a) Infancia y huida, un hebreo liberado

Fue un hombre de frontera entre dos mundos: hebreos dominados y dominadores egipcios. La tradición le hace miembro de las clases cautivadas. Pero, al mismo tiempo, le recuerda como egipcio por formación y cultura. No es un marginado inepto: sabe moverse entre los círculos del mando y puede convertirse en príncipe de estado. Tiene ante sí una carrera esplendorosa de guerrero, cortesano o diplomático. Ha vivido precisamente en el lugar donde se cruzan el dolor de los hebreos y el poder de los egipcios, y ese lugar define su existencia y su tarea.

Moisés no debería haber vivido, pues el Faraón condenaba a los varones hebreos neonatos (Ex 1-2), para que el pueblo sometido no creciera y los esclavos no se alzaran y pudieran destruir su imperio. Pero el sistema también falla: no logra controlarlo todo; hay siempre comadronas buenas (Éx 1,15-21). Viendo que ellas no obedecen (sirven a la vida, no al sistema), el Faraón mandó que «todo varón hebreo que naciera, fuera echado al río, para dejar sólo a las niñas» (Éx 1,22). De esa forma, el Nilo, corriente de vida (los egipcios nacen y viven de sus aguas) se vuelve por ley río de muerte. Pues bien, allí donde el sistema controla y destruye, Dios libera, de forma que el mismo Nilotumba se hace cuna de más alto nacimiento:

«Un hombre de la casa de Levf tomó como mujer a una hija de Levi. Concibió la mujer y dio a luz un hijo. Y viendo que era hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses. Pero no pudiendo ocultarlo ya por más tiempo, tomó una cestilla de papiro y la calafateó con betún; metió en ella al niño y la puso entre los juncos, a la orilla del río» (Éx 2,1-3).

Nació en la tribu de Leví (transmisora de tradiciones sacrales), y su madre, no pudiendo ocultarlo más tiempo, lo confió a las aguas del Nilo en un barcocuna. De esa forma, el río-cementerio se hace hogar más alto: en sus corrientes flota Moisés, navegando en manos de la providencia, personificada por la hija del Faraón, que le ve y acoge, le adopta y educa. De esa forma se vuelve egipcio por formación y cultura (13).

«Bajó la hija del Faraón a bañarse en el río, y mientras sus doncellas paseaban por la orilla, divisó la cestilla entre los juncos y envió una criada suya para que la recogiera. Al abrirla, vio un niño que lloraba. Se compadeció y exclamó: «Es uno de los niños hebreos». Entonces dijo la hermana de Moisés (que estaba escondida): «, Quieres que yo vaya y llame a una nodriza de entre las hebreas, para que te críe este niño?» La hija del Faraón le contestó: «Vete». Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del Faraón le dijo: «Toma este niño y críamelo, que yo te lo pagaré». Tomó la mujer al niño y lo crió. El niño creció, y ella lo llevó entonces a la hija del Faraón, que lo tuvo por hijo y le llamó Moisés, diciendo: «De las aguas lo he sacado»» (Éx 2,5-10).

El libertador futuro de Israel nace del Nilo y su propia madre (hebrea) le cría y alimenta hasta el destete, momento en el que le acoge su madre adoptiva egipcia. Es hombre de dos mundos los: los mismos egipcios le ofrecen un conocimiento que luego podrá poner al servicio de la libertad, para destruir como egipcio el sistema de Egipto. Tras ese comienzo el texto calla. Deja que los años de Moisés transcurran oscuros en la casa y corte de la hija del Faraón. Lleva en la sangre el recuerdo de sus hermanos oprimidos y crece en el ambiente egipcio: como hombre de la corte al que se abren todos los caminos. Parece que ese ambiente debería dominarle; lo normal hubiera sido que olvidara su principio. ¿Qué le importa al salvado la muerte de los otros? Pero le importa.

«En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, salió a visitar a sus hermanos y comprobó sus penosos trabajos. Vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Miró a uno y otro lado y, no viendo a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena» (Éx 2,11-12).

Sale como harán Buda y Jesús, para descubrir el sufrimiento de los pobres, decidiéndose a ayudarles (14). Este descubrimiento le obliga a enfrentarse con los opresores: se le enciende la sangre y responde como quien es, cortesano y guerrero. Asume la justicia por su mano y, en fuerte arrebato de furia y talión, mata al opresor egipcio. Éste es el comienzo de su vocación. Ha sentido en su sangre la injusticia destructora y elimina con violencia al opresor, que es un egipcio. Hay doctrinas que propugnan la no-violencia para sostener la injusticia legal del orden establecido (15). Moisés se opone a ellas con violencia, pero pronto descubre su impotencia:

«Salió Moisés al día siguiente y vio a dos hebreos que se enfrentaban entre sí y reñían. Y dijo al culpable: «¿por qué riñes a tu hermano?» Éste respondió: «¿Quién te ha hecho jefe y juez sobre nosotros? ¿Acaso estás pensando en matarme como mataste al egipcio?»» (Éx 2,13-14).

Ésta fue la segunda salida. Moisés se arriesgó en los suburbios de pobreza, llevando consigo el dolor del hebreo (sufriendo con los oprimidos) y la violencia de los opresores. Cuando mató al egipcio, sus hermanos (hebreos) callaron. Él quiso enseñarles a vivir en paz y le rechazaron. Lo malo del sistema es que engendra miméticamente violencia y opresión entre sus víctimas (16). En medio de la lucha viven, en ella se sostienen y defienden. Moisés lo descubrió y tuvo que huir, escapando del sistema: « (Cuando le rechazan los hebreos…) Moisés, lleno de temor, se dijo: «la cosa ciertamente se sabe». Y ciertamente, supo el Faraón lo sucedido y buscaba a Moisés para matarle. Pero él huyó de la presencia del Faraón y se fue a vivir al país de Madián» (Éx 2,14-15) (17).

 

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