CONFLICTOS Y GUERRAS EN LA EX YUGOSLAVIA – LA INTERMINABLE CARNICERÍA BOSNIA.

En 1878, conforme a las resoluciones adoptadas en el Congreso de Berlín, la monarquía de los Habsburgo ocupó Bosnia y Herzegovina, provocando el recelo y la desconfianza de sus vecinos serbios. ¿Cómo era posible que la católica Austria-Hungría ocupase el lugar dejado por el Imperio Otomano durante más de 30 arios sin apenas conflictos? Pero estos, como fruto de la irreversibilidad de lo trágico en los Balcanes, llegaron.

Y explicaba el periodista alemán Johan Georg Reibmüller, en su libro Guerra en Europa: “El atentado serbio de Sarajevo, en junio de 1914, fue concebido como el primer acto de unos disturbios que terminarían por conseguir que Bosnia Y Herzegovina pasasen a formar parte de Serbia. El atentado contra el heredero del trono austríaco y húngaro fue para los serbios sólo un acto de liberación nacional. Para los croatas y musulmanes bosnios debería traer un nuevo dominio extranjero: el serbio”.

Desde ese año, Bosnia-Herzegovina ha sido víctima de las guerras que se han sucedido en el espacio balcánico y ha sido codiciada por sus vecinos serbios y croatas. La Primera Guerra Mundial determinó que Bosnia fuese incluida en la primera Yugoslavia fundada por los ingleses y los franceses, con el apoyo del presidente norteamericano Wilson, para frenar la posible influencia austrohúngara en los Balcanes, favoreciendo, con ello, las ansias territoriales de los nacionalistas serbios. Más tarde, entre 1939 y 1943, consumado el primer divorcio yugoslavo, Bosnia y Herzegovina fue conquistada por el Estado fascista croata de Ante Pavelic y padeció, quizá más que ninguna otra parte de Europa, la crueldad, la barbarie y la brutalidad de la guerra.

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Yugoslavia en la segunda guerra mundial.

Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, tras la derrota de Alemania e Italia (con sus aliados balcánicos: Rumania y Bulgaria), Bosnia-Herzegovina es incorporada, por decisión de los vencedores, en la segunda versión del estado yugoslavo, conducido por el partisano croata Tito.

Entre 1945 y 1980 (año en que muere Tito), en Croacia, Eslovenia y el Kosovo se desatan varios movimientos nacionalistas que fueron reprimidos con dureza por el aparato político-militar que gobernaba en Belgrado, mayoritariamente serbio. En Bosnia, sin embargo, este despertar nacionalista no se desarrolló con la misma fuerza. Los serbios tenían su referencia en la ortodoxa Serbia, mientras los croatas la tenían en Croacia. Pero los habitantes de Bosnia eran serbios, croatas, musulmanes o simplemente yugoslavos provenientes de matrimonios mixtos, y su identidad estaba basada en el multiculturalismo, en la convivencia pacífica interconfesional.

La muerte de Tito, que era el elemento carismático que mantenía unido el puzle yugoslavo, desembocó en el proceso actual. Una vez que la presión policial y militar había disminuido, la estructura yugoslava salta en pedazos. Pero también en la agudización del proceso de desmembración yugoslava mucho tuvieron que ver los dirigentes serbios de Belgrado. A finales de la década de los 80, los representantes croatas y finales eslovenos en el partido y es innecesario la presidencia colectiva, intentan negociar un nuevo marco confederal que contemple la reforma constitucional. Sus propuestas, en lugar de ser negociadas, son rechazadas por la cúpula serbia, ya dominada por Slobodan Milosevic e Ivan Strambolic, y las minorías serbias en Croacia, armadas hasta los dientes por el ejército federal yugoslavo, comienzan su ofensiva con el fin de lograr una base territorial para la “república de los serbios de Croacia”. En este contexto (1991), y siguiendo los pasos de sus vecinos croatas y eslovenos, los ciudadanos bosnios deciden, en un referéndum democrático, la independencia de su república. Y así empezó el calvario bosnio, el holocausto de los musulmanes de Bosnia-Herzegovina. Estas son algunas cifras del drama bosnio, ofrecidas por el escritor Juan Goytisolo en su Cuaderno de Sarajevo: Si ojeamos las estadísticas de la Comisión Estatal para el Registro de los Crímenes de Guerra, la elocuencia de las cifras dispensa todo comentario: 650 testigos, 21.000 nombres de asesinados, 5.039 de criminales  de guerra, 169 de campos de concentración, 72 aldeas arrasadas, 559 mezquitas destruidas… Como dice el gran periodista británico Robert Fisk, “es la memoria “horror”. Y la guerra sigue su curso.

Pero vayamos a los orígenes del conflicto bosnio. Desde un principio las fuerzas serbias de Bosnia, alentadas por los ultranacionalistas que gobernaban (y gobiernan) Belgrado intentaron evitar que la consulta independentista se celebrase. No obstante, una vez que ésta se hubo celebrado, con más del 90% de los votos a favor, el Partido Democrático Serbio la marioneta de Milosevic en la crisis anunció que nunca reconocería los resultados de la consulta ni al Gobierno legítimo de Bosnia-Herzegovina. Paralelamente, el PDS comenzó a organizar sus milicias, no integradas en el ejército bosnio, y con el armamento del ejército yugoslavo (que en un error imperdonable les había entregado el presidente musulmán de Bosnia, Alija Izebegovich) comenzaron su guerra por construir un estado donde pudieran vivir “todos los serbios”. Desde luego que ese ideal no coincidía con la composición étnica de Bosnia, en donde los serbios eran una minoría: algo más del 30% frente a un 65% de población croata y musulmana.

Las provocaciones serbias se iniciaron el mismo día del referéndum bosnio. Las milicias del tristemente conocido psiquiatra “poeta” Radovan Karadzic establecieron su capital en Pale, en las cercanías de Sarajevo, donde también está el parlamento de la no reconocida internacionalmente “República de los serbios de Bosnia”. Desde 1992 hasta 1994 los ataques de la artillería serbia a la poblaciones civiles, las violaciones sistemáticas de los acuerdos de paz, el vergonzoso cerco a Sarajevo y la limpieza étnica perpetrada en Bosnia, con el resultado de más de 300.000 muertos y varios miles de desaparecidos, han sido la moneda corriente en esta lucha por consumar ese ideal serbio que recreará el pseúdonovelista Dobrica Cosi. ¿Pero qué es la limpieza étnica? “La finalidad de de pieza étnica es clara: homogeneizar la población mediante la eliminación de los elementos extraños o impuros. Se trata de transformar a Krajina y Eslavonia en Kroatenrein, y a la Bosnia donde predomina la población serbia en mohammedanerrein”, resumía el escritor francés Jacques Julliard.

En los campos de la muerte abiertos por los cetnici en toda Bosnia murieron miles de personas y se convirtieron en el reverso de la moneda de una Europa solidaria y democrática que estaba en vías de construcción. Zenica, Bratunc, Doboj, Omarska, Prijedor, Manjaca, Bonsanski, Brcko y Zvornik, por citar sólo algunos ejemplos, se convirtieron en sinónimos de sangre, muerte y destrucción física. Con nombres y apellidos. Verdugos y víctimas. En casi dos años de guerra, las tropas de Karadzic y su adlátere militar, el no menos criminal y siniestro general Mladic, han conquistado el 70% del territorio de Bosnia-Herzegovina, reduciendo las posiciones de las fuerzas croatas y musulmanas a un mero corredor que atraviesa Bosnia. Precisamente las divisiones entre musulmanes y croatas, empujados por la Comunidad Internacional a repartirse las migajas dejadas por los serbios, fueron alentadas por los mismos serbios y sirvieron para consolidar la hegemonía serbia en los campos de batalla.

A este conflicto entre los croatas y los musulmanes, el escritor Goytisolo se refería muy acertadamente en su libro: “Con un tercio de su país ocupado por los serbios, Trudjman participa con ellos en el reparto de Bosnia-Herzegovina con la misma ceguera voraz que Polonia se apropió en 1938 de un trozo de Checoslovaquia antes de ser devorada a su vez por Hitler”. Evidentemente, dada la capacidad militar y el armamento heredado del ejército yugoslavo, no les resultó difícil a las milicias serbias imponerse al débil ejército bosnio y a las milicias croatas del HVO. Pero también recurrieron a otros métodos para cumplir sus objetivos: taponaron las negociaciones entre las distintas facciones en conflicto y consiguieron vaciar de contenido las conferencias internacionales convocadas por la ONU y la UE para intentar resolver la crisis yugoslava. Pero tenían un objetivo claro: ganar tiempo, mientras se seguía conquistando territorio musulmán y croata.

Y todo ello con la complicidad y el silencio de Europa, como señalaba Jaques Julliard en su último libro – El fascismo que viene-: “A semejanza del plan europeo de Carrington, que Traba la victoria de la limpieza étnica llevada a cabo por Ios serbios en Croacia, el plan Varice-Owen, que lleva la doble marca de la Comunidad Europea y de la ONU, ha oficializado y legitimado la limpieza étnica en Bosnia-Herzegovina. ¡Qué confesión de derrota para Europa, obligada a declararse impotente para restablecer la paz en el interior mismo de sus fronteras naturales!”. Con la ONU iba más allá: “¿Existe mayor abjuración de sus principios para la ONU que garantizar con su autoridad una guerra de agresión que todos los artículos de su carta repudian y condenan?”

Así, las fuerzas serbias han conseguido consolidar un estado puramente étnico en Bosnia-Herzegovina, en donde sólo viven serbios. Todas las ciudades y pueblos que controlan han sido limpiarlas de elementos impuros, ajenos a la serbinidad, eliminando a los “turcos” (como llaman a los musulmanes) y croatas. Esto ha ocurrido en Bihar, Prijedor, Zvornik, Zenika y en tantos lugares por donde ha pasado el neofascismo serbio, convirtiendo a la ex república yugoslava en un cementerio por donde campan, como ha ocurrido en el cementerio sefardita de Sarajevo, las hordas ultranacionalistas de Milosevic y Karadzic. Como ilustración a esta limpieza llevada a cabo en Bosnia, la revista Time informaba que en la región de Banja Luka, en la que vivían antes de la guerra 356.000 musulmanes y 180.000 croatas, hoy sólo residen 50.000 musulmanes y 27.000 croatas. Sus casas y propiedades han sido ocupadas por unos 250.000 serbios procedentes de las zonas bajo control croata-musulmán. La Gran Serbia avanza inexorablemente.

El drama bosnio ha sido que su sueño de nación multiétnica y democrática ha coincidido con los objetivos de la cúpula serbia, que pretende la reconstrucción de la antigua Yugoslavia pero ya bajo una égida descaradamente panserbia. No había espacio para un estado donde pudiera intentarse la fallida utopía yugoslava. Los musulmanes bosnios y los croatas, envueltos en una federación dotada de más incertidumbres que certezas y sin una sólida base territorial, han tenido que capitular ante la poderosa y agresiva maquinaria militar heredada por los serbios.

Sin embargo, ¿quién puede creer que éstos entregarán sin luchar los territorios conquistados en Bosnia-Herzegovina y Croacia? ¿Quién puede garantizar que el conflicto no se extienda desde la Voivodina hasta el Kosovo, convirtiendo a todos los Balcanes en un polvorín impredecible? Y, en definitiva, ¿qué institución será la que no permita que los territorios conquistados pasen a engrosar la lista de conquistas del caudillo Milosevic? ¿La ONU o, acaso, la OTAN? No, no parece creíble que ninguna de las dos pueda poner fin a esta pesadilla fascista.

“Seis años después de anunciar en Kosovo sus planes de supremacía étnica y asestar así el golpe mortal a la Federación Yugoslava -señala Hermann Tertsch en su libro La venganza de la historia refiriéndose a los serbios- los croatas le emulan y hasta los pueblos más opuestos a la segregación racial, como los musulmanes bosnios, son empujados por la comunidad internacional a renunciar a la sociedad interétnica y ciudadana, ese logro de la civilización”. Bosnia-Herzegovina ha muerto.

 

 

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