El Barroco

EL BARROCO

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Luis de Góngora (obra atribuida a Velázquez) Col. Lázaro. Madrid.

La madurez de las formas literarias renacentistas declina en el siglo XVIII, al compás de las restantes manifestaciones artísticas, hacia un estilo confuso, de rebuscadas Omágenes y múltiples recursos retóricos, afectados y pedantes. Es la literatura barroca, que adquiere diversos nombres según los países.

Así, en Italia se llama «marinismo», denominación determinada por la obra de Giovan Battista Marino (1569-1625), poeta de complicadas metáforas y juegos verbales: en Inglaterra la hemos visto aparecer bajo el nombre de «eufuismo»: en Francia se conoce por «preciosismo» y fue cultivado en los salones literarios de las grandes damas.

En España, los jefes de escuela de la época barroca son Góngora y Quevedo. Pero existió también un grupo de poetan reacios a aceptar las nuevas tendencias, encabezados por los hermanos Argensola, Leonardo y Bartolomé, y Rodrigo Caro (1573-1647), famoso por su Canción a las ruinas de Itálica.

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) de ascendencia noble, fue el lejano precursor de lo que hoy se denomina «poesía pura». Su extraordinaria capacidad para la metáfora y la imagen fulgurante pone de manifiesto su origen andaluz (nació en Córdoba). Para Góngora la poesía es siempre un juego de imaginación que él sitúa en la categoría más elevada, tanto si cultiva el género popular de las letrillas o los romances (Dejadme llorar, orillas del mar), como si se sumerge en oscuras composiciones, sembradas de motivos mitológicos, cuya forma alambicada y enfática dificulta la lectura. El «culteranismo», nombre con que se conoció el estilo de Góngora y de sus seguidores, fue muy fustigado por los autores de la época y combatido más tarde, pero la calidad poética que encierra la más artificiosa de sus imágenes ha mantenido a aquel autor en el rango de los más brillantes arquetipos de la creación estética del Barroco. Frente al Góngora oscuro e indescifrable, de las Soledades y de la Fábula de Polifemo y Galatea, permanece el Góngora de los Sonetos, piezas diamantinas en la literatura española.

Si el «culteranismo» se valió de la filigrana colorista, de la sonoridad y del adorno estilístico para expresar un contenido vago que, por obra de esa riqueza exterior, queda sumergido en un segundo plano, el llamado «conceptismo» apela a un laconismo deliberado, que busca, por encima del alarde estilístico, la concisión en el concepto. El juego poético es enfocado por los conceptistas únicamente en función del sentido, no en función de la forma, de la sonoridad o del exotismo del vocablo.

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Francisco de Quevedo (obra atribuida a Velázquez) Inst. Valencia D. Juan. Madrid

Relevante figura del conceptismo fue Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). Hombre de vida agitada, cortesano y político que conoció el favor del rey Felipe IV, pero también la desgracia y la prisión, dejó, por obra de su ingenio excepcional, una huella profunda en las letras españolas. Fue gran lírico, ascético, político y filósofo, novelista, crítico e historiador. No hubo rama de la literatura en la que no destacara muy por encima de sus contemporáneos, Podía ser agudo y mordaz, tierno y sonriente solemne y grave. Fue un técnico extraordinario de la expresión, creador de formas nuevas y recopilador del vocabulario de las capas más bajas de la sociedad. Quevedo se complace en el retruécano, en la caricatura y en la sátira; pero en otras ocasiones, su estilo se afina y condensa, para expresar, con grave acento estoico, sus sentimientos cristianos. Como poeta cultivó diversos géneros, pero destaca por sus sonetos, ya festivos, en los que da rienda suelta a su ingenio burlón, ya de tono elevado, que dan fe de los grandes contrastes en que se movía su espíritu.

En la prosa, entre los varios aspectos en que se manifestó, descuella El Buscón, novela picaresca en la que la caricatura deforma la realidad, pero que, resulta un crudo aguafuerte de la sociedad española ; Los Sueños, visiones personalísimas y la mayoría de las veces sarcásticas de diversos motivos ; las críticas literarias en contra del culteranismo, contenidas en La culta latiniparla ; los tratados político-morales, de recortado estilo y hondo contenido, tales como Marco Bruto y Política de Dios y gobierno de Cristo; finalmente, son totalmente festivas, de un humor que no ha perdido modernidad, las Cartas del Caballero de la Tenaza.

Baltasar Gracián (1601-1658) llevó al conceptismo a sus últimos extremos: Supo definir la naturalidad de estilo y el arte de la concisión, pero también él derrochó ingenio para crear expresiones nuevas e invenciones alegóricas, de intención moralizadora y satírica. En El Héroe, El Político y El Discreto trata de describir al hombre perfecto. Su obra principal es El Criticón, novela filosófico-alegórica, cuyos personajes son símbolos de la naturaleza y de la razón.

España conoce tiempos de decadencia política, y la amargura se refleja en la literatura del momento. Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648) se opone al maquiavelismo en su tratado del buen gobierno, Idea de un príncipe político cristiano, y somete a crítica a la época en la República Literaria.

La corriente barroca se extendió por América. Son culteranistas gongorinos el brasileño Gregorio Matos (1633-1696), los mexicanos Manuel de Olivos y Sor Juana Inés de la Cruz, el peruano Juan de Ayllón y el argentino Luis José de Tejeda y Guzmán, entre otros muchos.

De la literatura germánica de la época interesa destacar la novela, al estilo picaresco español, de Hans Jakob Grimmelshausen (1625-1676), llamada El aventurero Simplicísimo. La Guerra de los Treinta Años sirve de telón de fondo para una sucesión de episodios en los que el pícaro se desenvuelve haciendo gala de una sencillez de espíritu que lo diferencia, a la postre, de su antecedente español. La intención realista queda paliada por el sentido moralizador y la tendencia hacia lo abstracto, lo cual acaba por restar, a una obra de indudable mérito, espontaneidad de expresión.

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John Milton

De esta época data también el poema épico El Paraíso perdido, del inglés John Milton (1608-1674). Obra concebida en el espíritu del Puritanismo, infunde respeto por su ambición y elocuencia, pero su fuerza lírica es escasa y carece en conjunto de la sugestión necesaria para dejar huella en el ánimo del lector.

 

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