CAPÍTULO X. LA ANTIGUA ACADEMIA.

  1. ESPEUSIPO

La escuela de Platón tomó su nombre del «gimnasio suburbano abundante en árboles, dedicado al héroe Ecademo» (Diog., L., IV, 7). Según la tradición fue fundada después del primer viaje de Platón a Sicilia con el dinero que se había recogido con motivo del rescate del mismo Platón (hacia el 387 a. C.). Pocas noticias tenemos sobre la organización de dicha escuela, pero resulta dudoso que desarrollara cursos o enseñanzas regulares. Durante la vida de Platón, la historia de la Academia coincide probablemente con el desarrollo del pensamiento platónico, esto es, de la evolución gradual de sus intereses y de sus temas especulativos.

Pero la vida de la Academia continuó durante muchos siglos después de la muerte de Platón. Platón mismo había confiado la dirección de la Academia a su sobrino Espeusipo, cuya dirección tuvo durante ocho años (347-339). Espeusipo se alejó de la oposición platónica entre conocimiento sensible y conocimiento racional, admitiendo una «sensación científica» como fundamento del conocimiento de los objetos. En lugar de las ideas platónicas admitía, como modelos de las cosas, los números matemáticos, que distinguía de los sensibles. Parece que formuló contra la doctrina de las ideas, muchas objeciones, expuestas después por Aristóteles. Rechazaba la consideración del bien como principio del proceso cósmico, aduciendo que Ios seres individuales, animales y vegetales, manifiestan en su existencia una tendencia a pasar de lo imperfecto a lo perfecto, y por esto el bien se encuentra al final y no al principio del devenir. Identificó la razón con la divinidad y, siguiendo al Timeo y las Leyes, concibió la divinidad como el alma rectora del mundo.

En su escrito Semejanzas, en diez libros, del que nos quedan algunos fragmentos, Espeusipo estudiaba el reino animal y vegetal, procurando sobre todo clasificar sus especies. La misma tendencia clasificadora se revela en el título de otra obra que se ha perdido: Sobre los tipos de los géneros y de las especies.

 

  1. JENOCRATES

A la muerte de Espeusipo los miembros de la Academia eligieron por débil mayoría a Jenócrates jefe de la misma; se mantuvo en su puesto durante veinticinco años (339-314). De modesta capacidad especulativa, muy apreciado por su patriotismo y su carácter independiente (rehusó una suma considerable enviada por el rey Alejandro a la Academia, aceptando sólo una pequeña parte), Jenócrates ejerció una cierta influencia en el desarrollo de la escuela. Distinguía el saber, la opinión y la sensación: el saber es plenamente verdadero, la opinión posee una verdad inferior y la sensación lleva mezcladas en sí verdad y falsedad. Estas tres especies de conocimiento corresponden a tres especies de objetos: el saber corresponde a la sustancia inteligible, la opinión a la sustancia sensible, la sensación a una sustancia mixta. La misma preferencia por el número tres se ve en su división de la filosofía en dialéctica, física y ética. Con Jenócrates se acentúa la tendencia al pitagorismo que ya caracterizaba la última especulación de Platón y la de Espeusipo. Pero interpretó en sentido antropomórfico la teoría de los números como principios de las cosas, diciendo que la unidad es la divinidad primordial masculina; la dualidad, la divinidad primordial femenina. Deificó además a los elementos e imaginó unos cuantos demonios como intermediarios entre la divinidad y los hombres.

Es notable su definición del alma como «un número que se mueve por sí»; en la cual evidentemente entendía por número aquel orden o aquella proporción que ya Platón había indicado mediante la misma palabra. Parece que debe atribuirse a Jenócrates la doctrina de las ideas-números, atribuida por Aristóteles a los «platónicos». Según tal doctrina, el número constituía la esencia del mundo. Se distinguían los números ideales de los que sirven para el cálculo; los números ideales, considerados como los elementos primordiales de las cosas, eran diez. De éstos, la unidad y la dualidad eran, respectivamente, los principios de la divisibilidad y de la indivisibilidad, de cuya unión salía el número propiamente dicho. Al paralelismo pitagórico entre conceptos aritméticos y conceptos geométricos se añadía un paralelismo semejante en el dominio del conocimiento; la razón se identificaba con la unidad-punto, el conocimiento con la dualidad-línea, la opinión con la tríada-superficie, la percepción sensible con la tétrada-cuerpo. No es fácil precisar la significación de estas y semejantes analogías que Aristóteles expone y discute en distintos puntos de la Metafísica.

En ética, Jenócrates seguía a Platón: puso la felicidad en la «posesión de la virtud y de los medios para conseguirla”. De él se cita un dicho de espíritu cristiano: «El simple deseo equivale ya al cumplimiento de la mala acción.»

 

  1. POLEMON. CRANTOR

Sucesor de Jenócrates en la dirección de la Academia fue Polemón de Atenas (314-270). Después de una juventud desordenada, gracias a sus relaciones con Jenócrates se transformó radicalmente, llegando a poner su ideal de vida en la calma y en la inmutabilidad del humor. Su enseñanza, preferentemente moral, consistía en afirmar la exigencia de una vida conforme a la naturaleza, exigencia que le acercaba a los cínicos.

Un discípulo suyo, Crántor, conocido sobre todo como intérprete del Timeo, inicia la serie de los comentadores de Platón. Crántor fundó un género literario que más tarde había de tener fortuna, el de las «consolaciones», con su libro Sobre el dolor. Un fragmento de esta obra trata del papel que el dolor físico está destinado a desempeñar como defensor de la salud, y el dolor moral como libertador de la animalidad. Según un testimonio debido a Sexto Empírico, imaginaba que los griegos, reunidos en una fiesta, vieron desfilar delante de ellos los diversos bienes que se disputaban el primer premio; y éste tocaba a la virtud, tras la cual venían la salud y la riqueza.

Orates fue el sucesor de Polemón, de quien era muy amigo, en la dirección de la Academia (270-268/4). Le sucedió Arcesilao; pero con éste la Academia cambia de orientación y acaba, por tanto, la historia de la antigua Academia.

 

  1. HERACLIDES PONTICO

Al grupo de los inmediatos discípulos de Platón, pertenece Heráclides Póntico que, según una tradición, sustituyó a Platón en la dirección de la escuela durante su último viaje a Sicilia. Después de la muerte de Espeusipo y la elección de Jenócrates para la dirección de la escuela, a cuya dirección él había aspirado, fundó hacia el 339 antes de J. C. una escuela en su patria, Heraclea, en el Ponto. No era ajeno a una cierta charlatanería y se dice que corrompió a la Pitia, a la cual sus conciudadanos se habían dirigido a causa del mal resultado de las cosechas, con el objeto de hacerse conferir por su ciudad honores divinos. Pero mientras que los enviados anunciaban en el teatro el oráculo de la Pitia, según el cual la ciudad, para mejorar su situación, había de ofrecer una corona de oro a Heráclides, éste murió de la emoción; en lo que se vio un juicio divino.

Los diálogos de Heráclides estaban llenos de mitos y de fantasías maravillosas. En uno hacía bajar a la tierra un hombre de la luna. En otro intitulado Sobre el Hades, narraba un viaje al infierno.

Heráclides siguió, modificándola, la doctrina de Demócrito. En lugar de los átomos puso los «corpúsculos no ligados entre sí», esto es, cuerpos simples con los cuales la inteligencia divina habría construido el mundo. En astronomía admitió el movimiento diurno de la Tierra y sostuvo que Mercurio y Venus giran alrededor del Sol. Concibió el alma como formada de materia sutilísima, el éter. Y en un escrito Sobre los simulacros, contra Demócrito, combatió, como el título lo da a entender, la doctrina democrítea del conocimiento como derivado de los flujos de los átomos.

 

  1. EUDOXO. EL «EPINOMIS»

A la escuela platónica pertenece también el famoso astrónomo Eudoxo de Cnido. Según Aristóteles (Met., I, 991 a, 14), consideró las ideas como si estuviesen mezcladas con las cosas cuya causa son «a la manera con que el color blanco en una mezcla es causa de la blancura de un objeto”. Así parece que las acercó a las homeomerías de Anaxágoras, que están todas mezcladas unas con otras. En el campo de la ética, Eudoxo consideraba el placer como el bien; doctrina que se discute en el Filebo de Platón.

A Filipo de Opuncia, el discípulo de Platón que transcribió y publicó las Leyes, última obra del maestro, se suele atribuir desde la antigüedad el dialogo seudoplatónico Epinomis. El objetivo de este diálogo es determinar qué estudios conducen a la sabiduría. Excluidas las artes y las ciencias que sólo contribuyen al bienestar material y a la diversión (como el arte de la guerra, de la medicina, de la navegación, de la música, etc.), queda la ciencia del número, que lleva consigo todos los bienes. Sin el conocimiento del número, el hombre sería inmoral y estaría privado de razón, porque, donde no hay número, no hay orden, sino sólo confusión y desorden. Pero el orden más riguroso es el de los cuerpos celestes; y el movimiento perfecto de tales cuerpos sólo se puede explicar admitiendo que estos cuerpos son vivos y que la divinidad les ha dado un alma. Ellos mismos son dioses o imágenes de dioses, y como tales se les debe adorar. También el aire y el éter deben ser divinidades con cuerpos transparentes y, por lo tanto, invisibles; podemos suponer que constituyen una jerarquía de demonios intermediarios entre los dioses y los hombres. El estudio de la astronomía es el más importante de todos para conducir a la piedad religiosa, que entre las virtudes es la mayor. A éste se añaden los estudios auxiliares de la aritmética y de la geometría plana y del espacio. Únicamente a través de estos estudios el hombre puede alcanzar la sabiduría; por eso tales estudios deben ser la preocupación dominante de los gobernantes.

 

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