Escultura del Siglo XIX

ESCULTURA DEL SIGLO XIX

El Neoclasicismo, que se había afirmado a finales del siglo anterior, triunfó en los primeros decenios del siglo XIX, con un renacimiento del sentido plástico, inspirado precisamente en el arte antiguo, que desplazaba al preciogismo decorativo de la época anterior.

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Perseo con la cabeza de Medusa, de Antonio Canova

En Italia, el máximo representante de la escultura neoclásica fue Antonio Canova (1757-1821), veneciano, que dominó más o menos directamente toda la primera mitad del siglo con su arte personalísimo. Aceptando las reglas clásicas propugnadas por Winckelmann y que estaban entonces en boga, no abandonó nunca su más sincera disposición pictórica de artista del siglo XVIII y su íntima concepción de la gracia sensual. Dejó una vasta producción que abarca diversos temas, desde los mitológicos, preferidos por su tendencia clasicista, hasta los religiosos, los monumentos funerarios y los retratos. Y en todos ellos, impecables de línea y contorno, y ceñidos a los más severos cánones estéticos de la época, aflora su personalidad apasionada, inclinada a la comprensión humana y a una íntima melancolía.

 

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Jason de  Albert Thornwaldsen

Entre sus obras más célebres recordaremos el grupo de Las Gracias, Eros y Psique y los retratos de Leticia Bonaparte, Paulina Borghese y Napoleón. Después de Canova, la escultura cayó en un frío academicismo, del que más afortunado intérprete Albert Thornwaldsen (1770-1844), danés, que vivió largo tiempo en Italia. Se inspiró siempre en el mundo clásico, al que siguió con intransigencia nórdica, por lo que su escultura resultó fría y pedante. Una de sus obras más conocidas es el monumento a Pío VII, en San Pedro de Roma.

 

En Francia, la escultura neoclásica reúne sus mejores muestras en el retrato, pero se inspiró también en la mitología y en la historia. Entre los mejores exponentes de esta corriente recordamos a François Rude (1784-1855), de refinada elegancia, autor del Mercurio, obra que figura entre las más bellas de la época.

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La furia de Atamás de John Flaxman.

En Inglaterra se manifestó la escultura de este período con caracteres claramente helénicos. Fue preciosista y delicada, pero enormemente fría, como aparece en la producción de su mejor representante, John Flaxman.

 

En Alemania la escultura de este estilo tuvo muy pocos representantes.

La escultura neoclásica fue sucedida por una forma que podríamos llamar “romántica” que en realidad no tuvo un estilo particular, porque acabó o repitiendo las normas neoclásicas o intentando expresiones realistas, patéticas.

En Italia, esta corriente se personificó en Lorenzo Bartolini (1777-1879), que intentó reaccionar frente a las formas neoclásicas con una directa observación de la realidad. De sus muchas obras recordaremos Fe en Dios, que refleja todavía caracteres clasicistas.

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Teseo y el minotauro de Antoine-Louis Barye 

En Italita, está corriente se personifico presentó las mismas peculiaridades que predominaron en Italia. Uno de sus más brillantes escultores fue Antoine-Louis Barye (1795-1875), que animó sus obras con una singular fuerza realista.

 

España, en cambio, continuó siendo neoclásica durante todo el siglo. Lo mismo se puede decir con respecto a Inglaterra, hasta que se afirmó la personalidad de Jules Dalou, que introdujo las formas plásticas francesas, y de Alfred Stevens, de características parecidas a Miguel Ángel. En Alemania, la nueva corriente romántica se afirmó con una vivía tendencia al realismo tradicional y tuvo por representantes a Gottfriel Schadow (1764-1850), autor de un delicado grupo, La princesa Luisa y su hermana, y Christian Rauch, famoso por su monumento a Federico II.

Es evidente, pues, que con la corriente romántica se fue afirmando un carácter realista que dio origen precisamente al llamado Naturalismo en la segunda mitad del siglo aproximadamente, es decir, a un retorno a la concepción del arte imitador de la naturaleza, y que correspondió al poco tiempo al eclecticismo en arquitectura.

El Naturalismo italiano estuvo representado por intereses personalidades como Adriano Cecioni, toscano; Carlo marocchetti, autor del famoso monumento a Emanuele Filiberto, en Turín; Vicenzo Gemito /1852-1929), napolitano, eficaz intérprete del espíritu humano; Guiseppe Grandi (1834-1894), lombardo, cuyas obras más conocidas son el monumento a las Cinco jornadas de Milán y El paje de Lara.

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Omnibus de Medardo Rosso

El arte verdaderamente revolucionario de Medardo Rosso (1858-1928) puede decirse que concluyó con la corriente europea del Impresionismo. Su escultura tiene un carácter eminentemente pictórico, pues por medio de la luz disolvió la línea de contorno y la masa. En el deseo de destruir el sentido de la materia para afirmar en su lugar la energía vitad del espíritu. En cera, materia que fue su preferida, o en bronce fueron plasmadas fugaces imágenes de la vida como Impresiones del autobús, Maternidad, Niño enfermo y Ecce puer.

 

En Francia, el Naturalismo tuvo su mayor representante en Augusto Rodin (1840-1917), el verdadero dominador de la segunda mitad del siglo. Su realismo tuvo una actitud casi clásica y aun acercando partes inacabadas a otras cuidadosamente pulidas, no realizó la impresión simple, sino la forma absoluta, rica en fuerza y movimiento. A este propósito recordamos el busto de Jules Dalou, El beso, El pensador, obras de un gran valor artístico.

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Obra de Constantin Meunier

Escultor bastante interesante es el belga Constantin Meunier, típico representante. del Naturalismo en motivos sociales, escultor de los trabajadores, a quienes retrataba en formas monumentales, heroicas.

 

En Inglaterra, si bien no alcanzaron nunca un alto nivel artístico, los escultores revelaron el deseo de liberarse de las formas tradicionales, aun permaneciendo en el campo decorativo. Se afirmó el movimiento del art nouveau, cuyo mayor representante fue Alfred Gilbert, de refinada técnica.

En Austria se impuso el movimiento de la Rinystrasse, de carácter ecléctico, que asimiló temas del Barroco y del Renacimiento, y tuvo como sus mejores exponentes a Anton Fernkorn, Tilgner y otros.

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Obra de Max Klinger

En cambio, en Alemania la escultura adoptó de nuevo el expresionismo del Gótico alemán y se afirmó con dos grandes personalidades, Adolf Hildebrandt (18471921) y Max Klinger (1857-1920), el primero, cultivador de la pura forma, armónica y medida, y el segundo, sensible a las influencias extranjeras, especialmente de Rodin.

 

España en el siglo XIX

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Obra de Venancio Vallmitjana

El siglo XIX fue para España un siglo anodino en todos los aspectos artísticos, pero sobre todo en escultura, de la que muy pocos nombres se salvan del olvido. Entre ellos citemos al catalán Venancio Vallmitjana, cuya obra más importante es la escultura del barberillo que hizo para el concurso del diario Le Figaro, de París. Su hermano Agapito fue tan buen escultor como él, y su obra más importante es la representación de San Juan de Dios abrazado a un niño enfermo.

 

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El ángel caído de Ricardo Bellver

En el parque del Retiro de Madrid se encuentra la mejor escultura de Ricardo Bellver, un Ángel caído. También realizó un San Andrés, que se halla en la iglesia de San Francisco el Grande, en Madrid.

 

El tortosino Agustín Querol fue uno de los artistas más fecundos de la época. Ejecutó numerosos retratos y monumentos, el grupo de La Tradición y un bello bajorrelieve titulado San Francisco curando a los leprosos. También se dedicó al retrato el olotense Miguel Blay, a quien se debe, además, el grupo Los primeros fríos, que fue el que le dio más fama. Entre sus mejores retratos debemos citar el de la señora Iturbe y su hija.

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Idilio de Mariano Benlliure

Damián Campeny compuso una Lucrecía, conservada en la Lonja de Comercio de Barcelona.

Eximio escultor español de este siglo fue el valenciano Mariano Benlliure (1862-1947), cuya primera obra data de cuando tenía ocho años. A los doce ejecutó una estatua ecuestre de Alfonso XII. Fue un escultor muy fecundo, cuyas mejores obras hay que buscarlas en los retratos, como el de la reina María Cristina de Borbón y sus hijos.

Otro escultor que se salva del olvido es Enrique Clarassó (1857-1941). Entre sus obras más notables figuran Sugestión, Eva, Forjador del siglo XIII y Memento homo.

 

 

 

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