b) Mesías crucificado. La parábola cristiana.

Los textos que narran la pasión de Jesús son un testimonio clave de fe cristiana. No los han creado los evangelistas, sino que los han recibido de la tradición más antigua y los han elaborado, destacando la profunda coherencia entre el mensaje de Jesús (que ofrece el Reino a los excluidos), su condena a muerte (dictada por los representantes del sistema) y la experiencia pascual de los discípulos. En esa línea quiero situarme, suponiendo que la muerte y pascua de Jesús constituyen el punto de partida y centro del diálogo cristiano con el islam. Es importante que en la base de ese diálogo esté lo que Jesús ha dicho y hecho, la forma en que ha muerto, y compararlo con la vida y mensaje de Muhammad. Para avanzar en el diálogo sería importante que los musulmanes estudiaran también su Corán como libro de fe y de historia humana. Cristianos y musulmanes deberíamos leer juntos, con respeto y fe, nuestros libros religiosos, vinculando ilustración (estudio crítico) y experiencia creyente. En esa línea se sitúa lo que sigue (36).

1.Jesús amenaza al templo y al Imperio. La vida y mensaje de Jesús (opción por los excluidos, Sermón de la Montaña) culmina y se ratifica en su muerte. No es que haya querido morir, persiguiendo un ideal masoquista de fracaso, sino al contrario: ha buscado el Reino de Dios y ha querido instaurarlo, convocando precisamente a los impuros y expulsados del sistema, rechazados por sacerdotes, celotas y escribas judíos. Actúa como testigo de la gracia de Dios y no puede emplear en su favor (al servicio del Reino) los medios de fuerza del mundo: pactos de poder, violencia militar. Por eso sube a Jerusalén, para proclamar sin armas, en la ciudad de las promesas, su proyecto de Reino y comunión, en nombre de los marginados, nuevos «hebreos» del mundo. Así debemos compararle con Moisés, testigo y profeta de Dios, que quiso liberar y liberó a los hebreos del horno de la opresión de los egipcios, para conducirles a la tierra de la alianza:

— De Yahvé, Dios Sin-Nombre, al Padre de los excluidos. En la base del camino de Moisés, liberado de las aguas, estaba el encuentro con el Dios liberador (Soy-quien-Soy: Yahvé) ante la zarza-árbol ardiente, en la montaña (Éx 3-4). Pues bien, ese mismo Dios llama a Jesús Hijo mío querido (Mc 1,11 par), confiándole su Reino. Así aparece, sin dejar su lejanía y trascendencia, como Padre de los hombres, por encima del sistema.

— Los hebreos de Moisés se hallaban oprimidos por un orden externo (el Faraón de Egipto). Los nuevos excluidos y pobres de Jesús se encuentran marginados por la misma estructura sagrada del templo de Jerusalén, que ha pactado con Roma; Jesús no les saca de Jerusalén, sino que anuncia allí su Reino, superando el orden sagrado de su templo.

— Moisés liberó a los hebreos de Egipto y, aunque no culminó su tarea (murió a la vista de la tierra prometida), ofreció a los liberados una Ley de vida duradera, hasta que llegara el Reino. Jesús, en cambio, subió a Jerusalén, presentando su propuesta de libertad ante el nuevo Faraón (sacerdotes del templo israelita y soldados de Roma), siendo condenado por los funcionarios de un sistema.

— La tumba de Moisés quedó oculta, y sus hermanos judíos debieron centrarse en su Ley. Por el contrario, la tumba de Jesús quedó abierta y vacía, para que sus discípulos buscaran y fueran hallando su cuerpo en el pan compartido y la esperanza misionera de la iglesia. No les dejó una Ley para cumplir, sino su propia vida, fracasada por amor y victoriosa en su fracaso, capaz de convocar en unidad de gracia a todos los humanos, afirmando que «allí donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

En ese fondo se entiende el paralelo musulmán. Jesús vino de la periferia (Galilea) al centro (Jerusalén) para ofrecer su alternativa de gracia, su proyecto de Evangelio. No tuvo que salir primero en Hégira o gran retirada de ruptura como hará Muhammad, abandonando la ciudad (622 EC), para volver triunfador (630), sino que vino de fuera, para anunciar en la ciudad la caída de su templo injusto, dominado por los sacerdotes, y para promover un movimiento universal de gracia. Vino desarmado, como rey pacífico, con un grupo de entusiastas (cf. Mt 21,111) que no habían comprendido su proyecto y le negaron en el juicio. Así ofreció una comunión de paz (Reino de Dios) sobre la violencia del orden establecido y la contra-violencia agresiva de sus enemigos (cf. Lc 19,41-44). Subió sin armas, con la fuerza de Dios, esperando la llegada de la nueva humanidad, y entró en Jerusalén como el más poderoso (socialmente peligroso) de los pretendientes mesiánicos (37). De manera normal, su camino y proyecto culmina en el Templo, como el de Muhammad en la toma y limpieza de la Caaba en La Meca (38). Aquí se define el sentido de su Reino:

— Muchos templos eran banco y fortaleza militar. Eran también lugares de oración y encuentro religioso, de sacrificios rituales y reparaciones; pero ellos centraban una gran economía, basada en los impuestos y dones voluntarios de los fieles. Por eso eran lugares defendidos, que sólo con armas podían tomarse, como el 67-70 EC. Pero Jesús no busca el dinero, ni la fortaleza militar del templo. Viene sin armas, sin luchar ni defenderse, arriesgando su vida al hacerlo, instaurando un templo para todas las naciones.

— Jesús proclama el fin de la economía y dominio sagrado del templo. Tras el exilio y retorno, desde el 515 AEC, el judaísmo se había convertido en comunidad de culto en torno a un templo. Pero Jesús afirma con su gesto que el tiempo de ese templo y sociedad de culto ha terminado. Su mismo mensaje de gracia para impuros y excluidos exigía la caída del templo-sistema de exclusión, económicamente rico, al servicio de un pueblo (judíos) y una clase privilegiada de sacerdotes y puros (cf. Mc 11,15-19 par).

— Jesús anuncia un nuevo espacio de plegaria y comunión universal, a partir de los marginados (como muestra plásticamente Mt 21,12-17). Eso suponía que aquel templo-sistema debía desaparecer, como entendieron los sacerdotes al condenarle a muerte. Por eso, sus seguidores debieron configurarse y crear una comunidad sin templo, en torno a su persona, que interpretaron como principio de vinculación universal, sin Jerusalén ni Garizín, pues «Dios es Espíritu y en Espíritu y Verdad debemos adorarle» (cf. Jn 4,24).

— Judíos y musulmanes parecen añorar el templo. De hecho, el sistema cayó el 70 EC, y los nuevos judíos nacionales (rabínicos) debieron organizarse como federación de sinagogas, en torno a un recuerdo y Ley común. A pesar de ello, Jerusalén tiene un valor simbólico muy grande y su templo en ruinas es referencia esperanzada para los judíos (39). Muhammad, por su parte, recuperó de alguna forma el ideal de un templo material, capaz de unificar a los creyentes; por eso, retornó triunfante a La Meca y purificó su Caaba como «adoratorio universal», signo de vinculación no politeísta para los sometidos a Dios.

Jesús entró en los atrios del templo como mensajero del Reino de Dios y representante de los pobres-excluidos del sistema, realizando un signo fuerte de ruptura y juicio: volcó los bancos de los traficantes sagrados (que controlaban impuestos y dones del templo), expulsó a las víctimas de los sacrificios (esenciales para el culto, controlado por una casta especial de sacerdotes) y dijo, en nombre de Dios, unas palabras que la tradición posterior ha recogido con exactitud: destruiré este templo… (Mc 14,58). Evidentemente, quien debe hacerlo es Dios, conforme a una tradición central de los profetas (cf. Is 29,14; Jer 7), no para edificar otro similar (como en la restauración o la purificación del 515 y 164 AEC), sino para ofrecer la gracia universal sin templo, pues el templo verdadero son los fieles, vinculados en un «cuerpo» pascual (cf. Jn 2,21-22) (40). Convencido de ello, en gesto de culminación mesiánica, en nombre de Dios, con signo profético bien preparado, Jesús anunció y realizó la destrucción del templo: «Como estas mesas caen… caerá ese “santo” santuario» (cf. Mc 11,15-16). Su gesto no fue militar (de soldados), ni particularista: no defendió a unos judíos contra otros, ni elevó a una casta clerical sobre otras, como sucedió en las diferentes disidencias de la historia judía, de los macabeos a la guerra del 67-70 EC, como vemos por Qumrán y Flavio Josefo. Pero tuvo un contenido político-social mucho más fuerte: arrancó los soportes nacionales y sacrales del sistema religioso para cumplir las promesas de Israel y vincular a todos los humanos por gracia no violenta, en comunión personal, desde los excluidos del sistema (41).

2-Asesinato de Jesús, pascua del Cristo: la Iglesia. Roma había extendido su paz con espada y ley de violencia. Jesús no se alzó contra Roma con armas, sino que inició un movimiento de amor al enemigo y rechazo del talión (ley de venganza y guerra), abriendo así un espacio de esperanza en gratuidad para los antes rechazados del sistema: los impuros de Israel, los excluidos u oprimidos del Imperio. Éste es su éxodo. Jesús sale del templo, pues la verdadera presencia de Dios son los pobres y expulsados del sistema, e ignora el orden económico-militar de Roma, que se funda en el dinero (cf. Mc 12,13-17), pues sólo son esenciales «las cosas de Dios», que se obtienen por gracia. Su Evangelio no se mide ni defiende, no se expande ni se impone con legiones: allí donde se escucha y acoge su palabra, las armas de guerra y el sistema militar pierden ya su sentido divino. Los sacerdotes condenaron a Jesús por su gesto profético en el templo: rechazaba su pureza nacional, su religión de grupo separado y pueblo santo. Los militares le mataron porque promovía un movimiento de liberación más peligroso que un ejército. La estrategia de Jesús parecía inofensiva; pero tanto sacerdotes como soldados la tomaron en serio, descubriendo que su pretensión mesiánica era contraria a sus intereses de pueblo separado (judíos) y de un Imperio mundial sostenido por la guerra (romanos).

Jesús no se retractó, escondido en aldea o desierto, para esperar tiempos mejores, pues aquéllos eran buenos (cf. Mc 1,14-15). Tampoco quiso levantar una partida de soldados celosos, santos guerrilleros, iniciando con ellos una marcha de Reino hasta Jerusalén, para conquistarla en estrategia militar que, según ley, podía parecer muy justa. No emigró o se refugió en algún oasis de seguridad, como hará Muhammad, estableciendo en Yatrib (Medina) las bases de su pueblo liberado, para conquistar después Jerusalén (La Meca). Cuando llegó la decisión, que equivale a la Noche del Destino de Muhammad (cf. Corán 97, 1-5), Jesús galileo descubrió que su mensaje suponía dar la vida. Supo que tendría que sufrir y lo aceptó (cf. Mc 8,31; 9,31; 10,32-34), como perdedor mesiánico del Reino. Subió sin armas a Jerusalén, dispuesto a morir, condenado por sacerdotes-soldados, rechazado (negado o traicionado) por sus seguidores (42).

Resulta relativamente fácil responder con armas a las armas, conforme a una ley de talión intramundano. Es fácil vencer una violencia con otra, de forma que siga expandiéndose en el mundo una espiral de acción y reacción de muerte que acaba destruyendo toda historia. Lo más hondo y difícil, inaudito y permanente, es lo que hizo Jesús galileo: se elevó sobre la violencia con su no-violencia activa, dejándose matar por el Reino. Sobre esa base de entrega creadora, sin apelar a poderes sacrales o marciales, han de fundar los cristianos su proyecto de comunicación. Por eso aseguran que Jesús ha muerto en cruz y que su muerte ha sido consecuencia de su acción mesiánica y signo del amor de Dios, principio de existencia para los creyentes (iglesia). Los musulmanes encuentran aquí dificultad, y en este campo debemos iniciar nuestro diálogo con ellos, buscando juntos el Reino de la Paz final, la comunicación en gratuidad y esperanza, por encima del sistema. Así podemos condensar nuestro argumento.

— El sistema ha matado a Jesús, culminando así y ratificando los pecados de una humanidad que sostiene y edifica su poder como violencia, expulsando y matando a los distintos. La globalización en sí no es algo malo: ha realizado cosas positivas, ha creado instituciones culturales, sociales, religiosas. Pero al cerrarse y volverse sistema, se vuelve violenta, tiene que poner sus intereses (razón de estado, razón religiosa) sobre la libertad creadora y la esperanza personal, humana, de los pobres. Jesús se alzó contra el sistema, pero no con atentados suicidas y guerras perdidas (como la de los celotas, el 3670 EC) o ganadas (como la de Muhammad: 622-630 EC), sino con el mensaje de su propia vida, siendo asesinado.

— Jesús ha fracasado en un plano sociopolítico. No ha entrado en la tierra prometida (como Moisés), ni (en contra de Moisés) ha sacado a los hebreos de Egipto, sino que los ha dejado solos, cargados con la impotencia de su gesto y el dolor de su muerte. Este fracaso de Jesús marca el límite de todos los intentos de transformación violenta o triunfadora del sistema. Pero éste es un fracaso-germen, como suponen las parábolas del Reino (grano de mostaza, grano de trigo, fermento en la masa…): a través de la muerte en amor se expresa el don más alto, la vida de Dios, la comunidad de los liberados. Por eso, los cristianos han podido ver en la cruz de Jesús el signo supremo de la fuerza creadora de Dios, en debilidad de amor.

— Dios ha resucitado a Jesús sobre el sistema, invirtiendo el proceso de expulsión y muerte de los sacerdotes de Jerusalén y los soldados de Roma. El mismo fracaso de Jesús viene a mostrarse así como victoria mesiánica, pues permite que Dios se revele como principio universal de salvación gratuita, en amor gozoso y comunión universal, por encima del sistema. Sobre la Cruz y en la Tumba vacía de Jesús se revela Dios como principio creador de vida en comunión, como aquel que reconcilia en forma no violenta a todos los humanos (cf. 2 Cor 5,11-21), abriendo un camino de reconciliación y unidad sobre el sistema. De este modo, Dios se muestra creador sobre la muerte (a través de la muerte generosa, al servicio de los otros).

— Los discípulos encuentran un camino de unidad en el Espíritu. La tradición judía supone que Moisés, antes de morir, había revelado a los judíos toda su Ley: no entró en la tierra prometida porque la llevaba dentro, como Ley nacional que puede vivirse en todas las diásporas del mundo. Los musulmanes saben que Muhammad había resuelto todos los problemas antes de morir: mientras él agonizaba en Medina (632 EC), la “Umma estaba bien formada, el Corán revelado y el ejército de fieles preparado para recibir la orden de salida, en la campaña decisiva de extensión del islam hacia Siria y el Imperio bizantino. Jesús, en cambio, murió sin haber resuelto nada, condenado en una cruz, como maldito, con sus discípulos y amigos dispersos, mientras el sol parecía perderse por siempre (Mc 15,33). Los discípulos volvieron a Jesús y a su doctrina tras su muerte, en experiencia pascual que les ha vinculado hasta hoy, en forma de pacto eclesial.

Moisés legó a los judíos su Ley; Mahoma había establecido ya la `Umma, con ejército y Corán. Jesús, desde la cruz, sólo dejó la riqueza de su vida fracasada por el Reino. Por eso, para mantener su recuerdo y retomar su obra, sus discípulos han tenido que apelar al Espíritu: Dios estaba allí en la muerte de su Cristo y Dios le ha resucitado. Pues bien, esos discípulos no son un cuerpo unificado ya desde el principio, con un orden superior y una obediencia que les traza un camino desde fuera. Al contrario, ellos constituían grupos distintos, que se vincularon por el recuerdo y la experiencia recreadora de Jesús, a quien descubren de diversas formas como vivo, el Viviente, en una serie de «apariciones pascuales» que Pablo ha narrado con palabra emocionada en 1 Cor 15,3-6 y que los evangelios han referido en formas convergentes. A Jesús le han «visto» muchos, tras la muerte: los simpatizantes y amigos galileos (que mantienen su mensaje de Reino), las mujeres discípulas (que van a la tumba y no lo encuentran), los Doce elegidos con Pedro (portadores de su tarea mesiánica), los hermanos y familiares (que esperan su próximo retorno en Jerusalén) y los helenistas (que en la misma Jerusalén descubren y formulan el sentido salvador de su muerte, para iniciar después una misión universal que asume Pablo).

Éstos son los grupos de la primera iglesia. Jesús no había dejado las cosas «bien atadas», como hará Muhammad, ni había codificado una Ley (como se cuenta de Moisés), sino todo lo contrario: fue ejecutado en plena tarea, como si las cosas no le hubieran salido bien, dejando en manos de Dios su «fracaso» creador (cf Mc 15,34). Pero la tradición cristiana ha descubierto, perpleja y emocionada, que el mismo Dios (que le recibió en su plenitud, resucitado) asumió su obra por medio del Espíritu Santo, acompañando a los discípulos, de manera que ellos recrearon su camino y crearon su iglesia, en un camino de múltiples tanteos, que ratifican la unidad de los seguidores de Jesús, partiendo de sus propias diferencias. La novedad y, a mi juicio, la grandeza permanente de esta iglesia es que no nace de una Ley bien fija, ni de la voluntad imperativa de un líder triunfador (como Muhammad), sino de la comunión de grupos distintos de seguidores, a quienes reúne, en medio de las diferencias, un mismo recuerdo (el mensaje-vida de Jesús), una nueva experiencia (está vivo, es el Viviente) y una vocación (la unidad de los creyentes). Los cristianos no tenían una norma propia (ni siquiera un evangelio único), ni un Derecho Canónico, ni una Ley, ni un mando unificado. Parecían condenados al fracaso. Pero contaban con algo superior: el poder de la presencia de Jesús, el deseo y riqueza de su comunión.

En el comienzo cristiano no hay una iglesia hecha, sino varias «comunidades» o grupos, que apelan a unos recuerdos y experiencias convergentes de diversidad y unión: los galileos (representados quizá en un documento Q), las mujeres amigas, los familiares de Jesús, con pretensiones mesiánicas (reunidos en Jerusalén, en torno a Santiago), los helenistas que expanden su recuerdo más allá del judaísmo (entre ellos está Pablo), los Doce, quizá a caballo entre Galilea y Jerusalén (entre ellos Pedro). Hay líderes eclesiales: María Magdalena y María la madre de Jesús, Santiago y Pablo, Pedro y los Zebedeos, el Discípulo amado… Podría parecer que este mosaico iba a diluirse pronto, arrollado por las olas de la historia judía y romana. Pero permaneció y creció, instituyéndose como unidad más alta, pacto de grupos distintos, desde el don de Dios, por la fuerza de Jesús, hasta formar la Gran Iglesia (a finales del siglo II EC, con la canonización del Nuevo Testamento). Éste ha sido y sigue siendo para los cristianos el modelo básico de comunicación, que sigue estando en la base de las construcciones y modelos posteriores de la iglesia. Por eso, en tiempos de crisis como el nuestro, en momentos de ruptura y amenaza del sistema (que parece enloquecerse, destruyéndose a sí mismo, con heridas de muerte, atentados suicidas y ruinas económicas), tenemos que volver al modelo de pacto de la primera iglesia (43).

 

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