CREENCIAS Y COSMOVISIÓN DEL JUDAÍSMO – MUERTE SEPULTURA Y MÁS ALLÁ.

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Adonái.

Centrarse en esta vida

La religión judía se orienta hacia la vida terrenal en mayor proporción que las demás religiones. Si un moribundo se halla aún en condiciones de prepararse interiormente para su muerte cercana, ha de hacerlo con rezos, reconociendo sus pecados y bendiciendo a sus descendientes. Poco antes de la muerte, sus deudos han de proclamar su fe en la unicidad de Dios.

Su última palabra debe ser «Shemá Israel», la proclamación de la unidad de Dios. El «Shemá Israel» («Oye, oh Israel») es la oración más importante del día; se pronuncia por la mañana y por la tarde. Tras morir alguien, el cuerpo no se toca. Más tarde se le tumba en el suelo, se enciende una vela, se lava al difunto y se le viste con una sencilla camisa de lino. Nunca se abandona al difunto hasta su entierro, en señal del respeto que se le ofrenda. Normalmente junto al difunto se encuentra un shomer («velador»), que recita salmos.

 

El sheol judío, una tierra de la que no se vuelve

Siempre ha habido ideas sobre el más allá en el judaísmo, si bien sólo los fariseos creían en una vida después de la muerte. En la Biblia, al ámbito subterráneo yermo y lóbrego al que se dirigen los difuntos se le llama sheol. Sheol es el lugar de la descomposición, la morada de las tinieblas, la tierra del desorden adonde van a parar tras su fallecimiento el rico y el pobre, el señor y el esclavo, reyes y príncipes, grandes y pequeños. Para ello, se emprende una ascensión a los cielos.

 

El Juicio Final y la resurrección       

Para un judío devoto, el día del Juicio Final los difuntos regresarán para contemplar el rostro de Dios. Éste hará resucitar a los justos, tal como insinúan los Salmos, pero los ateos prolongarán para siempre su letargo.

La idea tradicional de la resurrección de los cuerpos solamente es dogma para los ortodoxos. Pero el judaísmo reformador la ha abandonado, y en su lugar muestra la fe en la inmortalidad del alma.

 

La espera del Mesías

Los judíos viven esperando al Mesías. Esa espera se vincula a la salvación de Israel de todos los males y con la renovación del Templo de Jerusalén. Las representaciones de cómo podría ser ese nuevo reino de Dios no están permitidas en el judaísmo. En el libro de oraciones judío, se dice lo siguiente con respecto al Mesías (en hebreo, «mashiaj”, .el Ungido”) que Dios mandará: Enviará al final de los tiempos a nuestro Ungido para salvar a quienes esperan con impaciencia el objetivo final de la salvación”.

 

El fin del mundo

El fin del mundo, el apocalipsis, únicamente lo determina Dios. El judío devoto lo relaciona con la esperanza de que se iniciará el reinado de Dios, reservado tanto al pueblo de Israel como a los restantes pueblos de la tierra que cumplan la voluntad divina. Tendrán que plegarse así a la autoridad de Dios. El pueblo de Israel será liberado de sus padecimientos y congojas, y concluirá su persecución, su vejación y desprecio.

La «salvación” no se refiere al pecado o la culpa, sino a una especie de liberación nacional y a la paz entre todos los pueblos. La renovación del mundo traerá consigo la resurrección de los muertos. Por esta razón, éstos deben reposar en la tierra y no ser incinerados. La miseria, el hambre y las necesidades acabarán para siempre. Pero sobre cómo será exactamente esa salvación no está permitido hacerse ninguna idea, porque es Dios quien la define: “Nadie más que Tú, oh Dios, la ha visto. (5).

 

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Sheol judío.

Entierro

 Los difuntos deben ser enterrados, a ser posible, al día siguiente de su muerte a más tardar. Tradicionalmente, el entierro tiene lugar el propio día del deceso. Los judíos creyentes rechazan la incineración de los difuntos. Con arreglo al precepto bíblico que reza «Te convertirás en polvo», los restos mortales de una persona se suelen envolver en una mortaja. Las honras fúnebres las dirige un rabino. A continuación, uno de los deudos pronuncia el kadish (la oración de los muertos). Antes del sepelio, y como señal de duelo, los familiares se desgarran las vestiduras, lo que hoy en día ocurre normalmente de forma simbólica arrancándose una cinta sujeta a la ropa. El periodo de luto abarca un año entero.

En los primeros siete días (en hebreo, shivah), la familia permanece en casa —no se acude al trabajo— y recibe visitas sentada en banquetas de escasa altura. En los primeros 30 días posteriores a la defunción, los deudos no se cortan el pelo. Tampoco se celebran casamientos en ese periodo. Las tumbas judías se distinguen de las cristianas por el hecho de que ni se puede cambiar su emplazamiento ni pueden ser destruidas o desmanteladas, como ocurre por contrato en la tradición de algunos países europeos. En los cementerios judíos, los difuntos deben reposar sin que los vivos vuelvan a intervenir hasta que llegue el día del Juicio Final y comience el reino de Dios.

 

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