CÓMO VER A TU ÁNGEL DE LA GUARDA

CÓMO VER A TU ÁNGEL DE LA GUARDA

 

Las etapas de la vida

Los seres humanos, aunque necesitamos al sol para vivir, somos bastante lunares. Nuestras células nacen, crecen y mueren siguiendo los ciclos de la luna. De esta manera cada 7 minutos, cada 7 horas, cada 7 días, cada 7 semanas, cada 7 meses y cada 7 años experimentamos cambios orgánicos.

Cada 7 años, por ejemplo, renovamos por completo el parque celular, y aunque lo hacemos lenta y gradualmente, cambiamos de piel y de tejidos como los crustáceos o las serpientes.

Por tanto, cada 7 años somos otra persona, con nuevos tejidos y nuevas células.

Nuestro Ángel de la Guarda se puede aparecer perfectamente ante nosotros dentro de estos intervalos, y de hecho está presente cada vez que acabamos un ciclo vital y empezamos uno nuevo.

Cuando nacemos está frente a nosotros y lo podemos ver, pero difícilmente lo recordamos.

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Cuando cumplimos los 7 años de edad volvemos a sentir su presencia o a verlo de forma íntegra. Esta vez solemos guardar un claro recuerdo de la experiencia, pero rara vez la relacionamos con él.

Al llegar a los 14 abre el camino de nuestra adolescencia, pero tanto su presencia como su recuerdo es más etéreo y menos palpable.

Cuando cumplimos los 21 años y entramos en la primera juventud, se acerca hasta nosotros para damos un empujón, insuflamos aliento o señalamos el camino, pero nosotros apenas si lo percibimos.

Al entrar en los 28 accedemos a la segunda juventud y a la primera madurez. En este punto nuestro Ángel de la Guarda no lo tiene nada fácil para entrar en contacto con nosotros, y a menudo apenas si puede interceder para que no nos desviemos de nuestro camino. Justo a esta edad queremos dominar mental y racionalmente nuestro mundo, nuestro orgullo está en su cúspide y las tentaciones mundanas nos avasallan. Si le hacemos caso no tendremos grandes tropiezos en esta edad crítica, pero lo más habitual es que no queramos escucharle y que nos distanciemos de él a pesar de que se nos ponga enfrente.

A los 35 años lo recuperamos un poco al entrar en la segunda madurez, porque volvemos a abrirle la puerta a lo emocional, a lo divino y a lo posible, aunque no sea probable racionalmente. Seguimos embebidos de orgullo y vanidad, pero ya permitimos su presencia, su guía y su consejo, sobre todo si creemos que nos conviene o nos puede ayudar de manera física y práctica.

A los 42, con una madurez más plena, solemos recuperarlo casi del todo, pero no porque nos volvamos más buenos, sino porque el declive de nuestra lozanía se hace patente y nos acerca a lo espiritual incluso en los casos más difíciles, egoicos o materialistas.

A los 49 las dudas empiezan a ser más numerosas que las certezas, y le abrimos definitivamente las puertas, aceptando que hay algo más que nosotros mismos y que hay cosas que no podemos variar a pesar de nuestra pobreza o nuestra riqueza, de nuestra inteligencia o de nuestra ignorancia. Esta es una estupenda edad, por ejemplo, para poder verlo de nuevo o para recuperar conscientemente su compañía.

A los 56 puede volver a inspiramos y abrimos la puerta a la edad de oro, con un nuevo empuje y unas fuerzas renovadas en todos los campos. Esta es una edad mágica en la que podemos estar perfectamente en contacto directo con él, aunque lo aceptemos o no ante los demás.

A los 63 repetimos parte de nuestra cerrazón adolescente, y aunque nos volvemos más místicos por una parte, también nos aferramos más a lo material y a lo que suponemos cómodo y estable para nosotros, con lo que podemos volvemos a alejar de él.

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A los 70 podemos tranquilamente entrar en el mundo espiritual y mantener un pie en esta Tierra y el otro en la otra vida. Aquí el contacto puede ser libre, abierto e intenso, pero también es un momento en el que nos cuidamos más del qué dirán y de que los demás, propios y ajenos, puedan considerarnos dementes, seniles o locos. Esto puede conducimos a contradicciones o a mantener en secreto nuestras cosas personales, interiores y espirituales, porque también se corre el riesgo de desconectar con la realidad circundante y sufrir apartamiento o abandono.

A los 77 logramos una mayor libertad incluso para nuestras excentricidades, y eso nos permite movemos con mayor facilidad por distintas realidades y niveles de conciencia y de pensamiento. A esta edad se suma la sabiduría a las sensaciones y aceptamos más y mejor lo interno y lo externo.

Es la edad del equilibrio, y puede ser una época muy productiva en todos los aspectos.

A los 84 se cumple un ciclo de ciclos (12 por 7), y el mundo físico empieza a diluirse. Entonces el mundo espiritual es más patente y podemos ver tranquilamente a todo tipo de seres, familiares desaparecidos y a nuestro Ángel de la Guarda, que vuelve a convertirse en un amigo invisible siempre presente con el que hablamos y departimos.

A los 91 volvemos a la infancia con toda la fuerza interna de nuestro ser, y todo lo imposible se vuelve posible, y entramos en la edad de la perfección, que nada tiene qué ver con la perfección física o material de este mundo, y todo porque la inocencia se mezcla con la experiencia y la sabiduría.

A los 98 años estamos listos para desprendemos de todo y de todos, y vivimos más en la memoria y el mundo espiritual que en el presente. Entonces ya no estamos donde estamos ni somos quienes somos, porque de hecho ya somos otros seres, y por un lado nos aferramos a los últimos destellos de la vida física y de la materia, pero ya tenemos el alma puesta en otras dimensiones.

Finalmente, a los 105 años, y aunque estemos todavía vivos físicamente, la ruta de nuestro destino en la ‘Tierra se ha agotado y pasamos a formar parte del mundo espiritual y angelical, con nuestro Ángel de la Guarda al lado y palpable, visible ante nuestros ojos y presente.

En los próximos ciclos vitales (112, 119, 126, 133 y 140), aunque ya estemos muertos y liberados de nuestro destino terrestre, nuestro Ángel de la Guarda nos seguirá guiando para que escojamos una próxima vida y hasta un nuevo Ángel de la Guarda.

Terminados estos 140 años, nuestro Ángel de la Guarda puede despedirse de nosotros y ocuparse de su existencia sin cargas ni ataduras humanas, o bien, volver a encargarse de nosotros en una nueva reencarnación.

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Esta reencarnación puede darse en distintos tiempos, etapas y niveles de experiencia, sin que el tiempo humano tenga nada qué ver en la espiral kármica. Es decir, que podemos renacer en el pasado, el futuro o el presente, en uno u otro planeta, como piedras, animales o seres humanos, y en línea ascendente o descendente. Dependiendo de dicha elección, nuestro Ángel de la Guarda seguirá con nosotros o nos dejará en manos de otro guía espiritual.

Más de una vez y en contra de lo que pudiera dictar la lógica humana o la lógica reencamacionista, volvemos a este mundo a repetir exactamente la misma vida que acabamos de abandonar, y la repetimos tantas veces como haga falta para superar sus obstáculos y liberarnos de los lazos emocionales, materiales y sentimentales que nos atan a ella.

Repetimos una y otra vez los ciclos vitales hasta que hacemos el recorrido perfecto, hasta que cumplimos exactamente con la línea de nuestro destino. A estas repeticiones se deben en buena medida las premoniciones y esas sensaciones que todos, tarde o temprano, tenemos cuando sentimos «ya he estado aquí», «este lugar ya lo conozco», «ya he dicho anteriormente estas mismas palabras», «esto ya me ha pasado exactamente igual otras veces», «a estas personas ya las conozco», aunque nunca antes y de manera física y racional nunca hayamos estado en tal o cual lugar, jamás hayamos hecho tal o cual cosa, ni conozcamos a tal o cual gente.

La vida física y palpable, esa que consideramos racional y directa, esconde más misterios de los que imaginamos, y sin la menor necesidad de entrar en el mundo espiritual o el contacto con los ángeles. Y hasta es muy posible que esta vida que pensamos y sentimos tan real, sólo sea una fantasía creada por nosotros mismos, y todo simplemente para gozar o sufrir saboreando la experiencia de estar hechos de carne y hueso en un lugar y durante un tiempo determinados, donde lo único real es precisamente la fantasía, con la ayuda y protección, dentro de dicha experiencia vital, de nuestro particular Ángel de la Guarda, quien se aparecerá ante nosotros sólo en el caso de que sea necesario.

Los cinco días mágicos y las fechas señaladas

Nuestro ángel de la Guarda también puede manifestarse y presentarse ante nosotros en las fechas señaladas, es decir, en esos días que consideramos mágicos en nuestro calendario personal o grupal.

Nuestro Ángel de la Guarda no tiene nada qué ver con las vírgenes, las iglesias, los santos o los ídolos, y sin embargo puede presentarse ante nosotros en una celebración religiosa, pero no por la religión en sí, sino por el estado devocional en que nos encontramos.

También puede hacerse palpable en nuestro cumpleaños, en un aniversario especial para nosotros y hasta en la celebración de algo que nos guste, nos importe o nos interese, y no porque él esté pendiente de nuestras emociones, sino porque en estas ocasiones nosotros estamos más sensibles y receptivos.

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Los últimos cinco días del año, entre la Navidad y el Fin de Año, o entre el solsticio de invierno y el 27 de diciembre, son días propicios para que nuestro Ángel de la Guarda se presente ante nosotros cada año, porque durante esos días el resto de las fuerzas celestiales están más relajadas y necesitamos más de su compañía, guía y consejo. Justo durante estos días, como en los ciclos de 7 años, los seres humanos morimos y nacemos de nuevo simbólicamente, y a nuestro Ángel de la Guarda le gusta estar palpablemente presente en dichos momentos.

Estos días sólo hay que llamarlo por su nombre o por el nuestro, que es prácticamente el mismo, para que se presente y lo sintamos, para que lo oigamos y hasta para que lo veamos directamente, de la misma manera que podemos ver cualquier otra cosa de este mundo.

Se ha perdido mucho el sentido mágico de estos días en favor de lo comercial y lo emocional, pero hay algo en nuestro interior que cada año y sobre estos días nos lleva a replanteamos nuestra vida, a hacer propósitos para mejorar, a visitar a los amigos y a la familia, a dar y recibir regalos, a compartir tristezas y alegría, y todo ello se debe en buena medida a que durante estos días nuestro Ángel de la Guarda se encuentra muy cerca de nosotros, tanto que casi lo podríamos tocar con las puntas de los dedos si estiráramos la mano, o ver si pudiéramos abrir los ojos del alma.

El niño que habla por nuestra boca

Una de las formas más curiosas y repetidas en la literatura, es ese amigo invisible que habla por nuestra boca, que vive en nuestra lengua y que sabe más de lo que sabemos y dice más de lo que nosotros mismos nos atreveríamos a decir.

También hay referencias a una voz interior, que se distingue de la conciencia porque no juzga lo malo ni pondera lo bueno, que nos llama por nuestro nombre o nos habla firme y claramente de diferentes temas. Esa voz es como si lleváramos a alguien dentro, y se distingue de los fantasmas o espíritus que nos pueden poseer, porque no interfiere en nuestro albedrío ni nos asusta ni nos revela el futuro ni nada por el estilo. Es, simplemente, como si tuviéramos un inquilino independiente que vive en nuestro interior, y que a veces hace migas con nosotros y a veces no, sin que ello le impida decir lo que siente y lo que piensa.

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Ese ser se manifiesta también a través de un dedo, una almohada, una manta, un muñeco, un coche o cualquier otro objeto del que parece que no podemos desprendemos. Ese dedo tiene sabiduría, y esa manta nos hace sentimos seguros, protegidos y hasta amados, como si dentro del dedo viviera alguien o en la manta estuviera impregnado el espíritu del cielo.

Nuestro Ángel de la Guarda se puede presentar perfectamente ante nosotros bajo cualquier disfraz o aspecto sólido, y puede hacerlo tanto a través de nosotros mismos como de un juguete o de un dedo.

No aparecerá como un gnomo o un hada, pero sí puede impregnar con su esencia divina todo lo que nos rodea o un solo objeto.

Tampoco suele manifestarse a través de animales o mascotas, aunque se puede dar un caso puntual de este fenómeno, y no porque no le gusten los animales, sino porque estos seres ya tienen su propios guardianes.

El aspecto externo del Ángel de la Guarda

Cuando somos niños suele presentarse ante nosotros como un niño, pero una vez que dejamos esta edad, puede presentarse con su propio aspecto, es decir, como ser de luz sin apenas formas humanas, ni rostro ni brazos ni manos ni pies ni piernas, aunque sí con contornos antropomórficos, como una mariposa que se mueve demasiado de prisa para que la podamos ver, una imagen algo borrosa que emana maravillosas y destellantes luces blancas y doradas a su alrededor.

Este es su verdadero aspecto, su apariencia real, con la que deambulan por los mundos celestiales.

Ante nuestros ojos y nuestras limitadas percepciones a menudo pueden parecer sólo un tapiz de luces en movimiento, pero a medida que enfocamos los ojos del alma sobre su figura, nos va pareciendo más sólido y más firme.

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Si usted quiere saber cómo es su aspecto de primera mano y sin que se lo cuente nadie, vea directamente al sol del medio día por unos instantes, y después intente enfocar la vista sobre una persona. Esa visión entre deslumbrada y borrosa es la que tiene el ser angelical que nos protege y guía.

Nuestro Ángel de la Guarda puede darnos la misma impresión de deslumbramiento que el sol, pero a diferencia del astro rey, nuestro Ángel de la Guarda no hiere nuestra retina con su luz.

Esa visión, que a todos debería reconfortamos, a veces no es del todo agradable para algunas personas, porque relacionan esa luz con la muerte, con seres extraordinarios o con experiencias sobrenaturales, y se asustan considerablemente.

El ser humano es un animal de costumbres, y espera ver a su Ángel de la Guarda con alas y aspecto andrógino, pero casi nunca es así. En mi caso, como ya he indicado antes, primero se apareció con su cuerpo de luz, pero en muchos otros contactos se ha presentado con la apariencia de un anciano de manos grandes y mirada lánguida. En otros casos aparece con apariencia de niño, de joven o de adulto, con aspecto masculino o femenino, sin nada que nos recuerde al mundo celestial. Y si lo hace de esta forma es para no asustarnos y para que nos sintamos tranquilos, confiados y seguros.

¿Pero cómo se le puede ver?

Para verlo primero hay que llamarlo, después hay que sentirlo o percibirlo, más con la intuición que con los sentidos.

Luego hay que hablarle, como si fuera un amigo de toda la vida, y aprender a oírle.

Una vez que lo sentimos a nuestro lado o dentro de nosotros, que le hablamos y que le oímos, podemos pedirle que se deje ver.

Si después de estos sencillos pasos él considera que podemos verle, se presentará ante nosotros sin ningún problema, juego de luces ni efectos paranormales.

Pero si percibe el más mínimo temor o inseguridad de nuestra parte, se desvanecerá de inmediato, como si hubiera sido una visión fugaz, un engaño de la mente, o simplemente no aparecerá ante nosotros.

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La fórmula del espejo

A veces basta con miramos durante largo rato al espejo en una habitación no demasiado iluminada, especialmente cuando estamos solos en casa, para poder ver en nuestro propio rostro su imagen.

Hay quien entorna los ojos, como si quisiera ver su propia aura reflejada en el espejo, pero basta mirar con fijeza nuestra propia imagen para que se trasluzca la de nuestro Ángel de la Guarda. La visión puede durar un instante, o quizás un poco más, pero no suele mantenerse durante mucho tiempo, porque nosotros solemos asustamos o ponemos nerviosos ante su imagen, y nuestra parte racional nos impide aceptarlo del todo de buenas a primeras.

Ayuda que mientras nos miramos al espejo, pensemos en él con fuerza y lo llamemos de viva voz o mentalmente por su nombre (no hay que olvidar que es prácticamente el mismo que el nuestro), respirando suave y pausadamente e intentando no sobreexcitamos. Si nos mantenemos en esta actitud durante 7 o 14 minutos, por lo menos alcanzaremos a vislumbrar la luz de su mirada y el aspecto de su rostro.

Este ejercicio puede parecer un juego de niños, pero hay que tener presente que, si algo valora de nosotros nuestro Ángel de la Guarda, es la sencillez y la inocencia.

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Lo que le gusta y lo que no le gusta de nosotros

Nuestro Ángel de la Guarda, por muy amigo, guardián y compañero que sea, tiene sus propios gustos, su propia personalidad y su propia existencia, o, en otras palabras, no está obligado a que le caigamos bien.

Lo que le gusta

  1. De nosotros le atrae nuestra propia experiencia vital, es decir, nuestra vida y las múltiples sensaciones que podemos disfrutar o experimentar dentro de ella.
  2. También le agradan la sencillez y la inocencia, la sensibilidad y la libertad de pensamiento.
  3. Le gusta que tengamos ambiciones sanas y aspiraciones, planes y proyectos, y que nos lancemos a lo más alto que podamos.
  4. No nos juzga por lo que creemos nosotros que podemos ser juzgados, porque sus leyes no son las nuestras.
  5. Ama el sentido del humor y el ingenio, la inteligencia y la capacidad de aprender, así como las actividades creativas.
  6. Le encanta la actividad y el deseo de hacer cosas, y disfruta cuando nos ve entusiasmados por algo que muchas personas pueden considerar una tontería.
  7. Es amante de los detalles, los regalos, la generosidad y el amor, así como de la paz y la tranquilidad bien entendidas.
  8. Le agrada la capacidad de lucha y el deseo de superación.
  9. Se divierte con nuestra imaginación y con nuestra fantasía, y con nuestra capacidad para inventar todo tipo de seres, mundos y cosas.
  10. Y también le complace muchas veces nuestra capacidad para sacar algo bueno de las malas experiencias, o de trocar algo malo por algo bueno.

Lo que no le gusta

  1. No le gusta el desánimo ni la pereza, pero comprende que podamos enfermar de depresión o tristeza.
  2. No le gusta la mentira en general, pero no soporta que nos engañemos a nosotros mismos en particular.
  3. Le desagradan el orgullo, la vanidad, la soberbia y la crueldad, y le desespera la envidia y la miseria del alma.
  4. No soporta que hagamos el mal justificándonos con el bien, ni que abusemos de la ignorancia o la debilidad de los demás.
  5. No le gusta que abandonemos la ruta de nuestro destino, que interrumpamos nuestra vida o la de los demás.
  6. Le fastidia que nos creamos en posesión de la verdad, o que intentemos imponer nuestra verdad a los demás.
  7. También le irrita que lo consideremos un fantasma, un demonio o un ser superior, en lugar de considerarlo un compañero de viaje.
  8. No le agradan ni el apocamiento ni la costumbre que tenemos de darnos por vencidos antes de empezar a luchar.
  9. Se desespera cuando no hacemos nada con nuestra vida, cuando desperdiciamos las sensaciones y cuando dejamos pasar las oportunidades.
  10. Y no le gusta en absoluto que nos mantengamos tan ajenos a nuestra propia vida espiritual.

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Le gustemos o no, siempre está dispuesto a ayudamos y a protegemos. Lo que no hará si no le gustamos, será aparecerse ante nosotros y presentarse. Le gustemos o no, no interferirá en nuestras vidas, decisiones, aciertos o errores, aunque se lo pidamos. Nos podrá aconsejar o desviar un poco para que reflexionemos, pero no pondrá una barrera entre nosotros y nuestros actos. Eso sí, se acercará más o menos a nosotros en función de lo que sienta personalmente por nuestra forma de ser y estar en esta Tierra. Y, por supuesto, no hace falta que creamos o dejemos de creer en él, porque él sí cree en nosotros, y no porque le guste, sino porque no le queda más remedio al tenemos a la vista constantemente.

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