CONFLICTOS Y GUERRAS EN LA EX YUGOSLAVIA – MACEDONIA: LA TENTACIÓN DE EXISTIR.

Aunque los dirigentes griegos y serbios siguen tratando de negarlo, Macedonia existe. Insertada en el difunto Imperio Otomano, Macedonia siempre fue codiciada por sus vecinos griegos, serbios y búlgaros. “Cada uno de estos tres pueblos pretendía tener buenas razones para reivindicar ese territorio. Macedonia correspondía geográficamente al Valle del Vardar y las regiones montañosas que lo circundan. Antes de la conquista turca, esa zona pertenecía al imperio bizantino, pero frecuentemente le fue disputada por los búlgaros y los serbios. A principios del siglo XX, los macedonios eran aproximadamente tres millones, divididos en tres nacionalidades principales. La costa del Egeo, con el puerto de Salónica, tenía mayoría de población griega, con islotes minoritarios turcos y búlgaros. Los serbios estaban presentes en todo el interior del país, en grupos más o menos densos, pero con una fuerte concentración en Skopje. Pero en casi todas partes eran minoría en comparación con la población búlgara. La influencia búlgara se había acrecentado sensiblemente cuando, en 1870, fue creado el exarcado búlgaro independiente, cuya jurisdicción se extendía a toda Macedonia”, explicaba el historiador húngaro Bogdan.

Pero el factor que más ha determinado la historia de Macedonia ha sido el geográfico. Encajonada entre Grecia, Bulgaria, Albania y Serbia, Macedonia sufrió, entre 1876 y 1914, el azote de la guerra en seis ocasiones. La primera guerra serbio-turca tuvo lugar en 1876, seguida inmediatamente de la ruso-turca. Más tarde, en 1895, llegó el turno del conflicto serbio-búlgaro y en 1897 del griego-turco. Sin embargo, hasta 1912, en que comienzan las guerras balcánicas, el conflicto no se generaliza por toda la región. En la Primera Guerra Balcánica se alían Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro contra Turquía. Con la derrota de esta última y el fin de su presencia en la zona, los búlgaros se rebelan contra sus antiguos aliados y se inicia la Segunda Guerra Balcánica.

En todos estos conflictos y los anteriores, los macedonio tuvieron  u n escaso protagonismo. Las decisiones adoptadas por el Congreso de Berlín, en 1878, Macedonia quedaba integrada en el agónico Imperio Otomano, para gran decepción de sus vecinos griegos, serbios y búlgaros que esperaban algunas compensaciones territoriales. Esta inclusión de Macedonia bajo el dominio otomano influyó decisivamente en el forjamiento de una identidad nacional que conjugaba la lucha por la formación de un estado con la defensa de la idiosincrasia macedonia. Entre 1885 y 1893 el auge del movimiento nacionalista desembocó en la formación de un gran movimiento político independentista, la Organización Revolucionaria Interna de Macedonia (OIRM), que protagonizó los principales movimientos revolucionarios contra los turcos.

Estas luchas contra los turcos se intensificaron a partir de 1903, año en que la dirección de ORIM lideró la “insurrección de San Elías”, que se saldó con un absoluto fracaso y con el comienzo de una política, por parte turca, de hostigamiento contra el movimiento nacionalista macedonio. Miles de macedonios tuvieron que huir ante la brutal represión organizada por las autoridades turcas, sin que los búlgaros y los serbios interviniesen en favor de Macedonia.

Hasta la firma del Tratado de Bucarest, en 1913, la paz no llega a la región. Mejor dicho la mala paz: Serbia ocupa la mayor parte de Macedonia occidental y central con las importantes ciudades de Skopje, Ohrid y Bitola, añadiendo así a su territorio numerosas poblaciones búlgaras, griegas y albanesas. En total, Serbia obtenía, con su victoria en la guerra, algo más de 90.000 kilómetros con una población de cuatro millones y medio, entre esos habitantes se encontraban los musulmanes de Novi Pazar y el Sandjak. Finalizada la Primera Guerra Mundial y consumada la derrota de Austria-Hungría y Alemania en la misma, los acuerdos de Versalles ratificaron la permanencia de Macedonia a la primera versión de Yugoslavia. La pieza macedonia no encajaba como independiente en los Balcanes. Esta decisión, además, fue vista con manifiestas sutilezas por parte de sus vecinos griegos y búlgaros que esperaban mayores compensaciones territoriales tras el desenlace de la guerra. Macedonia quedaba, de facto, repartida entre tres estados balcánicos, Serbia, Grecia y Bulgaria.

En 1943, la Federación Yugoslava concede el estatuto República a Macedonia, con la creación paralela de una nacionalidad “eslava macedonia”. Explica Carlos Taibo: “Esta última circunstancia tuvo varios efectos: le restó peso a las reivindicaciones búlgaras sobre el territorio, estableció una distinción más o menos clara entre macedonios y serbios dificultando así que los primeros pudieran integrarse en la República de Serbia y, por último, reforzó la tesis de que en Grecia y en Bulgaria había comunidades macedonias cuyos derechos nacionales estaban siendo violentados por los estados respectivos. No está de más recordar que en el caso de Grecia la comunidad eslava macedonia ha experimentado en los últimos decenios una clara recesión, tras la huida de muchos de sus integrantes durante la guerra civil de 19461949 y la pérdida de la lengua por la minoría restante”.

Entre 1945 y 1980 el protagonismo de Macedonia es más bien escaso, a diferencia de otras Repúblicas, como Croacia o Eslovenia, y su peso específico en el conjunto de la economía yugoslava estaba circunscrito al sector agrícola. Según el censo de 1981, en la actual Macedonia habitan 1.300.000 macedonios de origen eslavo, 500.000 albaneses, 100.000 turcos y un número indeterminado que pertenecen a las minorías rumana, gitana, turca, serbia y búlgara.

Siguiendo los pasos de Croacia y Eslovenia, Macedonia celebró su referéndum de la independencia en 1991. El resultado fue abrumadoramente afirmativo (95% de los votos) y abrió el camino para la celebración de las primeras elecciones libres en la historia de Macedonia, en las que un nacionalista, Kiro Gligorov, obtuvo una rotunda victoria. Sostenido  por una coalición de partidos de centro izquierda y con el apoyo inicial, de los nacionalistas albaneses, Grigorov ha tenido que luchar desde los primeros momentos por lograr el reconocimiento internacional. La persistencia del veto griego consiguió que la Unión Europea se abstuviese de reconocer al nuevo estado macedonio, pese a algunos reconocimientos significativos (entre ellos los de siete países de la UE, Bulgaria, Croacia, Eslovenia, Turquía, China y la misma Rusia tradicional aliado pro serbio).

A las relaciones con sus vecinos se refería el presidente Kiro Gligorov: “Mientras muchos estados de esta región asumen ahora los valores europeos occidentales, como el respeto a las minorías, Grecia se aferra a las tradiciones balcánicas. Bulgaria ha reconocido ya a la minoría turca cuya existencia negó durante años. Aún no reconoce la existencia de la macedonia, pero su postura se suaviza y hay avances. Con Albania han mejorado mucho las relaciones, y la minoría macedonia allí está reconocida. Los estados en los Balcanes son mixtos y mientras no encontremos soluciones para estas minorías no habrá estabilidad”.

Las tensiones entre la minoría albanesa y el Gobierno macedonio, conducido por dos fuerzas nacionalistas, han sido  constantes desde que Macedonia inició su andadura como Eso independiente. En las zonas donde vive la minoría albanesa (que alcanza el 50% en los departamentos de Tetovo, Gostivar, Kicevo y Devar) se celebró, organizado por el partido de la minoría albanesa, el Partido de la Prosperidad Democrática (PPD), un referéndum en el que participó el 90% de la población albanesa y en que el 99% de los electores se manifestó por la autonomía. Las reclamaciones fundamentales de los dirigentes albaneses se centraban en la defensa de su identidad cultural, en la equiparación de la lengua albanesa con el macedonio, en la libre elección de las autoridades locales en estos departamentos y en una mayor presencia de estudiantes de ésta etnia en los centros educativos.

Algunas de estas reclamaciones se cumplieron cuando las autoridades macedonias permitieron, 16 meses después de ser elegidos, tomar posesión a los representantes albaneses en los consejos locales de Tetovo. Pero la situación se agravó dramáticamente a finales de 1993; nueve ministros de origen albanés, incluyendo a Hisen Haskaj, son arrestados, mientras que el ministro albanés de salud, Imer Imeri, se refugiaba en el consulado alemán en Skopje. La televisión macedonia repitió hasta la saciedad que se trataba de una conspiración albanesa, en la que participaban grupos nacionalistas albaneses del Kosovo y Macedonia en coordinación con el Gobierno de Tirana. En esa dirección, el ministerio del interior macedonio informó que habían sido interceptadas varias partidas de armas (se habló de unas 300) con destino a los grupos nacionalistas albaneses. Aunque la sangre no llegó al río al reconocer los dirigentes albaneses que las armas no estaban depositadas para enfrentarse con la armada macedonia sino en caso de un conflicto con ejército federal, la desconfianza y el recelo entre ambas comunidades es evidente.

Los conflictos étnicos macedonios se entremezclan con el complicado entramado en que se disuelven las relaciones internacionales en los Balcanes. Por ahora, y en este clima de evidente inestabilidad, pese a que Grecia continúa oponiéndose al reconocimiento diplomático; las Naciones Unidas, en una declaración que no tiene precedentes, reconocieron internacionalmente a la realidad macedonia como Fyrom e hicieron un llamamiento a todos los foros internacionales para que la admitiesen como estado soberano.

Sin embargo, el reconocimiento no ha servido para resolver los graves problemas pendientes que tiene la maltrecha economía macedonia: absoluta dependencia con respecto de la economía serbia; vertiginosa caída en la producción industrial desde 1991 y que se cifra en torno al 30% anual; la inexistencia de un sistema social que contribuya a equilibrar las desigualdades sociales; una deuda externa que ya se eleva por encima de los mil millones de dólares; y una inflación que supera el 10% mensual.

Todos esto es elementos convierten a Macedonia en un polvorín donde la tentación de existir se convierte en una aventura peligrosa. Sin ir más lejos, el líder de la oposición serbia, Vuk Draskovic, señalaba hace unos meses que Macedonia debía ser absorbida por Serbia en el marco general de una alianza con Bulgaria y Grecia para frenar al Islam. Tan sólo la presencia de los “cascos azules” americanos parecen haber frenado las ansias imperialistas de sus poderosos y, por ahora, imbatibles vecinos serbios.

 

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