Escultura Contemporánea

ESCULTURA CONTEMPORÁNEA

En el siglo XX la escultura presenta en toda Europa numerosas orientaciones que corresponden a las análogas expresiones de la pintura, más completas y características, en las que éstas se inspiran.

Durante los primeros años del siglo actual se originó en Italia una corriente plástica ligada de manera evidente al espíritu del «floreale»; lo demuestran las obras de Leonardo Bistolfí y de Eugenio Baroni. El mismo Adolf Wildt entró en esta corriente adoptando las orientaciones propias de los finales de la época anterior.

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Femme de Antoine Bourdelle

En Francia, los seguidores de Rodin continuaron con las representaciones monumentales. El más importante de todos fue Antoine Bourdelle (1861-1929), inclinado a una sólida simplicidad, que reducía las formas a un arcaísmo rebuscado, y que ejerció una gran influencia no sólo en su patria sino también en el exterior. Tomaron parte en la misma corriente Charles Despiau, más propenso a la línea delicada del modelado que a las formas monumentales, y Arístides Maillol, que se inspiró en la pura belleza arcaica realizando una sustancial grandiosidad plástica, especialmente en la tranquila serenidad de algunas figuras aisladas.

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Escultura de Georg Kolbe

Georg Kolbe (1877-1947) representó en Alemania este momento. Su estilo deja traslucir la influencia de Maillol. También trató preferentemente figuras aisladas, que son, sin embargo, menos plácidas y grandiosas que las del maestro francés, si bien más sutiles, esbeltas y vivaces, como las figuras de Danzarinas o Jóvenes caminando. Fue imitado por muchos escultores jóvenes alemanes, que pueden considerarse como los artífices de la mejor producción de este país.

Después de estas primeras manifestaciones, la escultura, como ya hemos dicho, siguió la evolución de la pintura y se adaptó a ella. Francia fue la llama más viva. El «fauvismo» puso de moda las esculturas negras del Congo, las polinésicas y las mexicanas, para proclamar el retorno a lo primitivo. El «fauvismo» fue sucedido por el «cubismo», más fecundo en el campo de la plástica. Raymond Duchamps Villon, Henri Laurens y André Derain pueden considerarse como unidos a esta corriente, y también Archipenko, un ruso radicado en París. Luego, la forma plástica se fue retirando hacia la decoración, como demuestran las obras de Hans Arp o de Alberto Giacometti.

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Obra de Pablo Gargallo

En España, el más original y notable representante del cubismo fue Pablo Gargallo. En Alemania, los artistas se volvieron hacia direcciones más «expresionistas». Ernest Barlach (1870-1938), ron su Meta esculpida en madera, reducida sólo a dos brazos implorantes, puede considerarse como uno de los ejemplos más claros.

En Inglaterra, el cubismo encontró su intérprete en Jakop Epstein, derivado más tarde hacia otras direcciones.

En Italia se advirtieron caracteres similares en el «futurismo», que proyectaba las masas en el espacio con fuerte dinamismo. Humberto Boccioni (1882-1916) fue el representante más destacado.

Después de la primera guerra mundial se reemprendió la tradición de la escultura de figura, observando la simplicidad de los primitivos.

En Italia, Libero Andreotti, Romano Romanelli y Francesco Messina interpretaron dicha tendencia. Luego, la simplicidad promovida adquirió una expresión más profunda con la obra de Arturo Martini (nacido en 1889), que renovó la escultura italiana después de las desviaciones del siglo anterior. Mujer al sol, La loba, pero especialmente Tobiolo, son obras de fundamental importancia.

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Obra de Marino Marini

A él se unió Marino Marini, creador de imágenes obtenidas por medio de volúmenes muy firmes, arquitectónicamente modulados en el espacio, y finalmente Giacomo Manzú, que alcanzó una complexidad plástica y desconocida por el pictoricismo del siglo anterior.

Llegamos así a la expresión abstracta, que debe nacer del contacto entre el espíritu y materia, sin tener a la naturaleza por intermediaria, y de la que aún es demasiado temprano para expresar un juicio válido. Recordemos sólo a Henry Moore (nacido en 1898), inglés, considerado precisamente como el mayor representante de esta escultura.

La escultura española contemporánea

Entre la escultura anodina del pasado siglo y la del momento actual hubo un período de transición, cuyos más notables representantes fueron Francisco Durrio, Nemesio Mogrovejo, José Llimona y Mateo Inurria. El primero se sirvió del monumento al compositor Arriaga, su obra más importante, para romper definitivamente con el pasado. El bilbaíno Nemesio Mogrovejo había estudiado en el taller que Durrio tenía en París y posteriormente en Alemania e Italia. De entre sus creaciones sobresalen Risveglio, Eva y Muerte de Orfeo.

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Desconsuelo de José Llimona 

José Llimona (1864-1934) nació en Barcelona y se educó en Roma. Es autor del monumento a los Mártires de la Guerra de la Independencia, en la calle del Obispo, de Barcelona, y de un célebre desnudo titulado Desconsuelo, del Parque de la Ciudadela, en la misma ciudad. Ejecutó diversas versiones de San Jorge, y la estatua de Ramón Berenger III, en Barcelona.

Mateo Inurria (1896-1924) nació en Córdoba y murió demasiado joven para que se realizaran las esperanzas depositadas en su arte. Entre sus obras más notables merecen citarse el monumento a Rosales y la estatua ecuestre del Gran Capitán.

Tras este período de transición aparece en Cataluña un grupo de notables escultores, al frente de los cuales están las grandes figuras de José Clará (1878-1959) y Enrique Casanovas (1882-1948). La Diosa que Clará ejecutó cuando tenía treinta años es una de las más bellas obras que ha producido la escultura española. Magnífica es también La Serenidad, que se encuentra en el cementerio del Este, de Barcelona, Juventud, en la plaza de Cataluña de la misma ciudad, Reposo, Pujanza, y retratos como los del maestro Vives y de Eugenio D’Ors.

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Escultura de Enrique Casanovas 

Entre las obras más notables de Enrique Casanovas citemos su maravillosa Venus y sus diversos bustos de muchachas.

La escultura catalana contemporánea cuenta con una pléyade de artistas de la categoría de los hermanos Miguel y Luciano Oslé, Joaquín Claret, Juan Borrell Nicolau, José Dunyach, Esteban Monegal, Jaime Otero, Rafael Solanic, José Viladomat, Rafael Marés, Enrique Monjo, Juan Rebull, Martín Llauradó, José Cañas y Joaquín Ros. Entre los componentes de las generaciones más jóvenes se hallan Ramón Isern, Martí Sabé, José Subirachs, Francisco Torres Monsó, Tomás Bel, Leoncio Quera, Moisés Vilella, Eudaldo Serra, Luis María Saumells, Miguel Gusils.

Merecen cita aparte Pablo Gargallo, Ángel Ferrant y Apeles Fenosa, las figuras más representativas de la escultura catalana del presente siglo, dentro de esta incansable búsqueda de nuevas formas de expresión.

La escultura castellana tiene también en este siglo nombres muy importantes, como el de Julio Antonio (Antonio Rodríguez Hernández) que, a pesar de ser catalán (nació en Mora de Ebro), vivió desde muy niño en Madrid y se le considera más de la escuela castellana que catalana. Murió muy joven, pero ha dejado las magníficas representaciones de la serie La Raza. Otro escultor notable es el palentino Victorio Macho, entre cuyas obras

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Fuente de Cajal, en el Retiro de Madrid

importantes figura la fuente de Cajal, en el Retiro de Madrid, el monumento a Pérez Galdós y el Cristo en la Cruz, de la Iglesia de Corrales en Santander. Es asimismo un excelente retratista, como lo demuestra la cabeza que esculpió de su madre y la de Miguel de Unamuno. Entre sus figuras hemos de destacar el magnífico desnudo femenino que llama Eva de América.

El nuevo renacimiento escultórico se extiende por toda España, y al frente de él vemos los nombres de Emiliano Barral, con obras como Retrato de la madre y los bustos de Antonio Machado y José Tudela ; Juan Adsuara, con los relieves de la Anunciación y El bautismo de Cristo; Fructuoso Orduña, con el crucifijo de la catedral de la Almudena ; Juan Cristóbal, con el monumento a Gabriel y Galán ; Francisco Asorey, Santiago Bonome, Enrique Pérez Comendador.

Manolo Hugué, José Planes, Cristino Mallo, Sebastián Miranda, Manuel Álvarez Laviada, Eduardo Gregorio y su discípulo Plácido Fleitas, Mateo Hernández, Francisco Pérez Mateos, son nombres que, con los ya citados, han abierto a la nueva época generosas perspectivas y han situado a la escultura española acaso en el mejor momento de su historia.

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Monumento al lobo marino de José Fioravanti

De los escultores iberoamericanos citamos a los argentinos José Fioravanti (1896) y Rogelio Yrurtia (1879-1949); la boliviana Marina Núñez del Prado (1910); los brasileños Marc Ferrez, María Martins, Víctor Brecheret ; el colombiano José Arenas Betancourt; el cubano Teodoro Ramos Blanco (1902); los chilenos Samuel Román (1907) y Raúl Vargas (1908); el guatemalteco Rodolfo Galeotti; los mejicanos Carlos Bracho (1899), Armando Quezada (1903) y Mariano Arce; los peruanos María Isabel Sánchez «Belsarima» (1895), Rosa Arciniega (1909) y Fernando León de Vivero (1906); los uruguayos B. Michelena (1888) y Melchor Méndez (1893) y el venezolano Andrés Pérez Mujica (1873-1920).

 

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