo, los prelados no consiguieron llegar a un acuerdo en la totalidad de los asuntos tratados. La propia cuestión de la divinidad de Jesús originó ya las primeras divisiones. Pese a todo, la Iglesia siguió creciendo. Al principio, se daba importancia sobre todo a la conversión de las ciudades. Una vez evangelizada su población, los obispos difundían la religión en las localidades de los alrededores. Surgieron así distintos distritos administrativos, las diócesis (del griego, «provincias»). Por lo general, los campesinos abrazaban la fe de su señor. Los obispos muy influyentes recibieron en las regiones orientales el nombre de Patriarcas, y en Roma el de Papas (del latín pacer). Para los obispos romanos era muy importante la labor misional y ampliar su zona de influencia. Convirtieron a muchos miembros de la clase privilegiada al cristianismo, lo que supuso que fuera creciendo su prestigio y que su ámbito de influjo se extendiera por todo el Imperio Romano. La mayoría de miembros de la comunidad romana eran acaudalados, por lo que pudieron ayudar económicamente a otras comunidades.

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La estatua de san Pedro se levantó en la Ciudad del Vaticano para honrar al primer Papa de la Iglesia católica.

El primer concilio ecuménico

Los patriarcas de Oriente vieron en la potestad creciente de la comunidad romana una amenaza para su libertad de decisión. La pugna entre Oriente y Occidente se zanjó de golpe cuando en el año 312 Constantino I el Grande venció al ejército de Majencio y asumió las riendas del Imperio Romano. Al año siguiente llevó a cabo la equiparación legal del cristianismo con las otras religiones y comenzó a construir iglesias. Constantino confiaba en que el cristianismo estabilizase su nuevo imperio e intentó unificar las Iglesias cristianas mediante una organización centralizada. Pero por aquel entonces las distintas doctrinas se habían alejado tanto entre sí que le resultaba imposible conseguir una conciliación entre todas ellas. Para evitar la amenaza acuciante de la división del cristianismo, en el año 325 el emperador convocó un concilio con el objetivo de que los 1.800 obispos existentes estableciesen un credo unitario. Sin embargo, en esas primeras discusiones sobre la doctrina cristiana tras el Concilio apostólico de Jerusalén sólo participaron unos 300. Históricamente se conoce como Concilio de Nicea, y está considerado el primer concilio ecuménico (universal). Uno de los puntos más discutidos de este congreso abordaba la verdadera naturaleza de Jesús: la cuestión concreta versaba sobre si Jesús era un ser creado por Dios, es decir, mortal, o un ser divino y, por ende, inmortal. Al final, se optó por esto último, y se incluyó al Espíritu Santo, de modo que a partir de entonces prevaleció la idea de una Trinidad divina. Asimismo, en este primer concilio ecuménico se fijó de manera vinculante la fecha de la celebración de la Pascua. Pese a que casi todos los obispos aprobaron el credo de Nicea, la Iglesia continuó dividida.

 

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