CONFESIONES CRISTIANAS EN LA EDAD MODERNA.

Calvinismo: la creencia en la predestinación

Éxito terrenal como confirmación de una vida correcta: esta idea, surgida de los fundamentos del Humanismo, se convirtió en uno de los ejes de la comunidad religiosa calvinista, una escisión del protestantismo. El francés Juan Calvino (1509-1564) desarrolló en su calidad de humanista y jurista una doble doctrina de la predestinación, que postula que el destino de los seres humanos está predeterminado. Según esta doctrina, la glorificación de Dios es la única tarea de los seres humanos. Además, también está predeterminado que un sector de la humanidad forme parte de los elegidos, y a éstos les corresponden éxitos terrenales importantes, mientras que el otro sector está amenazado por la condenación eterna. Nadie puede hacer nada para alterar ese destino, y así Calvino descartó para siempre todo recurso mágico destinado a que alguien pudiera ejercer influencia alguna. El individuo quedaba pues condenado a un aislamiento del que tan sólo podría escapar por la vía del trabajo. El éxito como signo visible de haber sido elegido por Dios puso al hombre en una difícil situación, pues el consuelo humano no podía liberarlo. Si temía por la salvación de su alma, estaba obligado a trabajar, lo que proporcionaba al empresario trabajadores voluntarios.

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Enrique VIII se separó de la Iglesia católica después de una disputa. Se hizo nombrar dirigente máximo de la Iglesia y fundó la Iglesia nacional anglicana.

 

El sociólogo Max Weber (1864-1920) vio en este enfoque calvinista uno de los pilares del capitalismo. Además, ejercer una profesión era una forma de poner en práctica el amor al prójimo, como ya había escrito Lutero. Todo ello contribuyó a tender un puente cada vez más efectivo entre la religiosidad y un incipiente modelo económico capitalista: un modo de vida modesto y puritano por un lado y la búsqueda ( del éxito encaminado al logro de unos resulta( los concretos, por otro. Según Weber, por medio de estas dos vías fue tomando forma la figura del «hombre económico» moderno, considerando que el éxito económico, la riqueza e incluso el reparto desigual de los bienes terrenales eran el producto de la voluntad de Dios.

La Iglesia anglicana

Cuando el papa Clemente VII (1523-1543) denegó el divorcio a Enrique VIII de Inglaterra, el rey fundó sin dilación la Iglesia nacional anglicana. Rompió con Roma e hizo que el Parlamento lo nombrara cabeza visible de la Iglesia inglesa. Desde entonces, la Iglesia anglicana presenta rasgos tanto católicos como calvinistas. Sobrevivió al intento de María Tudor (reina inglesa entre 1553 y 1558) de introducir de nuevo el catolicismo, y en 1600 Isabel I impuso definitiva mente la Iglesia inglesa como anglicana e independiente de Roma.

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La catedral de Canterbury, en Inglaterra, es la sede del arzobispo de Canterbury, cabeza del episcopado de la comunidad religiosa anglicana. La catedral de Canterbury es una impresionante construcción gótica con una torre de 75 metros de altura.

La Iglesia anglicana ha conservado la forma de los oficios religiosos originales apenas sin modificaciones, así como el cargo de obispo; no obstante, ningún obispo tiene competencias en otro obispado. Pese a todo, existen cuatro «Instruments of Unity» (elementos de unidad): el arzobispo de Canterbury, la “Lambeth Conference”, (la asamblea plenaria de todos los obispos), «Anglican Consultative Council» (el consejo de la Iglesia anglicana), capacitado para dictar directrices, y las reuniones de arzobispos.

La doctrina anglicana muestra aspectos heterogéneos cercanos tanto a la Iglesia católica como a la calvinista y a la protestante. Con el Imperio británico, se expandió por muchas regiones del planeta y actualmente forma parte del Consejo Ecuménico de las Iglesias. A diferencia de lo que ocurrió en la Iglesia católica romana, la liturgia se practicó desde los tiempos de la Reforma en la lengua de los países respectivos, de modo que era comprensible para todos. Como en la Iglesia católica, en la anglicana también existen órdenes masculinas y femeninas.

 

El Protestantismo

 

La reforma protestante surgió como rechazo frontal de un sector del cristianismo hacia las costumbres católicas, tan alejadas del estilo de fe de la Durante siglos, la curia romana había adquirido un poder de dominio absoluto y su opulencia contrastaba con la pobreza de las clases más desfavorecidas de la Europa feudal. De ese ambiente de desconfianza hacia el poder eclesiástico que se fue despertando a partir del siglo XV, surgió una figura clave: Su lucha contra el poder papal y su crítica radical hacia ciertos dogmas teológicos abrieron una profunda brecha en Occidente. La doctrina luterana —el protestantismo— provocó un, otro más, entre los cristianos.

EI clero se había convertido en una casta privilegiada, tiránica y ambiciosa, alejándose considerablemente de una espiritualidad acorde con el Evangelio. Es por ese motivo por el que la autoridad eclesiástica fue cuestionada severamente por el teólogo alemán Martín Lutero (1483-1546), artífice de la Reforma protestante (fue en la Dieta de Spira de 1529 cuando por primera vez se llaman protestantes a quienes siguen la doctrina luterana), quien tras visitar Roma a la edad de 27 años —siendo un monje agustino— fue testigo de hechos que le produjeron un profundo desaliento. La venta de indulgencias plenarias indignó tanto a Lutero que comenzó una campaña, ya como profesor de exégesis bíblica en Wittenberg, contra ciertos principios católicos. El más llamativo fue predicar la doctrina de la salvación por la fe más que por las acciones piadosas.

Esa crítica personal, que tuvo un fuerte eco gracias a su labor docente y predicadora, culminó con la redacción de noventa y cinco tesis sobre las indulgencias, clavándolas en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Negó al Papa toda autoridad, incluso el derecho a perdonar los pecados (sostuvo que solo Dios tiene esa potestad). El 15 de junio de 1520, León X pidió a Lutero que se retractara sobre sus tesis, pues, en caso contrario, sería excomulgado. Ese mismo año, Lutero publicó su influyente discurso A la nobleza cristiana de la nación alemana y Sobre la cautividad babilónico de la Iglesia de Dios. Al transcurrir el tiempo y no acceder a la petición del pontífice romano, su excomunión llegó a través de la bula Decet romanum pontificem (3 de enero de 1521). El reformador, lejos de amilanarse, quemó la bula papal que contenía cuarenta y una tesis promulgadas contra él. Y prosiguió con su feroz protesta anticlerical, atrayendo a su causa a teólogos, profesores universitarios y estudiantes. Incluso a muchos aristócratas y príncipes alemanes que, en el fondo, buscaban emanciparse del dominio papal.

Por otro lado, Carlos V convocó en Worms la Dieta del Sacro Imperio Romano Germánico contra Lutero, siendo exhortado a retractarse. Era el 22 de enero de 1521. Su respuesta, tras presentarse tres meses después, fue la siguiente: “Ya que su serenísima Majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, clara y precisa, voy a darla, y es esta. Yo no puedo someter mi fe ni al Papa ni a los concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído muchas veces en el error, así como en muchas contradicciones con sigo mismos. Por lo cual, si no me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo he citado, y si no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. iQue Dios me ayude! ¡Amén!”.

Lutero, con el salvoconducto que el propio emperador le había proporcionado para garantizarle que no sería arrestado durante la reunión, se marchó en compañía de los príncipes que le apoyaron. Pero el 26 de mayo de 1521, el emperador decidió firmar el Edicto de Worms, declarando a Lutero hereje y fuera de la ley. Asimismo, emitió una orden para destruir sus “heréticas” obras. Transcurrida la vigencia del salvoconducto, el teólogo rebelde podía ser ya apresado o incluso asesinado. Su amigo Federico el Sabio, príncipe elector de Sajonia, simuló un falso secuestro que ya acordaron y escondió a Lutero en su castillo de Wartburg. Durante el año que allí permaneció refugiado, procedió a traducir del latín al alemán el Nuevo Testamento, para hacerlo accesible a todo el mundo. Eso ocurrió en 1522 (doce años más tarde tradujo el Antiguo Testamento). Gracias a la imprenta, Lutero pudo difundir fácilmente sus ideas reformistas, consiguiendo con sus dotes oratorias, sus amplios conocimientos teológicos y su fervor religioso convencer a muchos creyentes, ante la crispada curia católica.

 

DESLEGITIMANDO AL CLERO

Para Lutero y los suyos, la Iglesia no tenía ninguna autoridad, la cual solo estaba representada por las Escrituras. Además, consideraba que la revelación bíblica puede ser comprendida e interpretada por el propio creyente, sin necesidad de un intermediario eclesiástico. Por si no fuera suficiente, abolió el celibato sacerdotal y los votos monásticos, casándose con Catalina de Bora, una de las monjas que se unió a su misión reformista (tuvieron seis hijos). Unos años más tarde, redactaría la Confesión de Augsburgo y el Tratado de la Libertad del Cristiano, que envió al Sumo Pontífice. Cada vez recibía más apoyo allá por donde iba, pese a la orden de apresamiento contra él y la posibilidad de que fuese ejecutado por cualquiera, como acreditaba el edicto imperial.

No es de extrañar que debido a los abusos de la Iglesia durante la Edad Media y a las riquezas que cosechó a costa de los fieles —convirtiéndose en el primer gran poder financiero de Europa—, surgiera un movimiento como la Reforma, que cuestionara los métodos tan poco edificantes del clero, como la venta de parcelas en el cielo mediante las bulas. Aquello provocó una profunda escisión en la Iglesia, que ni siquiera el Concilio de Trento, convocado por el papa Pablo III, logró remediar, a pesar de que consiguió mantener la confianza de muchos de sus fieles con las renovaciones que puso en marcha (un pretendido lavado de cara). “Después de la Reforma, la Iglesia católica se dio cuenta de que debía introducir algunos cambios para sobrevivir y reagruparse. Las medidas para contener nuevas fracturas se decidieron en el Concilio de Trento, que se desarrolló en distintos encuentros a lo largo del período comprendido entre los años 1545 y 1563”, explica el escritor Peter Stanford.

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Catalina de Bora.

El desafío ya estaba hecho y produjo sus inevitables efectos… Como bien señala el historiador Carlos García Villoslada: “El año 1483, en que viene al mundo Martín Lutero, toda Europa es católica y obediente al pontífice de Roma (…); el año 1546, en que muere el reformador, casi la mitad de Europa se ha separado de Roma”. La rebelión de Lutero marcó un antes y un después en la Iglesia, cuyos representantes tuvieron que admitir una gran derrota, muy vergonzosa por las corrupciones que quedaron al descubierto, que afectó a sus intereses más mundanos, como perder su dominio absoluto sobre Occidente. El propio papa Adriano VI reconoció los errores y excesos de la Iglesia: “Somos conscientes de que durante algunos años muchas cosas abominables han tenido lugar en esta Santa Sede: abusos en asuntos espirituales, transgresiones de los mandamientos; ciertamente eso no ha hecho sino empeorar. Así que no es de extrañar que la enfermedad se haya propagado de la cabeza a los miembros, del Papa a los prelados. Todos nosotros, prelados y clero, nos hemos desviado del camino recto”.

Lutero fue un duro contrincante, a pesar de que al principio la curia no lo tomó demasiado en serio. La unidad cristiana quedó resquebrajada. Muchos soberanos se negaron a estar ya bajo el autoritario yugo del Papa romano, que se creía infalible, y se adhirieron a las ideas luteranas, propagadas con éxito en los territorios alemanes, bálticos y escandinavos. Carlos V intentó poner freno a la rebelión, a la que se sumaban más personas. Al ser incapaz, y pese a la victoria militar obtenida en Mühlberg contra los príncipes luteranos, finalmente tomó la decisión de firmar la Paz de Augsburgo (1555) para resolver los conflictos religiosos en Alemania. Cada príncipe era ya libre de elegir entre la religión católica o la protestante. Gracias también al Tratado de Passau, los protestantes podían por fin gozar de la libertad de culto. “Para Roma, que ya había perdido el Oriente, la Reforma constituyó una segunda catástrofe que prácticamente le supondría la pérdida de la mitad norte de su Imperio romano. Y con la pérdida de unidad, claro está, la catolicidad de esta iglesia también quedó en entredicho”, sostiene el teólogo Hans Küng.

 

EL FANATISMO DE LUTERO

Sin embargo, y pese a su congruente crítica hacia los excesos de la curia romana y haber tenido la osadía de traducir la Biblia a lengua vernácula —un importante hito histórico—, mantuvo una actitud tremendamente irracional con respecto a la creencia en la brujería y la acción del diablo. En eso, no se diferenciaba mucho de los inquisidores católicos (poca reforma aplicó en dicha cuestión). En el fondo, no debe sorprendernos tanto, ya que sostenía que la razón es el principal obstáculo para la fe… En 1526, llegó a manifestar durante un sermón: ‘Matara las brujas es completamente justo, pues causan muchos daños que la gente ignora. (…) Hay que matar a las brujas, pues son ladronas, adúlteras, atracadoras y asesinas. (…) También deben ser matadas, no solo por lo mucho que perjudican, sino también porque tienen relaciones sexuales con Satán”. En su ciudad, Wittenberg, fueron quemadas cuatro mujeres acusadas de brujería. La “caza de brujas” se propagó como una epidemia, ya que los predicadores luteranos se encargaron de difundir la idea de que el demonio estaba siempre acechando y era capaz de seducir a quien tuviera flaqueza en la fe. Lutero siguió al pie de la letra un consejo bíblico: “No dejarás con vida a la hechicera” (Éxodo 22, 18).

Tomar los textos bíblicos de forma literal, llevó también a Lutero a cuestionar las ideas heliocéntricas de Copérnico: “Se habla de un astrólogo que pretende haber probado que la Tierra se mueve y no el Sol, ni la Luna ni el cielo, como si alguien que viajase en un carro o un barco sostuviera que él está sentado, inmóvil, en tanto que los campos y los árboles se mueven. Pero así son las cosas hoy en día: quien quiera hacerse el listo no debe aceptar nada que digan los demás, sino que tiene que proponer su propia cosa. Es lo que hace ese loco que desea trastocar toda la astronomía de arriba abajo. Sin embargo, como nos dicen las Sagradas Escrituras, Josué mandó al Sol que se detuviera, y no a la Tierra”.

 

EL PAPEL DE CALVINO

Uno de los reformadores más destacados, siguiendo la doctrina trazada por Lutero, fue el jurista y teólogo francés Juan Calvino (1509-1564), quien tras estudiar latín en París, derecho en Orleans y griego en Bourges, comenzó a impulsar las doctrinas reformistas desde Ginebra, animado por el reformador Guillaume Farel. Consideraba que todo está predeterminado por la voluntad divina (hasta el punto de creer que una parte de la Humanidad ya está predestinada a la condenación y otra a la salvación) y que solo en las Escrituras están las verdades sagradas. Su talante severo y autoritario, que contrastaba con su serenidad y sus dotes intelectuales, le hizo ejercer un control absoluto sobre la ciudadanía, imponiendo un estado teocrático que velaba celosamente por la fe frente a cualquier idea herética, combatiendo a sus promotores hasta la saciedad. Víctima de su represión fue el médico, filósofo, teólogo y astrólogo aragonés Miguel Servet, a quien Calvino lo acusó por sus ideas sobre la Trinidad (Calvino era trinitarista dogmático, mientras que Servet negaba el dogma trinitario, señalando que Dios es una única persona, no tres). Finalmente, fue condenado y murió en la hoguera en 1553 (a fuego lento junto con un ejemplar de su obra Christianismi Restitutio). Fue un imperdonable error por parte de Calvino, que hasta lamentan hoy los propios protestantes. El inflexible Calvino sería desterrado de Ginebra, ya que llegó a exigir a los ciudadanos que aceptaran bajo juramento los rígidos veintiún artículos de su confesión de fe. Marchó a Estrasburgo y allí predicó durante varios años a los hugonotes (protestantes calvinistas franceses). En dicha ciudad alsaciana, comenzó a escribir un tratado teológico sumamente influyente en el mundo protestante, cuyo título fue Institución de la religión cristiana (lo inició en 1536 y lo concluyó, tras numerosas revisiones y correcciones, en 1559). Regresó a Ginebra en 1541, reclamado por los suyos, donde emprendió una fructífera labor pastoral y fundó una importante academia de teología (que se convirtió más tarde en la Universidad de Ginebra), y allí residió hasta el día de su muerte.

 

LA CONTRARREFORMA

La Iglesia no se quedó de brazos cruzados, pese al varapalo sufrido con la irrupción del protestantismo, que supuso un brutal cambio de paradigma (del católico romano medieval al evangélico protestante). La jerarquía eclesiástica hizo todo lo imposible por tratar de recuperar su hegemonía y para ello necesitaba realizar algunos cambios y determinar ciertas estrategias. Por un lado, urgía erradicar toda posible corrupción que empañara su imagen más de lo que ya estaba, y, por otro, había que preparar un buen ejército para luchar contra los herejes protestantes que se atrevían a cuestionar a la institución eclesiástica. Otro golpe de efecto fue convocar el Concilio de Trento para garantizar la unidad de la fe católica. Allí se aprobó la suprema autoridad papal, se mantuvieron los siete sacramentos, se estableció la importancia de la Tradición (los escritos de los padres de la Iglesia) y se proclamó el celibato sacerdotal. El catolicismo se recuperó en países como Francia, Polonia, los Países Bajos del Sur y parte de Alemania, pero la grieta ya estaba hecha.

Ante tantas herejías, la Inquisición se reavivó y en 1542 surgió el Santo Oficio. Nueve años más tarde, se puso en marcha el Índice de libros prohibidos. Los jesuitas, con su disciplina militar y su incondicional obediencia al Papa, fueron los protectores más leales de la Contrarreforma. Las excomuniones y los anatemas se sucedieron durante los largos años de concilio. Había que advertir a los feligreses qué era lo correcto en materia teológica, no permitiéndose ninguna desviación que pusiera en serio riesgo las bases esenciales de la fe. El concilio no tuvo la menor pretensión ecuménica, sino más bien al contrario: determinó sus principios doctrinales como los únicos y verdaderos. Además, el afán de la Iglesia fue poder recuperar el espacio religioso arrebatado por los protestantes. ¿Consecuencias?: varias luchas religiosas que asolaron el continente europeo entre el siglo XVI y XVII. “Europa se vio devastada por interminables guerras de religión, en las que lucharon los protestantes por mantener su libertad de conciencia, y los católicos en defensa de la ortodoxia y de la autoridad eclesiástica”, asegura el filólogo Carlos Pujol.

Hubo hasta ocho guerras en Francia entre 1562 y 1598, en las que se enfrentaron católicos y hugonotes. En la matanza de la Noche de San Bartolomé (23 de agosto de 1572), fueron asesinados en toda Francia setenta mil protestantes. La guerra de los Treinta Años (entre 1618 y 1648), cuyo foco fue Europa Central, tuvo su origen en las disputas entre los estados que apoyaban la Reforma y los que apoyaban la Contrarreforma. Solo en Alemania hubo cinco millones de muertos. En las Guerras de los Tres Reinos (con Inglaterra, Irlanda y Escocia como escenarios), los conflictos religiosos se mezclaron también con los civiles, y la sangre de católicos y protestantes corrió por las calles… “La paz solo se pudo lograr dejando la fe aún lado. El cristianismo se había mostrado incapaz de lograr la paz. Y por ello perdió credibilidad de un modo decisivo, de manera que a partir de ese momento tuvo cada vez menos influencia en la creación de los vínculos religiosos, culturales, políticos y sociales de Europa”, aduce Hans Küng. Al menos, algo cambiaron las cosas en el siglo XVIII con la llegada de la Ilustración a Europa, trayendo consigo las ideas del principio de la tolerancia y de la libertad del pensamiento, así como una necesaria secularización.

 

EXPANSIÓN E INFLUENCIA

Como suele ocurrir en cualquier comunidad religiosa que va creciendo y expandiéndose, las iglesias luteranas, a pesar de compartir una misma base teológica, sufrieron ciertas divisiones tras la muerte de Lutero. Influyeron, en cierta manera, los desacuerdos internos, pero también la imparable actividad de la Contrarreforma. Aun así, los luteranos firmaron en 1580 el Libro de la Concordia, donde establecieron unos acuerdos comunes e indisolubles que definían sus principales bases doctrinales, como por ejemplo, garantizar la supremacía de la Biblia sobre cualquier otra doctrina tradicional de la Iglesia, ya que había sido inspirada por el Espíritu Santo, que representa la autoridad más elevada del cristianismo, y no el Pontífice.

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George Borrow

Entre las distintas doctrinas religiosas surgidas del seno del protestantismo y que se han ido desarrollando en los siglos posteriores, destacamos las siguientes: —Anglicanismo: es la Iglesia estatal oficial de Inglaterra. Tuvo su origen más por circunstancias políticas que religiosas. Surge a raíz de la ruptura entre Enrique VIII y la Iglesia católica, por no aceptar la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón. El rey se convirtió entonces en jefe absoluto de la nueva Iglesia, siendo declarado por el Parlamento “la cabeza suprema sobre la Tierra de la Iglesia inglesa”. A su amigo Thomas Cranmer lo nombra arzobispo de Canterbury. Al principio, la Iglesia anglicana mantenía elementos católicos y luteranos, pero en 1549 se publicó el Libro de oración común, uno de los fundamentos del anglicanismo, que estableció principios más propios de la doctrina reformista, describiendo su liturgia. En 1563 se formularon los Treinta y nueve Artículos, que constituyen las bases teológicas de la nueva Iglesia de Inglaterra, que hoy cuenta con noventa y ocho millones de fieles.

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Thomas cranmer.

— Presbiterianismo: John Knox (c.1513-1572), sacerdote católico de origen escocés, reconoció que eran necesarias las ideas reformistas de Lutero tras considerar también que la Iglesia católica, que seguía dominando en Escocia, estaba corrompida. En 1553, marchó a Ginebra y allí estudió bajo las directrices de Calvino, convirtiéndose en su fiel discípulo. Años después, en 1559, volvió a tierras escocesas y fundó la Iglesia presbiteriana, cultivando los principios calvinistas, que calaron hondo entre los escoceses. Tras la muerte de la regente católica María de Guisa, en 1560, quedó abolida la jurisdicción papal en Escocia por orden parlamentaria y se redactó la Confesión de fe y el Primer libro de disciplina por parte de Knox y otros ministros reformistas, donde quedaron recogidos los preceptos de la nueva Iglesia Presbiteriana de Escocia. Su nombre procede del griego presbyteros, que significa “anciano”, ya que en las primeras asambleas cristianas los ancianos desempeñaban un papel fundamental, como también se estableció en este nuevo movimiento reformador. —

Baptismo: este movimiento, ligado a los anabaptistas (o rebautizadores), surge en el siglo XVII y defiende el bautismo por inmersión en la edad adulta, rechazando que los niños sean bautizados, ya que tal acto requiere un compromiso maduro con Cristo. Críticos con la jerarquía religiosa y desobedientes con las autoridades civiles, muchos de sus miembros fueron perseguidos, encarcelados o exiliados. Su fundador, John Smyth, clérigo de Cambridge, se bautizó a sí mismo, negando toda liturgia y defendiendo un liderazgo formado solo por pastores y diáconos. En 1612 se fundó la primera Iglesia baptista en Londres. En la actualidad, la integran 100 millones de fieles.

— Metodismo: fundado en 1739 por el pastor anglicano John Wesley (1703-1791) tras observar que la Iglesia de Inglaterra no se comprometía con los más necesitados y solo buscaba la prosperidad en una sociedad cada vez más industrializada. Se convirtió así en un misionero evangélico que predicaba al aire libre, alentando a cultivar la sencillez y los valores morales que se hallan en el Nuevo Testamento, subrayando, asimismo, el papel del Espíritu Santo en nuestras vidas. Esta doctrina atrajo a numerosos fieles, sobre todo, de la clase obrera. Debido a su visión metódica de la vida y de la fe fueron llamados “metodistas”. Hoy, el metodismo cuenta con 80 millones de seguidores, preferentemente en Inglaterra y Estados Unidos.

— Pietismo: se trató de un movimiento radical, enfrentado al dogmatismo protestante, al promover una forma de piedad más comprometida con las enseñanzas bíblicas y una vida más austera. Trató de erradicar cualquier cosa que se asemejara a la religión católica, como la presencia del altar y del púlpito. Esta escisión de la Iglesia luterana fue liderada por el pastor Philipp Jacob Spener (1637-1705), cuya obra Pia desideria es esencial en la difusión de dicha doctrina.

— Cuáqueros: se fundó con el nombre de Sociedad de Amigos, y fue creada en 1652 por un aprendiz de zapatero llamado George Fox (1624-1691). Sin jerarquía alguna y centrada únicamente en la oración y en la caridad, este movimiento hunde sus raíces en el puritanismo radical y se desarrolló más como asociación que como iglesia (están desprovistos de pastores y de sacramentos). Llevan a cabo una liturgia muy elemental y sus reuniones están marcadas por el silencio hasta que el Espíritu Santo habla a través de los congregados. Es lo que llaman la “luz interior”. Cuáquero significa “los que tiemblan”, y hace alusión a la plegaria de Fox de “temblar ante la palabra del Señor”. Promueven la paz y la tolerancia, e influyeron en la abolición de la esclavitud en el siglo XVIII. Son cerca de 400.000 adeptos.

— Adventistas del Séptimo Día: movimiento religioso de raíz protestante, aunque con una marcada esencia milenarista, impulsado en 1863 por la visionaria norteamericana ElIen G. White (1827-1915), quien aseguraba escribir bajo inspiración divina. La promesa escatológica, como la inminente segunda venida de Cristo (parusía), es uno de los pilares fundamentales de esta doctrina que gira en torno a las visiones y profecías de White, autora de unas cuarenta obras presuntamente reveladas. Contemplan la observancia del sábado como día de reposo, promueven una vida saludable basada en el vegetarianismo y mantienen una gran actividad misionera. Están implantados en más de 200 países y cuentan con unos 20 millones de seguidores.

Como suele ocurrir en cualquier comunidad religiosa que va creciendo y expandiéndose con el paso del tiempo, las IGLESIAS LUTERANAS, a pesar de compartir una misma base teológica, sufrieron ciertas divisiones tras la muerte de Lutero.

 

EL PROTESTANTISMO EN ESPAÑA

En la época en que surgió en Europa el protestantismo, España no recibió la menor influencia de dicha doctrina (aunque sí la acogieron bien el erasmismo y el alumbradismo, dos importantes corrientes espirituales implantadas en la península). La férrea ortodoxia católica suponía un muro infranqueable para la penetración de las nuevas ideas reformadoras. Hubo pequeños brotes en Valladolid y en Sevilla, pero fueron exterminados ipso facto mediante autos de fe. En uno de ellos, el del 24 de septiembre de 1559, fueron quemadas en la capital hispalense catorce personas que pertenecían a la secta protestante Templo de la Nueva Luz. Con el acecho de la Inquisición, a los pocos protestantes españoles nos les quedó más remedio que vivir en la clandestinidad u optar por el exilio. No sería hasta el siglo XIX cuando comenzó a florecer tímidamente el protestantismo por nuestra geografía, con la llegada de marineros ingleses que se asentaron en Galicia. Eran calvinistas pertenecientes a una congregación llamada Hermanos de Plymouth. A su vez, el escritor y viajero británico George Borrow (1803-1881) comenzó a difundir por nuestros lares, entre 1835 y 1840, ejemplares de la Biblia protestante, inspirada en la traducción revisada de Casiodoro de Reina, del siglo XVI.

No obstante, la evangelización protestante nunca caló hondo, desarrollándose más bien en ambientes rurales, ya que los intelectuales españoles del siglo XIX se movían entre el catolicismo y el agnosticismo. Además, la oposición del clero hacia el protestantismo jamás cesó, a pesar de que hubo algunos períodos políticos y sociales más propicios para su difusión. “Los evangélicos pusieron sus esperanzas en el triunfo en España del liberalismo progresista. Su mejor momento fue la Regencia de Espartero y el Bienio reformador de 1854-1856”, señala el teólogo José Ramón Hernández Figueiredo.

Décadas después, con la irrupción de la II República, a la Iglesia católica le preocupó bastante que el protestantismo se extendiera por toda España, al gozar de libertad religiosa. Incluso el papa Pío XI solicitó al nuncio apostólico Federico Tedeschini un informe sobre las diversas confesiones cristianas diseminadas por el territorio español. De su extensa respuesta, extraemos los siguientes datos: “La estadística del Protestantismo en España, desde luego, no es alarmante, gracias a Dios, como podrá ver V. Eminencia por la relación que sigue: Existen en toda España 145 Capillas, 11.227 afiliados a la secta y 78 escuelas con 6.000 alumnos en conjunto. La proporción de afiliados es de uno por cada dos mil, incluidos los de nacionalidad inglesa y alemana que suman un buen número”.

Con la llegada del franquismo, toda religión ajena a la católica fue perseguida y prohibida. El jesuita Sánchez de León se encargó de denunciar a los pastores protestantes que convocaban alguna reunión o propagaban sus creencias. En su libro El protestantismo en España, relacionaba falsamente a los pastores protestantes con presuntas actividades comunistas de carácter subversivo. Los protestantes, discriminados, tuvieron que esperar hasta la llegada de la democracia para poder ejercer su fe con total libertad gracias a los derechos otorgados por el art. 16 de la Constitución Española de 1978. Pero nunca lo han tenido fácil, debido a la enorme influencia que siguen manteniendo los poderes eclesiásticos, tan dados todavía a inmiscuirse en asuntos seculares (pese a que vivimos en un Estado aconfesional).

A pesar de seguir existiendo una confesionalidad católica encubierta —la Iglesia mantiene un status de privilegio frente a las demás confesiones religiosas—, actualmente, el auge del protestantismo en España es cada vez mayor. Hay más de un millón y medio de fieles. Según datos de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), constituida en noviembre de 1986, en los últimos años se han abierto 3.000 templos protestantes en nuestro país. El fenómeno de la inmigración ha influido notablemente, ya que muchos de los protestantes españoles proceden de otros países, sobre todo latinoamericanos, donde dicho movimiento religioso está muy arraigado.

De cualquier modo, Mariano Blázquez, secretario ejecutivo de FEREDE, denuncia que “a pesar del importante marco actual para el ejercicio de la libertad religiosa, los protestantes sentimos que aún perdura la inercia de los siglos de intolerancia que nos han legado situaciones de desigualdad y discriminación que es preciso denunciar y combatir desde la plataforma del diálogo y del deseo de construir una sociedad más tolerante, pluralista y justa”.

 

Lutero

 

LAS 95 TESIS DE LUTERO

Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum (Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias) es el título de las noventa y cinco estipulaciones teológicas que Lutero redactó en 1517 y que clavó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg con la intención de generar un debate académico, aunque no hay evidencias de que finalmente se produjera. Aquello fue el inicio de la Reforma protestante, que generó profundos cambios religiosos, sociales y culturales. En cuestión de un mes, las tesis de Lutero se propagaron por toda Europa. El teólogo alemán pretendía así criticar el comercio que el clero mantenía con la venta de indulgencias, cuyo fin era disminuir el, castigo de las almas en el purgatorio. El joven reformador denunciaba la inutilidad de las indulgencias y de la confesión sacramental, ya que, en su opinión, para obtener el perdón de los pecados solo hace falta un sincero arrepentimiento. Asimismo, en el punto 6 afirmaba: “El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si estos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente”. Yen el punto 24 leemos: “Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas”.

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Martin Lutero

EL ANTISEMITISMO DE LUTERO

“Sería incorrecto mostrarse misericordioso con los judíos y confirmarlos así en su conducta. Si esta política tampoco soluciona el problema, debemos expulsarlos como perros rabiosos, de tal modo que no nos hagamos cómplices de su abominable blasfemia y de sus vicios, y no despertemos la ira divina y seamos condenados con ellos”, manifestó Lutero en Sobre los judíos y sus mentiras (1542), tras recomendar quemar sus sinagogas y escuelas, derribar sus casas, confiscar sus bienes y prohibirles bajo pena de muerte enseñar su religión, entre otras cosas… Su antisemitismo fue tal, que llegó a decir: “Si yo pudiera, yo mismo arrojaría al judío al suelo yen mi ira lo atravesaría con la espada”. Llama la atención que mostrara tanta intolerancia, siendo uno de los defectos que criticaba de los papas. Lo cierto es que sus escritos justificaron más de una matanza contra los judíos. De hecho, el desaparecido filósofo Jesús Mosterín consideró que “Lutero es una de las fuentes capitales del antisemitismo alemán que en el siglo XX desembocaría en el nazismo. Los nazis publicaron sus escritos antijudíos e incluso eligieron el día de Lutero para llevar a cabo el famoso incendio de todas las sinagogas de Alemania en la Kristallnacht (la noche de los cristales rotos) de 1938”.

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Matanza de la noche de San Bartolomé

También, pese a su congruente crítica hacia los excesos de la curia romana y haber tenido la osadía de traducir la Biblia a lengua vernácula, LUTERO mantuvo una actitud tremendamente irracional con respecto a la creencia en la brujería y la acción del diablo.

Ante tantas HEREJÍAS, la Inquisición se reavivó y en 1542 surgió el Santo Oficio. Nueve años más tarde, se puso en marcha el “Indice de libros prohibidos”. Los jesuitas, con su disciplina militar y su incondicional obediencia al Papa, fueron los protectores más leales de la Contrarreforma.

 

 

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