1.1.- Pasión por Egipto

En la época faraónica ya eran muy conocidas las escuelas egipcias de grado superior, especialmente las llamadas «casas de la vida», donde se enseñaba astronomía, medicina, matemáticas y filología. Dichas escuelas, normalmente anexas a los grandes templos de las principales ciudades egipcias, empezaron a acoger también en la época griega a investigadores extranjeros, algo parecido a lo que sucede actualmente en las universidades más famosas del mundo: sabemos, por ejemplo, que Pitágoras se trasladó a Egipto para estudiar astronomía y geometría. Según la tradición, transmitida entre otros por el historiador griego Hero doto en el siglo V a. C., los egipcios fueron considerados expertos astrólogos, magos, médicos y, en cierto modo, alquimistas.

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BUSTO DE ISIS Busto de basalto que representa a la diosa Isis, de la época de Ahmosis (dinastía XXVI). En el lugar donde fue hallado (Florencia) existía probablemente una villa de la época romana que pertenecía a un adorador del culto a Isis.

EL ENIGMA DE LOS JEROGLÍFICOS

En la época romana penetró en Italia el culto de diferentes divinidades egipcias, algo que facilitaron las intensas relaciones comerciales en los puertos itálicos, principalmente del sur. Uno de los más difundidos fue el culto a la diosa Isis, que originó la llegada a Italia de abundantes testimonios del arte del Antiguo Egipto, destinados a adornar los iseos italianos, es decir, los templos dedicados a Isis, e hizo nacer una peculiar pasión por lo egipcio que podemos denominar «egiptomanía».

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TEMPLO DE ISIS EN POMPEYA. Grabado de Giovani Battista Piranesi con una vista del templo de Isis en Pompeya. En casi todas las ciudades portuarias de Italia había templos donde se rendía culto a la diosa egipcia.

Naturalmente, los jeroglíficos han desempeñado siempre un papel fundamental en la egiptomanía. Las inscripciones más tardías realizadas con este tipo de escritura datan del siglo IV d. C., pero ya entonces los jeroglíficos eran considerados la escritura de los sacerdotes exclusivamente, y Tácito los definió como «pensamientos simbólicos representados mediante figuras de animales». Pronto se perdió por completo la capacidad de leerlos y traducirlos, lo cual contribuyó también a la formación del mito egipcio, y en esa época llegaron de Egipto los primeros obeliscos. En 1422, el florentino Cristóforo Buondelmonti llevó a su país la copia de un pequeño libro hallado en Grecia: se trataba de Hieroglyphica, la traducción griega de un manual sobre los jeroglíficos escrito probablemente entre los siglos II y IV d. C. por un tal Orapollo. Esta pequeña guía para descifrar jeroglíficos, totalmente fantasiosa, tuvo gran aceptación entre los intelectuales de la época. Así comenzó a  formarse en Europa un concepto positivo de Egipto como tierra mística, devota, repleta de magia benéfica, el centro ideal de un conocimiento esotérico exclusivo, reservado a pocos elegidos, solo alcanzables a través de un itinerario iniciático. A la formación de idea contribuyeron también el hallazgo y la elevación de los obeliscos en Roma, así como las excavaciones arqueológicas del siglo XVI que sacaron a la luz mucho material egipcio (como la Villa Adriana de Tivoli). Surgieron las inscripciones seudo-egipcias, con jeroglíficos inventados, empleados incluso por los alquimistas como «signos» de los misterios y secretos de la transformación de los elementos.

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OBELISCO DE LETRÁN. Benedicto XIII consagra a San Juan en Letrán, de Giovanni Oldazzi. El obelisco, que se conserva todavía en la plaza representada en el cuadro es el más grande de todos los existentes: mide 32 metros de altura. Fue levantado en el siglo XVI, y pertenecía al faraón Tulmosis de la dinastía XVIII. En los laterales aparecen inscripciones con dedicatorias del obelisco al dios Amón-Ra en el templo de Kamak.

A principios del siglo XVII nació el que puede ser considerado el primer investigador de la escritura jeroglífica, el padre jesuita Atanasias Kirchner, gran coleccionista de material arqueológico. En su intento por interpretar los jeroglíficos se basó en el libro de Oro pollo, con los consiguientes errores, pero dedujo que bajo aquellos caracteres debía de esconderse una autentica lengua antigua.

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ESTATUA DE ANTINOO. Estatua de mármol que representa a Antinoo. En esta imagen del siglo II se inspiraron numerosas manifestaciones de las artes decorativas en los siglos XVIII y XIX, las imágenes de Antinoo decoraron muebles y todo tipo de objetos, desde tinteros a relojes de mesa.

En el siglo XVII, al tiempo que se realizaban esas primeras tentativas «científicas» de in perpetración, empezó a difundirse cada vez más la egiptomanía, constituida por la pasión no solo por los jeroglíficos, sino también por la civilización egipcia en general. En el XVII, los temas egipcios aparecieron incluso en las artes decorativas y en la escultura de la época, con figuras de  Antinoo y esfinges de diferentes tipos, pirámides para los mausoleos familiares, inspiradas en la famosa pirámide romana de Cayo Cestio (ejemplo de egiptomanía de la época de Augusto), hasta llegar a la decoración de locales, como el famoso Café de los Ingleses de Nima, decorado en estilo egipcio por Giovan Batista Piranesi. El momento de apogeo de esa egiptomanía llegó a finales del siglo XVIII: en 1791 Mozart estrenaba La flauta mágica (Opera inspirada  en los misterios egipcios de iniciación), y pocos años más tarde Napoleón preparaba su expedición a Egipto, no sólo  para intentar frenar la expansión británica por el Mediterráneo, sino para dar a conocer al mundo esa antigua civilización.

NAPOLEÓN Y LA PIEDRA DE ROSETTA.

Napoleón se hizo acompañar en su  expedición por 167 investigadores y científicos (entre ellos, matemáticos, astrónomos, dibujantes, naturalistas, arquitectos y literatos), que tenían la misión de documentar el Egipto contemporáneo, pero también los monumentos que demostraban la grandeza del pasado. Al regreso de esa expedición francesa, la Commission des Sciences et des Arts, dirigida por Dominique Vivant Denon, realizó una obra monumental, Description de l’Égypte, formada por nueve volúmenes de texto y trece de figuras, que contribuyó a la propagación de la egiptomanía por Occidente. En 1799, precisamente durante la expedición napoleónica, fue hallada en la localidad de Rashid (Rosetta), en el delta del Nilo, la famosa piedra que lleva grabado un decreto de Tolomeo V  (196 a. C.) escrito en caracteres jeroglíficos, en demótico (una de las escrituras de la lengua egipcia) y en griego Se cuenta que la piedra fue encontrada por uno de los soldados Napoleón que permanecieron en Egipto después de la batalla de Abukir: Pierre François  Xavier Bouchard, que dominaba el griego antiguo, reconoció Ia importancia de la piedra, y se la entregó al general Menou.

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DOMINIQUE VIVANT DEMON. Autorretrato, hacia 1780. Museo Vivant Denon.

Los investigadores de la  Commission des Sciences et des Arts, se entusiasmaron con el descubrimiento, y el 15 de septiembre de 1799 enviaron a París un informe con varias copias de la piedra destinadas a los  investigadores de toda Europa. Dos años después, en 1801, llegaron a Egipto las fuerzas inglesas para derrotar definitivamente a las tropas de Napoleón. Los generales británicos conocían la existencia de la piedra de Rosetta, sabían que estaba en poder de los franceses y tenían intención de apoderarse de ella. El general Menou escondió la piedra en su casa de Alejandría, pero fue inútil. El general inglés Turner llegó a esa ciudad y, a pesar de que el francés afirmaba que la piedra era de su propiedad, obligó a Menou a entregársela. Fue enviada inmediatamente a Inglaterra, adonde llegó en febrero de 1802: desde entonces, la piedra de Rosetta está expuesta en el British Museum de Londres.

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NAPOLEÓNY SUS GENERALES EN EGIPTO. Óleo de Jean Leon Gerôme (1867) que representa a Napoleón con sus generales en Egipto. Los investigadores y los científicos que participaban en la expedición compartieron con los soldados, aparte de muchas calamidades, las batallas en el país del Nilo.

Esta piedra permitió descifrar los jeroglíficos. De hecho, una copia de la inscripción grabada en ella llegó en 1808 a manos de Jean-François Champollion, investigador francés que se dedicaba al estudio de la antigua civilización egipcia.

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ESTUDIO DE LA ESFINGE DE KEFREN. Detalle de una vista de las pirámides con la esfinge, de una ilustración de Descriptiva de l’Égypte. Los investigadores que acompañaban a Napoleón en su campaña de Egipto examinan la estatua que representa el rostro del faraón Kefrén, semienterrado en la arena.

Su perfecto dominio del copto permitió a Champollion descifrar la escritura jeroglífica el 22 de septiembre de 1822, cuando, al parecer, pronunció la famosa frase “Je tiens l´affaire”, adelantándose a su colega inglés Thomas Joung. El 27 de septiembre, el egiptólogo leyó en la Académie des Inscripcións et BellesLettres de París la célebre Lettre à M. Dacier relative à l´alphabet des hiéroglyhes. Podemos afirmar que en esa fecha nació la egiptología, la disciplina que estudia la civilización  desde el punto de vista científico, aunque la egiptomanía continuó avanzando en paralelo durante los siglos siguientes

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LA PIEDRA DE ROSETTA. En la famosa piedra de Rosetta aparece el texto de un decreto redactado tras una reunión de sacerdotes celebrada en Menfis el 27 de marzo de 196 a. C. En él se acordaban importantes beneficios económicos a los templos egipcios por parte del faraón reinante, Tolomeo V Epifanes.

LA EXPEDICIÓN FRANCO-TOSCANA DE 1828.

Tras la desafortunada expedición de  Napoleón,  se difundió por Europa la pasión por Egipto. Gracias a los diplomáticos extranjeros que residían allí, y que empezaron a acaparar hallazgos para enviarlos a sus respectivos países, se fundaron los grandes museos egipcios de Europa, como París, Londres, Berlín y Turín. En 1824, por ejemplo, llegó a Turín la valiosa colección de Bernardino Drovetti, cónsul del Reino de Cerdeña en Egipto. Esto hizo que Champollion se trasladara a Italia con una beca para examinarla y conocer las otras colecciones egipcias existentes en el país. También viajó a Florencia, donde el gran duque de Toscana Leopoldo II, que alardeaba de ser un mecenas de la cultura, había adquirido una colección egipcia del consejero de embajada austriaco en Egipto.

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LA EXPEDICIÓN FRANCO-TOSCANA A EGIPTO. Fragmento del óleo de Giuseppe Angelelli que representa la Expedición Franco-Toscana a Luxor. En el centro (de pie, con capa blanca) aparece Ippolito Rosellini, y el personaje sentado, con una cimitarra, es Jean-Fraiçois Champollion.

A petición del etruscólogo Arcangelo Michele Migliarini, responsable del material arqueológico de las colecciones ducales, Champollion redactó un catálogo de los objetos egipcios adquiridos por Nizzoli.

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VASIJA DE ORO DE UNA TUMBA TEBANA. Vasija de oro, pintada en la tumba tebana del escriba real Nebamón. Aparece en una de las figuras de la obra de Rosellini basada en la documentación recopilada por la Expedición Franco-Toscana a Egipto.

El egiptólogo francés permaneció en Italia hasta el otoño de 1826, visitó Paestum y Benevento, y se detuvo varios meses en Livorno, adonde llegaban las más importantes colecciones de antigüedades procedentes de Egipto, para negociar la compra por parte del Louvre de la colección egipcia de 1 Henry Salt, cónsul inglés en Egipto. En el verano de 1825 conoció en Florencia ,Ippolito Rosellini, que sería el precursor de la egiptología en Italia: entre ellos surgió una sincera amistad, y Rosellini se convirtió en un fiel seguidor y discípulo del egiptólogo francés.

En julio de 1827, Champollion y Rosellini presentaron a sus respectivos gobiernos el proyecto y la solicitud para llevar a cabo una expedición científica conjunta: sus principales objetivos consistían en hacer planos de los monumentos, copiar todas las inscripciones de Egipto y de Nubia, adquirir objetos importantes y realizar incluso excavaciones arqueológicas para sus colecciones egipcias. El gran duque Leopoldo II aceptó de inmediato la proposición, y es probable que el hecho indujera también al rey de Francia Carlos X a patrocinar a Champollion. La expedición partió de Tolón con un año de retraso, debido a la situación política en Oriente Medio, exactamente el 31 de julio de 1828. Las dos misiones (francesa y toscana) viajaron y trabajaron juntas. El viaje duró más de un año y condujo a los miembros de la expedición, remontando el Nilo, hasta Uadi Halfa, es decir, la segunda catarata (31 de diciembre de 1828).

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MUEBLE DE ESTILO EGIPCIO. Butaca de caoba, creada por Jacob Meslée a principios del siglo XIX. Los brazos se adornan con las imágenes de dos esfinges aladas. El motivo de la esfinge fue utilizado con profusión en la época, en la decoración de los muebles más elegantes y en estatuas para embellecer villas y jardines.

Se conserva una abundante documentación de este viaje, no solo por la correspondencia privada y pública de los expedicionarios, sino también por el Diario de la Expedición redactado por Rosellini.

De regreso a sus respectivos países a finales de 1829, Champollion y Rosellini publicaron los resultados de la expedición. Por desdicha, nada más fijar de mutuo acuerdo el programa para la edición, el egiptólogo francés falleció, a los cuarenta y un años de edad, el 4 de marzo de 1832, y dejó a Rosellini mucho trabajo por hacer en solitario. El egiptólogo italiano tuvo que enfrentarse a la empresa por su compromiso con el gran duque Leopoldo II, que había financiado la expedición, y por entenderla como un deber, en memoria de su maestro y amigo. La obra se tituló Los monumentos de Egipto y de Nubia, y se dividía en tres partes: Monumentos históricos, Monumentos civiles y Monumentos de culto. El primer libro, Monumentos históricos, apareció en 1832, y el último fue publicado en 1844, un año después de fallecer Rosellini, que había dejado terminado el texto y ordenados los grabados. Recordemos que muchas de las ilustraciones publicadas en esta obra influyen en el estilo y la moda de la época, sobre todo en el mobiliario y en los elementos decorativos, como ya sucediera pocos años antes con las reproducciones de pasajes, monumentos y hallazgos arqueoIóligicos de Description de l’Egypte.

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TRONOS EGIPCIOS EN LA TUMBA DE RAMSÉS III. Los cuatro tronos están representados en una pared de la tumba de Ramsés El, en el Valle de los Reyes. Imágenes como esta influyeron en la moda del siglo XIX, sobre todo en el mobiliario, a menudo decorado con detalles egipcios (dibujo de lppolito Rosellini).

El SIGLO XIX  Y LA EGIPTOMANÍA

A lo largo del siglo XIX, se extendió de manera espectacular la pasión por todo lo relacionado con Egipto, dejada no solo en las artes decorativas, sino también en la arquitectura.

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TEMPLO EGIPCIO EN FLORENCIA. Templete de estilo egipcio del parque de la villa de Frederick Stibbert en Florencia. Las columnas egipcias decoran las paredes y encuadran cuatro estatuas de terracota que representan a un faraón de pie. La entrada del edificio está precedida por ocho esfinges, mientras que el acceso desde el lago está flanqueado por dos leones.

Se construyeron  numerosos edificios con elementos egipcios, como capiteles con formas vegetales y golas con discos solares alados, especialmente en el mundo anglosajón, a menudo como consecuencia de la difusión de la masonería.

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Una de las 8 esfinges del TEMPLO EGIPCIO DE FLORENCIA.

Esta sociedad secreta, al inspirarse precisamente en los misterios del Antiguo Egipto, construía sus templos reproduciendo los elementos arquitectónicos de monumentos egipcios. Claro ejemplo de ello es el templete construido entre 1863 y 1866 en Florencia, en el parque de la villa de Frederick Stibbert, un apasionado de la egiptología y el esoterismo por su vínculo con la masonería. El pequeño edificio, levantado en la península de un lago artificial que representaría el Nilo, muestra algunos elementos propios de la arquitectura egipcia, como los muros exteriores estrechándose de abajo arriba, las aristas bordeadas por molduras de sección circular, las golas y las estatuas de terracota que representan leones, esfinges y seudofaraones.

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VILLA DE NAPOLEÓN. Sala principal de la villa napoleónica de San Martino, en la isla de Elba, Italia, de estilo egipcio, con los seudojeroglíficos de moda en aquella época.

Tampoco podemos olvidar, aparte de la persistencia de las decoraciones de estilo egipcio en interiores de viviendas (como la villa de Napoleón en San Martino, isla de Elba, Italia), los elementos egipcios durante el siglo XIX en las artes decorativas de toda Europa, prin cipalmente de Francia. Las esfinges y las golas egipcias con discos alados adornaron muebles y objetos de todo tipo (butacas, camas, relojes, candelabros, etc.), además, la famosa fábrica de porcelana de Sévres se dedico a producir piezas inspiradas en el repertorio egipcio. Debemos recordar, por último, que muchos pintores decimonónicos se inspiraron en temas egipcios para expresar su arte: las imágenes predominantes fueron las escenas bíblicas y la muerte de Cleopatra, ambientadas según las publicaciones de Denon y de Rosellini.

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VASIJA DECIMONÓNICA. Vasija de la manufactura de Sévres (1811), con la imagen de las ruinas del templo de Hermópolis.

SE FORMAN LAS GRANDES COLECCIONES

Como sabernos, en el siglo XIX se fundaron también los grandes museos europeos, gracias, entre otros factores, a la aportación de algunos viajeros, como Giovanni Battista Belzoni. Nacido en Padua, tuvo una vida muy aventurera, que le llevó desde la barbería de su padre hasta Roma, París y Londres. Realizó estudios de mecánica hidráulica y participó en competiciones de fuerza y juegos de su invención. Llegó a Egipto en 1815, con la intención de presentar al virrey Mohammed Alí una máquina inventada por él para elevar el agua con el mínimo esfuerzo; sin embargo, el experimento no salió bien, y Belzoni tuvo que dedicarse a otro cometido: trasladar a Londres, por cuenta del cónsul general inglés en Egipto, Henry Salt, el colosal busto de Ramsés II que yacía delante de su templo. Lo consiguió, y aprovechando la ocasión, hizo un viaje que le llevó a descubrir la tumba de Seti I en el Valle de los Reyes, así como las entradas del templo de Abu Simbel y de la pirámide de Kefrén, en Guiza.

Henry Salt contribuyó a la formación de las colecciones egipcias del British Museum y del Louvre, mientras otros diplomáticos formaban los núcleos de varios museos europeos importantes:

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RICHARD LEPSIUS. Considerado el principal egiptólogo después de Champollion (1810-1884), fue profesor de egiptología en la Universidad de Berlín y director del Museo Egipcio de la ciudad. Antes de dirigirse al país del Nilo, viajó por Europa para examinar y estudiar las colecciones egipcias existentes.

por ejemplo, gracias al piamontés Bernardino Drovetti, cónsul general de Francia en Egipto, se pudo fundar el Museo Egipcio de Turín; los cónsules generales de Austria Acerbi y Nizzoli contribuyeron a la formación de la colección egipcia de Mantua y del Museo de Viena. La herencia de Jean-Frangois Champollion e Ippolito Rosellini en el ámbito de la investigación científica sobre el Antiguo Egipto fue recogida por el alemán Richard Lepsius, que, después de estudiar egiptología en París con Jean Letronne, seguidor de Champollion, realizó estudios lingüísticos que constituyeron la base de la egiptología moderna. Conoció a Rosellini y, quizá influido por él, organizó la Expedición Prusiana a Egipto entre 1842 y 1845: los resultados fueron publicados en Denkmaler aus Aixypten und Aethiopíen, doce volúmenes de láminas y siete de texto. Richard Lepsius, con su expedición, contribuyó a la fundación del Museo Egipcio de Berlín, del cual fue director. Al mismo tiempo, el francés Frangois Auguste Mariette organizaba una especie de revolución en las actividades de búsqueda arqueológica en Egipto. Tras una juventud atormentada, Mariette llegó a El Cairo en 1850, enviado por el Museo del Louvre para adquirir manuscritos coptos, ocasión que aprovechó para emprender el descubrimiento del Serapeum de Saqqara, la necrópolis de los toros sagrados de Menfis, sepultado por la arena.

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Museo EGIPCIO DE TURÍN. Acuarela de Marco Nicolosino que representa el primer montaje de la colección Drovetti en el Museo Egipcio de Turín, en 1824. Se trata del ala que ocupan actualmente las salas del museo dedicadas a la época prehistórica y al Imperio Antiguo.

La empresa le permitió acceder al puesto de encargado de la sección egipcia del Louvre, pero Mariette prefirió regresar a Egipto, donde llevó a cabo dos grandes proyectos.

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MUSEO EGIPCIO DE EL CAIRO. Litografía de Luigi Mayer (Londres, 1804). Representa la primera recopilación de material arqueológico egipcio en El Cairo, en el barrio de Bulaq.

El primero fue la institución de un organismo que protegiera las antigüedades locales, poniendo fin al saqueo de objetos que se había producido hasta entonces en el territorio egipcio, a menudo con daños ingentes a los monumentos y las zonas arqueológicas.

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TEMPLO DE DENDUR. El templo de Dendur, que se encontraba en la margen izquierda del Nilo, fue construido probablemente por Augusto, y actualmente está reconstruido en el Metropolitan Museum de NuevaYork. En las orillas del lago Nasser se levantan varios templos nubios como este: aparte del famoso de Abu Simbel, se pueden visitar también los de Kalabsha, Beit Den y Amada.

El segundo consistió en la fundación del Museo de El Cairo, que reuniría todos los hallazgos procedentes de las excavaciones arqueológicas de las distintas misiones que empezaron a llegar a Egipto procedentes de muchos países. Conviene recordar también que Mariette desempeñó un papel muy importante en la puesta en escena de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi: no solo ideó las escenas, sino que diseñó el vestuario y los decorados, supervisó personalmente su realización y se encargó de convocar a los periodistas en las primeras representaciones de la ópera en París y El Cairo. Por desgracia, el rigor científico de la escenografía y del vestuario de Mariette no se repitió en otras muchas representaciones de Aida en el siglo siguiente: a veces la ambientación de la ópera llegó a ser ridícula.

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FRANÇOIS AUGUSTE MARIETTE. Nacido en Boulogne en 1821, llegó a Egipto en 1850, y allí fundó, con el apoyo del virrey Said Pasha, el Service des Antiquités y el Museo Egipcio de El Cairo. Murió en El Cairo en 1881, y su sepulcro, un gran sarcófago de mármol, está en el jardín situado delante del museo.

El sucesor de Mariette, Gaston Maspero, consolidó la tutela del patrimonio arqueológico egipcio con la institución del Service des Antiquités de l’Égypte, integrada por una Dirección General y tres ,inspecciones (Alto, Medio y Bajo Egipto), con dos Direcciones Especiales, de Saqqara y de Karnak. Maspero fundó también el futuro Institut Francais d’Archéologie  Orientale, que sigue demostrando, con su intensa actividad de investigación, la constante presencia de los franceses en Egipto, digna herencia de Champollion.

LOS DESCUBRIMIENTOS DEL SIGLO XX

A finales del siglo XIX la egiptología se había convertido ya en una disciplina científica practicada en muchos países europeos. En Europa sobresalió Ernesto Schiaparelli, discípulo de Maspero, que fue director del Museo Egipcio de Florencia y posteriormente del de Turín, y contribuyó a incrementar sus respectivas colecciones. Para el museo de Turín, concretamente, dirigió varias excavaciones importantes con resultados que le dieron fama mundial, como el descubrimiento de la tumba de Nefertari en el Valle de las Reinas.

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BUSTO DE AKENATÓN. Busto del faraón Atnenhotep IV/ Amenofis IV/Akenatón, hallado en Karnak en 1926 durante unas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por el Service des Antiquités del Alto Egipto. Pocos años antes, el alemán Borchardt, en las excavaciones de Tell el-Amarna, había encontrado las espléndidas estatuas del faraón y de su familia, con las que enriqueció la colección del Museo Egipcio de Berlín.

Otro personaje destacado de ese periodo fue el inglés W. M. Flinders Petrie, que, primero por cuenta de la Egypt Exploration Society y después con la organización creada por él mismo, la Egypt Research Account, realizó numerosas campañas arqueológicas por todo Egipto, utilizando por primera vez un método de búsqueda realmente científico, con la clasificación de los hallazgos de todo tipo y una constante publicación de los resultados de sus investigaciones. A principios del siglo XIX  se realizaron algunos descubrimientos que hicieron renacer el interés por la antigua civilización egipcia, y provocaron una nueva difusión de la egiptomanía. Se trataba del estudio en profundidad de Tell el-Amaina, la ciudad de Amenhotep IV Amenofis IVAkenatón, y del descubrimiento de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes. Thomas Mann, para la ambientación de su trilogía bíblica José y sus hermanos, se inspiró precisamente en el arte de Amarna, que, a raíz de las excavaciones de Ludwig  Borchardt, pudo ser admirado en el Museo de Berlín: en la obra de Mann se pueden reconocer referencias a hallazgos concretos, fruto de las frecuentes visitas del escritor al museo.

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LA TUMBA DE NEFERTARI. Se trata, indudablemente, de la tumba más hermosa del Valle de las Reinas. Fue descubierta en 1904 por Ernesto Schiaparelli, y ya había sido saqueada por ladrones en la antigüedad, por lo que se recuperaron pocos objetos (entre ellos las sandalias de fibra de papiro de la reina). La decoración pintada ha sido restaurada recientemente.

En 1922, Howard Carter descubrió la famosa tumba del faraón Tutankamón. Su ajuar funerario, que fue hallado intacto —sobre todo los objetos valiosos, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo—, influyó en la producción de joyas de la época. La tradición de las joyas de estilo egipcio, ya presente durante el siglo XIX y en el modernismo, se difundió cada vez más con el artdéco. Cartier, Boucheron, Van Cleef y Arpels crearon joyas inspiradas en el arte egipcio, reemplazando las piedras semipreciosas por diamantes, rubíes y esmeraldas, desconocidos entre los antiguos egipcios, y transformando los escarabajos alados en broches y collares.

En el ámbito de la egiptomanía del siglo XX, no hay que olvidar el interés por el Antiguo Egipto de la llamada «décima musa», el cine. Al igual que a los pintores del siglo anterior, los temas que más impactaron a los directores cinematográficos fueron Cleopatra y la historia de Moisés. Cecil B. De Mille, en particular, se dedicó a la producción de varias películas sobre estos dos personajes, documentándose concienzudamente para la escenografía en las imágenes de la obra Description de l’Égypte. Su película Los diez mandamientos (1956) fue considerada «el filme por excelencia sobre el Egipto faraónico».

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WILLIAM MATTIE FUNDERS PETRIE. Egiptólogo y arqueólogo inglés (1853-1942), dirigió durante 42 años numerosas excavaciones en Egipto. Sus descubrimientos fueron fundamentales para conocer mejor la historia y el arte del Egipto predinástico. Gracias a él, la egiptología adquirió un método científico de excavación y de estudio de los materiales.

La historia de Moisés llega a aparecer incluso en dibujos animados con El príncipe de Egipto, de 1998. A menudo, Egipto ha sido relacionado con temas de terror, sobre todo en relación a las momias, misteriosas y temibles, como en La momia (1999). El escritor Terenci Moix, egiptólogo y crítico de cine, destacó en sus obras su interés por Egipto, con títulos como Terenci del Nilo (Viaje sentimental a Egipto), El sueño de Alejandría, El último faraón o El arpista ciego.

La egiptología del siglo XX contribuyó también a la salvación de importantes monumentos, que habrían quedado totalmente sumergidos en las aguas del lago Nasser por la construcción de la segunda presa de Asuán. En los años sesenta la comunidad científica respondió a la llamada de la UNESCO para recabar información sobre los monumentos que podían ser trasladados a un lugar alejado de las aguas, y laboriosos trabajos de desmontaje y montaje permitieron salvar monumentos de un valor incalculable, como los templos de Abu Simbel y de la diosa Isis de la isla Filé.

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LA CLEOPATRA DE CECIL B. DE MILLE. Cartel de la película de Cecil B. De Mille Cleopatra (1934). La historia de la reina de Egipto CleopatraViII fascinó a muchos directores de cine.

En agradecimiento por la colaboración, el gobierno egipcio donó a los diferentes países Line contribuyeron al salvamento algunos monumentos que se habrían perdido para siempre: el templo de Debod a España (en el Parque del Oeste de Madrid), el templo de Ellesya a Italia (reconstruido en el Museo Egipcio de Turín), el templo de Dendur a los Estados Unidos (en el Metropolitan Museum de Nueva York), y el templo de Tafa a Holanda (reconstruido en el Museo de Leiden).

LOS GRANDES NOMBRES:

ATHANASIUS KIRCHER

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PUERTA TRIGEMINA Y PIRÁMIDE DE CAYO CESTIO, EN ROMA. La imagen representa la Puerta de san Pablo (o Trigemina) de Roma, junto a la cual se eleva la pirámide que Cayo Cestio mandó construir como su panteón en la época de Augusto. La atracción ejercida por las grandes pirámides egipcias en la época romana quedó patente en monumentos como este.

 El PRIMER INVESTIGADOR DE LA ESCRITURA JEROGLÍFICA

Jesuita alemán nacido en 1602 y muerto en 1680 en Roma, ciudad a la que se trasladó en 1635. Allí se dedicó al estudio de las lenguas orientales, y ejerció como profesor de matemáticas, física y lenguas orientales en el Collegio Romano, demostrando la amplitud de sus conocimientos, que iban de la óptica a la arqueología, de la música a la vulcanología, de la criptografía a la egiptología.

JEAN-FRANCOIS CHAMPOLLION

 El  DESCIFRADOR.

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JEAN-FRANÇOIS CHAMPOLLION

Nació en Figeac (Francia) en 1790. Ya de niño se propuso leer algún día la misteriosa escritura de los antiguos egipcios, y este deseo le impulsó a estudiar todas las escrituras y lenguas antiguas. En 1808 recibió una copia de la piedra de Rosetta, que trató de descifrar durante diez años. Una vez alcanzado su objetivo, se dedicó a examinar todo tipo de inscripciones jeroglíficos para probar su descubrimiento en el curso de un largo viaje por Italia. En Florencia entabló amistad con Ippolito Rosellini, que le llevó Egipto con la Expedición Franco-Toscana, pero murió antes de ver publicados sus textos sobre los resultados de este viaje.

Todos sus escritos quedaron en poder de su hermano Jacques Joseph, que asumió el compromiso de publicar la Grammaire égyptienne, el Dictionnaire hiéroglybique y la versión francesa de Monuments de l’ Égypte et de la Nubie.

 

IPPOLITO ROSELLINI

UN PRECURSOR DE LA EGIPTOLOGÍA

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IPPOLITO ROSELLINI.

Nacido en Pisa en 1800 y muerto en 1843, tras licenciarse en teología consiguió la cátedra de lenguas orientales en la Universidad de Pisa. En 1825 conoció a Jean-Frangois Champollion, del que fue amigo y discípulo. Juntos planearon una expedición científica a Egipto para copiar las Inscripciones jeroglíficas de los monumentos e incrementar, mediante excavaciones arqueológicas, las colecciones egipcias de sus respectivos países. La expedición Franco-Toscana proporcionó abundante material, que fue repartido equitativamente entre el Museo Egipcio de Florencia y el Louvre de París. De regreso a Italia, Rosellini clasificó los hallazgos egipcios y publicó los resultados de la expedición, rodeado de fama, aprecio y también de obstáculos y oposiciones de distinto signo. Volvió a Impartir clases de «letras, historia y antigüedades orientales» en la Universidad de Pisa, y en 1835 fue nombrado director de la Biblioteca Universitaria, donde quedaron muchos de sus escritos. El exceso de trabajo minó su salud y murió prematuramente el 4 de junio de 1843.

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DIBUJO DE IPPOLITO ROSELLINI. Representación de Ramsés III, copiada de la tumba del faraón en el Valle de los Reyes y reproducida por lppolito Rosellini en Monumentos históricos.

BERNARDINO DROVETT

 UN CÓNSUL CON NUMEROSOS HALLAZGOS EGIPCIOS

De origen piamontés (1776-1852), siguió a Napoleón en la campaña de Italia, y más tarde fue nombrado cónsul general de Francia en Egipto, donde contribuyó al desarrollo económico y civil del país, pues disfrutó de las simpatías del virrey, Mohammed Alí. Obtuvo permiso para buscar y sacar del país numerosos hallazgos, que contribuyeron a la formación del Louvre de París y del Museo Egipcio de Turín.

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EL COLOSO DE RAMSÉS. En julio de 1816, Giovanni Battista Belzoni consiguió arrastrar hasta el Nilo el colosal busto de Ramsés II, que pesaba más de siete toneladas y yacía en su templo funerario. La hazaña, ya intentada sin éxito en varias ocasiones, contribuyó a enriquecer la colección egipcia del British Museum de Londres.

ERNESTO SCHIAPARELLI

 EL DESCUBRIDOR DE LA TUMBA DE NEFERTARI

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ERNESTO SCHIAPARELLI.

Nacido en Occhieppo (Biella, Italia) en 1856, estudió egiptología primero en Turín y después en París con Gaston Maspero. En 1880 fue nombrado director del Museo Egipcio de Florencia, organizó su traslado definitivo a la actual sede y contribuyó a incrementar sus colecciones con dos expediciones a Egipto. En 1894 asumió la dirección del Museo Egipcio de Turín, que trató de ampliar creando la Misión Arqueológica Italiana. Posteriormente, comenzó una serie de campañas de excavación en Egipto, que le llevaron a numerosas localidades, como Heliópolis, Guiza, Tebas Oeste, Asiut y las excavaciones de Gebelein, actualmente concesión del museo turinés. En Tebas Oeste realizó excavaciones en el Valle de las Reinas, donde descubrió unas 80 tumbas, entre ellas la de Nefertari, esposa de Ramsés II, e investigó el poblado de los trabajadores, Deir el-Medina. Fue el primero en estudiar científicamente esta zona, donde halló la tumba intacta del arquitecto Kha y su esposa Merit, cuyo ajuar está expuesto en el Museo Egipcio de Turín. Murió en 1927.

HOWARD CARTER

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LA MÁSCARA DE ORO. La máscara funeraria de Tutankamón, de oro macizo con incrustaciones de esmalte coloreado, es una de las piezas más hermosas del tesoro de este faraón.

 EL FABULOSO TESORO DE TUTANKAMÓN

De origen inglés, fue nombrado inspector del Service des Antiquités tras sus primeras actividades arqueológicas en Egipto. En 1902 conoció a un adinerado hombre de negocios de Nueva York, Theodore M. Davis, dispuesto a financiar excavaciones en el Valle de los Reyes. Tras confeccionar una lista de los Faraones del Imperio Nuevo cuyas tumbas no habían sido halladas aún, consiguió encontrar seis. Más tarde contó con el patrocinio de otro mecenas, lord Herbert Carnarvon.

 

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LOS SARCÓFAGOS DE TUTANICAMÓN. Instantánea de noviembre de 1922: Howard Carter y Arthur Callendec, fotografiados mientras abren las cuatro cajas de madera dorada que contenían los cinco sarcófagos del faraón Tutankamón.

En 1917 reanudó las investigaciones, que duraron varios años, y cuando estaba a punto de abandonar, en noviembre de 1922, descubrió la puerta sellada de la tumba del faraón Tutankamón. Después de abrir la segunda puerta sellada, que era de dimensiones mucho más reducidas que las otras sepulturas del Valle, debido a la corta edad del rey difunto, se encontró frente al famoso tesoro, constituido por centenares de objetos preciosos y de una enorme calidad artística. Se tardó meses en transportar al Museo de El Cairo el ajuar funerario del faraón. Lord Carnarvon no pudo ver finalizada la hazaña porque murió por la picadura de un insecto, un hecho que alimentó la leyenda de la «maldición del faraón».

 

 

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