b) En tierra de Madián, revelación de Dios.

Huye a Madián (Éx 2,15), hogar de los parientes libres de los oprimidos. Vuelve al pasado de su pueblo, a los principios de una humanidad no destruida por el sistema. La vida allí es sencilla: no hay lujos, ni templos palacios; hay fraternidad, y los hombres de la estepa le abren su casa (18).

«Moisés se fue a vivir al país de Madián y se sentó junto a un pozo. Tenía el sacerdote de Madián siete hijas que fueron a sacar agua y llenar los pilones para abrevar las ovejas de su padre. Pero vinieron los pastores y las echaron. Entonces, levantándose Moisés salió en su defensa y abrevó su rebaño. Al volver donde su padre… éste les dijo: “¿Cómo es que venís hoy tan pronto?” Respondieron: “Un egipcio nos libró de las manos de los pastores y además sacó agua para nosotras y abrevó el rebaño”. Preguntó entonces a sus hijas: “¿Y dónde está? ¿Cómo habéis dejado ir a este hombre? Llamadle para que coma”. Aceptó Moisés morar con aquel hombre, que le entregó como esposa a su hija Séfora. Ésta dio a luz un hijo, y Moisés le llamó Gersón, pues dijo “forastero soy en tierra extraña”» (Éx 2,15-22).

El padre, sacerdote y pastor de rebaños, acoge al fugitivo, ofreciéndole la mano de su hija. Moisés encuentra así familia sobre el mundo. Ciertamente, es forastero (como indica el nombre de su hijo), pero en sentido estricto no es un exiliado, ni tiene perdido el corazón, pues ha encontrado muchachas que le esperan en el pozo, un hombre que le acoge y una mujer que le hace padre. La historia debería concluir en este punto: Moisés fugitivo se instalará en la estepa, con los antepasados nómadas del pueblo. Pero el auténtico camino empieza ahora, desde Dios:

«Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez, llevó las ovejas… hasta Horeb (Sinaí). El Ángel de Yahvé (Dios mismo) se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza (árbol pequeño). Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que no se consumía. Dijo Moisés: “Voy para ver ese caso extraño: ¿por qué no se consume la zarza?” Cuando Yahvé… vio que Moisés se acercaba dijo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Éx 3,1-6).

En contra de los egipcios, que habían cautivado a Dios en un sistema de opresión, Moisés empieza a verle en la naturaleza, como sabían y saben hacerlo las religiones cósmicas: reconciliarse con la vida (árbol) y su fuerza (fuego) será punto de partida de un proceso de fuerte creación religiosa. Dios se revela en la montaña de la estepa (Horeb-Sinaí), como Señor de la naturaleza, sobre el sistema de opresión de Egipto, que identifica lo sagrado con el orden económico-social. Es fuego, poder transformador: llama que arde sin consumirse, fuente de luz y calor, misterio. Los egipcios habían pervertido las fuerzas de la naturaleza, al convertirlas en principio de opresión. Pero Moisés rompe el sistema y puede hallar a Dios en la naturaleza antigua (rebaño y monte, árbol y fuego), para elevarse después y descubrirle en su verdad más honda, como liberador de los pobres, abriendo así un camino de misterio que define desde entonces la identidad de los judíos (19). Así habla:

— Principio: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob» (Éx 3,6). Este Señor de la montaña es aquel al que gritan los hebreos oprimidos, siendo Dios de los «patriarcas», padres fundadores, que han creído en él y han buscado un futuro para los humanos. Moisés ha dejado el sistema, pero encuentra el recuerdo de sus antepasados. También Jesús (cf. Mc 12,18-27) retornará al Dios de los padres para arraigar su nuevo mensaje en la memoria de los antiguos, que viven en Dios.

— Experiencia básica: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus lamentos contra los opresores, me he fijado en sus dolores y he bajado para liberarlos…» (Éx 3,7-8). El mismo Dios de los padres (Abrahán, las tribus) es Señor y Protector de aquellos que no tienen familia, pues se encuentran aplastados y oprimidos en Egipto; así quiere actuar, para hacerles su familia verdadera. Sin esta apertura hacia los pobres y excluidos del sistema la revelación de Dios carece de sentido. — Yahvé, Nombre-Sin-Nombre: «Soy el que Soy. Esto dirás a los israelitas: Yahvé, Dios de vuestros padres, me envía a vosotros…» (Éx 3,14-15). Moisés quisiera «conocer» el Nombre, para ponerlo a su servicio, en una especie de nuevo sistema religioso. Si lo consiguiera se habría convertido en un mago superior o sacerdote del misterio (Éx 3,12). Pero Dios no se lo dice y se revela como aquel cuyo Nombre es Sin-Nombre (20).

— Misión: «Esto dirás a los israelitas: “Yo soy” me envía» (Éx 3,14). La experiencia del Nombre-Sin-Nombre se vuelve tarea de liberación. El mismo Dios absoluto, infinito (El que Soy) ha hecho a Moisés mensajero de su acción liberadora: «Vete, yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo» (Éx 3,10). Éste es el comienzo y sentido permanente de la experiencia israelita, la raíz del profetismo de Moisés (21).

El Dios de los padres (pueblo elegido) es el Dios de los oprimidos. La «familia» de Dios no es una agrupación de prepotentes, sistema de dominio, que expulsa a los contrarios o distintos, sino pueblo que sufre y nace a la experiencia de amor y libertad con la ayuda del Dios, Nombre-Sin-Nombre, que no sacraliza el sistema (orden de fuerza), sino que hace suyo el sufrimiento de los pobres y expulsados. Contra quienes piensan que es opresión, frente a los que añaden que se evade del mundo y carece de amor y autoridad para cambiarlo, Dios se presenta ante Moisés como Presencia de liberación. Desde este fondo pueden entenderse sus nombres más significativos:

— El, Elohim. Significa lo divino, sea en forma singular (El) o plural (Elohim). Posiblemente, en su principio, evoca la majestad o grandeza sagrada del mundo. Ahora indica sin más lo divino, tal como es conocido en otros nombres de Israel del entorno. Esos nombres permiten dialogar con otras religiones y culturas: Ilu es Dios para los cananeos, Allah (de Al-Illah) para los árabes, sean o no musulmanes. Dentro de la tradición israelita, este nombre ha recibido matices como: El-Sadai, El-Elyon (Dios del Monte, Dios Excelso), etc.

— Yahvé. Dios no se define ya como El-Elohim (divinidad en general), ni como Baal, Señor cósmico, vinculado al ritmo de la vida (22), sino como Yahvé, Soy-quien-Soy. Este nombre, que suele transcribirse como Yahweh, Yah o Jehová, está vinculado desde antiguo al Sinaí y parece originario de los madianitas nómadas. En un momento dado, los israelitas han tomado este Nombre-Sin-Nombre (Soy-quien-Soy) como propio de su Dios. De esa forma, rechazando el signo y culto de Baal, identifican a El-Elohim (lo divino) con Yahvé, término propio y peculiar del Dios de los hebreos liberados: «Yo Soy-quien-Soy. Éste es mi Nombre: así dirán a los israelitas: Yahvé me ha enviado a vosotros» (Éx 3,14). Nombre significa aquí verdad original (23).

— Nombres del Sin-Nombre: Adonai, Kyrios, Señor. Al decir «Soy-quien-Soy» y llamarse Yahvé, Dios indica que su Nombre es Sin-Nombre, de forma que nadie puede manejarle. Es Sin-Nombre, pero se revela y libera a los oprimidos. Lógicamente, la tradición judía ha querido destacar este silencio indecible de Yahvé y ha preferido dejarlo en Hueco, de manera que los fieles no pueden pronunciarlo, por excelso, y deban buscar otra palabra (Adonai, Kyrios, Dominus, Señor), para evocar, sin pronunciarlo, el misterio Sin-Nombre, que muchos pensadores han interpretado como: Esencia suma, Ser supremo, Existencia originaria”. (24)

 

←LOS PROFETAS DEL MONOTEÍSMO 

←LA FE EN LAS CIENCIAS OCULTAS