DE CHERNÓBIL A FUKUSHIMA – EL CAMINO POR DELANTE.

Andrew Leatherbarrow

 

Por Andrew Leatherbarrow

CENEFALA INTENCIÓN NUNCA fue hacer del Sarcófago una solución permanente; el objetivo era construir una estructura que confinara la fuga de radiactividad lo más rápido posible. Como consecuencia, solo tenía una vida estimada de veinte años, que han pasado hace ya tiempo. En 1997 se inició un Plan de Implementación de Refugios financiado por 46 países para buscarle un sustituto, llamado Nuevo Sarcófago Seguro (NSS), con un coste estimado de 2.000 millones de euros. La construcción comenzó por fin en el 2011, más o menos por la época en que visité la zona. El NSS, un único y enorme arco de 250 metros de anchura y 165 metros de longitud, con un peso colosal de 30.000 toneladas, se monta a partir de secciones prefabricadas en un terreno a 400 metros al oeste de la unidad 4. La primera mitad quedó completada a finales de marzo de 2014, y las dos mitades acabadas fueron unidas un año después.

Aunque en principio se iba a colocar por encima del Sarcófago original en 2005, hubo dificultades para conseguir fondos y el NSS no estuvo acabado hasta noviembre de 2016. Una vez completada, la estructura entera fue llevada a lo largo de raíles construidos especialmente, centímetro a centímetro, en el transcurso de dos días. Fue la estructura móvil más grande jamás construida.

A diferencia del Sarcófago Objeto, este nuevo contenedor ha sido diseñado para durar cien años, cuando la mayoría del trabajo de desmantelamiento de la unidad 4 haya concluido. Yo esperaba con ilusión mi segundo viaje a Chernóbil, que tenía reservado y pagado para que coincidiera con la operación de traslado, pero el gobierno de Ucrania anunció en el último momento que durante la misma no se permitiría el acceso del público al área, por lo que a desgana tuve que anular el viaje.

Cada mitad del arco está formada por diferentes secciones. Se usaron unos enormes gatos, cuyo único uso anterior había sido elevar el submarino hundido Kursk en 2001, para levantar cada parte más y más alto hasta alcanzar su altura máxima de 110 metros. Dentro hay puentes-grúa operados por control remoto para trasladar gente y equipamiento.

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Operario en Chernóvil.

Para evitar la corrosión de la estructura de acero, los diseñadores han implementado un ingenioso sistema de aire acondicionado que hace circular 45.000 m3 por hora de aire caliente cerca del revestimiento. «Existen estructuras de acero que han durado cien años, como la torre Eiffel, pero eso es porque son repintadas continuamente —dijo el doctor Eric Schmieman, asesor técnico sénior del Laboratorio Nacional de Pacific Northwest en Estados Unidos, a la revista Wired en 2013—. Una vez montemos la nuestra, eso será imposible; los niveles de radiación serán tan altos que no podremos enviar a gente dentro. Entonces ¿qué vamos a hacer? Vamos a acondicionar el aire que llega a ese espacio. Vamos a mantener la humedad relativa a menos del 40%».

Con todo ya en su lugar, los ingenieros han empezado a trabajar en el desmantelamiento del Sarcófago, cosa que se estima que va a llevar cinco años. Asumiendo que se complete antes de 2023, cuando la Estructura de Acero Diseñada para la Estabilización que sostiene la pared oeste ya no garantice soportar el peso, podrá comenzarse el trabajo de sacar de la unidad 4 el material que contiene el combustible. Este tendrá cien años, que parece mucho, pero el proceso de desmantelamiento nuclear es notablemente laborioso. A pesar de que el incendio en la planta nuclear inglesa de Windscale se produjo en 1957, no se espera que su limpieza acabe antes de 2041.

En cuanto a Fukushima, es en su mayor parte un desastre causado por el hombre, con una historia posterior casi tan interesante como la de Chernóbil. Por desgracia, eso se debe al nivel de ineptitud de la operación de limpieza. Durante los primeros años después del tsunami, cada semana aparecían informes sobre nuevas fugas de agua radiactiva, trabajadores del desmantelamiento que eran sometidos a altas dosis de radiación, equipamiento inadecuado y protocolos de seguridad que serían risibles de no poner en peligro la vida de la gente, por no mencionar el entorno.

Incluso han vuelto a repetir el error más frustrante de 1986: al llegar las escalas de los radiómetros al máximo, no contar con que en realidad los niveles de radiación son mucho más altos. Y, más increíble aún, la operación de limpieza se ha hecho famosa por usar a hombres y mujeres sin techo y sin formación, sacados de las calles por subcontratistas corruptos que son una tapadera apenas legal del crimen organizado. Los mendigos viven en condiciones horripilantes, y esos mismos subcontratistas se quedan con más del treinta por ciento de su sueldo. A diferencia de la limpieza de Chernóbil, en la que el gobierno soviético enterró el problema bajo montañas de dinero y personal, la Compañía Eléctrica de Tokio (TEPCO), propietaria y operadora de Fukushima, es una empresa pública —aunque nacionalizada en la práctica en 2012 con un gigantesco rescate gubernamental— y tiene que generar beneficios y complacer a los inversores. Por tanto, se han gastado la menor cantidad de dinero que les ha sido razonablemente posible, sin dejar de transmitir la sensación de que intentan resolver el problema.

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Fukushima

En octubre de 2013, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, acabó con un período de dos años de tozudez en que se negó a aceptar ayuda internacional, cuando pidió a los expertos nucleares mundiales su colaboración en la limpieza. Apenas unas semanas después se supo que el gobierno japonés había acabado tan frustrado con TEPCO que llegó a escribir una propuesta para liberar a la empresa de su responsabilidad por la planta. A principios de noviembre del mismo año, y ya en plena lucha por combatir el pesimismo, los operadores de la planta de Fukushima comenzaron la fase más peligrosa y delicada del desmantelamiento hasta entonces: sacar el combustible gastado y altamente radiactivo de la piscina de refrigeración del reactor 4. El director de la Autoridad Reguladora Nuclear japonesa aconsejó personalmente al presidente de TEPCO, Yoshimi Hitosugi, que procediera con sumo cuidado, pero cuando se le preguntó por su opinión sobre el asunto este se mostró despreocupado e insistió en que «no creemos que resulte peligroso».

En marzo de 2015, TEPCO había desperdiciado más de un tercio de los 1.600 millones de dólares de dinero del contribuyente dedicados a la limpieza de la planta en una sucesión de fracasos. Se aprobó un plan drástico para sellar Fukushima Daiichi de la tierra que lo rodea y hacer que deje de filtrarse agua contaminada al mar, construyéndose las máquinas necesarias. La misión conjunta de TEPCO y el gobierno es congelar el terreno usando 1.568 cañerías en una montaña colosal de 3o metros de profundidad. Los críticos con el plan señalaron que no se habían considerado correctamente ni el coste ni las probabilidades de éxito, pero el gobierno decidió seguir adelante. Un intento inicial acabó con un rotundo fracaso en 2014, cuando TEPCO no consiguió hacer que la temperatura descendiera tanto como se necesitaba, incluso después de añadir diez toneladas de hielo. Desde entonces, la congelación ha sido incapaz de contener toda el agua repetidamente, a pesar de haberle dedicado unos 325 millones de dólares del erario público al proyecto hasta marzo de 2018.

Uno de los mayores desperdicios fue una máquina creada para la ocasión, con un coste de 270 millones de dólares, dedicada a extraer el cesio del agua que se filtra por los tres reactores dañados y acaba en el océano. El aparato nunca llegó a funcionar bien y, antes de ser abandonado, tan solo filtró un total de 77.000 toneladas de agua, en vez de las 300.000 que se suponía que iba a procesar por día. Los tanques de contención antes mencionados, no se sabe cómo, han llegado a costar 135 millones de dólares, y todos están siendo sustituidos.;

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Trabajadores

La energía nuclear había estado experimentando un cierto nuevo auge antes del desastre de Fukushima; parecía que por fin el mundo estaba dejando Chernóbil atrás. Pero esta nueva emergencia hizo que volvieran a la superficie los viejos miedos y provocó que muchos países revisaran su política nuclear. Por su parte, Japón desconectó de inmediato sus 48 otros reactores nucleares después del accidente, en 2011, aunque desde entonces ha vuelto a activar algunos selectos. La energía nuclear sigue siendo un asunto que causa gran división en el país y cuenta con una fuerte oposición pública.

Alemania, otro gran usuario nuclear, hizo lo propio y anunció planes de empezar a desmantelar todas sus plantas, al igual que Suecia e Italia. Incluso Francia, famosa por depender de esta clase de energía para hasta el 75% de su electricidad, tiene planes de reducir su dependencia de la misma en las próximas décadas.

La administración Obama había favorecido la construcción de las primeras plantas nucleares norteamericanas en décadas, pero los proyectos pronto se pasaron de presupuesto y de calendario. Las nuevas tecnologías con potencial para cambiar esta tendencia, como los reactores que usan sal fundida, son caras y su viabilidad comercial no está demostrada, y ofrecen desventajas que a menudo contrarrestan sus virtudes teóricas, mientras muchos reactores en uso hoy en día se acercan al final de su vida útil y pronto serán cerrados para siempre.

La industria nuclear —vital, pero temida e incomprendida— tiene un futuro incierto por delante. Pero no todo es negativo. Incluso los más firmes detractores de la energía nuclear, los medioambientalistas, empiezan a decidir en masa que podría tratarse de nuestra única opción escalable, sostenible y limpia, mientras que la India, Corea del Sur, Rusia y especialmente China están construyendo más de 60 nuevas centrales.

En la India se están desarrollando interesantísimas nuevas tecnologías, donde el primer prototipo comercial del mundo de un reactor de torio (que usa fisión de uranio, producida por el elemento natural torio) lleva en construcción desde 2004. Este reactor ha sufrido múltiples retrasos; originalmente iba a estar acabado en 2012 y después en 2017, aunque en junio de 2019 se supone que entrará en servicio en 2020. Puede funcionar durante cuatro meses sin ningún control humano y ha sido diseñado para durar cien años, el triple de lo habitual.

Después de Fukushima se pensó en centrales a prueba de tsunamis, y actualmente un equipo de ingenieros nucleares del ITM (MIT por su sigla en inglés) trabaja en un reactor flotante que usa compartimentos inundados como fuente infinita de refrigeración. Las energías renovables como la eólica y la solar, siempre en competición, mejoran constantemente y puede que resulten una alternativa viable al carbón, el petróleo y los combustibles nucleares dentro de unas décadas, aunque por ahora la nuclear parece nuestra única opción realista de crear energía limpia a escala global. Esperemos que aquellos que tienen el poder y el dinero como para construirlas y operarlas hayan aprendido que la seguridad es lo primero.

 

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