CAPÍTULO XVIII. EL NEOPLATONISMO.

  1. LA ESCOLÁSTICA NEOPLATÓNICA

El neoplatonismo es la última manifestación del platonismo en el mundo antiguo. Resume y formula sistemáticamente, y (con Proclo) de un modo escolástico, las tendencias y las orientaciones que se habían manifestado en la filosofía griega y alejandrina del último periodo. Elementos pitagóricos, aristotélicos, estoicos se funden con el platonismo en una vasta síntesis que debía influir poderosamente todo el curso del pensamiento cristiano y medieval, y a través de él, también el pensamiento moderno. El neoplatonismo es, pues, la manifestación más destacada de la orientación religiosa que prevalece en la filosofía de la era alejandrina. Es también la primera forma histórica de escolástica, si se aplica este nombre a la filosofía que trata de verificar la comprensión racional de las verdades religiosas tradicionales (§ 173). En efecto, la actitud religiosa implica que la verdad como tal no se busca: ha sido ya revelada y posee la garantía de la tradición. En cambio, es oportuno comprender, explicar y defender tal verdad; para este fin se utiliza la filosofía que más se presta a ello, en este caso el platonismo.

De ahí que el neoplatonismo no tenga nada que ver con el platonismo originario y auténtico. Es, por el contrario, una especie de escolástica que usa el platonismo en confusa mezcla con otros elementos doctrinales heterogéneos, con el fin de justificar una actitud religiosa. El hecho de que Proclo, el más consciente representante de la escolástica neoplatónica, considerase como apócrifas la República y las Leyes de Platón, que no se prestan, por dominar en ellas los temas políticos, a ser usadas con vistas a una apologética religiosa, es prueba evidente de la discontinuidad que hay entre platonismo y neoplatonismo y de la imposibilidad de utilizar a éste como elemento para la comprensión histórica del platonismo originario.

Amonio Sacas, el fundador del neoplatonismo, vivió entre el 175 y el 242 d. de C. y no dejó escrito alguno. Era bracero, de donde le viene el sobrenombre de “Sacas”; después enseñó en Alejandría la filosofía de Platón. Entre sus discípulos se cuentan Orígenes, que no debe confundirse con el Orígenes cristiano (§ 144) y Casio Longino (213-273), retórico y filólogo, con cuyo nombre nos ha llegado el escrito De lo sublime, que sin embargo no es suyo. El verdadero fundador del neoplatonismo es Plotino. Nació en Licópolis, Egipto, el año 203 ó 205 d. de C. Participó en la expedición del emperador Gordiano contra los persas, para conocer las doctrinas de los persas e indios; a la vuelta, se estableció en Roma, donde su escuela contó entre sus numerosos oyentes a muchos senadores romanos. El emperador Galieno y su mujer Salonina fueron también admiradores suyos. Murió en Campania a la edad de 66 años, en 269 ó 270 d. de C.

Su discípulo Porfirio, de Tiro (n. el 23-233 y m. a principios del siglo IV), publicó los escritos del maestro, ordenándolos en seis Eneadas, o sea libros de nueve partes cada uno. Porfirio es también autor de numerosas obras originales. Entre ellas son particularmente importantes una Vida de Plotino, una Vida de Pitágoras y la Introducción a las Categorías de Aristóteles, que es un comentario a la obra aristotélica en forma de diálogo. El interés fundamental de Porfirio es práctico-religioso. Saca de la doctrina de Platino razones para defender la religión pagana.

 

  1. PLOTINO: LA TRASCENDENCIA DE DIOS

Plotino acentúa hasta el extremo la trascendencia de Dios, sobre la cual habían ya insistido Plutarco, los neo pitagóricos y Filón. Pero mientras Filón identifica todavía a Dios con el ser, Plotino afirma que Dios es “más allá del ser” (V, 5, 6); “más allá de la sustancia” (VI, 8, 19); “más allá de la mente” (III, 8, 9) de modo que es trascendente con respecto a todas las cosas, aun produciéndolas y manteniéndolas en el ser él mismo (V, 5, 12). De esta manera, la causa del ser queda separada en cierta manera del ser, como lo que es inaprensible e inexpresable por parte del hombre. El nombre menos inadecuado para designar a Dios es, según Plotino, el de Uno, y ello tanto porque Dios es la unidad, es decir, la causa simple y única de todas las cosas, como porque el nombre de “Uno” se presta a designar lo que es simple y diverso de todas las cosas que vienen después. (V, 4, 1). No obstante, el propio Plotino advierte que este nombre no contiene más que la exclusión de lo múltiple y, salvo esta exclusión, no es más adecuado que los demás para designar a Dios (V, 5, 6). Con estas consideraciones, Plotino inicia lo que luego se llamó la teología negativa, esto es, la determinación de Dios por medio del reconocimiento de la imposibilidad de predicar o afirmar de él todas y cada una de las determinaciones finitas.

Por otra parte, la definición de Dios como unidad no tiene nada que ver con el monoteísmo. Conforme a toda la tradición griega, Plotino defiende explícitamente el politeísmo como consecuencia necesaria del poder infinito de la divinidad: “No restringir la divinidad a un ser único, hacerla ver tan múltiple como ella misma se manifiesta; eso es lo que significa conocer el poder de la divinidad, capaz de crear —incluso permaneciendo como ella es—una multiplicidad de dioses unidos a ella, que existen por ella y proceden de ella (II, 9, 9).

Para una divinidad concebida de esta manera evidentemente la creación no puede ser un acto de voluntad, que implicaría un cambio en la esencia divina. La creación acontece de tal manera que Dios permanece inmóvil en el centro de la misma, sin quererla ni consentirla. Es un proceso de emanación, semejante a aquel por el que la luz se difunde en torno al cuerpo luminoso o el calor en el cuerpo caliente, o, mejor, como el perfume que emana del cuerpo oloroso (V, I, 6). Empleando la noción aristotélica de Dios como “pensamiento del pensamiento” (§ 78) Plotino interpreta la emanación misma como el pensamiento que el Uno piensa de sí mismo. El Uno, pensándose, da origen al Intelecto, que es su imagen (V, 4, 2); el Intelecto, pensándose, da origen al Alma, que es la imagen del Intelecto (IV, 8, 3). Y así, de imagen en imagen, la emanación es también un proceso de degradación. Lo que emana del Uno es inferior al Uno, como la luz es menos luminosa que la fuente de donde dimana y la ola de perfume es menos intensa a medida que se aleja del cuerpo oloroso. Los seres que emanan de Dios no pueden, por lo tanto, tener su perfección ni su unidad, sino que tienden cada vez más hacia la imperfección y la multiplicidad.

 

  1. PLOTINO: LAS EMANACIONES

La primera emanación del Uno es el Intelecto (νοϋς), que es la imagen más próxima a él. El Intelecto contiene ya la multiplicidad, por cuanto implica distinción entre el sujeto que piensa y el objeto pensado. Este Intelecto, como el Logos o el Verbo de Filón, es la sede de las ideas platónicas. Lo identifica Plotino con el Demiurgo de que habla Platón en el Timeo.

Del Intelecto procede la segunda emanación, el Alma del Mundo, que es Verbo y Acto del Intelecto, como el Intelecto lo es del Uno. El Alma, por un lado, mira al Intelecto del que procede, y así piensa; por otro, se mira a sí misma y se conserva; por otro aun, mira lo que hay después de ella y lo ordena, lo gobierna y lo rige. Así el Alma universal tiene una parte superior que se dirige al Intelecto y una parte inferior que se dirige al cuerpo: con esta gobierna el universo y es Providencia.

Dios, el Intelecto y el Alma del Mundo constituyen el mundo inteligible. El mundo corpóreo supone para su formación, además de la acción del Alma del Mundo, otro principio del que deriven las imperfecciones, la multiplicidad y el mal. Este principio es la materia, concebida por Plotino negativamente, como privación de realidad y de bien. La materia está en el extremo inferior de la escala en cuya cima está Dios. Es la oscuridad que comienza allí donde termina la luz: por consiguiente, es no-ser y mal.

Las almas singulares son partes del Alma del Mundo. El Alma universal ha entrado en la materia vivificándola y penetrándola completamente; pero permaneciendo en sí misma única e indivisible. Ella produce la unidad y la simpatía de todas las cosas del Mundo; ya que éstas, al tener un alma única, se enlazan unas con otras como los miembros de un mismo animal.

Dominado como está por el Alma universal, el mundo tiene un orden y una belleza perfecta. Para descubrir este orden es menester mirar al todo, en el cual encuentra su función y su sitio cada parte individual, aun las que aparentemente son imperfectas o malas. El vicio mismo tiene una función útil al todo, porque es un ejemplo de la fuerza de la ley y acaba por producir útiles consecuencias (III, 2, 5).

 

  1. PLOTINO: LA CONCIENCIA Y EL RETORNO A DIOS

En la filosofía de Plotino hay un concepto que se hace central y dominante, que ya había aparecido en la especulación de los estoicos: el concepto de la conciencia. La conciencia no es el conocimiento de los propios estados internos, sino la actitud del sabio que no necesita salir fuera de sí para encontrar la verdad, por lo que siempre tiene la mirada dirigida hacia sí mismo. La conciencia es, en este sentido, el campo privilegiado en que se manifiestan en su evidencia las verdades más altas a las que el hombre puede llegar y la fuente o el principio mismo de tales verdades, o sea, Dios. El presupuesto de este concepto es la autosuficiencia del sabio, sobre lo cual habían insistido los estoicos y que había dominado en las especulaciones morales de los estoicos romanos. La distinción establecida por Epicteto entre “las cosas que están en nuestro poder”, es decir, las cosas externas, como fundamento de las actitudes morales del hombre, no es sino un corolario del principio de la conciencia. Para designar la conciencia como introspección o auscultación interior, Plotino emplea expresiones como “retorno a sí mismo”, “vuelta a la interioridad”, “reflexión sobre sí” y contrapone constantemente esta actitud propia del sabio a la del que, por el contrario, como norma de su vida, se apoya en el conocimiento de las cosas externas. “El sabio —dice Plotino— saca de sí mismo lo que revela a los demás y mira hacia sí mismo, pues no sólo tiende a unificarse y aislarse de las cosas externas, sino que está vuelto hacia sí mismo y encuentra en sí mismo todas las cosas” (III, 8, 6).

El retorno a Dios es un camino que el hombre puede iniciar y recorrer sólo mediante el retorno a sí mismo. Las etapas del retorno a Dios son las etapas de la interiorización progresiva del hombre y, ante todo, de su liberación de toda dependencia o relación con la exterioridad corporal. Por consiguiente, Plotino afirma que el primer deber del hombre es librarse de sus vinculaciones corporales y purificarse por medio de las virtudes. Las virtudes son caminos de purificación por ser vías de liberación de la exterioridad. Con la inteligencia y la sabiduría, el alma del hombre se habitúa a obrar por sí sola, sin la ayuda de los sentidos corporales; con la templanza se libera de las pasiones; con la fortaleza no teme separarse del cuerpo; con la justicia procede de tal manera que sólo manden en él la razón y el Intelecto (I, 2, 3). Sin embargo, la virtud como purificación constituye solamente una condición liberadora del camino interior hacia Dios. En la música, en el amor y en la filosofía, el alma encuentra las sendas positivas del retorno a Dios.

Por medio de la música el hombre debe proceder más allá de los sonidos sensibles, tratando de alcanzar sus relaciones y sus medidas para remontarse a aquella armonía inteligible que es la misma belleza. Mediante el amor, el hombre se eleva gradualmente (según el proceso ya descrito por Platón en el Fedro) de la contemplación de la belleza corporal a la de la belleza incorpórea, que es un reflejo o imagen del Bien, es decir, de Dios. En efecto, la belleza resplandece en las cosas que se hallan más cerca de la perfección; una estatua es más bella que un bloque de mármol, un cuerpo vivo es más bello que una estatua. Pero, más allá de la belleza, el hombre debe avanzar con la filosofía hacia la fuente misma de la belleza, que es Dios. Sin embargo, no podrá llegar a Dios por medio de la inteligencia, porque ésta se ve condicionada por el dualismo del sujeto que piensa y el objeto pensado, mientras que Dios es absoluta unidad. En la visión de Dios no hay intervalo ni dualidad, sino que el alma se une a Dios totalmente en un impulso de amor. No se trata de una visión, sino “de éxtasis y de simplificación, de reposo y de unión, de entrega completa”. El filósofo sólo raramente podrá alcanzar esta situación. Porfirio nos atestigua que en los seis años que estuvo con el maestro, Plotino alcanzó el éxtasis únicamente cuatro veces.

 

  1. LA ESCUELA SIRIACA

El discípulo de Porfirio, Jámblico de Calcídica, muerto hacia el 330, comienza el llamado neoplatonismo siríaco, mucho más cercano a las fuentes orientales que el plotinismo. El fue autor de numerosas obras, de las cuales nos quedan cinco libros de Los misterios de los egipcios. Jámblico es un teólogo más bien que un filósofo. Multiplica las emanaciones plotiníanas, subdividiéndolas en tantas divinidades como corresponden a los dioses de la religión popular. Insiste, por tanto, en el valor de la teurgia, que es la virtud mágica de los ritos y de las fórmulas propiciatorias. La divinidad, nos dice, no puede ser persuadida a obrar por nuestro pensamiento, porque la perfección no es arrastrada a obrar por lo que es imperfecto. Obra, en cambio, por virtud de los símbolos y de las fórmulas que ella misma ha sugerido a los hombres. El neoplatonismo se inclinaba con Jámblico hacia una teología mítica que se prestaba a justificar todas las supersticiones de las creencias paganas.

Jámblico tuvo numerosos discípulos que, según los datos que nos han quedado, aparecen desprovistos de toda originalidad. Cuando el emperador Juliano, llamado el Apostata, quiso dar nueva vida al paganismo para ponerlo como fundamento de la vida política del Imperio, recurrió precisamente a la filosofía neoplatónica en la forma que Jámblico le había dado. Entretanto, la escuela platónica de Alejandría continuaba y tuvo nuevo esplendor por una mujer, Hipacia, que cayó, en 415, víctima del fanatismo de la plebe cristiana, suscitada contra ella por el obispo Cirilo.

Por los escritos de su discípulo Sinesio de Cirene (n. hacia 370), que el año 411 fue hecho obispo de Tolemaida (167), parece que expuso la doctrina neoplatónica según las enseñanzas de Jámblico.

 

  1. LA ESCUELA DE ATENAS

La última fase del neoplatonismo fue dedicada preferentemente al comentario de las obras de Platón y Aristóteles. Al principio del siglo V, el jefe de la escuela ateniense fue Plutarco, de Atenas, hijo de Nestorio, que murió muy viejo el año 4012 y comentó a Platón y Aristóteles. La investigación metafísica fue, en cambio, cultivada por Siriano (el maestro de Proclo), el cual siguió especialmente a Platón, a quien consideraba superior a Aristóteles, y quiso conciliar con los pitagóricos y con los neoplatónicos.

Proclo es el principal representante de la orientación ateniense. Habiendo nacido en Constantinopla en 410 y educado en Licia, a los 20 años se fue a Atenas, donde permaneció hasta su muerte, en el año 485. Sus obras más importantes son el Comentario al Timeo, a la República, al Parménides, al Alcibíades I y al Cratilo, y dos escritos sistemáticos, la Institución Teológica y la Teología platónica.

Proclo dio a la filosofía neoplatónica su forma definitiva. Le sucedieron numerosos pensadores, que siguieron sus huellas, pero que no ofrecen ninguna contribución original a su doctrina. A la última generación de neoplatónicos pertenece Simplicio, cuyos comentarios a muchas obras aristotélicas tienen para nosotros la mayor importancia como fuentes de todo el pensamiento antiguo, y representan, además, una notable obra del pensamiento.

En el año 529 Justiniano prohibió la enseñanza de la filosofía en Atenas y confiscó el ingente patrimonio de la escuela platónica. Damascio, que era el jefe de la misma, con otros seis compañeros entre los que se hallaba Simplicio, se refugió en Persia. Pero volvieron de allí, desengañados, bien pronto. El pensamiento platónico ya no existía como tradición independiente, porque había sido absorbido y asimilado por el pensamiento cristiano.

El último representante de aquél puede decirse que fue Severino Boecio (§ 172). Boecio tradujo y comentó los principales escritos del Organon aristotélico y la Introducción a las categorías de Porfirio. Escribió también un Comentario de esta obra y otros trabajos de lógica, matemáticas y música. En la cárcel escribió, además, la obra que le ha hecho famoso en toda la Edad Media, La consolación de la filosofía. Esta obra no es original, sino resultado de varias fuentes, entre las cuales se cuenta el Protréptico de Aristóteles, quizá conocido a través de algún escrito más reciente que lo reproducía. El punto de vista de Boecio es un platonismo ecléctico. De Platón saca Boecio el concepto de la divinidad como el Sumo Bien; con Aristóteles considera a Dios como el primer motor inmóvil; con los estoicos admite la providencia y el hado. Aunque siendo cristiano, en su filosofía sigue de cerca el neoplatonismo de la época. Representa en su persona el paso de la Antigüedad a la Edad Media; es el último romano y el primer escolástico.

 

  1. LA DOCTRINA DE PROCLO

El punto fundamental de la filosofía de Proclo es la ilustración de aquel principio triádico que es propio del neoplatonismo. Todo proceso se cumple por vía de semejanza de las cosas que surgen con aquello de lo cual proceden. Un ser que produce a otro permanece en sí mismo inmutable; pero la cosa producida necesariamente se le asemeja. Ahora bien, el efecto, en cuanto tiene algo idéntico a la causa, queda en ella, en cuanto tiene algo diverso procede de ella. Pero siendo semejante es en cierto modo idéntico y diverso; por lo tanto, permanece y procede al mismo tiempo, y no hace ninguna de las dos cosas sin la otra. Ahora bien, cualquier cosa que procede por naturaleza de un ser, vuelve a él.

Vuelve a él, por cuanto no puede hacer otra cosa que aspirar a la propia causa, que es su bien; y todo ser desea el bien. Este retorno o conversión se realiza por la semejanza del que vuelve con aquello a lo que vuelve (Inst. Teol., 30, 32). Con esto Proclo distingue en el proceso de emanación de todo ser a partir de su causa tres momentos: 1. ° el permanecer (μονή) inmutable de la causa en sí misma; 2. ° el proceder (πρόοδος) de ella por parte del ser derivado que por su semejanza con ella queda a ella adherido y a la vez se aleja de la misma; 3. ° el retorno o conversión (έπιστροφή) del ser derivado a su causa originaria. Aquel proceso de la emanación que Plotino había expuesto en términos metafóricos con el ejemplo de la luz y del olor, es justificado por Proclo con esta dialéctica de la relación entre la causa y la cosa producida, por la cual ellas, al mismo tiempo, se enlazan, se separan y vuelven a unirse en un proceso circular, en el cual el principio y el fin coinciden.

El punto de partida del proceso entero es el Ser originario o Uno, Causa primera y Bien absoluto, que Proclo, como Plotino, considera incognoscible e inefable. Del Uno proceden una multiplicidad de Unidades o Enadas, que son también Bienes supremos y Divinidades que sirven de intermediarios entre el Uno originario y el mundo del Intelecto. El intelecto, que es la tercera fase de la emanación, es dividido por Proclo en tres momentos: lo inteligible (el objeto del Intelecto), que es el ser; lo inteligible-intelectual, que es la vida; lo intelectual (intelecto como sujeto), que es el intelecto. El ser y la vida, a su vez, se dividen en varios momentos, a cada uno de los cuales Proclo hace corresponder una divinidad de la religión popular. El cuarto momento de la emanación es el Alma, dividida en tres especies: la divina, la demoníaca y la humana; las primeras dos especies se dividen de nuevo y se identifican con divinidades o seres de la superstición popular.

El Mundo está gobernado y .organizado por el Alma divina. El mal no procede de la divinidad, sino de la imperfección de los grados medios y bajos de la escala del mundo y de sus deficiencias en la aceptación del bien divino. La materia no puede ser causa del mal, porque ha sido creada por Dios como tosa necesaria para el Mundo.

Además de las distintas facultades que señalan Platón y Aristóteles en el Alma, Proclo admite en ella una facultad superior a todas, el Uno en el alma, que corresponde al Uno en el Mundo y es la facultad apta para conocerlo. El proceso de elevación moral e intelectual del alma culmina en la unión extática con el Uno. Los últimos grados de este proceso de elevación son el amor, la verdad. y la fe. El amor lleva al hombre hasta la visión de la belle/a divina; la verdad hasta la sabiduría divina y el conocimiento perfecto de la realidad. Pero solamente la fe le lleva, más allá del conocimiento y de todo devenir, al reposo y a la unión mística con lo que es incognoscible e inefable.

 

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