CÓMO LLAMAR A TU ÁNGEL DE LA GUARDA

CÓMO LLAMAR A TU ÁNGEL DE LA GUARDA

A diferencia de otras experiencias místicas, esotéricas, mágicas o religiosas, el contacto con nuestro Ángel de la Guarda no requiere de sabiduría, inteligencia, razonamiento, fe, creencia, pasión, devoción, sensibilidad, intuición, don, gracia, visión, habilidad, jerarquía, preparación, sacrificio o entrega.

Tampoco hay que ser especialmente santo, bueno, elevado, elegido, especial ni nada que se le parezca. Por eso, cuando escucho por ahí que la humanidad está en decadencia, o que hay hombres tan malos que es imposible que tengan alma, o que se están perdiendo los valores, y que sólo serán unos cuantos los que van a salvarse del final de los tiempos, del Apocalipsis o de cualquier otra amenaza espacial o divina, recuerdo que hasta las piedras tienen alma y que hasta las bacterias son merecedoras de salvación eterna.

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¿Quién carece de Ángel de la Guarda?

Cuentan las leyendas teosóficas que en el principio se asentaron sobre esta tierra trece seres divinos que emanaban de la fuente original.

Cada uno de esos seres no tenía más cuerpo que la luz que lo envolvía, porque no eran más que emanaciones del rayo divino que habían tomado conciencia de ser.

Uno de ellos, el más grande y poderoso, entró en el alma del planeta, y le dio simiente y vida, alma y conciencia. Ese rayo es el logos planetario, la conciencia vital del planeta, con la Naturaleza por estandarte, pero con vida, sensaciones y pensamientos propios. Su nombre es Gaia y es omnipresente, omnisciente y omnipotente en este planeta.

Las doce emanaciones restantes se reflejaron en las luminarias del cielo y en las estrellas lejanas, para manifestarse vitalmente en la Tierra. Cada una de esas emanaciones es un alma madre de los seres y de los ciclos de Gaia unida a la Naturaleza.

Las almas madre de la humanidad

  • La primera se reflejó en el planeta Marte y en la constelación del Camero.
  • La segunda se reflejó en el planeta Venus y en la constelación del Toro.
  • La tercera se reflejó en Mercurio y en la constelación de los Gemelos.
  • La cuarta lo hizo en la Luna y en la constelación del Cangrejo.
  • La quinta lo hizo en el Sol y en la constelación del León.
  • La sexta se reflejó en Mercurio y en la constelación de la Doncella.
  • La séptima lo hizo en Venus y en la constelación de la Balanza.
  • La octava se reflejó en Plutón y en la constelación del Escorpión.
  • La novena se reflejó en Júpiter y en la constelación del Centauro.
  • La décima lo hizo en Saturno y en la constelación de la Cabra.
  • La décima primera lo hizo en Urano y en la constelación del Aguador.
  • Y la décima segunda se reflejó en Neptuno y en la constelación de los Peces.

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La primera se mezcló con la segunda para que naciera la tercera; la cuarta se unió con la quinta para que naciera la sexta; la séptima y la octava juzgaron e iniciaron a las anteriores para que renacieran en la novena; la décima y la undécima marcaron la ascensión y dieron el pensamiento para que tuviera lugar la duodécima.

La primera, la cuarta, la séptima y la décima se unieron y formaron la cruz radical donde se abren y se cierran las puertas del espíritu.

La segunda, la quinta, la octava y la undécima se unieron y formaron la cruz donde se abren y se cierran las puertas de la experiencia.

Y la tercera, la sexta, la novena y la duodécima se unieron y formaron la cruz donde se abren y se cierran las puertas de los cambios y las transformaciones.

Después se unieron en otros cuatro grupos diferentes para formar los elementos de los que se sustentarían todas las cosas vivas y muertas.

La primera, la quinta y la novena encendieron el elemento del fuego.

La segunda, la sexta y la décima dieron solidez a las formas con las piedras del elemento tierra.

La tercera, la séptima y la undécima cubrieron con su manto al resto y dieron el aliento de vida a todos los seres con el elemento del aire.

Y la cuarta, la octava y la duodécima derramaron el caldo de cultivo donde toda emoción y toda existencia fuera posible: el elemento agua.

Cada una tomó un lugar en los ciclos terrestres, para que todas las cosas y los seres que nacieran en ese lapso de tiempo llevaran una chispa de su alma, un reflejo de su conciencia.

Los hijos de las almas madre

  • Así nacieron las cosas, los seres y los hombres, y los que lo hicieron en el primer ciclo son parte del alma madre del Carnero (Aries).
  • Los del segundo ciclo comparten el alma madre del Toro (Tauro).
  • Los del tercer ciclo comparten el alma madre de los Gemelos (Géminis).
  • Los del cuarto ciclo son hijos y parte del alma madre del Cangrejo (Cáncer).
  • Los del quinto ciclo pertenecen en espíritu al alma madre del León (Leo).
  • Los del sexto ciclo nacen impregnados del alma madre de la Doncella (Virgo).
  • Los del séptimo ciclo tienen el aliento divino del alma madre de la Balanza (Libra).
  • Los del octavo ciclo son vástagos del alma madre del Escorpión (Escorpio).
  • Los del noveno llevan en su ser el reflejo del alma madre del Centauro (Sagitario).
  • Los del décimociclo están conectados para siempre al alma madre de la Cabra (Capricornio).
  • Los del undécimo ciclo son jirones del alma madre del Aguador (Acuario).
  • Y los del duodécimo ciclo están inscritos en el alma madre de los Peces (Piscis).

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Por tanto, no hay ni un solo ser ni una sola cosa en todo este planeta que no tenga existencia divina, que carezca de alma.

Y si todos los seres y todas las cosas son el reflejo de un alma madre, divina y original, porque habrían de necesitar de algo o de alguien para tener el derecho a ser y estar en cuerpo, mente y espíritu al servicio de la creación.

Las piedras y las plantas cuentan con hadas que los guían y protegen. Los animales son nuestros seguidores en el camino de la evolución y tienen sus propios guardianes espirituales, entre los que nos deberíamos contar nosotros; y nosotros, los seres humanos, contarnos todos y cada uno con nuestro personal e intransferible Ángel de la Guarda para que nos guíe, nos acompañe y nos proteja en el camino de la evolución universal, que no es sólo un camino de buenos deseos, sino una realidad palpable que se transforma todos los días.

Por tanto, para llamar a nuestro Ángel de la Guarda y sentir su presencia no tenemos que hacer otra cosa que pedirle que venga, que se acerque o que se manifieste. Así de difícil y de sencillo.

¿Por qué no se manifiesta él mismo?

Sí lo hace, y más de lo que nosotros pensamos. A menudo nos llama por nuestro nombre. A veces nos susurra ideas o consejos al oído. En otras ocasiones nos empuja un poco o nos hace ir por un rumbo que originalmente no habíamos escogido.

En más de una ocasión nos salva de un accidente, o nos hace sentir algo raro en nuestro interior cuando estamos a punto de cometer un error o de desviarnos de nuestro camino.

También nos acaricia y nos llena de felicidad cuando hemos hecho lo correcto, o simplemente nos acaricia cuando estamos solos y en paz con todos y con todo.

Cada noche se acerca a nosotros a hacernos una caricia o a darnos un beso antes de que nos quedemos dormidos.

Y en otras ocasiones simplemente nos pasa su mano por la espalda o entre los cabellos.

El mío, Jabel, tiene apariencia de anciano y una voz tan dulce y suave que parece femenina, aunque en realidad no tenga sexo.

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Cuando somos pequeños e inocentes se acercan con más facilidad a nosotros y hasta comparten nuestros juegos, pero sabedores de que cada día que pasa nos llenamos de prejuicios y conveniencias, pasan a un discreto segundo plano, más por el bien nuestro que por el suyo.

Si no temiéramos a la locura, la esquizofrenia y la burla de los demás, ellos no tendrían ningún inconveniente en estar siempre presentes, pero como desde hace varios miles de años que somos como somos, se mantienen fuera de nuestra vista aunque siempre estén a nuestro lado.

Están ahí siempre, pero saben que nosotros, al menos la inmensa mayoría, no estamos preparados para mantenemos en constante contacto con ellos.

Nuestros filtros mentales hacen muy difícil que podamos oírlos y verlos, pero eso no impide que a menudo sintamos su presencia, sobre todo cuando creemos que estamos solos en un lugar.

Y también es muy sencillo conectar con ellos, porque aunque nosotros no los veamos ni los oigamos, ellos están ahí y nos escuchan perfecta y constantemente.

¿Cómo se puede saber su nombre?

Nuestro Ángel de la Guarda suele tener un nombre muy parecido al nuestro. Ese nombre, como cualquier otra denominación, es temporal y le da ciertas cualidades y características.

El mío me dijo su nombre él mismo: Jabel, pero también debo decir que la pronunciación y la transcripción a nuestro idioma siempre me queda grande, ya que a veces creo que me dice que se llama Jalel, y durante muchos años de mi infancia le llamé Yalel, Yayal y hasta Yayason, intentando llamarlo de forma cariñosa. Incluso mis padres y mis hermanos llegaron a llamarme a mí así, sobre todo mi hermana Cristina, con lo que mi simbiosis con mi Ángel de la Guarda se hizo más intensa.

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De hecho las primeras veces le llamaba por mi nombre, como si me estuviera llamando a mí mismo, y él respondía con rapidez a mi llamada.

Sólo tenía que cerrar los ojos, frotarme un poco el pelo y llamarlo utilizando mi nombre como si fuera el suyo, para sentir de inmediato su presencia. Y escribo «sentir», porque la mayoría de las veces se presentaba en forma de sensaciones, y no de manera física o visual, pero la sensación de su presencia era tan sólida y vital como la de una persona que se tiene enfrente.

La fórmula

Si usted quiere llamar a su Ángel de la Guarda no tiene más que cerrar los ojos, respirar hondo, tranquilizarse, relajarse, y empezar a gritar mentalmente su propio nombre, y cuando sienta recorrer un escalofrío en su cabeza, como si alguien le hiciera una caricia, o una fuerte presión en la frente como si algo interno quisiera salir, sabrá que su Ángel de la Guarda está a su lado.

Si lo hace con frecuencia, pero sin obsesionarse en el contacto diario o continuo, su Ángel de la Guarda le revelará su nombre, que generalmente será muy parecido al suyo, porque de hecho su personal e intransferible Ángel de la Guarda tiene que llamarse como usted, con la única diferencia de que el nombre de la entidad divina y protectora lleva añadido el sufijo El.

Para aquellos que en la infancia leían las aventuras de Supermán les resultará muy familiar este sufijo, ya que el padre del héroe, si la memoria no me falla, se llamaba Jor-El, lo que colocaba al reportero de la mítica Metrópolis en la calidad de ser el hijo de un ángel. Y aunque las aventuras de un héroe de ficción no parezca lo más adecuado para apoyar un ensayo sobre los ángeles, resulta que uno de sus creadores era un gran seguidor de la Cábala, que en el héroe de ficción no hizo más que reflejar algunas de las aptitudes de aquellos ángeles bíblicos que libraban batallas entre ellos o que destruían ciudades como Sodoma: capacidad de volar, fuerza descomunal, invulnerables, rápidos, protectores del bien y tantas otras cualidades que igualan, salvando las distancias, a un héroe de ficción con devas, ángeles, elfos, dioses y semidioses de la antigüedad.

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Muchos de los cuentos infantiles de todos los tiempos no son más que el reflejo de seres mitológicos, muchos de ellos claramente angelicales.

La inocencia, por supuesto y ya que señalamos héroes de ficción y cuentos infantiles, es una de las mejores vías para contactar con nuestro Ángel de la Guarda.

Recuerde, su Ángel de la Guarda siempre acude a su llamado, simplemente porque está siempre a su lado, se manifiesta de forma suave para no brindarle a usted ningún sobresalto, y se llama prácticamente igual que usted, sólo que con el sufijo El al final del nombre.

A menudo, y cuando el nombre personal es muy largo, nuestro Ángel de la Guarda hace una especie de contracción con nuestro nombre y le añade el sufijo El.

Y si usted se llama Miguel, Rafael, Manuel, Abel, es decir, si usted ya tiene nombre de ángel o de arcángel, no sería nada raro que su personal Ángel de la Guarda se llamara exactamente igual que usted.

Tampoco hay que olvidar que dependiendo del idioma y la pronunciación, y a pesar de que nuestro Ángel de la Guarda habla siempre nuestro mismo idioma y utiliza nuestras propias palabras, a veces el sonido de su nombre puede parecernos algo distinto, como si estuviera pronunciado en otro idioma o por otra voz. Esto se debe a que su origen angelical no siempre nos resulta fácil de comprender, y a que nuestro cerebro lo filtra dependiendo de cómo lo pronuncie nuestro Ángel de la Guarda, quien, por cierto, no siempre está del mismo humor, y aunque su disposición siempre es buena, su talante no siempre es el mismo.

Esto nos lleva a recordar que la relación con el mundo celestial, o con los seres angelicales, a quienes no comprendemos del todo, no siempre es fácil, entre otras muchas cosas, nuestras sensibilidades son bien distintas, y lo que a nosotros puede parecemos trascendental e importante, a ellos les puede parecer una soberana tontería, y viceversa.

Nuestros problemas con el mundo celestial

Nuestros problemas con el mundo celestial, más allá del pecado o de lo que dicen las diferentes religiones, se deben en buena medida a nuestra tendencia a racionalizar todo lo que vemos.

Por un lado nos sentimos atraídos hacia lo misterioso, pero por otro lado nos da miedo lo desconocido.

Por una parte querernos ser mejores y elevamos, y por la otra tememos llegar demasiado lejos.

Queremos parecer serios, seguros y estables, por lo que tendemos a desechar todo lo intangible, pero algo dentro de nosotros nos grita que necesitamos algo de magia para continuar viviendo.

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Queremos ser auténticos, pero también huimos de hacer el ridículo, y entre una y otra cosa perdernos el centro de nuestra atención en lo divino y nos perdemos en el mundo material que se abre ante nosotros.

Por supuesto, la culpa no es del mundo, sino de nuestros temores y de nuestros prejuicios. De esta manera nos encantaría hablar abiertamente y en cualquier lugar con nuestro Ángel de la Guarda, pero por otra parte se nos caería la cara de vergüenza si los demás nos vieran haciéndolo.

Actualmente sería un buen pretexto el teléfono móvil, pero no dejaría de ser un subterfugio para que los demás no pensaran que hemos perdido la razón.

Más allá de los miedos sociales y del miedo a perder la razón o a no ser considerados normales, hay otros temores mucho más profundos.

El contacto directo con nuestro Ángel de la Guarda también puede ser una experiencia traumática, sobre todo si no la tomamos positivamente y la vemos desde un punto de vista adecuado.

Sucede algo similar cuando realizamos un viaje astral, ya que no importa la preparación espiritual que tengamos ni las explicaciones que nos den, si al hacerlo lo relacionamos con una experiencia negativa, o, como hace la mayoría de la gente, si sentimos o creemos que nos estamos muriendo o que no podremos regresar a nuestro cuerpo.

A ello hay que añadirle el peligro de taquicardia o desequilibrio del ritmo cardíaco al volver del viaje astral, que si bien no tiene la menor importancia para muchas personas, para otras puede traducirse en una lesión cardíaca o en un susto de muerte.

Por eso apunto que a menudo lo que consideramos una buena preparación espiritual no sirve de mucho ante una experiencia que rebasa nuestra naturaleza humana.

Mientras nuestro Ángel de la Guarda se comunique con nosotros de forma suave, con unas cuantas señales simbólicas como lo hace casi siempre, no hay problema, pero si la experiencia es realmente vívida y tangible, es muy posible que muchos de nosotros no sepamos o no podamos digerirla, y entonces se puede convertir en una experiencia más traumática y molesta, que en una experiencia que eleve nuestro espíritu.

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Personalmente he conocido a personas que se han pasado buena parte de su vida buscando una experiencia mística tangible y palpable, algo que vaya más allá de la simple excitación de los sentidos o la alteración parcial o temporal de la mente. Mientras estas personas han estado preparándose y buscando dicha experiencia, no ha habido problema alguno, e incluso han mejorado en muchos aspectos de su vida.

Pero cuando la experiencia que estaban deseando por fin llega, no son pocas las que han padecido más un trastorno que un alivio.

Por eso, la relación con nuestro Ángel de la Guarda debe llevarse de la manera más mesurada y tranquila posible, sin obsesiones ni exigencias, sin esperar demasiado y siempre con el mayor sentido común y los pies bien puestos en el suelo.

Otro de los problemas es que en lugar de atraer a nuestro Ángel de la Guarda atraigamos a un ser distinto, que bien podríamos identificar con lo que nosotros consideramos maléfico, aunque en la realidad y en el fondo no lo sea.

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¿Cómo distinguir a nuestro Ángel de la Guarda de otros seres?

La respuesta es muy sencilla, pero para dejarlo más claro hay que seguir las siguientes reglas:

  1. Si no quiere revelar su nombre, no es quien esperamos.
  2. Si su nombre no termina en ÉL, no es quien esperamos.
  3. Si nos ofrece cosas o nos pide algo a cambio, no es quien esperamos.
  4. Si habla mucho, no es quien esperamos.
  5. Si se prodiga en halagos hacia nosotros, no es quien esperamos.
  6. Si nos dice que somos especiales, elegidos de Dios o cualquier cosa por el estilo, no es quien esperamos.
  7. Si se arroga poderes o dice ser poderoso, no es quien esperamos.
  8. Si grita o ríe, si se enfada o alegra con facilidad, y si se toma demasiadas confianzas, no es quien esperamos.
  9. Si nos da demasiados consejos o si nos conmina a comportamos de una o de otra manera, no es quien esperamos.
  10. Y si quiere damos órdenes o nos las pide, no es quien esperamos.

Cuando esto suceda hay que actuar con firmeza y ordenarle a esa entidad que se vaya de inmediato, al tiempo que llamamos mentalmente y con el corazón a nuestro verdadero

Ángel de la Guarda, quien se encargara de inmediato de echar fuera a la entidad intrusa.

Nuestro Ángel de la Guarda, en todos los casos, es de la siguiente manera:

  1. Parco de palabras, de gestos y de actos.
  2. No pide ni ofrece nada.
  3. Deja bien claro que la responsabilidad de vivir es nuestra.
  4. Es amoroso, pero firme, y nos señala nuestro camino, pero no nos obliga a seguirlo, y deja en nuestras manos la elección.
  5. No pondera religión alguna.
  6. No hace milagros.
  7. Da respuestas claras y concretas.
  8. No demuestra tener poderes ni hacer cosas extraordinarias.
  9. Se va de inmediato si lo tomamos por lo que no es.
  10. Se molesta si somos insistentes o si nos mostramos demasiado interesados o reverentes.

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En pocas palabras, es más bien hierático y ecuánime, con más tendencia a lo sublime que a lo humano, y un buen amigo y compañero si no se siente presionado por nuestro amor, nuestras preguntas o cualquiera de nuestros actos. Si observamos las reglas anteriores, no confundiremos nunca a nuestro Ángel de la Guarda con otros seres o entidades, de las que, por cierto, nos protege constantemente.

 

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