BUDISMO – La vida en la fe budista Prácticas religiosas en un monasterio tibetano.

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Monasterio Thiksey de la orden Gelugpa.

La vida en el monasterio

El propio Buda aconsejó a sus seguidores que vivieran «sin casa» y recorrieran los caminos como monjes mendicantes. Tras su muerte, sin embargo, muy pronto se fundaron órdenes y monasterios (en el Tíbet la orden más importante es la Gelugpa, a la que también pertenece el Dalai Lama). El discurrir de un día cualquiera en el monasterio de esta orden sirve de ejemplo de lo que sucede en el resto de los monasterios tibetanos. Hay cultos que se repiten diariamente y que se realizan conjuntamente por los monjes en la sala común. Entre ellos se cuenta la recitación de los textos religiosos al alba y las correspondientes prácticas rituales. A ello le sigue una meditación sobre un determinado mándala que representa a una divinidad. El monje visualiza así la divinidad de la que se trate y se funde con ella mentalmente para de ese modo conseguir ver la verdadera realidad más allá de Maya.

 

Interpretación de los textos

A menudo, el abad (en tibetano mkhanpo) elige en otra reunión un texto, que al final interpreta. Aquí, al principio se tiene consideración con los monjes nuevos y aún poco instruidos. La comida común, y la lectura y el estudio individuales en las celdas son también parte de la rutina diaria. Por la noche se invocan diversos dioses protectores o se honra a los fallecidos con oraciones. En la orden Gelugpa no se concede tanta importancia a los quehaceres litúrgicos como al estudio intenso de los textos religiosos, al que se suman el estudio de la astrología y la astronomía, la medicina o la caligrafía. La orden Gelugpa antepone la preparación intelectual a la meditación, y analiza los textos religiosos meticulosamente.

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Monje Gelugpa haciendo caligrafía.

Los dharmas

El budismo enseña que no hay ni materia ni alma que sobrevivan a la muerte y que custodien eternamente la personalidad de su portador (el Yo individual). Los seres vivos tampoco vienen a la vida gracias a un dios creador o a un principio primario del universo, sino que surgen mediante los dharmas: fuerzas motrices, generadoras de todo y que apenas se pueden describir con más detalle. Lo importante para entenderlas es que, en tanto que fuerzas motrices de un individuo, generan el karma por los actos buenos y los malos, sobre cuyo fundamento comienza una nueva vida tras su muerte.

Mientras el ser humano no llegue a comprender que todo es perecedero, sin sustancia y doloroso existirá ese ciclo de ser y perecer. El remedio lo ofrece el Óctuple noble sendero, que conduce a la anulación de las causas del sufrimiento. La codicia, el odio, la ofuscación deben superarse. Originariamente, Buda previó este camino de salvación sólo para los monjes ambulantes (que habían renunciado a la sociedad). Posteriormente fue válido sólo para los monjes.

 

Sunyata: el vacío

El vacío es el concepto central del budismo. Llegar a ser y ser dependen uno del otro, puesto que todo es pura apariencia y por tanto nada es real. No cabe duda de que existen, como el ser humano tiene ocasión de constatar cada día con aflicción o placer. Pero sunyata es la única verdadera esencia detrás las cosas, detrás de todas las apariencias del mundo. Sobre aquello que constituye el vacío o sunyata existen distintas escuelas. El budismo tibetano parte del siguiente supuesto: toda persona no budista observa el mundo y todo lo que hay en él como algo real. Esa persona no entiende que únicamente el karma ha generado el mundo. La verdad absoluta es, en cambio, sunyata. No es expresable sino que sólo puede ser experimentada. Quien lo consigue, comprende inmediatamente que ni él ni el universo existen.

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Conversaciones entre monjes.

Ni yo ni mundo, sólo conciencia

Los monjes se instruyen con técnicas diversas para comprender las supeditaciones que hacen surgir un fenómeno. Paralelamente, se alecciona el intelecto para ver cada argumento y cada aclaración como contradictoria. No hay nada garantizado. Siempre es posible lo contrario de algo que en el fondo podría suponerse como seguro. Sólo la conciencia se considera real. El Yo, la personalidad, las cosas que le rodean a uno son actos creativos de esa conciencia.

El Yo se entiende como producto de la conciencia. Está ávido de vida, de éxito, de riquezas, de salud, etc. Un ejemplo —según el budismo—lo constituyen las experiencias psíquicas, que el Yo vive pero que sólo aparentan ser reales ante él. Para ilustrarlo con un ejemplo más concreto nos servimos de un fenómeno como el enamoramiento, que le hace creer a uno algo que realmente no existe como tal. Tan pronto como uno se libera de ello, «despierta» y comprende lo trastornado que ha estado. Buda dice que lo mismo ocurre con todo.

 

El peligroso ritual Chöd

De los monasterios del Tíbet es conocido el ritual Chöd, que se describe en la literatura mágica local y que fue practicado in situ por la inglesa Alexandra David-Neel (1868-1969) a comienzos del siglo XX. Durante su estancia de 14 años en el país, esta osada investigadora de temas tibetanos se interesó especialmente por el ocultismo del Tíbet. El ritual Chöd significa, a tenor de sus palabras, que uno «corta» de una vez por todas con sus falsas ideas del Yo. Asimismo, ayuda a cultivar la ausencia de temor y a desarrollar la compasión para con todos los seres, incluidos los demonios. El yogui los hace venir imaginándose la disección de su propio cuerpo y su ofrenda a los demonios. El cuerpo se imagina obeso y desagradable a la vista y como un gancho del que cuelgan todos los deseos. Se visualiza una determinada diosa de la sabiduría que primero cercena la cabeza y sigue cortando después el resto del cuerpo en trozos.

 

Estado meditativo profundo

El rito Chöd se realiza en un estado de meditación absorta. En las siguientes visualizaciones, los trozos del cuerpo se echan en el recipiente que forma el propio cráneo, que se imagina como una cacerola puesta al fuego. La increíble luz astral que emana este sacrificio, atrae a los más diversos espíritus y demonios. El ritual Chód requiere mucha autodisciplina y, generalmente, se realiza en los cementerios y las necrópolis. Se considera una práctica mágica peligrosa que, realizada incorrectamente, puede conducir a trastornos mentales.

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Alexandra David-Neel (1930) 1ª mujer blanca en el Tibet.

Voluntariamente en el monasterio

En algunos países budistas, existe hoy en día la posibilidad de pasar algún tiempo en un monasterio. Esto sería comparable sólo hasta cierto punto con el ingreso en un monasterio cristiano en los países occidentales. En Birmania (Myanmar), por ejemplo, jóvenes de edades comprendidas entre los diez y los catorce años cambian sus vaqueros y sus sudaderas por el hábito rojo, se dejan rasurar sus cabezas y pasan un largo periodo sin supervisión paterna en el monasterio. Allí no tienen que seguir ningún tipo de regla y pueden abandonar la comunidad de monjes en todo momento.

Para estos jóvenes constituye una experiencia para su vida posterior: se familiarizan con la sencillez de la vida monacal y la búsqueda de la verdad más allá del orden social. Muchos adultos, a lo largo de sus vidas, pasan de vez en cuando algunas semanas en un monasterio. La meditación, el canto, la vida retirada en un mundo que estimula a escrutar el propio Yo son las razones que les motivan a pasar una temporada en algún monasterio. Pretenden encontrar un equilibrio entre su rutina diaria y la experiencia espiritual. Al mismo tiempo, tienen ocasión de profundizar en sus conocimientos sobre la cara filosófica del budismo.

 

Órdenes modernas de monjas theravada en Sri Lanka

En cierta ocasión, Buda estableció la posibilidad de que las monjas pudiesen ingresar en una orden. En Sri Lanka, este hecho terminó hace aproximadamente mil años, con una campaña de aniquilación por parte de conquistadores tamiles procedentes de la India. Buda enseñó que no hay nada que perdure toda la eternidad, por lo que muchas mujeres budistas (y también monjes) intentan desde hace décadas volver a introducir en Asia la ordenación femenina completa en sus respectivas tradiciones y países. Y parece haberse conseguido, por lo menos en lo que respecta a Sri Lanka, un país cuyo Dharma se considera muy tradicional y conservador. Desde marzo de 1999 —desde la ordenación plena (upasampada) de 20 monjas, que tuvieron que hacer diez votos, llevada a cabo por un grupo de monjes superiores del país en el famoso templo Raja Maha Vihara—, las mujeres de todo el mundo cuentan de nuevo con la posibilidad de vivir y trabajar como monjas en el budismo theravada. El Raja Maha Vihara se encuentra en las proximidades de la capital, Colombo, y es uno de los templos budistas de mayor relevancia del país. Según la leyenda, el propio Buda lo visitó en una ocasión.

 

Ruptura de tabúes

Con la reciente ordenación de mujeres, se ha abierto el camino a la fundación de nuevas órdenes. Una de las tres tradiciones monásticas de mayor entidad de Sri Lanka —la de Amarapura—apoya desde entonces la ordenación femenina plena. La población acepta este nuevo y antiguo camino, porque las monjas de Sri Lanka disfrutan desde hace tiempo de muy buena consideración. Bhikkhuni Kusuma, popular locutora de radio y docente universitaria, se convirtió, ya en 1996, en la primera monja budista de Sri Lanka. La noticia de su ordenación conmocionó a todo el país y contribuyó de forma decisiva a la ruptura del tabú.

 

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