¿AGUDIZA LA MUNDIALIZACIÓN LAS DESIGUALDADES?

La mundialización ha permitido a numerosos países desprenderse del subdesarrollo, pero ha creado nuevas exclusiones. Las políticas públicas podrían ayudar a paliarlas.

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1-Sylve Brunel

 

 

ANÁLISIS CRÍTICO DE SYLVIE BRUNEI.

Geógrafa y economista, catedrática de la Universidad de Paríosla Sorbona

 

 

CENEFA

La mundialización ha permitido a numerosos países desprenderse del subdesarrollo, pero ha creado nuevas exclusiones. Las políticas públicas podrían ayudar a paliarlas.

Generalmente se concede un papel positivo a la mundialización en la eliminación de la pobreza: la apertura, el comercio y los intercambios son considerados en la teoría económica como el medio más eficaz para incrementar la riqueza. Efectivamente, en la actualidad se advierte, a escala mundial, un fenómeno de “reajuste” de los Estados. Lo que se conoce como “convergencia”. Aunque la pobreza y el subdesarrollo han constituido siempre la norma en la historia de la humanidad (Angus Maddison, Paul Bairoch, Bouda Etemad), la revolución industrial sacó progresivamente de la pobreza a un reducido número de países y aumentó las desigualdades entre Europa y sus extensiones a través del mundo (designadas con el término genérico de “Occidente desarrollado”) y el conjunto de los otros países, calificado en los años 1950 de “Tercer Mundo” (Alfred Sauvy), y posteriormente de “países en vías de desarrollo” o incluso de “países del Sur”.

Este proceso engloba gradualmente a otros países desde la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, desde la última mundialización, la de los años 1990, que asistió a la creación de un espacio mundial de los intercambios y la información: Internet y las NTIC (Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación), caída del telón de acero, apertura de China a partir de 1979 y de la India a partir de 1991. Así pues, la última mundialización permitió desprenderse del subdesarrollo a un gran número de países, los que hace poco se denominaban “países emergentes”, y que son ahora convergentes.

El número de países que registran una tasa de crecimiento dos veces superior a la de los miembros de la OCDE ha pasado, en efecto, de 12 en 1990 a 65 en 2009, con China a la cabeza, el sudeste asiático… pero también el África subsahariana. En la actualidad, el club de países ricos que constituye la OCDE representa poco más de la mitad del producto bruto mundial (51% frente al 60% en 2000). Pero su preeminencia permanece intacta. La convergencia no concierne a todos los países: el número de países clasificados como muy pobres disminuye sin duda alguna (ya no superan los 25 frente a los 55 de 1990), pero se acentúa su distancia respecto a los países ricos: en 1990, un ciudadano estadounidense medio era cuarenta veces más rico que el tanzano medio, y en 2010, sesenta veces más.

 

DISMINUCIÓN DE LA POBREZA ABSOLUTA

En 1997, el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) introdujo por primera vez el indicador de pobreza humana en sus informes. La pobreza absoluta, o extrema, es un fenómeno multidimensional caracterizado por la ausencia de las capacidades humanas básicas, que implica tres dimensiones principales: el debilitamiento de la salud (esperanza de vida inferior a 40 años), la falta de formación (analfabetismo de los adultos) y la privación de acceso a los bienes y servicios elementales (agua potable, alimentación, sanidad). Los pobres son aquellos que “ni tienen, ni saben, ni pueden”.

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Viven en situación de precariedad y son vulnerables a todo tipo de riesgos. Pero la mundialización, a través de la creación de oportunidades económicas, ha hecho disminuir la pobreza absoluta: desde 1990, el número de personas en situación de pobreza monetaria (menos de 1,5 dólares al día) ha pasado de 2 000 millones a 1 500 millones de personas. Y de 1 800 millones a 1 400 millones de personas que disponen de menos de 1,25 dólares. Por consiguiente, 500 millones de personas han salido de la pobreza en veinte años, particularmente en China (50% de pobres en 1980, 6% en la actualidad). Para alcanzar los Objetivos del Milenio para el Desarrollo (reducir la pobreza a la mitad entre 1990 y 2015), todavía habría que reducir en 500 millones la cifra de pobres en menos de cinco años.

 

DESIGUALDADES INTERESTATALES

La disminución global de la pobreza a escala mundial está acompañada sin embargo de un incremento de las desigualdades internas: no todos pueden ni saben sacar el mismo partido de las oportunidades que ofrece la mundialización. La crisis de la deuda de los años 1980, al limitar el papel de los Estados y de las políticas sociales mediante la aplicación de planes de ajuste estructural (apertura de las fronteras, privatización de empresas públicas, desregulación del mercado de capitales), fue uno de los principales factores de esta agudización de las desigualdades internas, que se acentuaron por las crisis financieras de los años 1990, con el establecimiento de “economías de casino” (alternancia de fases de aceleración económica y “burbujas” con fases de crisis y recesión).

Las políticas de liberalización favorecieron la no participación de los Estados y la adopción de las llamadas políticas “de flexibilidad”: disminución o supresión de la renta mínima, de las indemnizaciones por desempleo y de todos los dispositivos de ayuda destinados a promover el rápido retorno al trabajo y la movilidad social.

UNA ECONOMÍA DE ARCHIPIÉLAGO

El fenómeno de los nuevos pobres, entre los que se encuentran las personas sin hogar, concomitante a la crisis económica de los años 1970, con el fin de los Treinta Gloriosos y la aparición de un paro estructural, estalló en los años 1990 en los países pobres y en los años 2000 en los países ricos con la crisis financiera: la crisis de “las hipotecas basura” ha arrastrado a la pobreza a 9 millones de personas en Estados Unidos. En cuanto al 17% de la población mundial considerada como pobre, su renta real se ha reducido en casi un 30% desde 1979 (Center for American Progress).

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Riqueza.

De este modo, la mundialización ha creado nuevas exclusiones, espaciales o sociales. La exclusión espacial se manifiesta a diferentes escalas: interregional (entre Estados en el interior de un mismo continente) Madagascar/Mauricio, Birmania/Tailandia, Haití/República Dominicana, Corea del Norte/Corea del Sur; intraestatal, con la agudización de las desigualdades regionales en el interior mismo de un país en la India, los estados Bimaru (los cuatro estados indios más pobres: Bihar, Madhya Pradesh, Rajasthan y Uttar Pradesh) respecto al sur del país; en China, las provincias periféricas e interiores respecto al litoral; en México, Chiapas respecto a México D.F., etc.

 

UN INDIVIDUALISMO CRECIENTE

La mundialización crea por tanto una “economía de archipiélago”, que yuxtapone territorios incluidos y territorios excluidos: en un mundo donde la “litoralización” y la accesibilidad a través de las redes (de transporte y de información) representan un papel clave, el aislamiento conlleva marginación y desclasamiento. La exclusión social se traduce por la persistencia de una gran pobreza en un contexto de incremento de la riqueza.

En Estados Unidos, el 10% de las personas más ricas dispone del 70% de la renta nacional, en China, del 40%. Los 25 millones de americanos más ricos tienen unos ingresos equivalentes a los 2 000 millones de habitantes más pobres del planeta. La urbanización aumenta las desigualdades: la monetarización de las economías en el medio urbano debilita, en beneficio de un creciente individualismo, la solidaridad colectiva de las sociedades tradicionales, basadas en las redes y el intercambio de servicios.

Ahora bien, el debilitamiento de las redes sociales en la ciudad deriva en una explosión de la mendicidad (Extréme Pauvreté au Níger: mendier ou mourir, de Patrick Gilliard, Karthala, 2005) y de las migraciones económicas. Los hogares monoparentales, y particularmente las mujeres solas con hijos, son los más vulnerables. El mundo de los suburbios cuenta actualmente con 1 000 millones de personas y este número no deja de aumentar, según la denominada ley de “duplicación”: cuando la población de un país pobre se incrementa en un factor t, las ciudades crecen en 2t y los suburbios en un factor 4t.

No obstante, los entornos rurales continúan siendo los principales afectados por la pobreza extrema, debido a su desclasamiento: dificultad para integrarse en la mundialización; carga de la autosubsistencia, y por tanto de la vulnerabilidad a los riesgos naturales, en un contexto de cambio climático. Aunque no esté establecida jurídicamente, ya ha aparecido la noción de refugiado climático. Los grupos de personas más vulnerables son los sin tierra, las sociedades nómadas, las rurales que practican una pequeña agricultura familiar campesina, cuando ésta no cuenta con un apoyo financiero. En 2010, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) calculaba casi 1 000 millones de malnutridos.

El abismo que separa a ricos y pobres no deja de ampliarse. En 1960, los 710 millones de personas que el Banco Mundial estimaba como las más ricas ganaban 30 veces más que los 400 millones considerados como los más pobres. En 2007, los 1 000 millones de habitantes de los países ricos ganaba 89 veces más que los 1 000 millones de habitantes de los países pobres.

 

AUMENTO DE LA POBREZA RELATIVA

Los ingresos derivados del trabajo no dejan de mermar con respecto a los ingresos del capital: los ricos se enriquecen, los pobres se empobrecen en valor relativo. Cada vez existen más trabajadores pobres (workingpoors). En 2000, el 1% de los adultos más ricos concentraba el 40% de los activos mundiales, y el 10% más rico, el 85%.

Por el contrario, la mitad más pobre solamente disponía del 1% de los activos mundiales. En los países más avanzados, aparecen en la actualidad fenómenos de crecimiento sin empleo. Consecuencia: si la pobreza absoluta decrece, la pobreza relativa aumenta. La pobreza relativa designa a aquellas personas cuyos ingresos son inferiores a la mitad de la renta media del país en el que habitan (menos del 60% en Francia, donde se calculan 7,1 millones de personas que perciben menos de 908€ al mes). 3,3 millones de beneficiarios de prestaciones perciben en Francia las ayudas mínimas sociales (entre 300 y 700 E al mes).

Pero esta situación no está irremediablemente establecida. Las políticas públicas representan un papel esencial en la reducción de la pobreza, particularmente cuando se dirigen a los más pobres. Brasil, con su programa Hambre Cero, o Malaui, con su programa de desarrollo agrícola, han obtenido resultados significativos en menos de cinco años. Por el contrario, unas políticas no adaptadas pueden ocasionar un rápido retroceso, como evidencia el caso de Zimbabue.

Unas situaciones iniciales de deficiencia pueden derivar en una ventaja comparativa: el aislamiento puede constituir un motor de turismo, y por consiguiente la creación de beneficios (Zanskar indio, Alto Atlas marroquí): la naturaleza (Costa Rica) y la isla tropical (Maldivas) están sobrevaloradas en la mundialización.

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Ciertos espacios no desarrollados se benefician en la actualidad de programas medioambientales de desarrollo sostenible como el REDD (Reducción de las Emisiones derivadas de la Deforestación y la Degradación Forestal), el PSA (Pago por Servicios Ambientales) y el MDL (Mecanismo de Desarrollo Limpio): bosques tropicales (Congo) o países que tienen una parte de su territorio clasificada como zona protegida (Ecuador, que renuncia a explotar su petróleo).

En cierto modo, la situación se encamina de forma positiva: durante mucho tiempo se creía que los salarios no podían aumentar en ciertos países, particularmente en China, a causa de la existencia de una inmensa reserva de pobres, el famoso “ejército de reserva”, que los abarataba. Sin embargo, el crecimiento económico suscita un mercado interior y la aparición de clases medias que impulsan la subida del valor de los salarios.

La cooperación internacional la Ayuda Pública al Desarrollo (APD) ha aumentado un 30% desde 2004 y los actores sociales (sindicatos, ONG, cooperativas de productores) obtienen resultados significativos a escala local en la lucha contra la pobreza cuando su acción es apropiada, concertada y se sustenta en un contexto favorable.

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