Civilización Egipcia

CIVILIZACIÓN EGIPCIA

ADMINISTRACIÓN, ECONOMÍA Y COMERCIO

 

10-13-RETRATOS

RETRATOS Máscara del cartonnage de una mujer llamada Takerheb (periodo Tolemaico).

EL FARAÓN, ÉN EL VÉRTICE DE UNA PIRÁMIDE ABSOLUTISTA

 

Durante la larga historia del Antiguo Egipto, que abarca más de tres milenios, la organización social del país fue siempre absolutista, una especie de pirámide con la figura del monarca en el vértice. Pero el faraón era algo más que un rey. Según las antiguas concepciones teológicas egipcias, el faraón encarnaba al dios Horus, por lo que también era el jefe religioso. Ese pensamiento se remitía al famoso mito del asesinato de Osiris a manos de su hermano Set, para usurparle el trono de Egipto. El hijo de Osiris, Horus, vengaría después a su padre matando a Set y reconquistando el trono, del que era legítimo heredero. Así pues, los egipcios identificaron siempre al faraón con Horus: accedía al trono a la muerte de su padre, y cuando moría se convertía en Osiris y, como el dios, resucitaba en el más allá. La divinidad se encarnaba en el soberano en el momento de su unión con la gran esposa real para concebir al sucesor al trono, en el que se encamaría a la muerte del faraón. Al ser un dios, el faraón garantizaba a su pueblo el orden del cosmos simbolizado por Maat, diosa de la verdad y la justicia, y al estar dotado de poderes sobrenaturales, derrotaba a las fuerzas hostiles a Egipto y expulsaba a sus enemigos. En efecto, a lo largo de la historia, el país sufrió desventuras cuando se debilitó el poder del soberano, cuyos símbolos eran el halcón, la cobra (ureo), el león y el toro. Los faraones egipcios adoptaron una titulación real que comprendía cinco nombres y legitimaba su autoridad. El primero era el «nombre de Horus», que identificaba al monarca como la encarnación del dios; el segundo era el «nombre de las dos Señoras», las diosas Uadyet y Nejbet, protectoras del Alto y del Bajo Egipto; el tercero, también vinculado a Horus, era el «nombre del Horus de oro»; los dos últimos correspondían a los nombres personales del faraón, es decir, el «nombre de coronación», que le identificaba como rey del Alto y del Bajo Egipto, y el de «hijo de Ra», el dios-Sol asimilado a Horus.

BUROCRACIA POLÍTICA Y BUROCRACIA RELIGIOSA

10-14-SARCOFAGO1

SARCÓFAGO Interior de un sarcófago con retrato de la difunta (época romana).

Un concepto antiquísimo era el de la necesidad de renovación del poder del faraón. Este poder, que con la edad se debilitaba progresivamente, debía ser regenerado a los treinta años de reinado con una ceremonia llamada «fiesta Sed». La antigüedad del denominado «jubileo real» está demostrada por las estructuras ya presentes en el complejo funerario del faraón Zoser, de la III dinastía, dedicadas precisamente a la celebración de dicha fiesta. Entre los ritos que la constituían, era fundamental la carrera ritual que el soberano tenía que realizar en un patio cerrado, para simbolizar la nueva toma de posesión de todo el territorio de Egipto. Resulta evidente la relación de la fiesta Sed con el modelo solar: al igual que el sol, que moría al atardecer y volvía a nacer al alba, el poder del faraón se regeneraba con la ceremonia del jubileo. El faraón podía delegar su autoridad en dos personas, que estaban a su vez en el vértice de dos grandes organizaciones: la autoridad política en el visir, y, sobre todo durante el Imperio Nuevo, la autoridad religiosa en el gran sacerdote de Amón. El visir era prácticamente el vértice político de una complicada burocracia, y a través de él el soberano administraba todo el país. Un ejército de funcionarios se encargaba de garantizar el orden en las distintas provincias, llamadas nomos, y de controlar los suministros, las crecidas del Nilo y el mantenimiento de los canales, que constituían la base de la economía egipcia. Los funcionarios debían informar a los jefes de las provincias, o «nomarcas», que daban notificación al visir, quien controlaba que fueran cumplidas las órdenes del faraón.

En el ámbito religioso, los grandes sacerdotes, jefes de los templos dedicados a las distintas deidades del país, tenían a su servicio a una serie de sacerdotes con cometidos rituales precisos. En la base de las dos organizaciones estaban siempre los escribas, el primer peldaño de toda carrera, ya fuera de carácter político o religioso.

LA IMPORTANCIA DE LA NAVEGACIÓN POR EL NILO

 

10-15-UREO

EDFÚ Vista, desde la sala hipóstila, del pilono y del gran patio porticado del templo de Edfú, en un dibujo de David Roberts (siglo XIX).

La economía de Egipto se basaba en el Nilo. De la magnitud de su crecida anual dependían las cosechas y, en consecuencia, los impuestos que debían pagar los agricultores, calculados según el nivel alcanzado por las aguas en los «nilómetros» construidos a lo largo de su cauce. Pero el Nilo era, sobre todo, la principal vía de comunicación dentro del país y con el Mediterráneo y Nubia. Por ello, los egipcios navegaban desde la época prehistórica, ya que las pistas a través del desierto eran mucho menos prácticas y se utilizaban principalmente para acceder a los oasis, las minas y las canteras, o para evitar las cataratas del río. A lo largo de los siglos, se construyeron en Egipto innumerables tipos de embarcaciones, destinadas a personas de todas las clases sociales y a usos diversos. Las grandes barcas reales debían llevar al faraón a las diferentes zonas del reino, así como su momia a su última morada. Las barcas de transporte llevaban materiales de todo tipo, desde piedras de construcción hasta productos exóticos traídos de países lejanos. Otras barcas ricamente decoradas estaban destinadas a las ceremonias religiosas en el río o en los lagos sagrados de los templos, y embarcaciones más pequeñas, hechas a menudo con papiro, servían como diversión para los más adinerados o como medio de vida para la población más pobre, que las utilizaba para conseguir alimentos, fundamentalmente los peces y las aves de los pantanos.

LA EXPEDICIÓN AL PAÍS DE PUNT

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REMO Imagen de un gran remo adornado con un ureo, copiado por Rosellini de la tumba de Ramsés III.

Grandes barcos de remo, con velas cuadradas, servían también para transportar a los soldados en caso de guerra o a expediciones de tipo comercial, incluso a países muy lejanos. Con la navegación costera, los barcos egipcios llegaban a los países de Oriente Próximo bañados por el Mediterráneo en busca de materiales raros, sobre todo maderas preciosas. Las primeras noticias de expediciones de este tipo datan del Imperio Medio, pero la primera en ser documentada, y quizá la más famosa, fue la expedición organizada en su octavo año de reinado por la reina Hatshepsut, de la XVIII dinastía, hacia el mítico país de Punt, que puede ser identificado con Somalia. En las paredes del templo funerario de la reina, en Deir el-Bahari, están representadas las distintas fases de la expedición, empezando por los preparativos de las cinco grandes embarcaciones de remo y velas cuadradas, de unos 25 metros de eslora. Entre los miembros de la tripulación había incluso zoólogos, botánicos, ingenieros e hidrógrafos. La llegada a Punt desde el mar Rojo está documentada por las representaciones de poblados de chozas, los rasgos somáticos de sus habitantes negros y la famosa reina Ity con esteatopigia: se asiste a las negociaciones comerciales con el rey local, Pareju, por parte del mensajero real, que ofrece productos de su tierra en nombre de la reina Hatshepsut.

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BARCA Maqueta de una barca de oro y plata sobre un carro de madera y bronce, procedente de la tumba de la reina Ahhotep (XVIII dinastía).

Las escenas continúan con la partida de las naves de la tierra de Punt: los egipcios cargan especias, oro y electro, colmillos de elefante, pieles de pantera, madera de ébano y algunos animales vivos, entre ellos monos y una jirafa, así como 31 árboles de incienso, con las raíces cuidadosamente protegidas con tierra en grandes canastos. Pasado un año, la expedición regresó a Egipto. Los productos conseguidos fueron mostrados, medidos y pesados, y los árboles de incienso se plantaron en el jardín de Deir el-Bahari. La reina premió al comandante de la expedición, Nehesy, con collares y pulseras de oro, y elogió los resultados de la hazaña.

 

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