CONFLICTOS Y GUERRAS EN LA EX YUGOSLAVIA – KOSOVO, LA ASIGNATURA PENDIENTE DE LOS BALCANES.

La fiesta nacional serbia es una de las más peculiares del mundo: el día en que el caudillo de los serbios del medievo, el príncipe Lazar, fue derrotado, en el campo de los Mirlos (Kosovo), a manos de sus enemigos turcos. Retomamos a Hermann Tersch: “El zar Lazar fue capturado y decapitado. Miles de cuerpos quedaron para siempre en el Campo de los Mirlos aquel día de San Vito, Vidovdan, según recuerdan los cantares de gesta y los poemas medievales serbios. El vidovdan se convertiría desde entonces, y para siempre, en una fecha mágica para los serbios. En un vidovdan, un grupo de jóvenes nacionalistas serbios asesinaron en 1914, en Sarajevo, al archiduque Francisco Ferdinando, heredero de la Corona imperial y real de Austri-Hungría”.

Con esta estrepitosa derrota de las tropas del príncipe Lazar en el Kosovo (1389), los serbios que habitaban esta región, cuna de la cultura y del Estado serbio de la Edad Media, se vieron obligados a emigrar, ante la perspectiva de ser islamizados por los turcos. Esta oleada migratoria provocó un desequilibrio demográfico que benefició a los albaneses, menos reacios a someterse a los rigores de la militancia islámica impulsada por el Imperio Otomano. Por ello, encontramos una escasa presencia serbia en algunos núcleos de población, a modo de islas, entre las localidades de Urosevac y Gnjilane y en las proximidades de la capital, Pristina unas decenas de monasterios ortodoxos, como el de Pec, antigua sede del patriarcado ortodoxo, con unas comunidades religiosas que rozan lo meramente testimonial; y una minoría que en ningún caso supera el 10% de la población (mayoritariamente ortodoxa, mientras que la población albanesa, más del 87% del censo, pertenece al credo musulmán).

Sin embargo, pese a que la demografía y las altas tasas de natalidad de los albaneses deberían haber influido en una mayor sensibilidad por parte de la sociedad serbia hacia la cuestión  kosovar, los nacionalistas e intelectuales (en Serbia es difícil separar una cosa de la otra) serbios se niegan a entablar una discusión racional sobre la cuestión. A esto se refería muy acertadamente el periodista alemán Georg Reibmüller en uno de sus artículos: “En la conciencia nacional e histórica del pueblo serbio, el Kosovo es tierra serbia. Lo que ocurrió allí después de 1389, viola, desde el punto de vista serbio, su derecho histórico. En su opinión, también lo contradice el que, a lo largo de los últimos trescientos años, los albaneses se hayan convertido en la mayoría de la población del Campo de Mirlo. La mitología determina la relación de los serbios con el Campo de Mirlo y el lenguaje con el que hablan de ello: siempre se trata de heroísmo, honor, tierra sagrada, derecho sagrado, sangre; vencer y morir. Daremos nuestra vida; pero el Kosovo, nunca. Tales expresiones se oyen a menudo en Serbia. Los escritores serbios contribuyen a tal misticismo y la Iglesia Ortodoxa serbia, que se considera administradora de la historia serbia, vigila el legado del príncipe Lazar”.

Para los historiadores serbios, el Kosovo fue conquistado y poblado inicialmente por colonos serbios que se instalaron en la región durante el siglo XII y XIII, mientras que para los albaneses ellos vivían en esa región desde el siglo XI e incluso antes. La conquista del Kosovo por los turcos es el único elemento que explicaría la desproporción demográfica actual. No obstante, la conquista otomana no implicó la desaparición de la vida cultural y religiosa serbia, sino que esta se refugió en los monasterios y las iglesias, en donde nació su lengua. La tolerancia religiosa, por parte de los turcos, hacia la religión ortodoxa fue casi total a partir del siglo XIV, restableciéndose el patriarcado serbio de Pec.  Pero tras el fracaso de la primera rebelión campesina serbia, entre 1688 y 1690, miles de serbios conducidos por el patriarca de Pec, Arsenije III, se refugiaron en Hungría.

Allí el rey-emperador Leopoldo I les concedió tierras y privilegios. Este es el origen de los asentamientos serbios que se encuentran en las provincias meridionales de Hungría. Como represalia, los turcos suprimieron el patriarcado de Pec, y el clero serbio que quedaba en el lugar fue puesto bajo la autoridad y disciplina de la iglesia griega. Todos estos acontecimientos han tenido un papel muy importante en la historia de Serbia y explican la desconfianza que profesan los intelectuales y nacionalistas serbios hacia las influencias externas. La mayoría de ellos nutrieron una buena parte de su discurso ultranacionalista del credo religioso ortodoxo serbio que albergaba una profunda desconfianza hacia los elementos extranjerizantes y externos a su mundo, incluida la iglesia de Roma, que era vista como un centro en donde se desarrollaba un pensamiento europeo ajeno a su idiosincrasia.

Con respecto a la pertenencia del Kosovo al legado histórico pero no étnico de los serbios, hay que considerar que aquí tuvo, como argullen los nacionalistas serbios, temporalmente su centro el reino medieval de los nemánjidas y en Pec erigió el zar serbio Dusán el patriarcado de los serbios y los griegos, que después se desintegraría. Amén del ya citado Pec, los monasterios de Decani y Graganica son los enclaves culturales más importantes, junto con el lugar donde se celebró la batalla del Campo de Mirlo (1389), para la memoria histórica del pueblo serbio y el referente geográfico de los ultranacionalistas serbios.

Pero la historia del Kosovo estaba reñida con la realidad: desde el siglo XVII la vida cultural, religiosa y social serbia agoniza y los albaneses islamizados, al margen de quien llegó primero (si los serbios o los albaneses), se convierten en la comunidad mayoritaria. Los orígenes del problema hunden su raíz en las guerras balcánicas (1912-1913), que significaron la defunción del Imperio Otomano, y delimitaron unas fronteras que no tenían una relación directa con el componente étnico de los nuevos estados impulsados y aceptados internacionalmente. Por ejemplo, las guerras balcánicas habían dado lugar a la independencia de Albania, pero el nuevo estado albanés tan sólo recogía al 50% de los ciudadanos de esta etnia, mientras que el otro (50% quedaba repartido entre Serbia, Grecia, Macedonia y Montenegro. No obstante, la diplomacia europea que nunca entendió o no quiso entender a los Balcanes, había decidido unos años antes (en el Congreso de Berlín de 1878) la incorporación del Kosovo albanés a Serbia, en contra de los deseos de la mayoría de la población. De esta forma, los 400.000 ciudadanos albaneses pasaban del dominio turco al serbio. La Gran Serbia, avalada por la diplomacia francesa que deseaba debilitar a Austria-Hungría y Alemania en los Balcanes, se consolidaba.

La derrota de las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial (1918) legitimó los errores del pasado. Los vencedores en la guerra imponían un Estado yugoslavo bajo dominación serbia a los croatas, eslovenos, albaneses y húngaros que vivían en el área balcánica. Para estos “intelectuales” del paneslavismo, una Gran Serbia, necesariamente, debilitaría el influjo y la potencia de Austria, Hungría y Alemania en los Balcanes.

De esta forma se contemplaba y fomentaba una Yugoslavia dominada por las élites políticas, económicas y sociales serbias. Pero, paradójicamente, éstos constituían una minoría étnica, mientras que un abanico de etnias albaneses del Kosovo, húngaros de Voivodina, croatas, eslovenos, macedonios y montenegrinos superaban el 60% de la población yugoslava. Muy pronto, como escribía Henry Bogdan, en su Historia de los Países del Este, “la coexistencia entre esos pueblos similares por el idioma pero diferentes por la religión, por las tradiciones y por el nivel de desarrollo cultural y económico, se haría particularmente difícil”. La línea entre el Imperio Otomano y el Imperio Austro-Húngaro no era meramente geográfica; eran dos mundos cercanos, pero que habían vivido durante un largo tiempo separados por las brumas de la historia política, social y económica de los Balcanes.

A partir de 1919, una vez consolidado y legitimado el dominio serbio en todas las esferas yugoslavas, con la sumisión de los croatas, los eslovenos y los albaneses del Kosovo, comienzan las deportaciones y expulsiones de miles de estos últimos. Paralelamente, el Gobierno de Belgrado obliga a miles de ciudadanos serbios y montenegrinos, cuyo gobierno había capitulado ante la poderosa maquinaria militar serbia, a poblar las zonas desiertas dejadas por el forzado éxodo albanés. La represión, las torturas, el cierre de las instituciones albanesas, la destrucción de decenas de mezquitas, el asesinato de sus líderes y el saqueo e incendio de cientos de aldeas y pequeños núcleos rurales, amén de un número considerable de desapariciones, fueron la moneda corriente con que las fuerzas de ocupación serbias trataron a la población albanesa.

“Si Alemania puede expulsar a decenas de miles de judíos y Rusia puede trasladar a millones de una parte del continente hacia otra, no se producirá una guerra mundial por algunos cientos de miles de albaneses expulsados”; explicaba el historiador serbio Vasa Cubrilovic, quien había pertenecido al grupo de jóvenes serbios que, el 28 de junio de 1914, habían asesinado al heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando.

Como resumen de los años anteriores vale la pena recurrir a Juan Goytisolo: “La represión del ejército serbio en Kosovo, “liberado” desde 1913, causó durante la guerra de 1914-1918 millares de víctimas entre la población albanesa. Frustrados en su tentativa de adueñarse del norte de Albania por la firme oposición del presidente Wilson, los chetniks iniciaron sus operaciones de purificación matanzas, degüellos, aniquilación de pueblos enteros primero en Macedonia habitada aún por numerosos turcos y albaneses y luego en Bosnia”.

Esta era la política oficial de Serbia durante los años 20 y 30. La de la limpieza étnica. Y se apoyaba, esencialmente, en tres pilares fundamentales: 1) La crónica inestabilidad política y social de Albania desde 1920 hasta 1939, en que fue anexionada por Italia; 2) El deseo de las organizaciones internacionales, entre ellas la difunta Sociedad de Naciones (SDN) y las potencias europeas, pero sobre todo Francia, tradicionalmente pro serbia, de preservar el orden surgido en los Balcanes tras la Primera Guerra Mundial; y 3) la debilidad de los movimientos nacionalistas albaneses en el Kosovo y Macedonia durante este período.

Más tarde, tras las primeras campañas alemanas en los Balcanes (de octubre de 1940 a abril de 1941), la decrépita Yugoslavia liderada por los nacionalistas serbios, que ya había entrado en agónica colisión con los intereses de los distintos pueblos que la poblaban, salta en pedazos. Tres estados se reparten la titularidad del antiguo territorio yugoslavo: Croacia, conducida por el nazi-fascista Ante Pavelic, que, con el apoyo alemán, convierte a este nuevo estado en un gran campo de concentración, donde los serbios, los judíos y los oponentes políticos no tienen más cabida que en el cementerio; Montenegro, segregada artificialmente del estado serbio y con un escaso protagonismo político, militar, social y económico para poder ejercer su neutralidad en caso de conflicto; y Bulgaria que se apodera de la Macedonia ex yugoslava y de algunos territorios de Serbia (entre ellos una mínima porción de Kosovo).

De esta forma, el Campo de Mirlo queda repartido entre el reino de Serbia, la Albania ocupada por los fascistas italianos, que persiguieron con un rigor inusitado el sentimiento nacionalista albanés, y una Bulgaria aliada de los intereses estratégicos de Alemania. Como breve pincelada al período bélico conviene recordar al escritor Juan Goytisolo:

“Los comunicados transmitidos en 1942 y 1943 por el estado mayor de los chetniks a su jefe Mihailovic hablan menos de su campaneada resistencia al ocupante nazi que de las operaciones emprendidas contra los croatas y las poblaciones civiles de musulmanas bosnias”. La misma suerte corrió la población albanesa sometida en el Kosovo y Macedonia. Este sentimiento de persecución colectiva fue aprovechado por los comunistas albaneses, agrupados en el Partido del Trabajo Albanés (PTA), para infundir a la población albanesa de un discurso nacionalista que conjugaba un estado nacional para “todos los albaneses” con el socialismo estalinista.

Consumada la derrota alemana en los campos de batalla, Europa, con el beneplácito de los Estados Unidos, nuevamente imponía su desorden balcánico: la Yugoslavia multiétnica de Tito, donde serbios, croatas, eslovenos, húngaros, macedonios, montenegrinos, musulmanes bosnios y albaneses, con una pequeña minoría alemana, eran obligados a convivir bajo el yugo de la dominación panserbia. Convivencia que no iba a resultar nada fácil.

Entre 1945 y 1980, ario en que muere Tito, la situación del Kosovo no se alteró demasiado: aunque los albaneses consiguieron algunas mejoras sustanciales en el apartado de los derechos humanos, los serbios y montenegrinos seguían copando la administración central y local, los cuerpos de seguridad, el ejército, la judicatura y la educación. Los pequeños cambios se produjeron tras la caída en desgracia del jefe de la policía secreta titoísta, el serbio Aleksandar Rankovic, en 1966. En aquellos años el movimiento nacionalista comienza a dar muestras de una incipiente organización y consigue, tras algunas manifestaciones significativas, la concesión del estatuto de provincia autónoma (1968) al Kosovo por parte de las autoridades federales. Estos derechos quedaron confirmados en la nueva constitución yugoslava de 1974.

Sin embargo, la tensión entre las autoridades serbias y los albaneses del Kosovo fue en aumento y la situación, aunque estaba controlada por las autoridades comunistas locales, empeoraba día a día. Durante toda la década de los 70 las demandas esenciales de los cuadros albaneses en la Liga de los Comunistas se centraban en la concesión del estatuto república, con el cual podrían equipararse a las otras seis Repúblicas ex yugoslavas (Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro, Serbia y la (pre) difunta Bosnia-Herzegovina). En esos años, en contraste con la situación actual, las instituciones albanesas crecieron, entre ellas la Universidad de Pristina cerrada ahora las editoriales se reabrieron tras décadas de silencio y se permitieron las emisiones en lengua albanesa en la radio y la televisión local.

Con estos antecedentes se llega a los acontecimientos de 1981 (Tito ya había muerto). La brutal represión de una protesta estudiantil desemboca en un conjunto de manifestaciones y concentraciones nacionalistas en las que se exigen abiertamente una mayor autonomía y el acceso a todas las instituciones de personas pertenecientes a la etnia albanesa. A pesar de que la Comunidad Internacional guardó silencio, como ha hecho en tantos episodios yugoslavos, la represión del movimiento de protesta fue brutal desproporcionada y reveló la naturaleza policiaca del régimen que inspiraba la Liga de los Comunistas. Según Amnistía Internacional, entre ese año y 1989, más de 7.000 albaneses, la mayoría jóvenes menores de edad, fueron detenidos por las fuerzas de seguridad serbias. En la mayoría de los casos, la cárcel sólo fue el preludio de la tortura la muerte o la misteriosa desaparición. Paralelamente, la sociedad del Kosovo iba cambiando y mostraba una realidad social bien distinta a la del resto de la extinta Yugoslavia. La tasa de natalidad de los albaneses del Kosovo y Macedonia llegó a ser la primera de Europa (aun hoy lo es: 27 por mil al año). La de los serbios del Cosovo disminuiría al mismo ritmo. Además, el factor religioso adquiría en el Kosovo un valor que no tenía en otras repúblicas/regiones de la ex Federación Yugoslava y la religión musulmana (que profesaba el 87% de la población albanesa) se convirtió en elemento de cohesión de la identidad colectiva de la población kosovar. Este era un rasgo diferenciador del Kosovo con respecto a otras ex repúblicas ex yugoslavas; entre 1953 y 1977 el culto musulmán pasó del 67% al 77%, mientras que las religiones ortodoxa y católica mostraron una tendencia decreciente en todo el país (la fe ortodoxa pasó del 21% al 11% en el Kosovo). Al mismo tiempo, entre 1971 y 1981, unos 30.000 serbios abandonan el Kosovo, agudizándose aún más el desequilibrio entre éstos y la mayoría albanesa.

A partir de las protestas de 1981, la represión se sistematiza y las autoridades serbias comienzan una política de hostigamiento hacia la población albanesa. En 1983, el historiador croata Dusán Biber señalaba la posibilidad de que un conflicto étnico estallase en Yugoslavia y que la situación en el Kosovo desembocase en una previsible “Libanización”. Durante esos años (1981-1986), según las principales organizaciones internacionales de derechos humanos (entre ellas Amnistía Internacional), más de 45.000 albaneses salieron del Kosovo forzados por la presión policial y la crisis económica. Sus tierras y propiedades pasaron a manos de los 60.000 colonos serbios enviados por el Gobierno de Belgrado para repoblar las zonas abandonadas por los albaneses.

Pero la situación toma un giro imprevisto con dos acontecimientos que serán capitales para entender las raíces del conflicto yugoslavo actual: en 1986 la Academia Serbia de las Artes y las Ciencias publica, de la mano del escritor Dobrica Cosic, el famoso Memorandum. En él, los intelectuales serbios llamaban la atención sobre la situación de discriminación que padecían los serbios en la provincia autónoma del Kosovo, criticaba abiertamente la división de Yugoslavia en Repúblicas Federales y se cuestionaba la existencia de Macedonia y Montenegro, que habían sido creados para debilitar a Serbia. Se trataba, según resumía el documento, de la “subyugación moral y económica de los serbios a la coalición anti serbia en Yugoslavia”.

A estos hechos se refería el periodista Herman Tersch, en su interesante artículo “El mito serbio” Cosic fue unos de los artífices del célebre memorandum de 1986 de la, Academia de Ciencias de Serbia en que se presentaba a la nación serbia como la principal víctima del régimen comunista de Tito y se llamaba al levantamiento nacional para impedir supuestas amenazas de genocidio contra el pueblo serbio, entonces aún concentradas, según los ilustres académicos, en la provincia autónoma de Kosovo. Cosic y su memorándum convirtieron el mito medieval y el nacionalismo tribal en la política oficial de Serbia (…)”.

En ese memorándum se podían leer aberraciones como esta: “El genocidio físico, jurídico y cultural de la población serbia en Kosovo y Metohija representa la mayor derrota infligida a Serbia en las luchas de liberación que ha emprendido desde Orasac en 1804 (alusión a la revuelta anti turca de Kradjordje) hasta la insurrección en 1941”.

También el año 1986 contempló la llegada a la dirección del partido de la nueva versión del príncipe Lazar de este siglo, el ultranacionalista Slobodan Milosevic. Comunista para unos, fascistas para otros, criminal para sus detractores, demócrata convencido para sus partidarios, Milosevic quizá sea una combinación de todos esos apellidos con un único fin: la preservación de una parte de la maquinaria política acaparada por los comunistas serbios durante más de cincuenta años de comunismo titoísta. Evidentemente la recreación de ese objetivo pasa por la conservación de una buena parte de la difunta ex Yugoslavia y coincide simétricamente con los objetivos de los ultranacionalistas serbios; ya no se trataría de un ente yugoslavo subordinado al ideal panserbio, estaríamos hablando de la Gran Serbia (un ente que abarcaría las actuales Montenegro, Serbia, Kosovo, Voivodina, Krajina, Eslavonia, el 70% del territorio de Bosnia-Herzegovina y, quizá, Macedonia).

Milosevic, con la ayuda del líder de los comunistas serbios Ivan Strambolic, al que más tarde decapitaría políticamente, consiguió demonizar a los albaneses del Kosovo, presentándolos ante la opinión pública serbia como verdugos en lugar de las víctimas. Esta estrategia, fielmente secundada por la mayoría de los medios de comunicación serbios, que ahora se rasgan las vestiduras al comprobar al abismo a que lleva la exacerbación del nacionalismo, provocó la salida de la escena política serbia de las élites que habían liderado el postitoísmo en favor de Milosevic y sus secuaces, atrincherados en la dirección del partido, el ejército y la administración.

Pero también la sociedad serbia y los serbios de Kosovo comulgaron con ese ideal mitificador del victimismo que enarbola, hasta ahora con éxito, el veterano Slobodan Milosevic; durante todo el año 1987 se suceden las manifestaciones y protestas en Belgrado contra el “irredentismo albanés”. Como era de suponer, en esta situación de evidente bipolaridad inducida, para los serbios el nuevo enemigo era el nacionalismo albanés, que basaba una buena parte de su discurso político en la creación de una amplia Balli Komebetar (Gran Albania).

De esta forma, el nuevo cuerpo legitimador de las autoridades serbias se sustentaba en un conjunto de elementos comunes del sistema anterior (el rechazo de los elementos extranjerizantes y la existencia de un enemigo; antes el capitalista occidental, ahora los albaneses, los croatas…) y otros incorporados recientemente (una Yugoslavia fuerte implica una Serbia débil, la conjura internacional contra los serbios en la que participan, en extraña armonía, el Vaticano, los Estados Unidos y Alemania  y la recreación del peligro húngaro-austriaco alemán), renovando las bases doctrinarias del ultranacionalismo serbio redefinido por Cosic.

En este contexto, las autoridades serbias deciden pasar a la acción y mostrar su fortaleza: el político albanés, Azem Vlasi, miembro del politburó del partido en el Kosovo, es arrestado y junto con otros dirigentes albaneses sometido a juicio por actividades contrarrevolucionarias (1989). Las protestas contra este juicio se extienden por toda la provincia y la represión policial pudo causar varias decenas de víctimas en la capital de Kosovo, Pristina, llamada la “Jerusalén serbia” (porque es la cuna del estado serbio del medievo, aunque está poblada mayoritariamente por serbios). Además, siguiendo los pasos de lo que había hecho el ejército federal yugoslavo en Croacia y más tarde en Bosnia-Herzegovina, el Gobierno de Belgrado entrega armas a la minoría serbia de Kosovo, agrupada en el autodenominado: Comité para la Autoprotección de los Serbios y.los Montenegrinos. Estas medidas se veían reforzadas por otras más expeditivas en 1988 la lengua serbo-croata es declarada oficial en el Kosovo y 6.000 profesores de origen albanés son expulsados de la enseñanza primaria y secundaria por un “período indefinido”.

Tres años más tarde la asamblea serbia de Kosovo autorizaba la distribución de 6.000 hectáreas de tierra para los colonos serbios procedentes de Croacia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro, mientras que miles de albaneses eran expulsados hacia Albania y Grecia. Esta descarada limpieza étnica coincidía con el despertar de la vida política albanesa en el Kosovo como respuesta a la decisión de la nueva Constitución serbia (1990) de suprimir el estatuto de provincia. En septiembre de 1991 se celebra un referéndum clandestino en la región en el que los albaneses deciden la “soberanía e independencia” del Kosovo, avalando los acuerdos tomados en la asamblea ilegal de los diputa4os albaneses de Kakanik. Un año más tarde, en 1992, .se celebran unas elecciones generales en las que las fuerzas democráticas, agrupadas en la Liga Democrática del Kosovo, obtienen una rotunda victoria (a pesar de que también tuvieron un carácter clandestino, los analistas señalan que la participación pudo llegar al 90%), e Ibrahim,  Rnom  se convierte en el presidente clandestino de Kosovo. Ese mismo año, el relator de las Naciones Unidas para la antigua Yugoslavia, Tadeusz Mazowiecki, explicaba la situación del Kosovo: “Existe un peligro real de que la violencia generalizada, incluso el conflicto armado, se extienda en esa región”. En esa misma línea, el escritor albanés Skender Sherifi señalaba que “la vida cotidiana del Kosovo desde 1981 está sumida en una suerte de fascismo ordinario en donde los albaneses, después de negarles todos los derechos, han devenido en ciudadanos de segunda clase en su propio país”.

Mientras la vida política de Kosovo se deterioraba la guerra en Bosnia-Herzegovina provocaba un cambio en el sistema de alianzas en los Balcanes. Albania, ante el temor de que el conflicto yugoslavo se extienda hasta el Kosovo, firmó un acuerdo de colaboración con Turquía con el fin de reajustar la doctrina militar albanesa a su nuevo sistema político. Por su parte, Grecia enfrentada con Albania por la  situación de la minoría albanesa en su país, a la que le niega todos los derechos, se alineo con las posiciones  de Serbia desde el comienzo de la guerra y se enfrentó con la Unión Europea por el contencioso  que mantiene con Macedonia (a la que se que se niega a reconocer por minucias que no vienen al caso). Quien tampoco oculta su simpatía política con el régimen serbio es el Gobierno rumano de Ion Ilescu, que se ha convertido en el principal proveedor de armas, product9s de primera necesidad y combustible al ejército serbio. Más cauta que la anterior se muestra Bulgaria, encajonada en peligrosa vecindad entre Macedonia, Turquía y Grecia, aunque más cercana a las posiciones.de Turquía y Macedonia en el conflicto yugoslavo.

En el terreno de las iniciativas internacionales, la expulsión de los observadores de la Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea (CSCE), en 1992, en el Kosovo, Sandjak y Voivodina tampoco parece que vaya a contribuir a una mejora en la situación interna de Serbia. Por otra parte, el Gobierno de Macedonia ha decidido el cese de todos los ministros y autoridades locales de origen albanés en una polémica decisión que puede tener incalculables consecuencias políticas. Desde hace unos meses las autoridades macedonias se muestras especialmente inquietas por los sucesos que se desarrollan en Bosnia-Herzegovina, ante el temor de que la política de cantonalización étnica en esta ex-república yugoslava sea fuente de inspiración internacional para la resolución de otros conflictos en la zona. Los temores no sin infundados. En Macedonia viven unos 400.000 albaneses en una zona étnicamente homogénea y sus dirigentes locales no ocultan sus deseos de lograr, por ahora pacíficamente, la “Balli Kombetar” (la Gran Albania), en donde vivan todos los albaneses de la zona.

Hay  que reseñar que la nacionalidad albanesa se halla dispersa en cuatro estados balcánicos: -Albania (tres millones y medio de habitantes); Macedonia (430.000); Grecia (250.000); y Serbia -en el Kosovo y Sandjak- (más de dos millones). Esta dispersión ha provocado que los dirigentes libaneses, en función del contexto geográfico en donde operen, hayan ido adoptando posiciones diferentes con respecto al conflicto que se desarrolla en el Kosovo. Algunos, como el presidente de Kosovo, Ibrahim Rugova, comienzan a plantear una salida más cercana a la autonomía política que a las posiciones que mantienen los nacionalistas albaneses de Macedonia, más proclives a aceptar la vía irredentista.

No obstante, dada la escasa capacidad del Gobierno serbio y de sus aliados en la zona, nada induce a pensar que los problemas de Kosovo vayan a resolverse pacíficamente. Aprovechando la pasividad occidental, el ejército nacional Comunista serbio ha ganado la primera partida de la nueva goma balcánica”. La siguiente puede jugarse en Kosovo. Hay un refrán en los Balcanes que dice que “a veces ceder un poco significa perder mucho”. Los serbios no están dispuestos a ceder un ápice de terreno en esta guerra. Hace unos meses el presidente búlgaro, Yuliu Yelev, afirmaba que el problema más grave de la región balcánica era el de Kosovo. Para él, “nada ni nadie pueden garantizar que la guerra no se extienda hasta allí, así como a otras zonas con población búlgara, como Macedonia. Creo que el mundo, dentro de muy poco tiempo, se va enterar de donde está el Kosovo”.

Hasta que los ultranacionalistas serbios, con su gobierno a la cabeza, no renuncien a la realización de esa mitificación utópica en qué consiste la Gran Serbia que recreará el zar Stefan Dusân durante el medievo, subyugando a albaneses, valacos y griegos, la paz y la estabilidad de la zona no están garantizadas. Por ahora, el futuro incierto de Kosovo sólo tiene tres horizontes posibles: la unión con su vecina Albania; una República independiente de Kosovo; y, la hipótesis que parece más probable, una República albanesa integrada en Serbia pero equiparada en derechos políticos con Montenegro. La duda que está por dilucidar es si este último ideal se realizará de una forma pacífica y consensuada o, por el contrario, como ha ocurrido en Bosnia, no estaremos ante el umbral de una nueva espiral de guerra, destrucción física y material y muerte. La historia tiene la palabra.

 

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