d) Apéndice: ¿Por qué no entró Moisés en la tierra prometida?.

Moisés ha educado a los hebreos, se ha enfrentado al Faraón, ha capitaneado el éxodo y ha fijado la alianza, fundando así la nueva identidad del pueblo… Su vida incluye además otros aspectos que aquí sólo evocamos: edifica el Santuario (Éx 25-40), promulga leyes sacrales (Lev), lucha contra los «revisionistas» del becerro de oro (poderes establecidos), intercede en favor del pueblo, camina cuarenta años por el desierto, etc. Pero en el fondo de todo se eleva una pregunta: ¿Por qué no entró en la tierra prometida? ¿Por qué la vio y murió a sus puertas? Eso ha inquietado a muchos creyentes posteriores, que afirman incluso que Moisés pecó por desconfianza. El pueblo murmuraba por falta de agua. Dios mandó a Moisés golpear en una roca. Él tomó la vara… y dijo: «Escuchadme, rebeldes. ¿Podremos hacer que brote el agua de esta peña por vosotros?» Alzó la mano y golpeó la roca por dos veces. El agua brotó en abundancia y bebió la comunidad y su ganado. Yahvé dijo entonces a Moisés y Aarón: «Por no haber confiado, por haberme deshonrado ante los israelitas… no guiaréis a esa asamblea hasta la tierra que les he dado» (Éx 20,9-12).

Moisés liberador no ha conseguido la meta; ha muerto cuando el pueblo estaba para entrar en ella. El texto explica el hecho diciendo que ni Moisés pudo elevarse ante Dios como perfecto, a pesar de su grandeza, pues siguió envuelto en debilidades. Hay además otra razón: los libertadores mueren ordinariamente sin lograr la meta. «Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, frente a Jericó. Y Yahvé le fue mostrando desde allí toda la tierra prometida… Y después le dijo: «ésta es la tierra que prometí a vuestros padres. Te dejo verla con tus ojos, pero no pasarás a ella». Allí murió Moisés, siervo de Yahvé, en el país de Moab… Le enterraron en el valle, en tierra de Moab. Pero nadie hasta hoy ha conocido su tumba» (Dt 34,1-6). Nadie ha podido venerarle; su final está en el Nebo, ante las puertas de la tierra prometida. Pero su herencia no es un sepulcro, sino la Ley de Dios y el mismo pueblo. Su religión no es un culto funerario, sino esperanza y tarea de la libertad sobre el sistema, la comunión de los antiguos o nuevos hebreos. Así acaba de manera sorprendente el libro de la Ley israelita, que puede interpretarse al menos de tres formas.

— Los judíos afirman que la herencia de Moisés es un Camino de Presencia nacional: la Ley que él promulgó, de parte de Dios, para conducir a los hebreos, esclavos del sistema, hacia la tierra prometida. En un sentido, el sucesor de Moisés ha sido Josué (= Jesús), conquistador de Palestina (cf. Dt 34,9; Jos 1-2). Pero, en otro, el verdadero Josué-Salvador aún no ha llegado, y por eso los judíos siguen siempre en éxodo, separados y amenazados, pero manteniendo ante los nuevos faraones la protesta de sus gritos y el testimonio de su opción de libertad, que quieren ofrecer un día a todos los humanos.

— Los cristianos suponen que el auténtico heredero de Moisés es Josué-Cristo (cf. Hebr 1,1-3) y añaden que ha muerto por su fidelidad a Dios y por su opción liberadora, no por sus pecados (que no los ha tenido). Ha muerto porque le han matado los que no aceptaban su tarea sanadora a favor de los nuevos hebreos (impuros, enfermos, oprimidos). Se ha mantenido hasta el fin, sobre el monte de la Cruz, no en el Nebo de Moab, y sus fieles conocen su sepulcro pero saben que está vacío (cf. Mc 16,1-8). No ha dejado una Ley y un pueblo separado; se ha dejado a sí mismo para todos los que quieran aceptar su mensaje y tarea de Reino. — Los musulmanes afirman que la historia de Moisés profeta ha culminado en Muhammad, de forma que el Éxodo se vuelve Hégira, como indicaremos. Pero, en contra de Moisés, Muhammad no salió de La Meca por siempre, sino para retornar y transformar el mismo sistema de opresión en pueblo de fieles liberados (31).

 

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