c) Profeta de liberación. Éxodo y nueva humanidad.

Moisés había sido un particular, hebreo de nacimiento, egipcio de formación y madianita de familia (yerno de sacerdote, pastor en la estepa). Ahora es ministro de Dios y del pueblo:

— Yahvé: Vete, yo te envío al Faraón,

para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto.

— Moisés: ¿quién soy yo para ir al Faraón

y sacar de Egipto a los israelitas?

— Dios: Yo estoy contigo, y ésta será para ti la señal de que te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto en este monte (Éx 3,10-12; cf. 4,19-23).

Moisés es ministro de Dios y así vive para realizar una tarea que le sobrepasa. Mira hacia sí mismo y se descubre desvalido, incapaz de realizar la acción propuesta. Por eso exclama: ¡quién soy yo! Humanamente hablando, ante los ojos del Faraón y el sistema del mundo, es nadie, nada. Pero lleva en sí un Poder sobre el sistema: Dios le avala y acompaña (voy contigo), en un camino de pruebas y sangre: «Y sucedió que en el camino le salió al encuentro Yahvé en el lugar donde pasaba la noche y quiso darle muerte. Tomó entonces Séfora un cuchillo de pedernal, y cortando el prepucio de su hijo, tocó los pies de Moisés, diciendo: «Tú eres para mí esposo de sangre». Y Yahvé le soltó. Ella había dicho «esposo de sangre» por la circuncisión» (Éx 4,24-26) (25). La tarea de liberador exige un tipo de sangre: iniciación y entrega de la vida. No se puede liberar a los demás sin asumir los riesgos que ello implica, en compañía de otros. Pues bien, la primera compañía de Moisés son su esposa e hijo; con ellos camina, ellos asumen su riesgo. Sólo puede ayudar a los demás quien ha pasado con los suyos la noche y agonía de Dios.

En este contexto se sitúa la relación con su «hermano». Moisés se siente limitado y pide ayuda a Dios: «Por favor, Señor. Yo nunca he sido un hombre de palabra fácil». Yahvé le responde: «¿No tienes a tu hermano Aarón, el levita? Sé que él habla bien. He aquí que justamente ahora sale a tu encuentro y al verte se alegrará su corazón. Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré en tu boca y en la suya y os enseñaré lo que habéis de hacer. Él hablará por ti al pueblo; él será tu boca y tú serás su «Dios»» (Éx 4,10-16). Un liberador no puede ser solitario, debe tener acompañantes. Si se aísla y no encuentra personas que asuman su tarea y colaboren en su empeño no podrá realizarla. Pues bien, Moisés, liberador-caudillo, se vincula con Aarón, su «hermano» levita: «Fueron Moisés y Aarón y reunieron a todos los ancianos de los israelitas. Aarón refirió las palabras que Yahvé había dicho a Moisés, el cual hizo las señales (de liberación) ante el pueblo. El pueblo creyó y, al oír que Yahvé había visitado a los israelitas…, se postraron y adoraron» (Éx 4,29-31).

Así se inicia el movimiento de liberación. Aarón dirige la palabra: transmite a los hebreos la promesa y exigencia de la liberación. Moisés actúa, realizando los prodigios que convencen a los oprimidos. Acuden al Faraón, pidiendo libertad para el pueblo que sufre y protesta. El Faraón responde con amenazas: «Que se aumente el trabajo de estos hombres (hebreos) para que estén ocupados y no den oído a palabras mentirosas» (de Moisés y Aarón). Los hebreos castigados protestaban contra Moisés y Aarón: «Que Yahvé os examine y os juzgue, por hacernos odiosos al Faraón y a sus siervos» (cf. Éx 5,6-23).

Así se definen los frentes. Yahvé, Liberador Sin-Nombre, abre por Moisés un camino de libertad. Faraón, que es la institución económico-social y religiosa de Egipto, se opone. En medio quedan los hebreos oprimidos y sobre ellos los capataces y escribas del pueblo hebreo, que se venden al Faraón y su sistema, defendiendo sus intereses particulares. La misma palabra de liberación corre el riesgo de suscitar una guerra civil entre oprimidos. Pero Moisés y Aarón se mantienen, sosteniendo al pueblo y oponiéndose al Faraón, en una guerra liberadora, marcada por diez plagas simbólicas (Éx 7-13) que expresan un deseo fuerte: la naturaleza (mosquitos y ranas, peste y tormenta, langostas y tinieblas…) ha de ayudar a los oprimidos. La voz de libertad acaba escuchándose, no hay fuerza superior a la palabra de Dios, que actúa por Moisés, su profeta (26).

-Moisés no ha trazado un alzamiento militar, pues armas y ejército terminan siendo del sistema, que asegura su ventaja con violencia. No es guerrillero al mando de una tanda de rebeldes, ni general supremo de una guerra de estado contra estado. Poder militar y economía son sistema. Moisés es un profeta que ha escuchado la Palabra de Dios, Principio-libertad, y puede liberar sin armas a los oprimidos.

— Las plagas evocan la fragilidad de los poderes cósmicos que el sistema no puede controlar. El Divino-Faraón dirige el orden económico-social (graneros) y el militar (soldados y carros de combate), pero no puede imponer su capricho sobre el río y la tormenta, los animales y la noche, las úlceras enfermas y la peste, ni puede hacerse dueño del mundo y conservar la vida de sus hijos primogénitos. Uno a uno se le imponen los peligros de una tierra frágil (polución, hambre, epidemias y muerte), como jinetes del Apocalipsis (cf. Ap 6,1-8), pues su poder se asienta sobre pies de barro, de fragilidad cósmica y humana.

— La liberación desborda el nivel cósmico y se funda en la presencia de Dios, que actúa de forma social y religiosa. El imperio del Faraón es idolatría, sistema divinizado. Moisés va desmontando paso a paso sus seguridades: un grupo de hebreos oprimidos, un puñado de esclavos, son capaces de abrir y explorar un camino de libertad compartida, superando la amenaza del imperio, que acaba destruyéndose a sí mismo (el ejército del Faraón se auto-aniquila en el Mar Rojo) (27).

Si la revolución de Moisés hubiera triunfado por armas y dinero no podría iluminarnos, ni sería fuente de esperanza, pues armas, dinero y administración siguen en manos de los nuevos faraones del sistema (multinacionales, bloques imperiales, pactos militares…). Moisés desborda esos poderes y revela un más alto principio-libertad, que se vincula por gracia con los excluidos (hebreos), en camino que lleva a la libertad. De esa forma vincula teoría y praxis: sólo aquellos que mantienen su compromiso a favor de los hebreos y se arriesgan para superar la dictadura de las armas y dinero, en línea de humanización, entenderán este relato. Previamente, los hebreos no eran pueblo. Vivían sin saberse y sin saberlo, dominados por la opresión idolátrica que les impedía comunicarse en libertad. Ahora han nacido: se han atrevido a ser, quebrando las mallas del sistema, como personas que pueden compartir la vida. Así comienza la ruptura fundante de lo humano (28).

Sólo cuando los hebreos se arriesgaron avanzando pudo suceder el milagro. «Moisés extendió la mano sobre el mar y Yahvé hizo retirarse al mar con un fuerte viento de levante que sopló toda la noche. El mar quedó seco y las aguas se dividieron en dos» (Éx 14,21). Ciertamente, este relato conserva una memoria agradecida: un grupo de hebreos consiguió romper la opresión del sistema y salir de Egipto, atravesando de manera sorprendente un brazo de mar, en una zona pantanosa. Cambió el clima, mudó el viento o se alzaron las mareas, y los enemigos no pudieron alcanzarles, atrapados quizá por la misma cortina del agua cambiante. «Dios estaba allí», sintieron los hebreos. Les liberó el Señor de libertad y el Sin-Nombre vino a definirse para siempre como «aquel que ha sacado a los hebreos de Egipto» (cf. Ex 3,20; Dt 5,6; cf. Dt 26,5) (29).

Desde este fondo se entiende la nueva tarea de Moisés, hombre del pacto: debe convertir a los hebreos oprimidos y fugitivos en hombres solidarios, en torno al cordero de Pascua, acogiendo la ley de la alianza. La nueva humanidad no es sistema que oprime por igual a todos, ni contrato de lobos, ni rebaño de corderos, sino comunión de liberados, que han de vivir juntos y crearse mutuamente (no oprimirse), dándose la vida unos a otros. Para ello han de asumir unos principios de creatividad compartida. Previamente no hubo pueblo, sólo caminantes (Abraham), hebreos oprimidos (Egipto). Pero ellos se comprometen a crear (ser) un pueblo en libertad. Por eso han de pactar, para cumplir unas leyes comunes que garanticen su libertad sobre la tierra (30)

 

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