ÁFRICA UN CONTINENTE HETEROGÉNEO.

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Por:  ROLAND POURTIER, geógrafo, profesor emérito de la Universidad de Paris-I-Panthéon-Sorbonne

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La mayoría de los Estados africanos son multiétnicos y multilingües, a veces hasta niveles altísimos, como en Nigeria, donde se hablan más de 500 lenguas.

África tiene varias caras. En el norte, la dualidad entre los árabes y las minorías bereberes, localizadas en su mayoría en las montañas del Magreb, traza el bosquejo general de las identidades. Entre el mar Rojo y Cabo Verde, el islam ha dejado poco espacio a las minorías religiosas; los coptos de Egipto (el 10% de la población) son la excepción después de que, tras la independencia de Argelia, los judíos sefarditas emigraran de manera masiva a Israel o Francia. Al sur del Sahara, el paisaje humano revela una diversidad poco común. Etnólogos y lingüistas siguen catalogando etnias, lenguas y religiones, unas con varios millones de personas, otras solamente con algunos centenares. Al igual que las etnias, las minorías son construcciones históricas, fruto de un proceso relacional y de una toma de conciencia identitaria generalmente relacionada con la cuestión del derecho.

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En el África negra, el poder colonial limitó la expresión de las identidades étnicas al ámbito de la cultura, sofocando las reivindicaciones políticas. Sudáfrica y su modelo racial del apartheid, concebido para garantizar la dominación de la minoría blanca, fue un caso bien particular. Con las independencias, fijada la prioridad en su consolidación, los Estados estigmatizaron el «tribalismo» en nombre de la unidad nacional. Las situaciones coloniales y postcoloniales africanas siempre fueron con rodeos a la hora de abordar la cuestión de las minorías, que nunca se trató desde la perspectiva del «derecho de los pueblos a ser ellos mismos», como sí fue el caso en Europa a partir del siglo XIX y, muy recientemente, en la antigua Yugoslavia. Lo cierto es que las minorías étnicas son tan numerosas que no pueden pretender crear un Estado nación cada una (sólo en Nigeria se calcula que hay entre 450 y 500 lenguas).

«El trazado a cordel de las fronteras saharianas hizo que los territorios nómadas se fragmentaran y convirtió a los tuaregs en una minoría marginada»

Las cuestiones de proporcionalidad resultan aquí fundamentales y no parece posible definir un punto de partida; ello cobra sentido si uno se fija en el encaje de los distintos grupos, a la manera de las muñecas rusas, desde la escala local hasta la del territorio nacional o, incluso, los agrupamientos regionales. Si la población de Sudán del Sur votó por la independencia, proclamada oficialmente el 9 de julio de 2011, rozando el 99%, esta unanimidad forjada por las décadas de guerra contra el poder de Jartum sólo vino dada por las circunstancias: los jefes de las minorías étnicas no esconden su desconfianza hacia la tentación hegemónica de los dinka. Apenas nacido, el más joven de los Estados africanos se vio confrontado a la dialéctica de las minorías. El reparto colonial de África tiene su parte de responsabilidad en la formación de las minorías. El trazado de las fronteras unas veces separaba entidades étnicas, por ejemplo a los ewe entre Togo y Gana; otras veces, unía en un mismo territorio a pueblos que no tenían afinidad alguna o que mantenían relaciones hostiles, como, por ejemplo, a los árabes y los negros «sudistas» en el Chad o en Sudán. De ello resultaron discordancias entre el nuevo referente nacional y las identidades etnoespaciales anteriores a las configuraciones estatales.

 

LA RIVALIDAD DE LOS CLANES

El irredentismo somalí es el resultado de un reparto del Cuerno de África que integra poblaciones somalies en Etiopía, Kenia y Yibuti Por el contrario, en la República de Somalia la rivalidad de los clanes, fortalecida por las herencias diferenciadas de las colonizaciones italiana y británica, condujo a Somalilandia a proclamar una independencia que la comunidad internacional todavía no ha reconocido. Sin embargo, ésta es tan legítima como la de Sudán del Sur, cuya secesión constituye un contratiempo importante en el principio de la intangibilidad de las fronteras, adoptado en 1963 por la Organización de la Unidad Africana.

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Este precedente no ha dejado de promover movimientos separatistas o independentistas: el Frente de Liberación del Enclave de Cabinda, el Frente Polisario de los saharauis del Sahara Occidental, el Movimiento Separatista de los Diola de Casamanza, etc. El trazado a cordel de las fronteras saharauis hizo que los territorios nómadas se fragmentaran, lo cual convirtió a los tuareg, antiguos señores del desierto, en una minoría marginada. Tentados por la disidencia, llegaron a aliarse con Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). El poder y el territorio en juego ponen de manifiesto el papel geopolítico que tienen las minorías.

Los pueblos autóctonos representan una categoría particular de minoría: los bushmen (bosquimanos) del África austral, los pigmeos de los bosques ecuatoriales. Los bantús mantienen con estos últimos relaciones ambivalentes, entre el desdén por su falta de distanciamiento con la naturaleza y el temor por sus poderes mágicos. Estas minorías están amenazadas debido a que el estilo de vida de estos cazadores-recolectores no está en armonía con el desarrollo.

Únicamente las grandes extensiones forestales de la cuenca del Congo protegen a los pigmeos, todavía por un tiempo, de una aculturación inevitable.

La organización clasificadora de la administración colonial contribuyó a crear minorías, no con el fin de dividir para reinar, sino por la necesidad de introducir un orden territorial legible en el cambiante «patchwork» de las entidades etnoespaciales. La colonización inventó nuevas etnias al reagrupar bajo un mismo etnónimo a poblaciones cercanas por idioma y costumbres, como, por ejemplo, los betés del oeste de Costa de Marfil. Con el paso del tiempo, éstos fueron tomando conciencia de pertenencia a una minoría, sobre todo en el momento en que se la empezó a tratar como tal en el terreno político. Esta situación terminó llevando al poder a Laurent Gbagbo.

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En la República Democrática del Congo (RDC), la acción conjunta de lingüistas y administradores belgas identificó al grupo mongo basándose en los dialectos emparentados de las poblaciones dispersas en la selva de la hondonada congoleña. A partir de ese momento, los mongo se consideraron un grupo étnico específico y, como tal, reclamaron su parte en el reparto de poder. Estos procesos generaron también dinámicas endógenas. En Kenia, en concreto en el Valle del Rift, el rechazo de la hegemonía de los kikuyu llevó a situación de emergencia en los arios 1940 a la etnia kalenjin por la alianza de varias etnias de lengua nandi. Podríamos nombrar numerosos ejemplos en los que la «fabricación» de minorías participa de la etnogénesis.

 

CONFLICTOS TERRITORIALES

Ya no es necesario demostrar la relación que existe entre migración y minoría. Las diásporas se caracterizan en general por las especializaciones profesionales, ya se trate del comercio (sirio-libaneses presentes en un gran número de países, diulas en África occidental, gurages en Etiopía) o de la artesanía (senegaleses en la orfebrería). En el medio rural, la inmigración ha provocado conflictos territoriales entre autóctonos y extranjeros, a partir del momento en que estos últimos traspasaron el umbral de aceptabilidad. El concepto nocivo de «ivoirité» («marfileñidad») nació en un contexto semejante (un 25% de extranjeros en Costa de Marfil). En un periodo de crisis, el otro, el extranjero se convierte en el perfecto chivo expiatorio. En algunos lugares de Kivu (RDC), los inmigrantes banyaruanda (hutus y tutsis originarios de Ruanda) sobrepasaron en número a los autóctonos, quienes cogieron las armas para tratar de salvaguardar sus prerrogativas territoriales y políticas. En la región de los Grandes Lagos de África, la violencia intercomunitaria reúne la crispación identitaria y la codicia por la tierra.

Las relaciones entre las minorías y el ejercicio del poder están muy contrastadas. En Gabón, la larga presidencia de Omar Bongo (1967-2009), descendiente del grupo minoritario de los teké, se desarrolló bajo el signo de una «geopolítica» fundada sobre una compleja dosificación etnorregional en la distribución de las responsabilidades, mientras el puesto de primer ministro recayó en un fang (grupo que representa un tercio de la población). La manera más segura de garantizar la paz en los Estados multiétnicos es no excluir a las minorías en el reparto de la renta. El incumplimiento de este principio genera tensiones y violencia (en Zimbabue, la confiscación del poder por Robert Mugabe, en beneficio de los shona, se realizó en detrimento del grupo minoritario de los ndebele).

 

EL RECHAZO DE LA CHARIA

A diferencia de África septentrional, en su mayoría de habla árabe, la babel subsahariana sorprende por la abundancia de lenguas vernáculas. Pocos son los países que muestran una unidad lingüística (Madagascar, Somalia, Ruanda, Burundi). Sin embargo, existen lenguas vehiculares, habladas por decenas de millones de hablantes, como el yoruba en Nigeria, el amárico en Etiopía o el suahili en el África Oriental, sin tener en cuenta las lenguas oficiales heredadas de la colonización. Algunos países (Sudáfrica, Etiopía, RDC) elevaron las más importantes de ellas a lengua nacional.

La pluralidad lingüística de los Estados africanos no constituye un obstáculo insuperable para la construcción nacional. La lengua oficial sirve de vector común de comunicación, pero su enseñanza y práctica varían mucho según el país. El multilingüismo, muy frecuente, minimiza los inconvenientes inherentes al gran número de minorías lingüísticas.

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En el sur del Sahara, la propagación secular del islam sobre las vías del comercio árabe fue detenida por la ola de cristianismo, traída por la colonización. La coexistencia religiosa pacífica en su conjunto no ha excluido de violencias los espacios de contacto: los cristianos y musulmanes del norte y del centro de Nigeria pagan alternativamente los platos rotos. Esta violencia señala menos un «choque de civilizaciones» que un rechazo de la charia por parte de animistas y los cristianos y contextos locales de rivalidad entre comunidades. La expansión de los monoteísmos ha hecho retroceder a las religiones tradicionales, a pesar de que algunas continúan todavía muy activas, como el vudú en Benín, donde ha relegado a las minorías animistas hacia espacios refugio. En el norte de Camerún, el relieve montañoso ha protegido a los kirdi (paganos) de las yihads de los peuls y de la propagación del islam. Un caso particular de minoría religiosa es el de los falacha de Etiopía, negros convertidos al judaísmo desde hace siglos, que fueron «repatriados» a Israel entre los arios 1980 y 1990.

La religión se combina con otros factores para calificar a las minorías. Los indios, hinduistas o musulmanes forman comunidades comerciantes muy activas, de Sudáfrica (región de Durban) a Kenia pasando por Madagascar. La práctica religiosa favorece la endogamia y, en consecuencia, la perennidad de las minorías.

 

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