E) El Tabernáculo en el desierto.

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Por. Javier Sierra

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No cabe duda de que buena parte del material que se menciona en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento procede de los ritos de iniciación de los Misterios egipcios. Los sacerdotes de Isis eran muy versados en las tradiciones ocultas y, durante su cautiverio en Egipto, los israelitas aprendieron mucho de ellos con respecto al significado de la divinidad y la manera de adorarla. La autoría de los cinco primeros libros del Antiguo Testamento se atribuye en general a Moisés, pero realmente que fuera él quien los escribió es objeto de controversia. Bastantes pruebas apoyan la hipótesis de que el Pentateuco fue compilado, en una fecha bastante posterior, a partir de tradiciones orales. Con respecto a la autoría de estos libros, Thomas Inman hace una afirmación bastante sorprendente: «Es cierto que tenemos libros que atribuimos a Moisés, del mismo modo que hay o ha habido libros que atribuimos a Homero, Orfeo, Enoch, Mormón y Junius; sin embargo, la existencia de obras y la creencia de que fueron escritas por aquellos cuyo nombre llevan no constituyen verdaderas pruebas de aquellos hombres ni de la autenticidad de las obras que reciben su nombre. También es cierto que se habla en ocasiones de Moisés en tiempos de los primeros reyes de Jerusalén; sin embargo, resulta evidente que estos pasajes fueron escritos con posterioridad y que han sido introducidos en los lugares en que han sido hallados con la intención clara de dar la impresión de que David y Salomón conocían al Legislador». (Véase Ancient Faiths Embodied in Ancient Names.)

Aunque el famoso erudito tenía —sin duda— suficientes pruebas para corroborar su opinión, esta afirmación parece demasiado general.

Aparentemente, se basaba en el hecho de que Thomas Inman dudaba de la existencia histórica de Moisés, duda que partía de la similitud etimológica entre la palabra «Moisés» y un nombre antiguo del sol como consecuencia de estas deducciones, Inman trató de demostrar que el Legislador de Israel no era más que otra forma del mito solar omnipresente. Si bien Inman demostró que, trasponiendo dos de las letras antiguas, la palabra «Moisés» se convierte en «Shemmah» una manera de llamar al globo celeste, parece haber pasado por alto el hecho de que, en los Misterios antiguos, era habitual dar a los iniciados nombres que eran sinónimos del sol, para simbolizar que habían alcanzado la redención y la regeneración del poder solar en su propia naturaleza. Es mucho más probable que el hombre al que conocemos como Moisés fuera un representante acreditado de las escuelas secretas,  que se esforzaba —como lo han hecho muchos otros emisarios — en instruir a las razas primitivas en los misterios de sus almas inmortales.

1-El Anciano de los días.metirtaonline

EL ANCIANO DE LOS DÍAS Esta es la forma con la que los cabalistas solían representar a Jehová. El dibujo pretende ilustrar al Demiurgo de los griegos y los gnósticos al que los griegos llamaban Zeus, el hombre inmortal, y los hebreos, IHVH.

Es probable que nunca se llegue a saber a ciencia cierta el no verdadero del Gran Anciano de Israel que a lo largo de la historia conoce como Moisés. La palabra «Moisés», entendida en su sentido egipcio esotérico, significa aquel que ha sido admitido en las escuelas mistéricas de la sabiduría y se ha puesto a enseñar a los ignorantes acerca de la voluntad de los dioses y los misterios de la vida, como explicaban estos misterios en los templos de Isis, Osiris y Serapis. Existe bastante controversia en torno a la nacionalidad de Moisés. Algunos sostienen que era judío y que había sido adoptado y educado por la gobernante de Egipto; otros opinan que era egipcio de pura cepa. Unos pocos llegan incluso a equipararlo con el inmortal Hermes, porque los dos ilustres fundadores de sistemas religiosos recibieron del unas tablas que, supuestamente, habían sido escritas por la mano de Dios. Las historias que se narran en relación con Moisés —que la hija del faraón se lo encontró en un arca de juncos, que fue adoptado por familia real de Egipto y su posterior rebelión contra la autocracia egipcia — coinciden exactamente con algunas de las ceremonias por las que pasaban los candidatos de los Misterios egipcios en sus andanzas rituales en busca de la verdad y el conocimiento. También se pueden encontrar analogías con los movimientos de los cuerpos celestes.

No es extraño que el Moisés erudito, iniciado en Egipto, enseñara a los judíos una filosofía que contenía los principios más importantes del esoterismo egipcio. Las religiones que había en Egipto en la época del cautiverio de los israelitas eran mucho más antiguas de lo que advertían incluso los propios sacerdotes egipcios. No era fácil compilar historias en aquellos tiempos y los egipcios se conformaban con remontar los orígenes de su raza a un período mitológico en el que los propios dioses deambulaban por la tierra y, con su propio poder, establecieron el doble imperio del Nilo. Los egipcios no se imaginaban que aquellos progenitores, divinos eran los atlantes, que, obligados por los cataclismos volcánicos a  abandonar sus siete islas, habían emigrado a Egipto —por entones una colonia de la Atlántida—, donde establecieron un gran centro de civilización filosófico y literario que posteriormente ejercería una influencia profunda en la religión y la ciencia de innumerables razas y pueblos. En la actualidad, nadie se acuerda de Egipto, pero lo egipcio será recordado y venerado siempre. Egipto está muerto y, sin embargo, seguirá siendo inmortal en su literatura, su filosofía y su arquitectura.

Así como Odín fundó sus Misterios en Escandinavia y Quetzalcóatl en México, Moisés, trabajando incansablemente con el pueblo, entonces nómada, de las doce tribus de Israel, estableció en medio de él su escuela secreta y simbólica, que es lo que se conoce como los Misterios del Tabernáculo. El Tabernáculo de los judíos no era más que un templo construido según el modelo de los templos egipcios, que se podía transportar para satisfacer las necesidades del carácter errante por cual eran famosos los israelitas. Cada una de las partes del Tabernáculo y lo que lo rodeaba simbolizaba alguna gran verdad natural o filosófica. Para el profano no era más que un lugar al que llevar ofrendas y misticismo egipcio: sus utensilios también tenían la forma antigua y aceptada. Hasta el Arca de la Alianza era una adaptación del arca egipcia, con las mismas figuras arrodilladas en la tapa. En los bajorrelieves del templo de File se ven sacerdotes egipcios transportando su arca —muy semejante a la de los judíos— a hombros por medio de unas pértigas, como las que se describen en el Éxodo.

La siguiente descripción del Tabernáculo y sus sacerdotes se basa en versión de su construcción y las ceremonias que Flavio Josefo menciona en el Libro Tercero de sus Antigüedades de los judíos. Las referencias bíblicas proceden de una Biblia de Ginebra (conocida en inglés como la «Breeches» Bible por un error de transcripción en el versículo séptimo del capítulo tercero del Génesis}, impresa en Londres en 1599.

 

CONSTRUCCIÓN DEL TABERNÁCULO

Moisés, hablando en nombre de Jehová, el Dios de Israel, nombró a dos arquitectos para que supervisaran la construcción del Tabernáculo: Besalel, hijo de Uri, de la tribu de Judá, y Oholiab, hijo de Ahisamach, de la tribu de Dan. Eran tan populares que también el pueblo los eligió por unanimidad. Cuando Jacob bendijo a sus hijos en su lecho de muerte. (Véase el Génesis, 49), asignó a cada uno de ellos un símbolo. El símbolo de Judá era un león y el de Dan, una serpiente o un ave (posiblemente un águila). El león y el águila son dos de los cuatro animales de querubines (los signos fijos del Zodíaco) y los alquimistas rosacruces sostenían que la misteriosa piedra de la sabiduría (el alma) estaba compuesta con la ayuda de la sangre del león rojo y el gluten del águila blanca. Es probable que haya una relación mística oculta entre el fuego (el león rojo), el agua (el águila blanca) —como se utilizaban en la química oculta— y los representantes de las dos tribus, cuyos símbolos coincidían con estos elementos alquímicos.

Así como el Tabernáculo era la morada de Dios entre los hombres, el cuerpo del alma en el hombre es la morada de su naturaleza divina, en torno a la cual se reúne una constitución material formada por doce partes, del mismo modo en que las tribus de Israel acampaban alrededor del recinto consagrado a Jehová. La idea de que el Tabernáculo en realidad era un símbolo de una verdad espiritual invisible e incomprensible para los israelitas se corrobora con lo que se dice en el octavo capítulo de la Epístola a los Hebreos: «Estos dan culto en lo que es sombra y figura de realidades celestiales, según le fue revelado a Moisés al emprender la construcción de la Tienda». Vemos aquí que al lugar de culto físico y material lo llaman «sombra», o símbolo de una institución espiritual, invisible pero omnipotente.

Las normas para la construcción del Tabernáculo se describen en capítulo 25 del libro del Éxodo: «Yahvé habló a Moisés diciendo: “Di a los israelitas que reserven ofrendas para mí. Me reservaréis la ofrenda de todo aquel a quien su corazón mueva. De ellos reservaréis lo siguiente: oro, plata y bronce; púrpura violeta y escarlata, carmesí, lino fino y pelo de cabra; pieles de carnero teñidas de rojo, cueros tinos maderas de acacia; aceite para el alumbrado, aromas para el óleo de Ia unción y para el incienso aromático; piedras de ónice y piedras de en gaste para el efod y el pectoral. Me harás un Santuario para que yo habite en medio de ellos. Lo haréis conforme al modelo de la Morada y al modelo de todo su mobiliario que yo voy a mostrarte».

El patio del Tabernáculo era un espacio cerrado, de cincuenta codos de ancho y cien codos de largo, flanqueado por cortinajes de lino colgados de pilares de bronce, con una distancia de cinco codos entre ellos. El codo es una medida de longitud antigua que equivale a la distancia entre el codo y la punta del dedo índice, unos 46 centímetros.) Había veinte de aquellos pilares en cada uno de los lados más largos y diez en los más cortos. Cada pilar tenía la base de bronce y el capitel de plata. El Tabernáculo siempre se disponía con los lados largos mirando al Norte y al Sur y los lados cortos hacia el Este y el Oeste, con la entrada al Este, lo que demuestra la influencia del culto primitivo al sol.

El patio exterior tenía como finalidad fundamental aislar la tienda del Tabernáculo propiamente dicho, que se alzaba en el centro del recinto. A la entrada del patio, situada en la cara oriental del rectángulo estaba el altar de los holocaustos, hecho de placas de bronce sobre madera y adornado con cuernos de toros y carneros. Más adentro, pero en la misma línea que este altar, estaba la jofaina de la purificación, Un gran recipiente con agua para las abluciones de los sacerdotes. La jofaina estaba compuesta por dos partes: la superior era un cuenco inmenso probablemente tapado, que alimentaba el cuenco inferior, en el cual Ios sacerdotes se lavaban antes de participar en las diversas ceremonias. Se supone que en aquella jofaina estaban incrustados los espejos de metal de las mujeres de las doce tribus de Israel.

Las medidas del Tabernáculo propiamente dicho eran las siguientes: «Su longitud, cuando se construyó, era de treinta codos y tenía diez codos de ancho. Uno de sus muros daba al Sur y el otro estaba expuesto al Norte; en la parte posterior quedaba el Oeste. Tenía que medir lo mismo de alto que de ancho (diez codos)». (Flavio Josefo.)

Los bibliólogos tienen por costumbre dividir el interior del Tabernáculo en dos salas: una de diez codos de ancho, diez codos de altura y veinte codos de largo, llamada el Lugar Santo, que contenía tres objetos especiales; a saber: la menorá, o candelabro de siete brazos, la mesa de Ios panes de la presencia y el altar del incienso; la otra tenía diez codos de ancho, diez codos de altura y diez codos de largo, se llamaba el Sanctasanctórum y solo contenía un objeto: el Arca de la Alianza. Las dos salas estaban separadas entre sí por un velo ornamental, en el cual había bordadas flores de muchos tipos, pero ninguna figura animal ni humana.

Flavio Josefo da a entender que había un tercer compartimiento, formado por una subdivisión del Lugar Santo, al menos de forma hipotética, en dos cámaras. El historiador judío no es demasiado explícito en su descripción de esta tercera sala y la mayoría de los autores parecen haber pasado por alto este punto y no lo mencionan en absoluto, aunque Flavio Josefo afirma categóricamente que Moisés dividió la tienda inferior en tres partes. El velo que separaba el Lugar Santo del Sanctasanctórum estaba colgado de cuatro pilares, lo cual era, probablemente, un símbolo sutil de los cuatro elementos, mientras que a la entrada de la tienda propiamente dicha los judíos colocaban siete pilares, en referencia a los siete sentidos y las siete vocales del nombre sagrado. Que posteriormente solo se mencionen cinco pilares se puede deber al hecho de en la actualidad, el hombre solo dispone de cinco sentidos desarrollados y cinco vocales activas. El escritor judío primitivo que escribió The Baraitha se refiere a los cortinajes con las siguientes palabras:

Les entregaron diez tapices de lino fino torzal de color azul, púrpura y escarlata. Como se dice: «Harás la Morada con diez tapices de lino fino torzal, de púrpura, violeta y escarlata». […] Les dieron once piezas de pelo de cabra y cada pieza medía treinta codos de largo […]. El rabino Judá dijo: «Había dos cubiertas: la inferior de pieles de carnero teñidas de rojo y la superior de pieles de tejón».

Calmet opina que lo que se ha traducido como «tejón» en realidad hebreo era «púrpura oscuro» y, por consiguiente, no hacía referencia a ningún animal en concreto, sino, probablemente, a un tejido impermeable muy denso de un color oscuro y discreto. Durante el período en el cual el pueblo de Israel vagó por el desierto, se supone que una columna de fuego permanecía inmóvil en el aire encima del tabernáculo por la noche, mientras que una columna de humo lo acompañaba durante el día. Los judíos llamaban Shejiná a aquella nube, que simbolizaba la presencia del Señor. Uno de los libros judíos primitivos que se dejaron de lado al compilar el Talmud aparece la siguiente descripción de la Shejiná.

Entonces una nube cubrió la tienda de la congragación y la gloria del Señor inundó el Tabernáculo. Era una de las nubes de la gloria que acompañaron a los israelitas en el desierto durante cuarenta años. Una del lado derecho y la otra del izquierdo y una por delante de ellos y la otra por detrás. Y una encima de ellos y una nube en medio de ellos (y una nube, la Shejiná, que estaba en la tienda) y la columna de nube que se  movía delante de ellos, haciendo descender ante ellos los sitios elevados y elevando ante ellos los sititos bajos, matando serpientes, y escorpiones, quemando espinas y maderas de brezo y guiándolos por el camino recto (De The Baraitha, el Libro del Tabernáculo)

 

LOS ENSERES DEL TABERNÁCULO.

No cabe duda de que, desde el punto de vista esotérico, el Tabernáculo, los enseres que contenía y su ceremonial son análogos a la estructura, los órganos y las funciones del cuerpo humano. A la entrada del patio exterior del Tabernáculo estaba el Altar de los Holocaustos, de cinco codos de largo y cinco codos de ancho, pero apenas tres codos de altura. Su superficie superior era una rejilla de bronce sobre la cual se colocaba el sacrificio, mientras que debajo estaba el lugar para el fuego. Aquel altar quería decir que el candidato, al entrar por primera vez en el recinto del santuario, no debe ofrecer sobre el altar de bronce un pobre toro o un carnero inofensivo, sino lo que correspondía a ellos dentro de su propia naturaleza. El toro, como símbolo de campechanía representaba su propia constitución grosera, que tiene que arder en el fuego de su divinidad. (El sacrificio de animales y, en algunos casos, de seres humanos, en los altares de los paganos era consecuencia de su ignorancia con respecto al principio fundamental del sacrificio. No se daban cuenta de que, para ser aceptables sus ofrendas debían proceder de dentro de su propia naturaleza).

Más al oeste, en la misma línea que el altar de bronce, estaba la Jofaina de la Purificación. Para el sacerdote, representaba que tenía que lavar no solo su cuerpo, sino también su alma, para quitarle toda impureza porque nadie que no esté limpio tanto de cuerpo como en el alma puede presentarse ante la divinidad y seguir vivo. Después de la Jofaina de la Purificación estaba la entrada al Tabernáculo propiamente dicho, orientada hacia el Este, de modo que los primeros rayos del sol naciente entraran e iluminarán la cámara. Entre los pilares con incrustaciones se podía ver el Lugar Santo, una cámara misteriosa en cuyas paredes colgaban unas cortinas, bordadas con los rostros de los querubines.

Contra la pared meridional del Lugar Santo estaba el gran Candelabro, o lámpara, de oro; se creía que pesaba como cincuenta kilos. De su eje central salían seis brazos, cada uno de los cuales acababa en una depresión en forma de copa en la que había una lámpara de aceite. Las lámparas eran siete: tres en los brazos de cada lado y una en el tallo central. El Candelabro estaba adornado con setenta y dos almendras, botones y flores. Flavio Josefo dice que son setenta, pero siempre que los hebreos utilizan este número redondo en realidad quieren decir setenta y dos. Enfrente del candelabro, contra la pared septentrional, había una mesa con doce Panes de la Presencia en dos pilas de seis panes cada una. (Calmet opina que los panes no estaban apilados, sino desparramados por la mesa en dos hileras, cada una de seis unidades.) En esta mesa había también dos incensarios encendidos, que se colocaban en lo alto de las pilas de Panes de la Presencia para que el humo del incienso, fuera un aroma aceptable para el Señor, que llevara consigo, al ascender, el alma del Pan de la Presencia.

En el centro de la habitación, casi contra la división que conducía al Sanctasanctórum, estaba el Altar del Incienso, hecho de madera recubierta de chapas de oro. Tenía un codo de ancho y u codo de largo y dos codos de altura. Aquel altar simbolizaba la laringe humano, desde la cual suben las palabras de la boca del hombre como una ofrenda aceptable al Señor, porque la laringe ocupa, en la constitución del hombre, el puesto comprendido entre el Lugar Santo, que es el tronco, y el Sanctasanctórum, que es la cabeza y lo que contiene

Nadie puede ingresar en el Sanctasanctórum, salvo el Sumo Sacerdote, y él solo en momentos determinados. En aquella sala no había nada más que el Arca de la Alianza, apoyada en la pared occidental, frente a la entrada. Según el Éxodo, el Arca Medía dos codos y medio de largo, un codo y medio de ancho y un codo y medio de altura. Estaba hecha de madera de acacia negra, revestida por dentro y por fuera con láminas de oro, y contenía las tablas sagradas de la ley que fueron entregadas a Moisés en el monte Sinaí. La tapa del Arca tenía la forma de un plato de oro, sobre el cual se arrodillaban dos criaturas misteriosas enfrentadas, llamadas querubines, con las alas arqueadas por encima de sus cabezas. Sobre aquel trono situado entre las alas de los celestiales descendía el Señor de Israel cuando deseaba comunicarse con Su Sumo Sacerdote.

Por comodidad, todos los enseres del Tabernáculo eran fáciles de transportar. Cada altar y cada objeto, del tamaño que fuera, disponía de unas pértigas que se pasaban por unos anillos, para que pudiera ser transportado, por cuatro o más portadores. El Arca de la Alianza conservó las pértigas hasta que por fin fue colocada en el Sanctasanctórum de su Casa Eterna: el templo del rey Salomón.

No cabe duda que los judíos primitivos eran conscientes, al menos en parte, de que su Tabernáculo era algo simbólico. Flavio Josefo lo notó y, aunque ha sido muy criticado por interpretar el simbolismo del Tabernáculo según el paganismo egipcio y el griego, su descripción del significado oculto de sus cortinajes y sus enseres es digna de consideración. Dice lo siguiente:

“Cuando moisés distinguió tres partes en el Tabernáculo y adjudicó dos de ellas a los sacerdotes, como lugar accesible y común, quiso indicar la tierra y el mar, a los que todo el mundo podía acceder; sin embargo, reservó la tercera parte a Dios, porque el cielo es inaccesible para el hombre. Cuando ordenó que se dispusieran doces panes sobre la mesa, quiso indicar el año, dividió en la misma cantidad de meses. Al ramificar el candelabro en setenta partes, en secreto daba a entender los decanatos, o las setenta divisiones de los planetas, y, en cuanto a las siete lámparas del candelabro, hacían referencia la trayectoria de los planetas, puesto que tal es su número. Asimismo, los velos, que estaban compuestos de cuatro partes, indicaban los cuatro elementos: el lino era adecuado para indicar la tierra, porque esta planta sale de la tierra; el morado representaba el mar, porque para teñir de ese color se utilizaba la sangre de un marisco; el azul es adecuado para representar el aire, y el escarlata, será naturalmente, un indicio del fuego.

“Como las vestiduras del sumo sacerdote eran de lino, hacían referencia a la tierra; el azul indicaba el cielo –era como el relámpago en sus granadas- y en el ruido de las campanillas se parecía al trueno. En cuanto al efod, demostraba que Dios había el universo de cuatro (elementos) y, en cuanto al oro entretejido (…) hacía referencia al esplendor que todo lo iluminaba. También hizo que el pectoral se colocara en medio del efod, para asemejarse a la tierra, porque ocupa el lugar

Central del mundo. La faja que ceñía al sumo sacerdote representaba el océano, que rodea el universo y lo incluye. Cada una de las piedras de ónice nos indica el sol y la luna; me refiero a las que tenían carácter de botones en las hombreras del sumo sacerdote. En cuanto a las doce piedras, tanto si entendemos que representan los meses como si entendemos la misma cantidad de signos en el círculo que los griegos llaman Zodíaco, no andaremos errados en su significado. Con respecto a la mitra que era de color azul, me parece que representa el cielo, porque, de Io contrario, ¿cómo podría inscribirse en ella el nombre de Dios? Que también la adornara una corona y, además, de oro, se debe al esplendor que complace a Dios.» También tiene importancia simbólica que el Tabernáculo se construyese en siete meses y que se dedicara a Dios en el momento de la luna nueva.

Todos los metales que se utilizaron para construir el Tabernáculo eran emblemáticos. El oro representa la espiritualidad y las láminas de oro que cubrían la madera de acacia negra eran símbolos de la naturaleza espiritual que glorifica la naturaleza humana, representada por la madera. Según los místicos, el cuerpo físico del hombre está rodeado de una serie de cuerpos invisibles de distintos colores y gran esplendor. En la mayoría de los pueblos, la naturaleza espiritual queda oculta y aprisionada en la naturaleza material, pero en algunos esta constitución interna se ha exteriorizado y la naturaleza espiritual está fuera, de modo que rodea la personalidad del hombre con un gran resplandor.

2-El Arca con sus Querubines.metirta.online

EL ARCA CON SUS QUERUBINES Flavio Josefo nos cuenta que los querubines eran criaturas voladoras, pero que no se parecían a nada que se pudiese ver sobre la tierra y, por consiguiente, era imposible describirlos. Se supone que Moisés había visto a aquellos seres arrodillados en el escabel de Dios cuando lo eligieron y lo llevaron ante Jehová. Es probable que se pareciesen, al menos en cuanto a su aspecto general, a los famosos querubines

La plata, que aparece en el capitel de los pilares, hace referencia la luna, que era sagrada tanto para los judíos como para los egipcios. Los sacerdotes celebraban ceremonias rituales secretas en la época de la luna nueva y la luna llena y estos dos períodos se consagraban a Jehová. Según los antiguos, la plata era el oro con el rayo del sol vuelto hacia dentro, en lugar de exteriorizarse. Mientras que el oro simbolizaba el alma espiritual, la plata representaba la naturaleza purificada regenerada del ser humano.

El bronce que se empleaba en los altares exteriores era una sustancia compuesta por una aleación de metales preciosos y de baja ley, con lo cual representaba la constitución del individuo medio, que es una combinación de los elementos superiores y los inferiores.

Las tres divisiones del Tabernáculo tendrían que revestir especia interés para los masones, porque representan los tres grados de la Logia Azul, mientras que las tres órdenes de sacerdotes que atendían el Tabernáculo se preservan en la masonería moderna como el aprendiz el compañero y el maestro. Los habitantes de las islas Hawai construyeron un tabernáculo parecido al de los judíos, salvo que sus salas estaban superpuestas, en lugar de estar una detrás de la otra, como ocurre en el caso del Tabernáculo de los israelitas. Las tres salas son también las cámaras importantes de la Gran Pirámide de Gizeh.

 

LAS VESTIDURAS DE GALA

Como se explicaba en la cita tomada de Flavio Josefo, las vestiduras y los ornamentos de los sacerdotes judíos tenían un significado secreto y hasta el día de hoy existe un lenguaje religioso en clave, oculto en Ios colores, las formas y los usos de las vestiduras sagradas no solo entre los sacerdotes cristianos y los judíos, sino también en las religiones paganas. Las vestiduras de los sacerdotes del Tabernáculo recibían el nombre de cahanoeoe; las del sumo sacerdote se llamaban cahanoeoe rabboe. Encima del machanese, una prenda interior parecida a unos pantalones cortos, llevaban el chethone, una túnica delicada de hilo fino que llegaba al suelo y tenía mangas largas que se sujetaban a los brazos del usuario. Una faja con muchos bordados, que daba varias vueltas alrededor de la cintura (un poco más arriba de lo habitual) y de la que quedaba un extremo colgando por delante, y una birreta estrecha de lino, llamada masnaemphthes, completaban el atuendo del sacerdote corriente.

Las vestiduras del Sumo Sacerdote eran similares a las de los grados inferiores, aunque se les añadían algunas prendas y ornamentos. Sobre la túnica de lino blanco tejida especialmente, el Sumo Sacerdote llevaba un hábito sin costuras ni mangas, de color azul celeste, que le llegaba a los pies. Recibía el nombre de meeir y estaba adornado con una orla en la que se alternaban las campanillas y las granadas. En el Eclesiástico (uno de los libros rechazados de la Biblia moderna), aquellas campanillas y su significado se describen con estas palabras: «Y lo rodeó de granadas y de muchas campanillas de oro alrededor, de modo que, al andar, se produjera un ruido y un sonido que se oyera por el templo, para recordar a los niños de su pueblo». El meeir se sujetaba también con una faja multicolor finamente bordada y con hilo de oro Introducido en el bordado.

El efod, una prenda corta que, según la descripción de Flavio Josefo, parecía una chaqueta, se llevaba sobre la parte superior del meeir. Estaba  tejido con hilos de muchos colores, probablemente rojo, azul, morado y blanco, como los cortinajes y las telas que cubrían el Tabernáculo. También llevaba hilos de oro fino entretejidos. El efod se sujetaba a cada hombro mediante un ónice con forma de botón y en las dos piedras estaban grabados los nombres de los doce hijos de Jacob: seis en cada una. Se suponía que aquellos botones de ónice servían como oráculos y, cuando el Sumo Sacerdote formulaba determinadas preguntas, emitían un resplandor celestial. Cuando se iluminaba el ónice del hombro derecho, quería decir que Jehová respondía de forma afirmativa a la pregunta del Sumo Sacerdote; en cambio, cuando relucía el de la izquierda, indicaba una respuesta negativa.

En medio de la superficie delantera del efod había un espacio para poner el essen, o pectoral de la rectitud y la profecía, que, como su nombre indica, también era un oráculo muy poderoso. Era más o menos cuadrado y consistía en un cuerpo bordado en el que había engastadas doce piedras, cada una en un engarce de oro. Debido al gran peso de sus piedras, cada una de las cuales tenía un tamaño considerable y un valor inmenso, el pectoral se mantenía en su sitio mediante cadenillas especiales de oro y cintas. Las doce piedras del pectoral, como las piedras de ónice de las hombreras del efod, tenían la misteriosa capacidad de iluminarse con la gloria divina y, por consiguiente, de servir como oráculos. Con respecto al extraño poder de estos símbolos resplandecientes de las doce tribus de Israel, Flavio Josefo escribe lo siguiente.

«Mencionaré algo más maravilloso aún que esto: porque Dios anunciaba de antemano, mediante aquellas doce piedras que el Sumo Sacerdote llevaba sobre el pecho y que estaban insertadas en su pectoral, cuándo saldrían victoriosos en la batalla, porque era tal el esplendor que brillaba en ellas antes de que el ejército emprendiera la marcha que todos percibían la presencia de Dios para ayudarlos. Sucedió entonces que aquellos griegos, que sentían veneración por nuestras leyes, como les resultaba imposible contradecirlo, dieron al pectoral el nombre de “el oráculo”.» El autor añade a continuación que las piedras dejaron de encenderse y brillar como doscientos años antes de que él escribiera su historia, porque los judíos habían infringido las leyes de Jehová y el Dios de Israel ya no estaba satisfecho con Su pueblo elegido.

Los judíos aprendieron astronomía de los egipcios y es probable que las doce joyas del pectoral simbolizaran las doce constelaciones del Zodíaco. Aquellas doce jerarquías celestiales se consideraban joyas que adornaban el pectoral del hombre universal, el Macroprosopo, mencionado en el Zohar como «el anciano de los días». El número, doce aparece con frecuencia entre los pueblos antiguos, casi todos los cuales tenían un panteón constituido por doce semidioses, presididos por el Invencible, que era Él mismo, sometido al Impenetrable Padre de Todos. Este uso del número doce destaca en particular en los escritos judíos y los cristianos: los doce profetas, los doce patriarcas, las doce tribus y los doce apóstoles; cada grupo tiene un significado oculto determinado, porque cada uno hace referencia al Divino Duodécimo, en cuyas emanaciones se manifiestan en el universo creado y tangible a través de doce canales individualizados. La doctrina secreta también enseñaba a los sacerdotes que las joyas representaban centros de vida dentro de su propia constitución, que, cuando se desarrollaban según las instrucciones esotéricas del templo, eran capaces de absorber en sí mismas la luz divina de la divinidad y de volverla a irradiar. (Las flores de loto de las Indias Orientales tienen un significado similar.) Los rabinos nos enseñaban que cada uno de los hilos de lino retorcidos que se usaron para tejer los cortinajes y los ornamentos del Tabernáculo contenían veinticuatro fibras distintas, para recordar a los perspicaces que la experiencia que se adquiere durante las veinticuatro horas del día (representadas en la masonería por la regla de veinticuatro pulgadas) se convierte en los hilos con los que se tejen las vestiduras de gala.

 

EL URIM Y EL THUMMIM

En el reverso del essen, o pectoral, había un bolsillo que contenía unos objetos misteriosos: el urim y el thummim. Aparte del hecho de que se usaban para la adivinación, poco más se sabe de ellos. Algunos autores sostienen que eran piedras pequeñas (parecidas a los fetiches que algunos pueblos aborígenes veneran todavía) que los israelitas habían llevado consigo al marchar de Egipto, convencidos de que poseían poderes adivinatorios. Otros creían que el urim y el thummim tenían forma de dados, que se arrojaban al suelo y servían para tomar decisiones. Unos pocos sostienen que no eran más que nombres sagrados, escritos en láminas de oro, que se llevaban como talismanes. «Según algunos, el urim y el thummim representan “luces y perfecciones” o “la luz y la verdad”; esto último presenta una analogía asombrosa con las dos figuras de Re (Ra) y Temis que aparecen en el pectoral que llevaban los egipcios.”(The Faiths of the World de Gardner.)

El tocado no era lo menos extraordinario de las vestiduras del Sumo Sacerdote. Encima del simple birrete blanco del sacerdote corriente, este dignatario llevaba una tela azul y una corona de oro, que constaba de tres bandas, una por encima de la otra, como la mitra triple de los magos persas. Esta corona simbolizaba que el Sumo Sacerdote no solo imperaba sobre los tres mundos que los antiguos habían diferenciado (el cielo, la tierra y el infierno), sino también sobre las tres divisiones del ser humano y el universo: el mundo espiritual, el intelectual y el material. Estas divisiones también estaban representadas en tres aposentos del propio Tabernáculo.

En lo alto del tocado había una copa de oro diminuta, con forma de flor que significaba que la naturaleza del sacerdote era receptiva y que tenía un recipiente en su propia alma que, como si fuera una copa, podía recoger las aguas eternas de la Vida que caían en él desde el cielo. Esta flor situada sobre la coronilla de su cabeza se asemeja en su significado esotérico a la rosa que crecía en una calavera, tan famosa en la simbología de los templarios. Los antiguos creían que la naturaleza espiritual que huía del cuerpo ascendía a través de la coronilla; por consiguiente, el cáliz o la copa con forma de flor simbolizaban también la conciencia espiritual. En el frente de la corona de oro estaba escrito mi hebreo «consagrada a Yahveh».

Aunque las togas y los ornamentos aumentaban el respeto y la veneración de los israelitas por su Sumo Sacerdote, todo aquel boato no significaba nada para Jehová. Por consiguiente, antes de entrar en el Sanctasanctórum, el Sumo Sacerdote se quitaba todas aquellas galas terrenales y se presentaba desnudo ante el Señor Dios de Israel. Allí podía vestirse tan solo con sus propias virtudes y su espiritualidad debía adornarlo como una prenda de vestir.

Cuenta la leyenda que quienquiera que por casualidad entrase en el, Sanctasanctórum sin estar limpio era destruido por un relámpago del fuego divino procedente del trono de Dios. Si el Sumo Sacerdote tenía aunque solo fuera un pensamiento egoísta, lo mataba. Como nadie sabe, cuándo le puede pasar por la cabeza un pensamiento inadecuado, había que tomar precauciones, por si el Sumo Sacerdote moría cuando estaba en presencia de Jehová. Como los demás sacerdotes no podían entrar en el santuario, cuando su líder estaba a punto de entrar a recibir las órdenes del Señor, le ataban una cadena en torno a uno de los pies, para que, si moría mientras estaba detrás del velo, pudieran arrastrar su cadáver hacia fuera.

 

 

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