El Ángel de la Guarda

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

En el Museo Británico de Londres se puede observar la imagen de un ángel guardián que había pertenecido a un palacio de los asirios. La creencia en la figura del ángel custodio existía antes de la religión judeocristiana. Aparece también en los paganos antiguos, como Menandro y Plutarco. El mismo Nabucodonosor el Grande afirma: «Él (Marduk) envió una deidad tutelar (un querubín) para ir a mi lado. En todo lo que hice, hizo que mi trabajo tuviera suerte». En la antigua Mesopotamia, las personas creían que los llamados «massar sulmi», equivalentes a nuestros ángeles, eran dioses personales. También en la religión de Zoroastro existían esos espíritus buenos llamados «fravashis», que protegían a las personas.

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Entre los socráticos griegos, el ángel se llamaba «deamon». Sócrates estaba convencido de que un «deamon» o ángel, como se le llamaría más tarde a esos espíritus protectores, le impedía realizar una acción que no fuera a resultar útil. Así, tras haber decretado la justicia que estaba corrompiendo a la juventud con su doctrina, Sócrates explicó por qué no quiso recurrir y aceptó la sentencia de muerte. Según él, durante el juicio no escuchó la voz acostumbrada y, por tanto, supuso que su ángel le pedía que aceptase la sentencia.

Mientras la existencia de los ángeles es doctrina oficial del Cristianismo, la de la figura del ángel de la guarda, tal como es conocida popularmente, es decir, como un ángel personal para cada persona, no lo es. Sin embargo, está admitida como tal desde los orígenes de la Iglesia y posee fuertes fundamentos bíblicos. Los Padres de la Iglesia, considerados los primeros teóricos de la teología cristiana, admitieron a partir del siglo III de la era cristiana la existencia de un ángel de la guarda para cada ser humano.

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La única discusión versaba sobre si dicho ángel era asignado por Dios solo para los bautizados o para todos sin distinción. Al principio, San Basilio y también San Juan Crisóstomo preferían pensar que dicho privilegio debía ser solo para los que habían recibido el bautismo de la fe. Más tarde, esa doctrina desapareció y hoy nadie sostiene que solo los bautizados o los creyentes pueden gozar de la presencia amiga de un ángel desde el momento de su nacimiento hasta la hora final de la muerte. San Jerónimo siempre defendió la existencia del ángel de la guarda con estas palabras: « ¡Qué grande la dignidad del alma, puesto que cada uno posee, desde el nacimiento, un ángel encargado de guardarla!». Lo mismo afirmaría Santo Tomás de Aquino, el gran paladín de la existencia de los ángeles, quien escribió: «La protección de nuestros ángeles ha sido decidida por la providencia… Por eso, ya desde el nacimiento, el hombre tiene un ángel que le ha sido dado para su protección».

 

EL ÁNGEL QUE ACOMPAÑA AL JOVEN TOBÍAS

En la liturgia de la Iglesia existen miles de oraciones e invocaciones a los ángeles custodios. Nadie pone hoy en duda su existencia. Para los cristianos, la creencia en el ángel de la guarda se fundamenta en el Salmo 90 de la Biblia, cuando el salmista afirma: «Dios mandó a tu ángel para que te guarde en todos los caminos».

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Otro texto bíblico alegado como prueba de la existencia de un ángel personal para cada ser humano es el que aparece en el libro de Tobías, a quien en un viaje le acompaña, para protegerlo, el ángel Rafael. El joven Tobías había sido enviado por su padre para recuperar una cierta cantidad de dinero que serviría para ayudar a su mujer después de la muerte de su padre. Durante el viaje, se le aparece un joven que le ayudará a recuperar dicho dinero. El ángel le hace tomar un pez cuyo hígado serviría más tarde para recuperar la visión de su padre. Con la ayuda del joven, que se le revelaría al final como el ángel Rafael, Tobías no solo recupera el dinero, sino que volvería a casa con una mujer. Dicho relato bíblico fue leído ya en las primeras comunidades cristianas y entendido como la demostración de que cada uno es guiado por un ángel que se hace presente, de las formas más diversas, en los momentos cruciales de la vida.

Muchos teólogos no solo sostienen la existencia del ángel de la guarda destinado a las personas, sino que existiría también un ángel de la guarda para cada ciudad, pueblo, comunidad o nación. El santo español Francisco Ferrer cuenta en su vida que un día se le apareció el ángel de Barcelona, su ciudad. La misma Iglesia tendría su ángel defensor, que sería San Miguel, que era el protector del pueblo de Israel. La Iglesia, que se considera la «nuevo Israel», escogió también al arcángel San Miguel como su ángel protector. San Ambrosio estaba convencido, como él mismo escribió, que no solo las personas y los pueblos tenían su ángel, sino que «todo está lleno de ángeles: el aire, la tierra el mar y las mismas iglesias sujetas a su vigilancia». De él se cuenta que, teniendo que abandonar su diócesis, antes fue a despedirse del ángel de la guarda de la misma.

 

CONVIVENCIA CON PROFETAS Y PATRIARCAS

En la Biblia, el documento histórico religioso más importante tanto de la religión judía como de la cristiana, los ángeles aparecen inmediatamente. Son miles las citaciones sobre los ángeles. Se podría decir que los patriarcas y los profetas y todo el pueblo de Israel convivía con los ángeles con la máxima naturalidad. Y enseguida aparece también cómo los ángeles ayudan a las personas concretas. Así libran del peligro a Lot. A Moisés, Dios le dice: «Un ángel caminará delante de ti». Daniel se confía a diez ángeles y en el terrible episodio de Abrahán, a quien Yahvé le había pedido que sacrificara a su hijo para demostrarla su fe, es su ángel de la guarda quien sujeta su mano. Cuando llegaron al lugar que Yahvé le había indicado, Abrahán levantó un altar, preparó la leña, ató a su hijo Isaac y lo puso en el altar encima de la leña. Luego tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo… y su ángel se le apareció y le dijo: «No descargues tu mano sobre el muchacho, ni le hagas mal alguno» (Gn 22, 9-12).

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Es siempre a través del ángel de la guarda como Dios interviene en miles de episodios bíblicos, no solo del Antiguo, sino también del Nuevo Testamento, donde los ángeles son citados más de cien veces, sin contar que el Apocalipsis está considerado «el libro de los ángeles». Un texto de primera importancia para demostrar que todas las personas, comenzando por los niños, poseen su ángel custodio que les protege, es el de Mt 18, 10 cuando pone en labios de Jesús las siguientes palabras: «Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo que sus ángeles en el cielo contemplan sin cesar el rostro de mi Padre».

Los ángeles socorrieron a Jesús en el Huerto de los Olivos, cuando sudó sangre al saber que iba a ser torturado y crucificado y se sirvió de un ángel para anunciar su resurrección, lo que hace suponer que también Jesús tenía su ángel de la guarda, como todos los otros hombres.

Los apóstoles, comenzando por Pedro y Pablo, se vieron librados de la muerte a manos de sus enemigos gracias a la acción benéfica del propio ángel que los liberó de la cárcel, les evitó naufragios y los guió en todo momento librándoles de miles de peligros durante los años de la evangelización.

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Desde los tiempos más remotos a los más modernos, el ángel de la guarda, que se puede presentar de mil formas, visible o invisiblemente, como una voz que escuchan los oídos o como una voz simplemente interior, ha sido una realidad en la vida de santos y heroínas. Como, por ejemplo, en Juana de Arco, que sentía la misión de liberar a Francia del dominio inglés. También personajes históricos, como Winston Churchill, Jung o Abraham Lincoln, han hecho en sus vidas alusión a esa «voz» que les guiaba en los momentos decisivos y que puede interpretarse como la voz del ángel de la guarda, que Dios no niega a nadie.

 

LOS ÁNGELES EN LA RELIGIÓN DE LOS ESPIRITISTAS

La existencia del ángel custodio no pertenece solo a la tradición cristiana. Aparece también, por ejemplo, entre los espiritistas. El fundador del espiritismo, el intelectual Allan Kardec, propuso a sus seguidores la siguiente oración al ángel de la guarda: «Espíritu esclarecido y benevolente, mensajero de Dios que tienes como misión asistir al hombre y conducirlo hacia el Bien, susténtame en las pruebas de esta vida, esclarece mi conciencia y arráncame de los ojos el velo del orgullo».

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En general, la figura del ángel de la guarda aparece como un orientador en las encrucijadas de nuestra vida, como un consejero sabio, como ese espíritu que nos empuja a pensar en positivo. La humanidad es proclive al pensamiento negativo y a que las cosas se resuelven mejor con la guerra y con la violencia que con la fe en las energías positivas que rigen el planeta. La Tierra sería como un lugar donde se entrecruzan toda una serie de caminos. Cuando el hombre se halla en la necesidad de tomar uno u otro es cuando entraría la presencia del ángel custodio para inclinarnos, sin forzar nuestra voluntad, a tomar el camino que nos liberará y no el que nos encadenará. En esos momentos, saber escuchar esa «voz» que nos empuja suavemente a no emprender el camino equivocado es saber interpretar esa presencia misteriosa, impalpable e invisible, pero real, de un ser misterioso que, según los textos sagrados más antiguos, vela para que no nos equivoquemos.

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