ÁFRICA ORIENTAL – RUANDA, UNA FRÁGIL RECONCILIACIÓN.

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Por: JEAN PHILLIPPE RÉMY, Le Monde, corresponsal en Johannesburgo

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Diecisiete arios después del genocidio de los tutsis llevado a cabo por el grupo étnico mayoritario de los hutus, en el país solo hay banyaruandas («gente de Ruanda»). Sin embargo, la paz sigue siendo inestable.

Si existe un país donde la corrupción de los conceptos de minoría y mayoría ha hecho que corra la sangre, ese país es Ruanda. Situado entre África oriental y África central, apenas empieza a restablecerse hoy tras haber sido escenario, en 1994, del último genocidio del siglo XX, sufrido por la minoría tutsi. Los ejecutores pertenecían a la etnia más numerosa del país, los hutus. Pero no todos los hutus participaron en esta masacre. Algunos se opusieron y fueron asesinados justo por esa razón. Quienes eligieron el bando de los asesinos estaban convencidos de que podrían restablecer los derechos de su «etnia mayoritaria» eliminando a la minoría tutsi.

Según las cifras extraídas de antiguos censos no del todo fiables, habría algo menos de un 15 % de ruandeses de la etnia tutsi, alrededor de un 80 % serían hutus y el resto sería un pequeño grupo, el de los denominados twas. Estos últimos son los grandes olvidados de Ruanda, quizás porque no fueron utilizados por la maquinaria ideológica que creó una política y, más adelante, la violencia, a partir de ideas estereotipadas sobre las etnias. Pero, ¿son los hutus, tutsis y twas etnias diferentes? Esta pregunta es objeto de debate, especialmente porque los tres grupos comparten la misma lengua, el kinyaruanda. Pero quizá ésta no sea la pregunta más relevante, sino la centrada en la diferencia de las relaciones que existen entre estos grupos. Antes de la colonización, las relaciones entre hutus y tutsis variaban según las regiones y las épocas. Pero los primeros occidentales, aplicando los conceptos racistas de la época, impusieron una visión simplificada: asimilaron los tutsis a los representantes de una clase «feudal» tras someter a los hutus, considerados una inmensa plebe. La antropología colonial insistió en este sentido durante décadas, destilando un veneno muy particular en forma de resentimiento, que acabaría mutando en voluntad de matar por impulso de los responsables políticos.

¿Qué buscaban los genocidas? De abril a julio de 1994, el poder estuvo en manos de los hutus, que, tras décadas de humillación y masacres organizadas por los tutsis, trataron de liquidar a estos últimos utilizando al ejército, a milicianos y también a civiles de todo el país, todos ellos organizados en grupos de asesinos que perseguían a sus vecinos. El genocidio no fue llevado a término al ser interrumpido por la avanzada de la rebelión tutsi, el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que, en 1990, apoyado por Francia, lanzó una ofensiva contra Ruanda y terminó eliminando el poder hutu hasta poner fin a las masacres.

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Los asesinos habían sido preparados desde hacia tiempo, movilizados por una ideología constituida, en parte, en los años 1950. Ruanda llegaba entonces al final del periodo de la dominación colonial belga. En 1959, estalló la «matanza de Todos los Santos», una serie de masacres iniciadas el 1 de noviembre cuyas víctimas principales fueron los subjefes tutsis, representantes locales de la Administración. Durante el periodo colonial, los colonos belgas se apoyaban en los responsables tutsis para ejercer una administración indirecta. Las corrientes independentistas que habían detectado entre esta población, unidas a otros factores, les empujaron repentinamente a aliarse con los responsables hutus. En su análisis del discurso de los medios de comunicación que difundió el proyecto colectivo genocida de 1994, el historiador Jean-Pierre Chrétien (Rwanda, les médias du génocide, l’Harmattan, 1995) señala hasta qué punto el concepto de «pueblo mayoritario» tuvo un papel primordial entre los extremistas hutus a la hora de incitarles a ejecutar los crímenes. Esta construcción de estereotipos peligrosos impregna el imaginario colectivo ruandés desde los años 1950. Tal y como recuerda la socióloga Claudine Vidal (Situations ethniques au Rwanda, en Au cceur de l’ethnie, Jean-Loup Amselle y Elikia M’Bokolo, La Découverte, 1999), «la cuestión étnica en Ruanda siempre será una ratonera, dadas las veces que ha sido objeto de políticas con desenlace violento».

Pasado el período del genocidio, el nuevo Gobierno ruandés puso en marcha un cierto número de medidas para tratar de poner fin a la noción misma de pertenencia étnica. Ya no habrá otra población en Ruanda más que los banyaruandas («gente de Ruanda»), mientras el poder, en manos del FPR, sigue teniendo dificultades para tolerar la presencia de una oposición en el país y afirma que los opositores son empujados por una ideología genocida. Sin embargo, en los discursos de la oposición, se aprecian elementos sorprendentes. Algunos opositores tutsis reprochan, por ejemplo, al poder actual, concentrado en las manos del presidente Paul Kagame, que sea demasiado favorable a los hutus. Por el contrario, los responsables hutus tienen la impresión de vivir bajo la opresión de un poder tutsi. En realidad el poder no está tanto en manos de una etnia como de un grupo político, estratificado en torno al FPR.

 

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