DESCUBRE A TU ÁNGEL DE LA GUARDA

Por: Rubén Zamora

 

El Ángel de la Guarda y los diversos cuerpos

Dónde encaja el Ángel de la Guarda con respecto a todo lo que envuelve y compone al ser humano, tanto en el aspecto físico como en los aspectos intelectual y espiritual.

¿Dónde está, dónde o cómo podemos colocarlo?

Hay quien lo señala como nuestro Yo Superior, como el Padre en nuestros roles psicológicos, o como nuestro Cuerpo Astral, es decir, nuestro Ser o Yo Espiritual, basándose en la idea de que también nosotros algún día seremos ángeles. Pero aún no lo somos, y antes de llegar a serlo tendríamos que tener conciencia de la unión y armonía de nuestros cuerpos físico, mental y espiritual, ya no para ser ángeles, sino simplemente para ser seres humanos íntegros y completos en esta Tierra.

El Buda dijo que la iluminación puede llegarle a cualquiera aunque no medite ni haga sacrificios espirituales o personales, y los maestros de Zen dicen lo mismo, e incluso van un poco más allá y practican el golpe de bastón sobre la parte trasera del hombro izquierdo como vía de elevación.

Carlos Castaneda, como los monjes Zen, sitúa el punto de encaje o centro del equilibrio y la unión entre cuerpo, mente y espíritu, en esas misma zona, y hace que su personaje de don Juan le golpee, con una simple palmada y no con un bastonazo, en dicho punto para que él pueda tener un desprendimiento astral y adquirir la visión del águila, es decir, la visión del cuerpo astral en pleno y libre vuelo.

El famoso punto de encaje o punto de iluminación, no es más que el reflejo de una glándula llamada timo que los hindúes señalaban con mucha exactitud como la fuente reguladora de los movimientos del corazón. En ese punto sentimos la taquicardia, y es el que más se excita cuando intentamos o logramos hacer un viaje astral, lo que resulta molesto y hasta peligroso para mucha gente.

En un viaje astral es muy posible que podamos ver a nuestro Ángel de la Guarda, y comprobar que es un compañero de viaje, un amigo que nos protege de otros seres menos amigables y hasta un guía que nos señala las posibilidades del destino de nuestra vida, pero que no tiene nada qué ver ni con nuestra mente ni con nuestro espíritu y mucho menos con nuestro cuerpo, es decir, que es un ser de luz completamente independiente, con más capacidad de entrega y sacrificio hacia nosotros que nosotros mismos. Es decir, que nuestro Ángel de la Guarda es más firme y constante que nuestro espíritu y que nuestro cerebro, y que si bien nosotros somos perfectamente capaces de engañamos y de traicionamos a nosotros mismos de muchas formas y en muchos niveles, él no lo haría nunca.

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Nuestro espíritu puede alejarse de nuestro cuerpo y de nuestra mente, y nuestra mente puede alejarse del espíritu y del cuerpo sin problemas; incluso nuestro cuerpo físico puede hacer un esfuerzo para desconectarse de lo que piensa el cerebro y de lo que siente el espíritu, mientras que nuestro Ángel de la Guarda se mantiene firme, de una sola pieza, coherente con nosotros y con él mismo, sin traicionarse a sí mismo y sin abandonamos ni un solo momento.

Nuestro Ángel de la Guarda nos ama y nos comprende, aunque no comparte ni nuestros sueños ni nuestras ansiedades. Nos ve caer y tropezar, ascender y trepar, luchar y darnos por vencidos, sin perder los nervios y sin salirse de su papel, cumpliendo con su misión a pesar de que nosotros mismos nos neguemos a hacerlo.

 

Ángel de la Guarda y proyección astral

Quiero dejar bien claro que nuestro Ángel de la Guarda no es nuestro cuerpo astral ni nuestro Yo Superior. Es más, y los que dominan las técnicas de la proyección mental y la proyección astral lo saben, nuestro Ángel de la Guarda no aparece cuando realizamos estas técnicas.

Ni siquiera en la meditación trascendental, en el retiro espiritual o en la transposición ascética aparece su figura.

El Ángel de la Guarda no aparece ni siquiera en los ejercicios hipnóticos de regresión, ni en otros estados de sugestión, catarsis, trance, ensoñación o hipnotismo.

Por supuesto, podemos hacer un ejercicio de proyección mental y recreamos en su figura imaginaria, pero sólo será eso, una imagen inventada por nuestro cerebro y no la verdadera apariencia y mucho menos el ser de nuestro Ángel de la Guarda.

Cuando realizamos un viaje astral podemos acceder a los túneles oscuros, y a través de ellos llegar a las Puertas del Cielo, e incluso podemos llegar a ver seres divinos, ángeles con trompetas o al famoso Guardián Azul, pero nuestro Ángel de la Guarda permanecerá ausente en estas experiencias.

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Lo que sí es posible, una vez que hemos encontrado de manera natural a nuestro Ángel de la Guarda, que éste nos acompañe en diversas experiencias, pero si no lo hemos encontrado antes, simplemente no lo veremos por alcanzar o provocar un estado alterado de conciencia.

Por supuesto, el uso de psicotrópicos, lo mismo que el viaje astral, nos puede permitir ver otras realidades y acceder a otras dimensiones, pero no nos llevará al lugar donde se encuentra nuestro Ángel de la Guarda.

Donde sí lo podemos ver y oír, y sólo en contadas ocasiones, es cuando entramos en estado de vigilia, en el momento justo que precede al sueño, en esa zona entre el atardecer y la caída de la noche, cuando cerramos el telón de la vida cotidiana y abrimos la puerta de los sueños. Sí, lo podemos ver en ese preciso instante, pero su figura pronto se desvanecerá.

En este estado entre el dormir y el despertar, es más fácil ver hadas y elfos, duendes y gnomos, y muchos otros seres fantásticos, que a nuestro Ángel de la Guarda.

 

Ángel de la Guarda y magia

Tampoco se tiene acceso al Ángel de la Guarda haciendo rituales mágicos, invocaciones, misas o cosas por el estilo.

Con un ritual mágico movemos otras fuerzas, mucho más terrestres y elementales de lo que nos pensamos, que no tienen nada qué ver con nuestro Ángel de la Guarda.

Cuando invocamos seres de otras dimensiones, desencarnados, fantasmas, dioses o ángeles, lo que en realidad llegamos a atraer son seres elementales, es decir, seres débiles que se dejan mandar e influir por el mago. A veces puede acercarse a la invocación un ángel o un demonio, un fantasma o un ser de otra dimensión y hasta una figura religiosa, que puede ayudarnos o no a conseguir nuestros deseos, pero no a nuestro Ángel de la Guarda.

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Los rituales mágicos no son sólo los que hacen los magos o las brujas en lugares apartados y delante de grupos reducidos, porque también lo son los que realizan cada sábado o domingo los curas, sacerdotes, rabinos, pastores y hasta políticos y directores de empresa cuando convocan a sus seguidores y les piden una fe o una entrega que va más allá de lo habitual y lo físico.

Nuestro Ángel de la Guarda no responde ni a los rituales grupales ni a los individuales, entre otras cosas, porque él no requiere de nuestra fe, devoción o solicitud para existir, y su misión tampoco está relacionada con interceder por nosotros delante de los dioses, y mucho menos cumplir nuestros deseos. Ya existen muchas otras fuerzas mágicas y religiosas que se encargan de estos asuntos.

 

¿Entonces qué es o quién es nuestro Ángel de la Guarda?

Nuestro Ángel de la Guarda es un ser de luz independiente que tiene vida y existencia propia, que nos acompaña, por entrega y bondad, desde que nacemos hasta que morimos.

Según los textos cabalísticos puede acompañarnos desde nuestra formación en el útero, es decir, desde el momento en que el feto se convierte en un verdadero ser y no sólo en un proyecto biológico. Esto sucede más o menos al décimo cuarto día de gestación, según unos, o a los tres meses lunares (84 días aproximadamente), según otros.

Por eso para muchas religiones es tan importante no abortar, pero mientras unas dan sólo 14 días para hacerlo sin cometer asesinato sobre el nuevo ser, otras señalan los tres meses lunares o las dos primeras faltas de menstruación, para llevar a cabo la anulación del embarazo. La religión católica, por ejemplo, no acepta el aborto ni a los tres días de embarazo, porque considera que la iluminación del ser y la presencia del Ángel de la Guarda se produce en el mismo instante en que el espermatozoide se funde con el óvulo, es decir, en el mismo instante de la concepción, y atentar contra este producto sagrado es un asesinato y un pecado desde el primer momento.

Como todo esto son teorías que no se pueden demostrar científica ni racionalmente, también hay quien señala la presencia del Ángel de la Guarda justo en el momento en que el niño nace, cuando ve la luz por primera vez.

Para los natalistas, es decir, para los que creen que el Ángel de la Guarda se persona justo en el momento del nacimiento, el papel de ángel guardián recae en uno de los 72 nombres de Dios, argumentando que dichos ángeles tienen el don de la ubicuidad y que pueden atender y cuidar a tantos seres humanos como nazcan en los cinco grados de zodíaco que le corresponden.

Según esta teoría, un sólo ángel puede ser el ángel guardián de millones de seres humanos, ya que cada año en su sector del zodíaco vuelven a nacer unos cuantos cientos de miles más que quedarán bajo su amparo.

Según mi propia experiencia, todos y cada uno de nosotros tenemos un personal Ángel de la Guarda que se ocupa de su vida y de la nuestra, y que no compartimos con nada ni con nadie.

Nuestro Ángel de la Guarda tiene nombre propio y personalidad propia, y nos acompaña desde el momento de nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, y su función básica es acompañamos, ayudarnos a que no nos desviemos de nuestro destino y protegemos de fuerzas externas y hasta de nosotros mismos para que cumplamos nuestro ciclo, ya que también estará presente a la hora de nuestra muerte, y si nadie viene a recogemos para llevamos hacia la luz, él nos orientará en nuestros primeros pasos en el más allá.

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Como la mayoría de nosotros no lo conocemos, no sabemos su nombre ni le hemos visto la cara nunca (y si lo hemos hecho muchas veces nos olvidamos de él y de su presencia), a veces se reviste con la figura de alguien conocido o querido, o adopta el aspecto de una figura religiosa que nos merezca confianza. Pero no siempre es así, y a menudo el fallecido le teme y hasta quiere ahuyentarlo.

Si no hemos cumplido con nuestro destino, ya sea debido a un accidente o a un suicidio, apenas si lo veremos y lo más seguro es que volvamos a reencarnamos, a veces en la misma vida y en el mismo tiempo, para que volvamos a intentarlo.

Nuestro Ángel de la Guarda está con nosotros a cada momento, pero ni juzga nuestros actos ni intenta que seamos mejores, ni más inteligentes ni más buenos, simplemente nos acompaña e intenta evitar que nos desviemos de nuestro propio camino.

El Ángel de la Guarda no impide el libre albedrío, es decir, nos deja hacer lo que nos dé la gana y recorrer todos los senderos que queramos. De vez en cuando nos puede dar un consejo, en vivo o en sueños, inspiramos para que convirtamos en realidad nuestros deseos, o advertirnos de algún peligro inminente o de un accidente al que nos abocamos y que puede interrumpir la línea de nuestro destino.

 

¿Qué es el destino?

El destino es una línea recta en la confluyen tres o cuatro puntos importantes para nuestra vida en la Tierra.

Esa línea recta se cumple en el espacio y en el tiempo hagamos lo que hagamos, triunfemos o fracasemos, porque consiste básicamente en el tiempo y el espacio de nuestro nacimiento, y en el espacio y el tiempo de nuestra muerte.

Puede haber dos o tres puntos más de confluencia entre nuestra línea vital y lo que realmente hacemos en la vida, como puede ser una gran alegría o una gran pena, el conocer a alguna persona o el lograr algo concreto, pero también puede ser sólo un hecho simbólico, como beber un vaso de agua o decir que no a algo que normalmente diríamos que sí.

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Podemos cumplir nuestro destino siendo listos y buenos o siendo aviesos y malvados, porque las leyes divinas no tienen nada qué ver con las leyes de los hombres, y por la misma razón lo podemos cumplir siendo ricos o pobres, triunfadores o perdedores, porque los triunfos y las derrotas terrestres no tienen nada en común con las celestiales.

Por eso, hagamos lo que hagamos y nos portemos como nos portemos, nuestro Ángel de la Guarda se mantiene a nuestro lado desde el principio hasta el fin. Y es que para alcanzar el cielo o la iluminación no hay que hacer otra cosa que lo que debemos hacer.

Una leyenda dice que el Buda, que después de varias encamaciones de perfeccionamiento, meditación y frugalidad alcanzó el Nirvana. Durante esas vidas y encarnaciones, y mientras él permanecía sacrificado y recluido en el monasterio, conoció reyes déspotas y crueles, asesinos terribles, violadores de espanto y toda clase de personas más o menos de alta o de baja ralea.

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Cuando por fin entró en el Nirvana, con una sonrisa en los beatíficos labios, se dio de bruces con uno de aquellos reyes malvados, con un violador, con un ladrón y hasta con un campesino zafio, sucio e ignorante, todos ellos disfrutando de la iluminación y el Nirvana antes que él, que se había dedicado en cuerpo y alma a la Gran Luz Universal.

Se presentó ante la Gran Luz Universal, y con lágrimas celestiales en sus sagrados ojos preguntó que por qué aquellos seres inmundos habían recibido la gracia.

La Gran Luz Universal lo vio con cierta extrañeza, lo convino para que recuperara la paz y la alegría, y le dijo que aquellos seres estaban ahí simplemente porque habían hecho lo mismo que él: cumplir con su destino.

El bien y el mal radican en nuestra conciencia y en nuestro corazón. Interiormente sabemos lo que hacemos bien y lo que hacemos mal. Podemos justificar nuestras malas acciones, pero no podemos engañamos.

La frontera entre el bien y el mal es muy endeble, pero tanto las leyes humanas como la economía social nos imponen un comportamiento lo más correcto posible para poder convivir con los demás.

No basta con que consideremos bueno sólo aquello que nos satisface, nos complace y favorece, y malo aquello que no nos gusta o atenta contra nuestros intereses, porque en el fondo de nuestro corazón sabemos perfectamente cuándo es la envidia, el egoísmo o el bien común lo que nos mueve. Así que no basta con creerse bueno y portarse bien para ganarse el cielo, y no será nuestro Ángel de la Guarda quien nos lleve por este derrotero. Hay que elevar la conciencia y aprender de nuestros errores, para no juzgar en vano la paja en el ojo ajeno.

Además, contamos con el más hermoso de los milagros, y hasta quizás el único y verdadero: la vida, y mientras estemos vivos a ella nos debemos.

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Romperla o interrumpirla, como en el caso del aborto, del asesinato o del suicidio, no sirve absolutamente para nada, porque el espíritu tiene que volver a encarnarse para continuar con la línea de su destino desde el principio hasta el final, porque ha de cumplir una misión ineludible: vivir la vida, porque solamente viviendo la vida se puede alcanzar nuevamente la gloria de los cielos, y para eso están aquí los ángeles guardianes, para que vivamos nuestro destino entero.

 

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