ASPECTOS CENTRALES DE LA TEOLOGÍA CRISTIANA.

El pecado original

Un asunto central de la teología del cristianismo es la cuestión del pecado original y la culpa hereditaria que conlleva. En la historia del Paraíso y la tentación (Génesis 3, 1-24), la serpiente (el Demonio) induce a Eva a comer la fruta de un árbol prohibido por Dios, quien ha advertido a Adán y Eva con estas palabras: «No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, de otro modo moriréis».

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El pecado original es una cuestión central de la teología cristiana. El primer ser humano cometió el pecado original por su alejamiento de Dios, es decir, por desobediencia. La historia de Adán, Eva y la Serpiente en el jardín del Edén es una de las más conocidas de la Biblia.

El Demonio, sin embargo, explica a Eva que degustar la manzana no significa la muerte, sino la adquisición de la capacidad de distinguir entre el bien y el mal: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Acto seguido, Eva y Adán prueban el fruto prohibido, y como consecuencia de ello Dios los expulsa del Paraíso. Para entender el pecado original desde la perspectiva del cristianismo, es importante considerar que los seres humanos —aquí Adán y Eva no son más que sus representantes— se han alejado de Dios por sus actos. Lo que hace que el pecado sea pecado es la culpa. Ésta consiste en la libre elección del mal. El ser humano, en este caso, infringe libremente una prohibición de Dios. Después de contravenir la voluntad divina, en la naturaleza humana sobreviene la confusión; en lo sucesivo, ya no vive en la gracia santificante de su Creador, sino con la libertad de elegir entre el bien y el mal, pero con la marca indeleble del pecado original cometido por Adán y Eva, que se transmitirá de generación en generación. La Iglesia católica ve una salida a ese pecado original en la muerte de Jesucristo en la cruz, mediante la cual el ser humano recupera el estado de redención y se reconcilia con Dios. Para Lutero, el hombre es malo desde el principio y está en situación de pecado. Vive separado de Dios y necesita su compasión. El gran teólogo cristiano san Agustín explicó que, sin el pecado original, el ser humano no podría distinguir entre el bien y el mal. En este sentido, el pecado original, como formularía más tarde el filósofo Immanuel Kant (17241804), es un hecho Fundamental en el camino del hombre hacia su mayoría de edad (en el sentido de responsabilidad para tomar sus propias decisiones). La serpiente tentó a la humanidad a salir de su minoría de edad: a una vida de miedos y esperanzas, de decisiones y pasos en falso.

El Sermón de la montaña

Es poco probable que Jesús pronunciara este sermón en una montaña cercana a Jerusalén ante varios cientos de personas, tal como se puede leer en dos de los Evangelios. La teología tiende a pensar que la fuente de los textos fue la recopilación de las ideas que Jesús expuso en sus sermones.

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En el Sermón de la montaña, Jesús manifestó las ideas fundamentales de su doctrina. En la actualidad, se pone en duda que realmente pronunciara este sermón, y se cree más bien que se trata de una recopilación de sus pensamientos.

El Sermón de la montaña (san Mateo 57; san Lucas 6, 20-47) reúne los pensamientos Fundamentales del mensaje religioso de Jesús y desde el principio del cristianismo ha impresionado a los hombres por sus exigencias insólitas e insuperables, sus formulaciones concisas y paradójicas y su radicalidad y ausencia de concesiones: «Bienaventurados los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el Reino de los cielos» o «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia» (san Mateo 5, 10; 5, 7). Las llamadas bienaventuranzas están Formuladas a modo de condiciones morales. En general, el Sermón de la montaña es una exhortación sobre la conducta moral en la que la justicia representa el deber primordial del hombre. «Por sus frutos los conoceréis» (san Mateo 7, 16). La entrega total a Dios y aspirar al Reino de los Cielos son los deberes de todo creyente, que no debe juzgar para no ser juzgado: «No juzguéis, v no seréis juzgados» (san Mateo 7, 1). El Sermón de la montaña conmina a los hombres a no atenerse únicamente al discurso teórico, sino a dar testimonio de Dios con sus vidas.

El Apocalipsis de san Juan

El Apocalipsis de san Juan, su visionaria «revelación», fue formulado con imágenes de intenso carácter simbólico, y constituye el final del Nuevo Testamento. Es el único libro de carácter profético y describe el Juicio Final, que todos los cristianos esperan desde la Ascensión de Jesús.

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En el Apocalipsis de san Juan se habla, entre otras cosas, de cuatro jinetes que cabalgan sobre caballos de distintos colores. Introducen el Juicio Final, en el que Dios juzga a todos los hombres.

El propio Sermón de la montaña no puede entenderse sin este aspecto —«el Reino de Dios es inminente—, que Jesús destaca repetidamente. Los primeros cristianos esperaban el advenimiento inminente de este Reino. El evangelista san Juan retomó esta expectativa y escribió su famoso Apocalipsis en el siglo I en la isla griega de Patmos. Los estudiosos de la Biblia suponen que el Apocalipsis es un texto escrito para confortar a los primeros cristianos en el contexto de las persecuciones de que fueron objeto. Dios ejercerá una justicia terrible contra quienes no crean. Sus ángeles castigarán a los malhechores: «El segundo ángel vertió su copa en el mar, que se hizo como sangre de un muerto, y perecieron todos los seres vivientes del mar» (16, 3). Sin embargo, al final Dios lo renueva todo, como describe su profeta san Juan: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han desaparecido» (21, 1). La revelación de san Juan hay que entenderla no tanto como un suceso del futuro, sino como una señal del regreso de Dios, aún no determinado en el tiempo.

 

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