a) Argumento cristiano. Vida, mensaje y muerte de Jesús.

Los cristianos han de plantear su diálogo con el judaísmo y el islam desde la acción y mensaje (obras y palabras) de Jesús, que han culminado en su muerte mesiánica. Siglos de discusiones teóricas y disputas sociales, vinculadas a la identidad y prestigio de cada grupo religioso, han podido llevarnos a pensar que las diferencias eran conceptuales o sacrales. Pero ellas se sitúan más bien en un nivel de opción social. Así lo mostraremos, anticipando rasgos y motivos que sólo podrán desarrollarse al hablar de Muhammad y comparar ya unidos a los tres profetas.

— Obras del Cristo: acción liberadora (Mt 11,26). La tradición cristiana ha vinculado a Jesús con Moisés, liberador de los hebreos oprimidos (Éx 19-24). Pero los hebreos que Jesús ha querido liberar no son ya esclavos del sistema egipcio, sino expulsados de la sociedad sacral israelita: enfermos e impuros, hambrientos y pecadores, pobres y tristes… En favor de ellos ha pregonado su mensaje (cf. Lc 4,18-19; Mt 11,24) y ha organizado su movimiento de Reino (32). Jesús ha sido un judío creyente, empeñado en la liberación de excluidos y pobres. Podemos llamarle sin duda profeta carismático (ha hecho milagros) y mesiánico (busca la plenitud de Israel). Pero él se ha visto como humano, Hijo de hombre. Así le vinculamos con Adán, hombre primero, con Abrahán, iniciador de un camino de fe, y sobre todo con Moisés, liberador. Pero no ha querido (ni podido) sacar a los hebreos de Egipto, sino liberarles en su misma tierra” (33) .

— Palabras de Jesús: Sermón de la Montaña (cf. Lc 6,20-42 par). Las palabras responden a su acción liberadora, reflejan (fundamentan) su entrega a favor de los expulsados del sistema e incluyen tres motivos principales.

1) Bienaventurados los pobres (Lc 6,20-21 par): con ellos y por ellos ha iniciado su movimiento de Reino; por eso les llama privilegiados, siendo como son los expulsados del sistema.

2) Amad a los enemigos (Lc 6,27-36). La ley normal, principio de todos los sistemas, es la equivalencia o talión entre lo ofrecido y lo esperado; lógicamente hay que ayudar a los amigos y rechazar a los enemigos, premiar a los que rinden y expulsar a los inservibles. Pues bien, en contra de eso, Jesús pide a los suyos que «amen a los enemigos», rompiendo el sistema, en generosidad gratuita.

3) No juzguéis (Lc 6,37-42): el sistema valora y discierne, separa y juzga, dando a cada uno lo «debido». En contra de eso, Jesús pide a los suyos que no juzguen, que superen el talión, la equivalencia económico-social o religiosa, amando en gracia a todos. Estas palabras de bienaventuranza, amor-perdón y superación del juicio, constituyen la identidad de su movimiento de Reino, a favor de la reconciliación universal, desde las márgenes del mundo, con los cojos-mancos-ciegos, los pecadores y expulsados, los impuros e incapaces de imponer su ley. Frente al sistema global que los expulsa, Jesús los hace germen de su comunión universal de Reino (34).

— Muerte de Jesús, fracaso mesiánico. Muhammad pensaba que el auténtico profeta ha de ser un siervo de Dios, capaz de padecer persecución, como Jesús y él mismo la sufrieron; pero añade que la meta es triunfar, con la ayuda de Dios, para realizar la propia tarea sobre el mundo. Por eso, no quiso ni pudo aceptar el carácter salvador de la muerte de Jesús, ni tomarla como medio de revelación de Dios y liberación de los humanos (35). El diálogo cristiano-musulmán ha de establecerse a mi juicio en este campo, sobre el corazón de una experiencia de muerte que los musulmanes no comparten. Jesús dijo, según Marcos: es preciso que el Hijo del hombre padezca (Mc 8,31; 9,31; 10,32-34). Y así lo afirmó tras la Pascua: era necesario que el Cristo padeciera (Lc 24,26). En contra de eso, Muhammad supone que Dios no pudo «abandonar» a su profeta en el fracaso, tuvo que evitarle la cruz, bajándole o llevándole directamente al cielo, anticipando la resurrección final. Jesús no ha redimido a los hombres por la muerte, pero ha sido buen profeta y volverá al final para avalar la victoria de Muhammad y su sometimiento a Dios (cf. Corán 3, 54-55; 4, 155-158).

Éstas son las diferencias fundamentales de Jesús: su acción liberadora en favor de los expulsados del sistema, su mensaje de no-juicio y gratuidad, su muerte mesiánica. Los cristianos confiesan que Dios le ha resucitado de la muerte, instaurando la comunión universal del Reino sobre los poderes globales del sistema. El mismo Yahvé-Sin-Nombre (liberador de los hebreos) ha venido a presentarse, por tanto, como Padre-que-se-nombra-a-sí-mismo al resucitar a Jesús, profeta asesinado. Muhammad, en cambio, piensa que Jesús no pudo culminar su obra (instaurar el Evangelio). Pero el Dios que le había enviado no quiso dejarle morir bajo el poder de perversos sacerdotes. Por eso le liberó de la cruz o le llevó de forma directa hasta su gloria, en resurrección sin muerte (como a Henoc o Elías), engañando a los judíos que le habían rechazado. En realidad, Jesús habría fracasado. Era bueno, fue justo, anunció el recto camino, pero no logró realizar su obra, ni culminar su promesa. Lógicamente, sus discípulos fracasaron también: no lograron extender su Evangelio a todos los humanos. Jesús no ha sido, pues, el profeta final que se esperaba.

 

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